El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 51
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Capítulo 51

Vivir mi vida

Marc Anthony

A veces llega la lluvia para limpiar las heridas. A veces solo una gota. puede vencer la sequía. ¿Y para qué llorar? ¿Pa' qué? Si duele una pena, se olvida. ¿Y para qué sufrir? ¿Pa' qué? Si así es la vida, hay que vivirla, la la le.

L as últimas semanas han sido un maldito infierno. Entre el calor —sí, lo sé. Llevo todo el verano repitiéndome más que el ajo—, Reme interrogándome a la mínima oportunidad, Gael viniendo a ver a su abuela todos los días y yo... hago como que no existe.

Él tampoco insiste.

Alguna vez nuestras miradas se cruzan durante un segundo.

Solo uno.

Después, cada uno sigue a lo suyo como si el otro fuera un completo desconocido. Y duele.

Duele muchísimo más de lo que imaginé.

Además, cada día está más moreno y más atractivo. Se nota que toma el sol en la casa de campo…

No penséis que le he puesto una cámara en su casa. Me he enterado por Carmina que no deja de hablar de su hijo a la mínima oportunidad. Que si Gael esto, que si Gael aquello. Que si habían ido a cenar juntos, que si Laura había estado en la casa de campo, que si hacían muy buena pareja...

No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que lo hace adrede.

Ella sabe que esos comentarios me hieren.

Además, se ve que algunos no pierden el tiempo…

Es horrible seguir pensando en alguien las veinticuatro horas del día mientras tú estás convencida de que esa persona ya ha pasado página.

Por suerte, mi amiga Patri y mi primo Carlos no me han dejado sola ni un solo fin de semana. Hemos salido a cenar, a tomar algo en la plaza e incluso a dar alguna vuelta para despejarme.

Spoiler: tampoco ha servido de mucho.

Porque, como no podía ser de otra manera, Gael siempre estaba allí.

Parece que cuando quieres olvidar a alguien, el universo decide ponértelo delante cada dos por tres.

La cuestión es que mi mirada siempre termina buscándolo. Y, por mucho que intente convencerme de lo contrario... La suya siempre acaba encontrando la mía.

Por suerte, las chicas están al caer. Jenni ha recogido a Lore hace un rato y, si no se han perdido por el camino —cosa poco probable porque Jenni vive con el GPS integrado en el cerebro—, ya deben estar cerca.

Les dije que este año no pensaba bajar a las fiestas del pueblo y casi me desheredan por teléfono.

Así que aquí estoy...

Terminando de recoger la casa para que puedan dejar las maletas en mi habitación mientras yo me apaño durmiendo en el sofá.

El telefonillo empieza a sonar con insistencia, sobresaltándome.

Descuelgo.

—¡Abre, desgraciada, que nos estamos derritiendo! —berrea Jenni al otro lado.

Seguro que se ha enterado media calle…

—¡Y baja a ayudarnos, que Lore ha traído media casa! —añade entre resoplidos.

Pulso el botón del portal mientras, por primera vez en semanas, una sonrisa de verdad asoma a mi cara.

Apenas pasan unos segundos antes de que empiecen a aporrear la puerta.

Abro.

Lore es la primera en entrar arrastrando una maleta tan grande que juraría que ha metido a una persona dentro. Detrás aparece Jenni con una más pequeña y una mochila que un militar en misión especial miraría con respeto.

—¿Vosotras estáis locas? ¿Venís a pasar cinco días o a colonizar el pueblo? —pregunto sin poder evitar reírme.

—Nunca se sabe cuándo hará falta un modelito de emergencia —responde Jenni muy seria.

—Ni cuándo habrá que esconder un cadáver —añade Lore guiñándome un ojo.

No me da tiempo ni a contestar.

Las dos se lanzan sobre mí al mismo tiempo. Y, de repente... toda la coraza que llevaba semanas construyendo se hace añicos.

Las abrazo con todas mis fuerzas y rompo a llorar como si hubiera estado esperando precisamente este momento para venirme abajo. Ninguna dice nada. Me dejan desahogarme mientras Jenni me acaricia la espalda y Lore me aparta el pelo de la cara.

Cuando logro tranquilizarme es Lore quien rompe el silencio.

—¿Ya? —pregunta con una calma que me sorprende.

Quien la conoce sabe que es un terremoto y que no puede estar callada más de treinta segundos.

Asiento, ya que tengo la garganta cerrada y no me salen las palabras.

—Perfecto —dice Jenni frotándose las manos—. Pues ahora empieza la operación de verdad.

Las miro alternando de una a otra y su sonrisa no me gusta nada. Esa sonrisa no. La conozco demasiado bien. Cada vez que ponen esa cara, alguien acaba metido en un lío.

Y, casualmente, ese alguien suelo ser yo.

—¿Qué operación? —consigo preguntar después de beberme dos vasos de agua seguidos.

Ambas se miran y con una sonrisa que da miedo hablan a la vez.

—Tú déjate llevar y no preguntes —dice Jenni.

—Haz caso al consejo del Aquelarre —añade Lore muy digna.

¡Si es que lo sabía que algo tramaban!

