El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

Mmm… ¿La está defendiendo?

—Pensé que se llevaban bien, ya que en la última semana la ha nombrado cien veces por lo menos… También dice que se gasta mucha agua desde que estoy aquí, y ella limpiaba mejor que yo... —sigo dejando algunas perlas más.

—No hagas ni puto caso. Desde siempre has hecho tu trabajo bien. No te preocupes, luego hablo con ella a ver que mosca le ha picado —contesta enjuagando la taza a toda velocidad.

Mira la hora en el reloj que lleva siempre puesto en la muñeca izquierda y pega un salto como un gato.

—Mierda. O me doy prisa o llego tarde a los exámenes de recuperación.

Deja un beso sobre mi frente y sale disparado hacia la habitación. A los pocos minutos sale vestido con un pantalón vaquero ajustado, camisa blanca remangada hasta los antebrazos, el pelo con un poco de gomina, pero con ese rollo desenfadado y un perfume amaderado que me ha puesto a cien.

Está guapísimo…

Me acorrala en la entrada robándome un beso de esos que te dejan sin aliento y con las piernas temblando.

—Te veo luego, preciosa —dice justo antes de cerrar la puerta.

Y yo me quedo apoyada en la pared con el corazón a mil, sin respuestas sobre Maritza y con mis inseguridades trepando desde lo más profundo.

***

Cuando estoy a punto de marcharme, es Carmina quien viene en lugar de Enrique como en las últimas dos semanas.

Ha pasado de no venir a estar aquí metida por el día dando por culo hasta que por la noche viene Enrique. No sé si se debe a que Enrique no puede o que a ella se le ha antojado.

—Otra vez ésta aquí… —murmura Reme cuando la ve entrar.

Sonrío un poco ante el comentario, me despido de ambas y marcho a mi casa con el estómago haciendo piruetas por los nervios.

Al llegar, mi madre está limpiando como una lunática en pleno ataque de histeria.

—¡Mamá! —grito por encima del volumen de la música.

Cuando se pone así es que ha pasado algo.

—Ah, ya estás aquí… —dice limpiándose el sudor de la frente.

—Obvio. Ni tengo una hermana gemela que yo sepa ni soy un holograma… —respondo cuando apago la música.

—Ya…

¿Qué cojones la pasa a gente últimamente?

—¿Me vas a contar ya lo que pasa o nos esperamos al mes que viene? —pregunto impaciente cruzándome de brazos.

Me mira negando con la cabeza.

—A ver…

Malo.

Cuando empieza así es que me va a sacar de mis casillas.

—Tú y Gael…

Silencio.

—Gael y yo… —digo instándola a arrancarse de una vez.

—¿Usáis preservativo?

Me quedo muerta.

Si me pinchan no me sacan sangre…

—¡Mamá! —grito muerta de la vergüenza.

—¡Ni mama ni ostias! Hoy me he enterado de que dicen por el pueblo que estás embarazada y que por eso está Gael contigo…

—¡Pues claro que usamos protección! ¿Qué gilipollez es esa? —respondo a punto de explotar.

—Pues eso pienso yo. Pero como dicen que tienes barriguita de embarazada…

—¿Cómoooooo? —digo dando un golpe sobre la mesa.

—Bueno hija… Estás algo rellenita y las malas lenguas dicen eso… Y no me mires así, casi me engancho con Paqui la del quisco cuando me he enterado.

—No, si quieres me río y lanzo flores por la ventana —respondo a punto de explotar como una puta olla.

—Deberías de bajar unos kilos, estarías más guapa y la gente dejaría de hablar…

—¡Me cago en las cotillas del pueblo! —digo antes de caminar hasta mi habitación y pegar un portazo.

¡Joder!

¡¿Es que no me pueden dejar tranquila?!

Me tumbo sobre la cama con la rabia bullendo por todo mi torrente sanguíneo. Un sudor comienza a recorrerme por todos lados.

Ansiedad.

Enchufo el ventilador a la máxima potencia y me siento sobre la cama con las lágrimas cayendo en cascada por mi rostro. No me molesto en limpiarlas. Dejo que caigan con la rabia gritando por dentro.

No me merezco esto.

Y, aun así, me está lloviendo mierda sin parar. ¿Qué es lo próximo? Capaz que se inventan que me quiero quedar con las joyas de Reme o algo por el estilo…

No sé cuánto tiempo paso llorando en silencio en mi habitación. Solo sé que una notificación me hace mirar el teléfono.

Carmina.

¡Qué pesada es, coño!

Miro el mensaje por el visor:

—Antes de venir, acércate al supermercado Menos es Más y trae mayonesa. Gracias

Qué raro.

Carmina dando las gracias. Encima exquisita, tiene que ser justo de ahí que es el que está pasando la carretera.

Me encojo de hombros ya que prefiero no pensar más. Voy al baño, me quito la máscara de pestañas que se ha corrido por mis mejillas y hago un intento bastante pobre por parecer presentable.

