El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 49
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Capítulo 49

Que tiene ella que no tenga yo

Camela

Pero porque mi amor… Es porque tiene la belleza que no tengo yo o es que te gustan sus caricias y las mías no.

A l llegar a casa de Reme, Carmina me espera con sus malos humos. Según ella, he tardado mucho en traer la mayonesa… He tardado literalmente veinte minutos y encima he salido antes de mi casa para ir a comprársela.

¡Manda huevos!

—Sí, Carmina —murmuro sin ganas de discutir.

Me acerco arrastrando los pies hasta donde está Reme y me siento a su lado frente al ventilador. Entre el calor del mediodía y la hostia de realidad de ver a Gael con su ex… lo que sea, porque según él no fueron novios, casi me desmayo por la calle viniendo hacia aquí.

—¿Estás bien? —pregunta la mujer.

Creo que debo tener unas pintas horribles.

—Sí —respondo con la boca más seca que la mojama.

—Estás pálida, niña —sigue erre que erre.

—Por el calor…

Espero que se lo trague y me deje en paz.

—Vamos a cambiarle el pañal… —propongo para cambiar de tema.

—No hace falta, se lo he cambiado yo hace nada —canturrea Carmina que viene con el móvil en la mano.

Sonríe de oreja a oreja a lo que sea que esté viendo.

—Mira que guapo está mi hijo en esta foto —dice mientras casi se tira encima de mí.

Me pone el móvil en toda la cara y por poco no lo estampo contra la pared.

Gael y Laura.

Ambos sonriendo súper cómplices en una foto que es de hoy por la ropa que llevan puesta y porque está tomada en la terraza del bar.

—Me la ha mandado mi amiga. Al parecer su sobrina y mi hijo se conocían de la universidad… Qué poco falta para que mi hijo te pegue la patada — dice con toda la maldad que tiene dentro.

¡La mato! A mi hoy me sacan de aquí esposada. Por un segundo me imagino la escena agarrándola de los pelos y estampándola contra la pared… Pero, las pocas neuronas que aun consiguen funcionar, me dicen que por ahí no vaya si no quiero perder el trabajo o acabar en la cárcel.

Vuelvo a mirar la pantalla y durante unos segundos me olvido de respirar. De pensar. De sentir… Como si alguien hubiera pulsado un interruptor dentro de mí.

Porque lo peor es que ya no sé si Carmina me está mintiendo. Lo peor es que empiezo a creerla.

Y eso duele mucho más.

Le devuelvo el móvil sin decir una palabra. No porque sea madura. No porque tenga autocontrol. Sino porque si abro la boca ahora mismo voy a echarme a llorar delante de ella.

Y prefiero morir.

Me levanto con toda mi calma y me dirijo hacia el baño a echarme agua fría por la nuca. Lo necesito como el comer. Me mojo las muñecas, la nuca, el cuello, incluso el pelo mientras lloro en silencio.

¿Qué pecado habré cometido en otra vida para que en esta me pase esto?

Cuando logro tranquilizarme, salgo del baño sin energía. Es como si me la hubieran drenado toda y ahora mismo me siento como una cáscara vacía.

El resto del tiempo me dedico a recoger algunas cosas de la habitación de Reme tras el paso del huracán Carmina hasta terminar mi turno. Justo cuando estoy a punto de marcharme con mis cosas en la mano, Gael entra súper feliz.

Hace amago de acercarse, pero yo más rápida que un ninja, lo esquivo y me escabullo corriendo escaleras abajo.

Escucho como dice mi nombre dos veces antes de cerrar la puerta del portal.

No me paro. Sigo corriendo hasta llegar a mi habitación y ahí, me desplomo sobre la cama.

Mis gatos se suben y se acuestan conmigo uno a cada lado. Ellos sí que son fieles.

No como… el capullo de Gael.

Recibo un mensaje de él, lo ignoro. Al rato me llama, lo dejo sonar… Ya se cansará. Ahora mismo solo quiero estar sola.

No para. El teléfono suena una y otra vez.

¿Es que no entiende que no quiero cogérselo?

A tomar por culo. Lo apago del tirón y lo lanzo sobre la cama. ¿Ahora se acuerda que existo? Cuando estaba con Laura, al parecer, yo no existía.

Me doy una ducha larga tratando de calmar las emociones que ahora mismo están desbordadas. Celos, inseguridades, cotilleos, Carmina, mi madre, Laura, Gael…

Y ahí, me rompo del todo.

Me dejo caer con la espalda apoyada en los azulejos, el agua cae en cascada sobre mi cabeza llevándose las lágrimas amargas que no dejan de brotar de mis ojos.

No sé cuánto tiempo paso así.

Solo sé, que salgo del trance cuando mi madre aporrea la puerta del baño alegando que necesita entrar.

Me recompongo como puedo mientras me desenredo el pelo y seco mi cuerpo con la toalla. Vuelvo a mi habitación y enciendo el teléfono con la necesidad de hablar con las chicas.

Marco directamente una llamada grupal ignorando los mensajes y llamadas del susodicho.

No tengo ganas ni de pronunciar su nombre…

La primera en entrar en llamada es Lore y a los pocos segundos es Jenni quien saluda con su energía habitual.

—Chicas…

No logro decir nada más. Lloro como una niña pequeña al perder su juguete favorito.

—Eh, eh, eh... ¿Qué ha pasado? —pregunta Jenni alarmada.

—Respira primero —añade Lore con una calma que ahora mismo me parece insultante.

Intento hacerlo.

De verdad que lo intento.

Pero llevo demasiadas horas conteniendo las lágrimas.

Demasiados días.

—Lo he visto... —consigo decir entre sollozos.

—¿A quién? —pregunta Jenni.

