El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 47
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Capítulo 47

Si tú la quieres

David Bisbal & Aitana

Si ella te quiere, qué suerte tienes. Si ella te quiere, has tocado el cielo. Se abren las puertas del universo. Cuando te quiere ya solo hay una dirección. El desenlace de cualquier sueño. Está en su boca si tú la tocas. Ella te quiere, se pinta el mundo de color…

L a semana pasó sin apenas darme cuenta. Entre el trabajo, las visitas cada vez más frecuentes de Gael a casa de Reme, besos robados en el pasillo, caricias en la cocina y noches de pasión en el piso que sus padres tienen en el pueblo.

Mi organismo está a tope de oxitocina, serotonina y dopamina. Es decir, estoy tan feliz que da hasta un poco de miedo.

Termino mi turno algo más tarde de lo habitual y decido pasar por el supermercado antes de volver a casa.

Voy distraída mirando la lista de la compra cuando una voz conocida me hace levantar la cabeza.

—¡Sofi!

Tardo unos segundos en reconocerla.

—¡Maritza!

Nos damos dos besos.

Hace tiempo que no la veía. Fue la última cuidadora que tuvo Reme antes de que yo empezara a trabajar con ella.

—¿Qué tal te va? —pregunta mientras mete unas verduras en la cesta.

—Muy bien. ¿Y a ti?

—Trabajando mucho, como siempre.

Charlamos un rato sobre cosas sin importancia. El calor. El pueblo. El trabajo… Hasta que, de pronto, sonríe.

—Te he visto varias veces con Gael —dice bajando el tono de voz.

Noto el calor subir por mis mejillas.

—Bueno... sí.

—Vaya, vaya. Así que al final sí que consiguió conquistarte.

Me río.

—Parece que sí.

—Siempre ha sido insistente cuando algo le interesa.

Hay algo raro en la forma en que lo dice, pero no sabría explicar qué.

—¿Insistente?

—Nada, mujer.

Sonríe demasiado como para ser un simple comentario.

—Solo digo que ese chico siempre ha congeniado muy bien con las cuidadoras de su abuela.

Mi sonrisa vacila apenas un segundo.

—¿Cómo?

Se encoge de hombros soltando un suspiro.

—Digamos que cuando trabajaba para Reme pasaba mucho tiempo con Gael.

Se me instala un nudo extraño en el pecho.

—¿Y?

Maritza chasquea la lengua antes de mirar a un lado y a otro del pasillo. Yo hago lo mismo.

—Y nada.

Otra vez esa maldita respuesta.

—No parece que sea nada.

—Porque en este pueblo la gente habla demasiado.

Eso no responde a mi pregunta.

—¿Qué gente? —pregunto demasiado rápido.

—La misma que decía que Gael tenía una facilidad asombrosa para congeniar con las cuidadoras de su abuela.

Se me hiela el cuerpo.

—¿Cómo?

—Bah. Tonterías del pueblo.

—Maritza…

Ella me mira.

—Solo digo que a veces las cosas no son exactamente como parecen.

—¿Pasó algo entre vosotros?

Su sonrisa vuelve y esta vez me gusta todavía menos.

—¿Sabes qué pasa? Que, si te respondo, quedaré como una resentida. Y si no te respondo, te quedarás pensando en ello toda la semana.

Joder.

Porque tiene razón.

—Entonces no respondas.

—Perfecto.

Y cambia de tema como si nada. Pero cuando se marcha por el pasillo, se gira una última vez.

—Por cierto...

—¿Sí?

—Espero que contigo sea diferente.

Y se aleja dejándome ahí clavada con una lata de tomate en una mano y un nudo horrible instalado en el estómago.

Termino de hacer la compra con las palabras de Maritza taladrándome la cabeza como un martillo percutor.

Al llegar a casa y acomodar la compra les mando un audio a las chicas contándoles lo sucedido. No pasan ni treinta segundos cuando el teléfono comienza a vibrar.

Videollamada grupal.

Por supuesto.

—¿Se puede saber por qué siempre que nos llamas es porque alguien ha decidido meterte mierda en la cabeza? —pregunta Jenni nada más descolgar.

—Hola a ti también —respondo dejándome caer en una silla.

Lore aparece en pantalla con una tostada en la mano.

—A ver, repite exactamente lo que te ha dicho.

Se lo cuento otra vez.

Palabra por palabra.

Cuando termino, ambas se quedan calladas unos segundos.

—No ha dicho absolutamente nada —dictamina Lore.

—Literalmente nada —confirma Jenni.

—Ya, pero...

—No. Nada. Cero. Niente. Nothing —insiste Jenni levantando un dedo—. Ha soltado frases ambiguas como si fuese la protagonista de una telenovela turca.

No puedo evitar sonreír.

—Pues a mí me ha dejado mal cuerpo.

—Porque eres Sofi —dice Lore.

