El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 48
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Capítulo 48

Celos

Tamara

Celos, son puñales que se clavan en el fondo de mi alma. Y me van a destrozar. Celos, que son más que una locura, que me hunde en la amargura de un amor irracional.

T res días. Es lo máximo que he aguantado sin abrir la boca y preguntar por el tema de Maritza. ¿A quién? A la única persona que puede ayudarme.

La terrorista de Reme.

—¿Sabes a quién me encontré el otro día en el supermercado? —pregunto como quien no quiere la cosa.

Me ignora completamente ya que es la hora de su novela favorita del momento.

—A Maritza —prosigo para ver si así llamo su atención.

—¿Quién? —contesta sin despegar la vista de la pantalla.

—Su anterior cuidadora… —respondo dudando de si me está tomando el pelo o es que no se acuerda de ella.

—Ahh… Sí. ¿Y cómo está? No la he visto desde que dejó de trabajar aquí —responde ahora ya mirándome.

—Bien. No me dijo gran cosa, solo que le mandara saludos y que tenía muy buenos recuerdos de cuando pasaba mucho tiempo aquí con Gael —miento como una bellaca.

Ni le mandó saludos ni dijo que tuviera buenos recuerdos.

—¿Ah sí? —vuelve la vista hacia la tele y cuando creo que no va decir nada más prosigue—. Sí, la verdad que se llevaba muy bien con mi nieto. Con Carmina no congenió, aunque claro, quien va a llevarse bien con esa bruja…

Esto no me aclara absolutamente nada.

Mierda.

—¿Y usted vio algo raro en ese tiempo? —pregunto a bocajarro.

—¿Qué quieres saber exactamente, niña? —pregunta frunciendo el ceño.

—Nooo… A ver, es que…

—Estás celosa —me interrumpe.

No pregunta.

Afirma.

Abro la boca para negarlo, pero ni yo misma estoy segura de que sea mentira.

En ese instante la cerradura de la puerta interrumpe la conversación y al momento entra Enrique acompañado de Carmina.

La susodicha entra como un huracán hacia la habitación donde duerme su marido y a los pocos minutos sale con las sábanas sucias en la mano.

—Te dejo las sábanas en el cesto de la ropa sucia. Lávalas mañana y las tiendes.

—Pero…

—Para eso te pagamos y si no estás de acuerdo ahí tienes la puerta. Gente que quiera trabajar las hay a patadas —me dice antes de salir y pegar un portazo.

Fantástico.

Otra tarea más encomendada por la bruja sin escoba.

—No le hagas caso. Hemos discutido porque no me he cambiado las sábanas y lo ha pagado contigo —murmura Enrique.

Pobre hombre… La paciencia que tiene.

Aunque también es verdad que él tiene dos manos y puede cambiarse las sábanas de la cama donde duerme.

A la mañana siguiente regreso a casa de Reme con la intención de proseguir con el interrogatorio.

Mi gozo en un pozo.

Nada más bajar de tender la colada aparece Carmina con su cara de simpatía habitual —léase con ironía—, quejándose de absolutamente todo.

Que las toallas así no se doblan, que el espejo del baño tiene huellas, después de limpiar el polvo pasa el dedo justo por encima como si fuese la villana de una telenovela —que lo es—, y ya para rematar, me prohíbe usar dos tazas alegando que son de ella y de su marido.

Estupendo.

Me marcho a casa con ganas de decirle cuatro cosas, pero me muerdo la lengua por no perder el trabajo.

Por la tarde, cuando regreso sigue allí para proseguir con la tortura.

—Desde que estás aquí se gastan más toallitas. Intenta no derrochar, que está muy caro.

¡La madre que la parió!

—Solo se usan para limpiar a la señora Reme…

Frunce el ceño. Supongo que no esperaba que la contestara.

—Pues Maritza no gastaba tantas —responde con inquina.

Aprieto tanto la mandíbula que me sorprende no partirme una muela.

No es que ella sepa que llevo cinco días casi sin dormir pensando en que habrá pasado entre su hijo y la anterior cuidadora.

O eso creo.

Igual puede leerme el pensamiento y está torturándome por fascículos.

Aun así, me jode el mero hecho de que la nombre. No lo ha hecho en tres putos años y va a empezar ahora…

Maritza por aquí.

Maritza por allá.

Maritza doblaba mejor las toallas.

Maritza gastaba menos toallitas.

Como vuelva a compararme una vez más con la colombiana, voy a acabar buscándola en redes sociales para comprobar si de verdad era una cuidadora o una santa canonizada.

Al terminar mi turno, llego a casa más quemada que el cenicero de un bingo. De verdad que esta tía es insoportable.

Igual le hace falta echar un polvo… O dos.

La cuestión es que este acoso y derribo va a acabar con mi paciencia y posiblemente, mandándome al paro.

Ufff… Necesito hablar con alguien.

Esta vez soy yo quien llamo a las chicas para contarles que la bruja de mi jefa empeora por segundos.

Me escuchan atentamente y nos echamos unas risas ya de paso. Maldecimos y como no, Carmina acaba en la lista negra en el primer puesto por tocapelotas.

Gael me escribe un mensaje, pero no me molesto siquiera en abrirlo. No quiero pagar con él mi mala leche y tampoco tiene la culpa de tener una madre tan gilipollas.

Esa noche duermo fatal.

Me despierto muchas veces por el calor y cuando al fin consigo dormir algo, sueño cosas raras con Carmina, Maritza, Gael y las chicas.