Salgo a la calle y la ostia de calor que me pega es la guinda del pastel. Maldigo por lo bajo todo el camino y justo cuando ya veo el súper a lo lejos, mis ojos se desvían hacia la terraza del bar que hay justo en frente.

Gael.

Sentado en la terraza con… ¿Laura?

Mis piernas se niegan a moverse. Parece que estén enterradas en un kilo de cemento armado y mis pies hayan desaparecido en su interior.

No puedo creerlo…

Ambos se están riendo por algo que ella le está contando. La mano de la tipa descansa sobre el brazo de Gael y… él no la aparta.

No.

No puede ser.

Parpadeo varias veces convencida de que mi cerebro me está jugando una mala pasada… Pero siguen ahí.

Él.

Ella.

Riéndose.

La mano de Laura se mueve y se posa sobre la de él muy despacio, mientras Gael la mira con toda su atención, como si no existiera nadie más.

Parecen una puta pareja…

Algo me oprime el pecho.

Hace apenas unas horas estaba besándome contra la puerta de casa de su abuela.

Hace apenas unas horas me llamaba preciosa.

Hace apenas unos días me decía que no me preocupara, que Laura era su pasado y yo su presente.

Y ahora...

Ahora parece feliz.

Demasiado feliz.

Una frase de mi madre atraviesa mi cabeza como un cuchillo.

« Deberías bajar unos kilos, estarías más guapa » .

Luego otra.

«Dicen que tienes barriguita de embarazada».

Después la voz de Maritza.

«Ten cuidado con él » .

Y la de Carmina.

«Maritza hacía esto mejor».

«Maritza gastaba menos».

«Maritza, Maritza, Maritza».

Quizá nunca fui competencia.

Quizá nunca fui especial.

Quizá solo fui la siguiente.

La cuidadora de turno. La que estaba más a mano. La que se creyó diferente.

Noto cómo se me llenan los ojos de lágrimas.

No por verlo con Laura. Ojalá fuera eso. Es por la humillación. Por haberme ilusionado. Por haber pensado que alguien como él podía fijarse en alguien como yo. Porque de repente, todos los comentarios, todos los rumores, todas las miradas, todas las dudas…

Encajan.

Y yo quedo en medio como una imbécil.

Convencida de que esta vez sería diferente. Convencida de que esta vez no me iban a romper. Convencida de que, por una vez en mi vida, alguien me había elegido a mí.

Qué estúpida.

Qué rematadamente estúpida.

Me llevo una mano a la boca porque siento que voy a echarme a llorar allí mismo, en mitad de la calle delante de todo el mundo. Delante de ellos. Y entonces sucede…

Gael se ríe mientras Laura le arregla el cuello de la camisa.

No sé por qué se ríe ni con derecho le toca con tanta confianza. No sé qué ha dicho Laura. No sé qué está pasando realmente… Pero esa risa termina de destrozarme.

Porque hace apenas unas horas era yo quien la provocaba.

Y ahora parece que ya no.

Yo nunca le he colocado el cuello de una camisa.

Ni una.

Porque ni siquiera hemos salido juntos el tiempo suficiente.

Cojo aire y lo suelto despacio. Lo hago como veinte veces tratando de armarme de valor ya que no puedo quedarme aquí plantada eternamente.

La mayonesa.

La maldita mayonesa.

Trago saliva y obligo a mis piernas a moverse. Un paso. Luego otro. Y otro. Cada vez que me acerco siento que el corazón me golpea más fuerte contra las costillas.

No mires.

No mires.

No mires.

Laura vuelve a reírse.

Gael también.

Miro una vez más.

Error.

Ni siquiera me han visto… Menos mal. Sigo caminando ya que la entrada del supermercado está justo delante de la terraza. No hay escapatoria. Cuando paso a pocos metros de ellos, Gael levanta la cabeza y nuestros ojos se encuentran.

Su sonrisa desaparece de un plumazo.

—Sofi…

Mi nombre sale de sus labios como siempre. Como si nada hubiera cambiado. Como si no acabara de arrancarme el corazón…

—Hola —consigo decir.

Mi voz ni siquiera parece mía.

Laura me observa. Guapa. Perfecta. Segura de sí misma. Todo lo que yo no soy en este momento.

—¿Qué haces por aquí? —pregunta Gael incorporándose ligeramente.

La preocupación en su voz me enfurece, porque no tiene derecho. No después de esto. No después de hacerme sentir así.

Levanto la bolsa vacía que llevo en la mano.

—Mayonesa.

Asiente y sonríe.

¡Sonríe como si todo estuviera bien!

Como si no me estuviera rompiendo en mil pedazos delante de él.

—Luego te veo.

Las mismas palabras que me había dicho esa mañana justo después de besarme.

Algo termina de quebrarse dentro de mí.

—Sí.

Luego.

Me doy la vuelta antes de que vea las lágrimas acumulándose en mis ojos y entro al supermercado sin mirar atrás.