El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 52
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Capítulo 52

Eso que tú me das

Jarabe de Palo

Eso que tú me das, no creo lo tenga merecido. Todo lo que me das, te estaré siempre agradecido. Así que gracias por estar, por tu amistad y tu compañía. Eres lo, lo mejor. Que me ha dado la vida…

N o tengo ni idea de quiénes son estas dos muchachas ni de dónde han salido.

Lo único que tengo claro es que son de fiar y que son las mismas con las que estuvo en Alicante.

Sofi nunca ha traído a nadie a esta casa y, por la forma en que la miran, estoy convencida de que enterrarían un cadáver por ella sin preguntar siquiera el motivo del asesinato.

—Voy a calentar su comida y a preparar un café. ¿Queréis uno? —pregunta Sofi algo nerviosa.

—Sííí —responden sus amigas al unísono.

En cuanto desaparece... Jenni se acerca con la silla. Lore mira hacia la cocina y las dos hablan bajito.

—Reme...

—Dime.

—Necesitamos su ayuda.

Levanto una ceja fingiendo estar sorprendida. Y no, no lo estoy…

—Ya empezamos... —digo haciéndome la dura.

Jenni sonríe.

—Queremos que se reconcilien esos dos cabezotas.

No respondo de inmediato. Las observo un rato largo usando esa mirada que parece atravesarte.

O eso es lo que dicen…

Las chicas me sostienen la mirada manteniéndose en su sitio. Ninguna baja la vista y eso… me gusta.

Tienen carácter.

—¿Y por qué iba yo a ayudaros?

Silencio.

Lore es la primera que habla.

—Porque Sofi sigue enamorada de su nieto.

Jenni continúa.

—Y él de ella.

—Eso ya lo sé —respondo con sarcasmo.

Otra pausa.

—Lo que quiero saber es por qué os importa tanto —insisto.

Ahí está la clave.

No responden con una broma. Responden de verdad.

—Porque cuando ella llora... nos duele a nosotras —responde Jenni con los esos ojos verdes nublados como si anunciaran tormenta.

—Y porque llevamos semanas viéndola apagarse. Ya no se ríe igual ni hace las tonterías de siempre. Parece otra persona…—responde Lore tragando un nudo en su garganta.

—Y estamos hasta las narices de verla fingir que está bien cuando se está muriendo por dentro —remata Jenni.

La cual deja escapar un suspiro algo tembloroso y eso me dice mucho más de lo que se cree. Estas chicas cargan con una coraza muy pesada y se les da de maravilla esconderla detrás de chistes ingeniosos y sonrisas ensayadas.

Asiento muy despacio mientras las observo por encima de las gafas que ahora mismo se escurren por el puente de la nariz.

—Las amigas de verdad son la familia que uno escoge. Y vosotras...

Miro alternativamente a ambas.

—Habéis escogido muy bien.

Me inclino hacia delante.

—Contadme el plan —digo en voz bajita.

Las dos acercan las cabezas.

Mientras tanto, desde la cocina Sofi grita.

—¿Qué cuchicheáis?

Las tres respondemos exactamente al mismo tiempo.

—¡¡Nada!!

Las dos empiezan a hablar tan deprisa que llega un momento en el que ya no sé quién está explicando qué. Una termina las frases de la otra como si llevaran toda la vida ensayando aquel discurso.

—Bien. Entonces… tenemos un plan —confirmo con ellas.

—Perfecto. Entonces solo queda una cosa… —empieza Jenni.

Las dos se inclinan de nuevo.

—Que esos dos cabezotas no nos estropeen el plan —termina Lore.

—Sí. Bienvenida a la Operación Verbena —dice Jenni con una sonrisa que solo anuncia peligro.

—¿Dónde tiene la silla de ruedas? Usted se viene con nosotras —dice Lore, inspeccionando el salón sin el más mínimo disimulo.

—Hace años que no me reclutaban para una misión secreta... —respondo sonriendo como una chiquilla.

—Pues vaya calentando motores, agente Reme —dice Lore guiñándome un ojo.

—¿Agente? A estas alturas ya he ascendido a comandante.

Jenni y Lore chocan la palma de la mano.

—Nos va a salir bien —susurra Jenni.

—Pobres... No tienen ni idea de la que se les viene encima —añade Lore.

Justo en ese momento aparece Sofi con la bandeja entre las manos y la misma expresión que pone alguien cuando entra en una habitación y descubre que se ha perdido la parte importante de la conversación.

—¿Qué habéis hecho? —pregunta entrecerrando los ojos.

Las tres sonreímos.

—Nada...

Entrecierra los ojos y va de Jenni a Lore, de Lore a mí y de mí otra vez a Jenni. La sospecha se dibuja en su rostro poco a poco. Pobrecilla... todavía no sabe que ya no tiene dos amigas. Ahora somos tres conspiradoras.

Al rato, las chicas se marchan prometiendo volver en unas horas para recogerme y bajar a la cena inaugural de las fiestas.

Hace años que no bajo, las piernas ya no me funcionaban bien del todo y procuraba bajar lo menos posible por la escalera.

Paso la tarde tumbada descansando y justo cuando voy a ponerme mi novela favorita… Aparecen las chicas cargadas como mulas y ya arregladas para esta noche.

La verdad, están preciosas.

Lore entra la primera con una bolsa enorme.

—¡Operación puesta a punto! —grita Lore.

—Traemos suministros —dice Jenni.

« He visto menos equipaje cuando mi hijo se fue a la mili » .