—A Gael.

Silencio.

—Vale —dice Lore—. ¿Y?

—Con Laura.

Otro silencio.

—¿Quién coño es Laura? —pregunta Lore.

—¿Con Laura dónde? —pregunta Jenni.

Consigo entenderlas de milagro porque han preguntado a la vez.

—En el bar de la carretera. Y Laura es la chica con la que perdió la virginidad en la universidad…

—¿Haciendo qué? —pregunta Lore.

Aprieto los dientes. Porque ya sé por dónde van.

—Tomando algo.

—¿Solo tomando algo? —insiste.

—¿Te parece poco?

—Sofi, contesta a la pregunta.

Me seco las lágrimas con rabia.

—Estaban riéndose.

—Ajá.

—Y ella le estaba tocando el brazo.

—Ajá.

—Y luego Carmina me ha enseñado una foto de los dos juntos y me ha dicho que poco falta para que me dé la patada.

—Carmina también dijo que gastabas demasiadas toallitas —replica Lore.

—No es lo mismo.

—¿Cómo que no es lo mismo?

—Porque esto sí lo he visto.

—Has visto a dos personas sentadas en una terraza.

—¡Joder, Lore!

—¿Qué coño quieres que te diga? ¿Que ya está acostándose con ella? Porque no lo sabes.

La rabia me sube por el pecho.

—Siempre le defendéis.

—Porque estás haciendo exactamente lo mismo que hiciste con tu ex —dice Jenni suavemente.

La frase me golpea como un ladrillo.

—No compares.

—Lo estoy comparando porque desde que apareció esa mujer llevas días buscando pruebas de que Gael es un cabrón.

—No estoy buscando pruebas.

—¿Ah, no? —interviene Lore—. ¿Y entonces por qué llevas una semana preguntando por Maritza a todo el pueblo?

Abro la boca. La cierro. Boqueo como un pez.

Mierda.

—Porque quiero saber la verdad —consigo decir finalmente.

—No —dice Lore.

Su voz suena extrañamente seria.

—Quieres confirmar tus miedos.

El silencio que sigue me resulta insoportable. Porque una parte de mí sabe que tiene razón y odio esa parte.

—No lo entendéis.

—Entonces explícanoslo.

Trago saliva. Me cuesta varios segundos reunir fuerzas.

—Lo he visto sonreír igual que me sonríe a mí.

Mi voz sale rota.

—Y me ha dolido.

Mucho.

Tanto que apenas puedo respirar.

—Ay, Sofi... —susurra Jenni.

—¿Sabes qué es lo peor? —continúo—. Que mientras yo estaba llorando por los rumores, por mi madre, por Carmina y por todo esto... él estaba allí sentado tan tranquilo.

—Porque no sabe lo que te pasa —dice Lore.

—Pues debería saberlo.

—No, Sofi.

—Sí.

—No. Nadie puede adivinar algo que no cuentas.

Las lágrimas vuelven con más fuerza. Porque otra vez tiene razón y otra vez no quiero escucharla.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —pregunta Jenni.

Miro la pantalla apagada de mi teléfono.

Las llamadas perdidas.

Los mensajes sin abrir.

Su nombre.

Una y otra vez.

—No quiero hablar con él.

—Eso no responde a la pregunta.

—No pienso cogerle el teléfono.

—Sofi...

—No.

—Sofi.

—¡He dicho que no!

El silencio que sigue resulta ensordecedor.

—Vale —dice Lore finalmente—. Haz lo que quieras. Pero luego no digas que nadie intentó impedir que cometieras una estupidez.

La llamada queda en completo silencio.

Y por primera vez desde que vi a Gael en aquella terraza, una idea empieza a tomar forma dentro de mi cabeza. Quizá lo mejor sea terminar esto antes de que me rompa más de lo que ya estoy.

Cuelgo con mi cabeza a punto de explotar. Me tumbo de lado en la cama y abro el chat de Gael. Tengo diecisiete mensajes sin leer, cinco llamadas perdidas, dos notas de voz.

Todas de hoy.

Mi garganta se cierra.

Durante unos segundos me quedo mirando la pantalla recordando el beso de esta mañana. La forma en que me llamó preciosa. La manera en que me miraba. Y por un instante estoy a punto de creer que todo esto tiene una explicación…

Que Laura no significa nada.

Que Carmina me está manipulando.

Que estoy exagerando.

Entonces vuelvo a recordar la foto. La sonrisa. La complicidad. La mano sobre su brazo.

Y el comentario de mi madre regresa como una bofetada.

« Dicen que tienes barriguita de embarazada » .

Después la voz de Maritza.

« Ten cuidado con él » .

Aprieto los ojos con fuerza.

No quiero volver a sentir esto. No quiero volver a pasar por lo mismo. No quiero esperar a que me rompan para recoger los pedazos después.

Mis dedos empiezan a moverse solos.

Escribo.

Lo borro.

Vuelvo a escribir.

Lo borro otra vez.

A la tercera, dejo de pensar.

La frase me atraviesa el pecho, pero sigo escribiendo.

—Hazme un favor y no vengas durante un tiempo a casa de tu abuela cuando yo esté.

Me quedo mirando el mensaje. El cursor sigue parpadeando frente a mí.

Todavía puedo borrarlo.

Todavía puedo llamarlo.

Todavía puedo preguntarle qué demonios estaba haciendo con Laura, pero estoy cansada. Tan cansada de dudar. Tan cansada de sentirme insuficiente. Tan cansada de esperar que las cosas salgan mal… Que, por primera vez, decido adelantarme al golpe.

Pulso enviar.

Y en cuanto el mensaje desaparece de mi pantalla, siento que acabo de cometer un error enorme.

Pero ya es demasiado tarde.