A las seis de la mañana me despierto desorientada con una pátina de sudor cubriéndome todo el cuerpo.

¡Odio el calor!

Hago tiempo leyendo en la cama una nueva novela que empecé ayer para no despertar a mi madre. A las siete, me ducho para intentar despejarme.

Fracaso estrepitosamente.

Mi mente se bugea con el maldito sueño en el que Gael y Maritza tenían un tórrido encuentro en la cocina de Reme y las chicas me decían que era su pasado y que no había que removerlo.

Hasta en sueños se posicionan en mi contra…

Una vez salgo de la ducha les envío un audio infinito de los míos —según Jenni son podcast—, desahogándome por el sueño y que no me apoyaban en él.

La respuesta de Jenni no tarda en llegar ya que ella esta semana entra super temprano al trabajo. Es un audio corto en el que solo dice:

—Ese sueño son tus miedos saliendo a la superficie. ¿A qué le temes, Sofi? Estamos aquí para escucharte.

Un nudo se forma en mi garganta impidiéndome enviar el audio en varias ocasiones.

A la quinta vez consigo contestar:

—A que todo sea una mentira y esté jugando conmigo. A qué Maritza estuviese diciendo la verdad, que no soy especial y simplemente tiene debilidad por las cuidadoras de su abuela…

Paro el audio porque no quiero que me escuchen llorar como una tonta por algo que sé que está en mi cabeza.

Ding.

Notificación de grupo. Esta vez es Lore.

—¿Y qué más? Porque algo más te preocupa…

Joder, me conocen demasiado.

Cojo aire y lo suelto despacio varias veces para armarme de valor.

—El problema es que mi ex novio me fue infiel y sé que está mal meter a todo el mundo en el mismo saco…

Pero, es que hay algo en todo esto que no me termina de cuadrar, chicas.

Los rumores que se han extendido por el pueblo sobre mi persona, Carmina tocándome las narices y Maritza advirtiéndome sobre Gael. Y todo en cuestión de diez días…

—Es normal que estés así, no debe ser fácil ser la comidilla del pueblo.

A Carmina no le hagas ni caso, sabes que no eres santo de su devoción y está cabreada porque Gael te eligió.

Y respecto a la otra que no voy ni a molestarme en pronunciar su nombre…

está reventada. Tú tienes lo que ella quiere.

Se ve a kilómetros —dice Jenni en otro audio.

—¡¡¡Pero si está casada!!! —contesto sin entender nada.

—¿¿¿Yyyyy??? ¿Es que no hay infidelidades? Todos los días. A mí también me los puso mi ex y si yo te contara me daría para escribir un libro —contesta Lore en su tono habitual.

Es decir, un zasca tras otro.

—Exacto. Yo también llevo más cuernos que un reno y no por ello voy a desconfiar de todos los hombres. Eso sí, en el momento en que veo algo raro… me faltan piernas para salir corriendo —prosigue Jenni en otro audio mientras se escuchan animales de fondo.

Sonrío, porque no sé qué haría sin ellas.

—¿Y qué hago? —pregunto con las llaves en la mano a punto de irme al trabajo.

Bajo las escaleras a toda prisa y justo cuando voy a meter la llave en la cerradura leo por última vez el chat.

—No sacar conclusiones precipitadas ni dejarte llevar por víboras que solo te quieren envenenar la cabeza —contesta Jenni.

—Exacto. Y por mucho que te pese, por el momento, Gael no ha hecho nada malo. Son tus miedos haciendo hula hoop en tu cabeza —remata Lore.

—Está bien. Gracias chicas. Luego hablamos —me despido rápidamente antes de entrar dónde Reme.

Entro silenciosamente ya que llego cinco minutos tarde y me encuentro a Gael en la cocina sin camiseta con una taza de café en la mano.

—Vaya… Si estás viva —dice a modo de saludo.

Mierda.

No le contesté al mensaje.

—Ehhh… Sí. He tenido unos días un poco difíciles y necesitaba desconectar —miento parcialmente.

Necesitaba estar a mi aire para no cometer un homicidio y armarme de paciencia hasta que los rumores desaparezcan.

—¿Qué ocurre? —pregunta mientras sirve café en otra taza— ¿A quién tengo que matar? —lanza otra pregunta mientras me tiende la taza.

Niego con la cabeza.

Gael arquea una ceja y se cruza de brazos esperando una respuesta. Mi mente en ese momento solo tiene capacidad para seguir respirando y observar los músculos de su abdomen, pectoral y bíceps que por la posición están todavía más marcados.

No pegamos ni con cola. Él es un adonis y yo… un minion con exceso de peso.

—No puedo beber de las tazas… —digo muy bajito por si está su madre merodeando.

—¿Tienes alergia a la cerámica? —pregunta Gael más perdido que Marco el día del padre.

—No. Tu madre me ha prohibido usarlas — respondo sin rodeos.

—¿Quéee? —gruñe antes de depositarla frente a mí—. Bebe. Ella no es nadie para prohibirte usar las tazas ni nada de esta casa. ¿Algo más que te haya prohibido?

Se ha cabreado y bastante.

Aunque no lo parezca tiene carácter. Si le buscas, le encuentras.

—Me dijo que desde que estoy aquí se gastan más toallitas para lavar a tu abuela… Que Maritza no gastaba tanto —lo suelto sin quitarle la vista encima.

Necesito ver cualquier mínimo gesto que me pueda indicar si entre ellos hubo algo.

—¡Pero si no la soportaba! ¿Ahora la nombra? Parece bipolar —contesta más cabreado todavía.