—¿Qué consejo? Si yo también estoy en ese grupo y no nos hemos reunido… —digo sujetándome a la encimera de la cocina.

Frunzo el ceño. Jenni carraspea. Lore silba mirando al techo.

Mala señal.

—Digamos que... se celebró una reunión extraordinaria.

Parpadeo.

—¿Perdón?

—Sin ti —aclara Jenni.

—¿Habéis hecho una reunión del Aquelarre... sin una de las fundadoras?

—Era un asunto clasificado.

—¡Era una urgencia nacional! —añade Lore levantando un dedo como si estuviera defendiendo una tesis doctoral.

Las observo durante unos segundos…

No están bromeando. Han conspirado y me han dejado fuera.

—¿Me estáis diciendo que habéis organizado algo y soy la única que no sabe de qué va?

—Minucias —contesta Jenni mientras hace un gesto con la mano quitándole importancia.

—¿Y pretendéis que no pregunte?

—Exacto.

—¿Y si me niego?

Jenni sonríe. Lore también.

—No es una opción.

Resoplo.

—Me la vais a liar.

—Sí.

—Muchísimo.

—Y luego nos darás las gracias.

Las dos vuelven a sonreír.

Y, de repente, siento auténtico miedo. Porque conociéndolas, lo raro sería que no acabara implicada la Guardia Civil.

—¿Nos pones agua fresca? —pregunta Lore como si no acabaran de declararme la guerra.

—Y algo de picar, que conspirar da mucha hambre —añade Jenni.

—¡Os merecéis que os envenene con el piscolabis! —digo fingiendo estar enfadada.

Aunque tramen cosas a mis espaldas y sé que estos días me la van a liar, las quiero demasiado. Sin ellas no sé si habría soportado toda la mierda de las últimas semanas.

—Oye... ¿A qué hora tienes que ir a casa de Reme? —pregunta Lore mirando el reloj.

Miro la hora.

Cinco minutos.

—¡Joder! ¡Llego tarde! —grito mientras salgo disparada hacia mi habitación.

Me calzo las zapatillas a toda velocidad, cojo las llaves y vuelvo a la entrada.

Jenni y Lore ya están esperándome en el rellano, cada una con su bolso colgado del hombro.

—¿Y vosotras adónde vais? —pregunto cerrando la puerta.

Las dos me miran como si acabara de hacer la pregunta más absurda del siglo.

—Contigo.

—¿Perdón?

—Tenemos que conocer a la legendaria Reme —dice Lore ilusionada.

—Y supervisar el terreno de operaciones —añade Jenni.

—¿Qué terreno de operaciones?

—Información clasificada.

Resoplo.

—Os juro que me dais miedo.

—Es una reacción completamente normal —dice Jenni muy seria.

—A nosotras también nos daríamos miedo si nos viéramos desde fuera —remata Lore.

Niego con la cabeza mientras bajamos las escaleras.

Cuando llegamos a casa de Reme, el sonido de la televisión se escucha desde el rellano. Levanto una mano antes de meter la llave en la cerradura.

—Ni se os ocurra entrar gritando —susurro.

Las dos me miran con cara de no haber roto nunca un plato.

Mala señal.

—¿Por qué? —pregunta Lore también en voz baja.

—Porque a la señora Reme no le hace falta un infarto por vuestra culpa.

Jenni se lleva una mano al pecho fingiendo indignación.

—¡Qué concepto tienes de nosotras!

—El correcto.

Abro la puerta despacio.

—Ya estoy aquí —digo caminando hacia el salón.

La mujer aparta la vista de la televisión y me sonríe.

—¡Hija! Ya pensaba que te había secuestrado alguno de esos hombres de los libros que tanto te gustan...

—Buenos días, Reme —respondo riendo.

Entonces aparecen Jenni y Lore detrás de mí. Las dos se quedan completamente quietas. Reme las observa de arriba abajo con esa mirada suya que parece hacer radiografías.

—¿Y estas dos quiénes son? ¿Las de la secta?

Me giro despacio.

—¿Ve? Si es que usted también lo nota...

Lore da dos pasos al frente con los ojos brillándole como una niña pequeña el día de Reyes.

—¡Señora Reme!

Antes de que pueda reaccionar, se agacha y la abraza con muchísimo cuidado.

—Soy Lore. Solo quería decirle que soy su fan número uno. Llevo meses escuchando historias sobre usted y tengo que confesarle una cosa...

Reme arquea una ceja.

—De mayor quiero ser como usted.

Se hace un silencio.

Jenni se muerde el labio para no reírse. Yo cierro los ojos. Y Reme...

Reme empieza a reírse tan fuerte que termina tosiendo.

—¡Esta chica sí que tiene buen gusto! —dice entre carcajadas—. Anda, acercaos las dos, que no veo bien de lejos. Si sois amigas de Sofi, ya os considero un poco familia.

Las chicas se miran emocionadas.

Yo sonrío sin poder evitarlo, ya que hacía semanas que no veía a Reme reír de esa manera.

—¿Cuál de las dos es la que tiene menos vergüenza? —pregunta después de pasarles el escáner.

Jenni señala a Lore.

Lore señala a Jenni.

Reme asiente.

—Perfecto. Entonces las dos sois de las mías.