Capítulo 50
El venao
Los cantantes
Y que no me digan en la esquina (el venao, el venao). Que eso a mí me mortifica (el venao, el venao). Que no me voceen en la esquina (el venao, el venao). Eso mira a mí me mortifica (el venao, el venao)…
N o me lo puedo creer. Releo el mensaje más de cien veces esperando que aparezca otro detrás. Uno diciendo que se ha equivocado, que está enfadada, que necesita tiempo o, al menos, una explicación.
Lo que sea.
Pero la pantalla sigue igual.
Fría.
Silenciosa.
Definitiva.
« Es mejor que no volvamos a vernos » .
No.
No puede ir en serio. Simplemente no puede… Esa misma mañana me besaba en la cocina de mi abuela, sonreía y parecía feliz.
¿Cómo demonios hemos pasado de eso a esto?
¿Qué coño ha pasado entre medias?
Porque algo ha tenido que pasar y yo no estaba allí para verlo.
El sudor cae desde mi nuca bajando por mi espalda.
Mi abuela me mira de reojo. Mi madre limpia el polvo inexistente mientras canturrea una canción. Y yo… solo tengo ganas de ir a aporrear la puerta de Sofi esperando una explicación.
Ahora, que de aquí no me muevo hasta que aparezca a las siete de la tarde para cambiar el pañal de mi abuela como que me llamo Gael.
A las seis y media suena un mensaje en el móvil de mi madre, la cual, nos dice que es Sofi indicando que no se encuentra bien y que no va a venir.
Estupendo.
Me levanto de un salto del sofá y bajo a la calle. Me quedo unos minutos observando su ventana con tan buena o mala suerte, de verla correr la cortina y bajar la persiana.
¿Estará enferma de verdad?
Juraría que me ha visto… No me lo pienso más, no puedo con esta incertidumbre. Llamo al timbre y su madre responde a través del telefonillo. Me dice que Sofi no se encuentra bien y lleva toda la tarde encerrada en su habitación.
Joder.
Me subo al coche y conduzco hasta la casa de campo. Miro el móvil una vez más cuando llego y… nada.
Mi padre no está. Tengo la casa entera para mí solo.
Llego hasta mi habitación y me tiro en la cama sin quitarme la ropa ni los zapatos.
¿Qué cojones le habrá pasado por la cabeza? ¿Habrá conocido a alguien? ¿Se habrá dado cuenta de que quiere otra vida y no se atreve a decírmelo?
Grito varias veces desgarrándome la garganta y entonces, el llanto llega.
¡Mierda!
Ahora que era feliz… Ahora que estaba junto a la mujer que amo… Ahora que había conseguido la plaza que tanto ansiaba…
« Que le den a la puta plaza. ¿De qué te sirve si no la tienes a tu lado? »
La voz de mi cabeza tiene totalmente la razón. Preferiría mil veces no haber conseguido la plaza y tenerla a ella.
Las lágrimas ruedan por mis mejillas incontrolables, al igual que el temblor de mis manos. El llanto se intensifica robándome el aliento.
Había imaginado septiembre con ella. Octubre. Navidad. ¡Incluso el verano siguiente!
Sin darme cuenta ya estaba metiéndola en todos mis planes.
¡En todos!
Y ahora no sé si volveré a verla mañana.
Los días siguientes son una auténtica mierda.
Llamo.
No responde.
Escribo.
No responde.
Voy a su casa.
Su madre me dice que sigue encontrándose mal.
Al tercer día incluso empiezo a preocuparme de verdad. Porque una cosa es que me deje y otra muy distinta que desaparezca como si se la hubiese tragado la tierra.
Al cuarto día, vuelve a trabajar en casa de mi abuela y la situación no mejora. Simplemente se vuelve más extraña.
Si llego antes, ella se marcha.
Si aparezco por sorpresa, desaparece escaleras abajo como si la persiguiera la policía.
Las pocas veces que consigo verla, ni siquiera me mira y yo sigo sin entender qué demonios ha pasado. Mi madre, en cambio, parece encantada.
Está feliz como si le hubiera tocado la lotería.
Lo cual me hace sospechar todavía más. Pero cada vez que intento sacar el tema cambia de conversación. Así que los días pasan… Luego una semana. Después otra. Y antes de darme cuenta estamos a primeros de agosto.
Yo sigo sin respuestas.
Y Sofi sigue evitándome como si le hubiera pegado fuego al pueblo.
En mitad de todo ese desastre, Laura me escribe. Al principio no le doy demasiada importancia. Unos días después vuelve a escribirme para preguntarme cómo estoy. Terminamos tomando un café. Después otro unos días más tarde.
Principalmente, porque es la única persona que sabe que Sofi me ha mandado a paseo.
—Si te ha pedido espacio, dáselo —me aconseja una tarde.
—¿Y si cree que no me importa?
—Llevas semanas detrás de ella.
Remueve el café y me mira por encima de la taza.
—Créeme. Ya sabe que te importa.
Y aunque no me convence del todo, la verdad es que tampoco tengo muchas más opciones, ya que Sofi sigue sin responder.
Sigue evitándome.
Y yo empiezo a pensar que quizá esto se ha terminado de verdad.
***
Esa tarde, voy conduciendo hacia casa de mi abuela cuando un BMW descapotable aparca unos metros más adelante en la plaza.
No le habría prestado atención de no ser porque ella baja del asiento del copiloto.
Sofi.
El aire abandona mis pulmones. Hace días que no la veo de cerca.
Días.
Y aun así la reconocería entre un millón de personas.