—¿Y eso qué significa?

—Que te montas películas más rápido que Netflix.

—Gracias por el apoyo moral.

—De nada.

Jenni se acerca tanto a la cámara que solo le veo un ojo.

—Escúchame atentamente.

Mala señal. Cuando pone esa voz siempre viene algo.

—¿Gael te ha dado algún motivo para desconfiar de él?

—No.

—¿Alguna mentira?

—No.

—¿Algún comportamiento raro?

Pienso unos segundos.

—No.

—¿Alguna ex escondida debajo de la cama?

—Jenni...

—Es una pregunta legítima.

Lore pone los ojos en blanco.

—Lo que Jenni intenta decir es que llevas semanas con él y no ha hecho nada sospechoso.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de sufrir por adelantado.

Ojalá fuera tan fácil.

Porque la realidad es que no me preocupa lo que haya pasado. Me preocupa lo que desconozco. Y, sobre todo, me preocupa que la frase de Maritza haya sonado demasiado personal. Como si no estuviera hablando de rumores.

Como si estuviera hablando de ella…

—¿Y si pasó algo entre ellos? —pregunto al fin.

Las dos suspiran al mismo tiempo.

—Entonces se lo preguntas —responde Lore.

—Exacto —añade Jenni—. Que para algo sois adultos y no personajes de una serie adolescente.

—A veces no estoy tan segura.

—Pues yo sí —dice Jenni señalándome con el dedo—. Y como vuelvas a sacar conclusiones sin hablar con él, me cruzo la Comunidad Valenciana de punta a punta para darte una colleja.

—Dos —añade Lore.

—Tres si me haces coger un avión.

Por primera vez desde el supermercado me echo a reír.

Y durante unos segundos consigo convencerme de que quizá tienen razón. De que seguramente no sea nada. De que estoy preocupándome por algo que ni siquiera existe.

La conversación con las chicas consigue tranquilizarme un poco.

Solo un poco.

Porque cuando cuelgo la videollamada sigo acordándome de la sonrisa de Maritza y de aquella maldita frase:

« Espero que contigo sea diferente » .

Intento quitarle importancia mientras preparo la cena. No lo consigo. Estoy terminando de recoger la cocina cuando escucho abrirse la puerta de casa.

—¿Mamá?

—¡Aquí estoy!

Su voz retumba desde el pasillo.

Aparece unos segundos después muy alterada.

—¿Qué ha pasado? —pregunto dejando el trapo sobre la encimera.

—Que como me entere quién es la hija de la gran puta que va hablando de ti por el pueblo la dejo calva.

Parpadeo varias veces, convencida de que he debido escuchar mal.

—¿Cómo dices?

—Lo que oyes.

Deja el bolso sobre una silla con más fuerza de la necesaria.

—Porque una cosa es cotillear y otra inventarse mierdas.

Mi estómago se encoge.

—Mamá...

—No. Déjame terminar porque llevo toda la tarde mordiéndome la lengua.

Mala señal.

Muy mala señal.

—¿Qué están diciendo?

Mi madre resopla.

—Lo típico.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Que si te has buscado un novio más joven porque te mantiene.

—¿Perdón?

—Que si te has arrimado a la familia porque tienen dinero.

—¿Qué?

—Que si llevabas años detrás de Gael.

—¿Quéeeee?

—Y la mejor de todas...

Se cruza de brazos.

—Que como eres la cuidadora de Reme, te has aprovechado de la situación para meterte en la familia con el afán de quedarte con el piso.

Durante varios segundos me quedo sin palabras. No porque me lo crea. Sino porque ni en mis peores pesadillas habría imaginado algo así.

—La gente está fatal.

—La gente está aburrida.

Mi madre señala la ventana.

—Y como no tienen nada mejor que hacer, se dedican a meterse en vidas ajenas.

Niego con la cabeza.

—Da igual.

—No. No da igual.

La conozco.

Esa vena que le palpita en la frente significa peligro.

—Mamá...

—He estado a punto de agarrarme de los pelos con dos marujas esta tarde.

No puedo evitar echarme a reír.

—No te rías.

—Sí me río.

—Pues yo no.

Y por la cara que pone sospecho que es verdad.

—Te juro que si descubro quién empezó el rumor...

—Mamá.

—...la dejo más pelada que una bombilla.

Ahora sí me echo a reír.

Ella intenta mantenerse seria. Fracasa en el intento y termina riéndose también.

—Menudo pueblo tenemos.

—Ya ves.

Pero cuando la conversación termina y vuelvo a quedarme sola...

La sonrisa desaparece poco a poco.

Porque por primera vez desde que empecé a salir con Gael siento algo incómodo.

Algo que no me gusta.

La sensación de que demasiada gente parece tener una opinión sobre nuestra relación.

Y tengo la sensación de que esto no ha hecho más que empezar.