En un visto y no visto, entre las tres me llevan hasta el baño. Allí tengo una silla especial donde Sofi suele ducharme. En cuestión de minutos, estoy duchada observando como las tres corren por la habitación como si las persiguiese el diablo.

—¿Una rebeca con el calor que hace? —pregunta Jenni con cara de asombro.

—Ese vestido no —dice Lore sacando prácticamente toda mi ropa del armario.

—Este —elige Sofi—. Ah, y péinese un poco —me dice tendiéndome un peine.

—No, mejor le hacemos volumen —replica Lore arrancándoselo de las manos.

—¿Tiene colonia? —pregunta Jenni.

—Claro que tiene colonia —responde Sofi.

Todo ocurre rapidísimo.

Es como estar entre amigas de toda la vida, todo se sucede de forma muy natural.

En un momento me rodean entre las tres y sin darme cuenta estoy vestida y con las zapatillas puestas. Lore comienza a peinarme y, por poco, no me arranca el pelo de la cabeza.

—No me tiréis tanto del pelo —me quejo con la boca pequeña.

En verdad, no me está tirando demasiado, solo está deshaciéndome los nudos.

Jenni se me queda mirando mientras abre un neceser con veinte mil potingues, que comienza a aplicar como si no hubiera un mañana.

—No intentéis quitarme las arrugas. Me las he ganado todas, una por una.

Jenni me mira un segundo a los ojos comprendiendo exactamente lo que quiero decir.

Cada arruga suma un año, una vivencia, una batallita, una lección de vida…

Las tres iban de un lado para otro sin estorbarse. Una me peinaba, otra rebuscaba en el neceser y la tercera ya estaba eligiendo unos pendientes como si llevaran toda la vida arreglando ancianas para salir de fiesta.

—Ni se os ocurra pintarme los labios de rojo que luego tengo que quitarme a los viejos de encima —digo bromeando.

Las chicas comienzan a troncharse mientras siguen con su hacer.

Mientras iban de un lado para otro, no pude evitar preguntarme cuándo había dejado de sentirme una carga para convertirme en una más. Hacía mucho tiempo que nadie me incluía en sus planes. Sin embargo, con ellas no me sentía una anciana a la que hubiera que cuidar, sino una amiga más.

A mi edad ya no se hacen planes para el año que viene. Se hacen para mañana. Por eso pensaba disfrutar cada minuto de aquellas fiestas.

Tampoco recuerdo la última vez que me arreglé para salir de fiesta. Creo que fue antes de que partiera mi difunto Enrique… Cuando todavía me miraba como si yo fuera la única mujer del mundo.

Hace ya demasiados años de aquello…

Y, sin darme cuenta, un día dejé de ser Reme para convertirme simplemente en la viuda de Enrique.

Cuando me quedé sola, aprendí que había cosas mucho más importantes que un vestido bonito o un pintalabios. Había un hijo al que sacar adelante, facturas que pagar, una casa que mantener y demasiadas noches en las que para permitirme llorar, tenía que esperar a que el niño estuviera dormido.

Después de aquello... dejé de mirarme al espejo.

Por un momento me quedo absorta en mis recuerdos hasta que las tres se plantan delante de mí con una sonrisa de oreja a oreja y cara de que están satisfechas con el resultado.

Lore es la primera en romper el silencio.

—Está usted guapísima.

Jenni coloca la silla frente al espejo y el reflejo me devuelve a una Reme que hacía muchísimos años que no veía…

O quizás, es que no me miraba de verdad.

Me cuesta reconocer a la mujer que tengo delante. Las arrugas siguen ahí. El pelo blanco también. Pero, por un instante, dejo de ver a la viuda que sobrevivió como pudo y vuelvo a encontrar un pedacito de la mujer que fui antes de que la vida decidiera ponerme a prueba.

Me toco el pelo, el vestido, los pendientes… Como si necesitara comprobar que esa mujer seguía siendo yo.

—Así me gustaba ir cuando mi Enrique me sacaba a bailar —susurro bajito.

Silencio.

Las chicas dejan de bromear un segundo.

Jenni sonríe.

—Pues esta noche también va a bailar.

Me río, aunque sigo emocionada.

—No os vengáis arriba. Que bastante tengo con no atropellar a nadie con la silla.

Sofi sale de la habitación y Jenni cierra la puerta despacio, procurando no hacer ruido.

Las dos se acercan.

—Reme...

—¿Qué?

—Ha llegado el momento.

Sofi nos grita desde la cocina, o eso creo.

—¡Chicas! ¡Es la hora!

Salimos de la habitación con la cabeza bien alta y con el objetivo de que mi nieto y Sofi dejen de hacer los imbéciles.

—¡Vamos a hacernos una foto! —grita Lore con tanta energía que se habrá enterado todo el bloque.

El móvil dispara varias fotos seguidas. En unas salen haciendo muecas. En otras me abrazan tanto que casi me dejan sin respiración. Y, por primera vez en muchísimo tiempo, no pienso en las arrugas. No pienso en la silla de ruedas ni siquiera pienso en todo lo que la vida me quitó.

Solo pienso en la inmensa suerte que tengo.

Porque la familia no siempre comparte tu sangre. A veces... simplemente aparece un verano cualquiera y decide quedarse para siempre.

La vida me quitó muchas cosas.

Pero, mira por dónde... también ha sabido devolverme algunas.

—¡Venga! Que llegamos tarde al pregón —digo de pronto.

Entre las tres consiguen bajarme por las escaleras.

No ha sido elegante.

Más bien una mezcla entre fuerza bruta, órdenes contradictorias y yo rezando para no terminar rodando hasta el portal.