Permanezco inmóvil sin apartar la vista como un idiota.
El conductor sale por el otro lado. Alto, moreno, sonrisa fácil.
Más o menos de su edad. Ella sonríe… Y siento algo desagradable removiéndose dentro de mi estómago.
Porque hace semanas que no me sonríe a mí. Hace semanas que ni siquiera me mira.
Hablan unos segundos. No puedo escuchar qué dicen, pero la veo reírse.
Y esa risa termina de matarme.
Porque yo llevo dos semanas sin ser capaz de arrancarle ni una palabra. Dos semanas preguntándome qué hice mal. Dos semanas intentando arreglar algo que ni siquiera sé qué es. Y él consigue hacerla reír en menos de un minuto.
El chico le pasa un brazo por los hombros y Sofi no se aparta. Mi corazón da un tirón tan fuerte que casi duele físicamente. Después la abraza y ella no se aparta, al contrario, le abraza de vuelta.
Sin dudas.
Sin miedo.
Sin huir.
Sin esconderse.
Como hacía conmigo al principio.
Trago saliva. No funciona. Tengo la garganta completamente cerrada.
Entonces él le besa la mejilla y Sofi sonríe.
Una sonrisa pequeña. Sincera. De las que le llegan a los ojos. La misma sonrisa que llevaba semanas echando de menos. La misma que pensé que algún día volvería a dedicarme.
Algo se rompe dentro de mí.
No lo hace de golpe ni como en las películas. Es peor.
Mucho peor.
Es una grieta lenta, silenciosa. Definitiva…
Porque por primera vez desde que recibí aquel mensaje dejo de preguntarme qué hice mal y empiezo a preguntarme si simplemente encontró a alguien mejor.
Alguien más fácil. Más sencillo. Alguien que no arrastrara una madre imposible ni un pasado complicado, ni una familia que siempre parece empeñada en estropearlo todo.
Alguien que no fuera yo.
Y joder...
Creo que eso duele todavía más. Porque si me hubiera odiado, habría podido arreglarlo. Si hubiera estado enfadada, habría podido luchar.
Pero si ya no me quiere... ¿Qué coño se supone que hago entonces?
Paso por su lado con el coche y nuestras miradas se cruzan un instante antes de que ella entre en el portal de su casa. Acelero y me marcho al campo, necesito estar tranquilo y pensar las cosas en frío. Porque si hablase con ella en estos momentos…
Creo que sería el mayor error de mi vida.
Nada más llegar me abro un botellín de cerveza y me siento en el porche. Me descalzo y apoyo los pies sobre la barandilla contemplando el atardecer. Mi padre se sienta a mi lado y se mantiene en silencio.
Ninguno habla.
Cuando el sol cae del todo, al fin abre la boca.
—Hijo… ¿Va todo bien?
No lo miro, porque si lo hago sé que me voy a terminar de romper y no quiero contar nada que pueda perjudicar a Sofi ya que su sustento depende de mantener este trabajo.
—Sofi me dejó hace unas semanas —murmuro tan bajo que no sé si me habrá escuchado.
—¿Por? —pregunta al cabo de unos segundos.
—Ni idea. Solo sé que me dejó y no quiere hablar conmigo.
Mi padre se remueve en el asiento.
—¿Cuándo dices que fue?
No me hace falta pensarlo, ya que ha sido el peor momento de mi vida, después de hoy, claro.
—Hace veinte días —respondo tras beber un trago del botellín.
—¿Así de la noche a la mañana? —pregunta incrédulo.
Ya somos dos, podemos montar un club o algo así.
—Si, por la mañana estábamos bien y por la tarde me dejó.
Un suspiro se escapa de mis labios. Me paso la mano por el cuero cabelludo intentando calmar el dolor de cabeza que se está instalando poco a poco.
—¿Has preguntado a tu abuela? —pregunta con el ceño fruncido.
Giro el cuello lentamente hacia mi padre. ¡Coño! No se me había ocurrido…
—No…
—¿Y se puede saber por qué? Si ella es la que se entera de todos los chismes…
No le quito la razón.
Marco el teléfono de mi abuela y responde al cuarto tono.
—¿Diga?
—Abuela, soy yo. ¿Hay moros en la costa? —pregunto en clave por si está Sofi o mi madre por ahí.
—¿Y quién eres tú?
—¡¿Cómo qué quién soy?¡ —pregunto flipando en colores—. Tu nieto.
—No sé, yo no tengo nietos…
¡La mato! Ya está tocándome las narices…
—Sí los tienes, además, soy Gael… Tu favorito —me hago el gracioso para ver si así cede.
—Mira… Gael —hace hincapié en mi nombre.
No me gusta nada…—. No eres más tonto porque no te entrenas.
Para empezar, mi nieto favorito es Daniel, desde hace unas semanas ya que el otro, es decir, tú…
eres un traidor. Y segundo, no sé cómo tienes la cara de llamar para sonsacarme información con la que has liado…
—¿Qué he liado? —pregunto cabreado.
—No sé, tu sabrás.
Tal cual lo dice, me cuelga. ¡La madre que la parió! Mi padre, que sigue a mi lado lo veo aguantarse la risa.
—No entiendo nada. La abuela ya chochea… —digo mirando la pantalla del teléfono sin dar crédito.
—No chochea. Pero tal y como te ha hablado ya te aviso que está enfadada, y no poco.
—¡Pero si no he hecho nada! —respondo indignado.
—Voy para allá a hacer noche y relevar a tu madre. Solo te voy a decir una cosa… Tu señora madre está demasiado contenta desde hace unos… veinte días.