El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 46
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Capítulo 46

Amiga mía.

Alejandro Sanz.

Que es con tu piel con quien sueña de noche y que enloquece con cada botón que te desabrochas pensando en sus manos.

Él no te ha visto temblar, esperando. Una palabra, algún gesto, un abrazo.

Él no te ve como yo suspirando… Y, amiga mía, princesa de un cuento infinito.

Amiga mía, tan solo pretendo que cuentes conmigo.

Amiga mía, a ver si uno de estos días por fin aprendo a hablar sin tener que dar tantos rodeos.

Que toda esta historia me importa porque eres mi amiga.

Hace trece años.

L os rumores en los pueblos pequeños corren como la pólvora. Da igual si son ciertos o no. Una vez que el chisme empieza, es muy difícil pararlo.

La única manera de frenarlo es que, cuando llegue a ti, no sigas difundiéndolo., pero aquí parece que la gente tiene mucho tiempo libre.

La solución que he adoptado por mi salud mental:

No entrar al trapo, hacer oídos sordos e ir a la mía. Siempre y cuando no afecte a alguien que me importe, claro.

De todas formas, en cuanto sale un nuevo rumor, la gente se olvida del anterior, más o menos.

Siempre hay alguien que se encarga de recordarlo.

Hay un refrán que dice que cuanto más remueves la mierda, más huele.

Pues con los rumores, es exactamente igual.

Así que, después de Halloween volvemos a clase con historietas para no dormir. Algunos parecen seguir disfrazados de fantasma. En la hora del descanso, no hago más que pegar el primer bocado al bocata, cuando escucho una conversación que no debería.

Estupendo.

Al parecer, están hablando sobre que alguien tiene unas fotos algo comprometidas de una chica del pueblo. El pan se me hace bola en ese momento y consigo tragar de milagro.

Estarán de broma, ¿no?

Uno de ellos saca unas fotos impresas de la mochila y los demás forman un círculo como alimañas al ver un cadáver.

Intento poner el oído para saber quién es la pobre chica cuando escucho un nombre.

Sofía.

¿¡Quéeeeee!?

Pego un salto del banco en el que estoy sentado y me abro paso dentro del círculo. Le arranco las fotos de las manos y comienzo a ojearlas. No era ella.

Menos mal.

Casi sufro un infarto de miocardio con diecisiete años.

—¡Ehhh! ¿Qué coño haces? Si quieres verlas, paga como el resto.

Lo miro fulminándolo con la mirada.

—Nada. Pensé que era una prima mía… Pero viendo que no es, no me interesa.

Vuelvo al banco, miro el bocadillo asqueado por los comentarios que siguen soltando los mandriles y justo cuando doy otro bocado vuelvo a escuchar su nombre.

¡Me cago en la puta!

No me muevo. Pongo la oreja todo lo que puedo y justo en ese mismo momento Sofi pasa con unas amigas. Me mira de reojo como hace siempre, creyendo que no me doy cuenta y veo que se ha cortado el pelo bastante más corto de lo habitual.

—Mira, esa es la zorra que me pilló sacando las fotos, por eso no pude hacerlas más de cerca —murmura el orangután número uno.

Todos se ríen. Yo no.

—Veo que al final no ha podido quitarse el chicle que le pegué y se ha tenido que cortar el pelo —prosigue el hijo de puta.

—¡No jodas! ¿Le pegaste un chicle? —pregunta uno de ellos.

—Así aprenderá a no meterse donde no la llaman —dice otro.

Las risas continúan mientras yo no le quito la vista de encima a Sofi. La rabia comienza a bullir en mi interior y hago un esfuerzo titánico para no ir y hacerle tragar los dientes uno a uno. Se lo prometí a mi madre, que no volvería a meterme en una pelea y de momento lo he cumplido.

Cierro los puños hasta clavarme las uñas y respiro profundamente buscando algo de calma.

En ese momento veo pasar al director caminando con su calma habitual hacia el interior del centro. Me levanto con disimulo y lo sigo hasta su despacho.

Toco a la puerta y entro cuando me da paso. Al verme, el director se sorprende, pero tomo asiento le relato lo que he visto y escuchado sobre las fotos.

Lo del chicle me lo guardo para mí.

Al rato, ya en clase, el director vino a buscar al imbécil.

Después me enteré de que habían encontrado las fotos en su mochila y de que habían llamado a sus padres.

Ya no volvimos a verlo en todo el curso.

Expulsión disciplinaria del centro y una denuncia por acoso sexual que, al ser menor, no llegó a nada.

Al otro idiota que dijo que «así aprendería a no meterse donde no la llaman», le pegué un chicle en el pelo, que, por cierto, lo tenía algo larguito, ganándome un parte y tres días de expulsión.

La bronca que me cayó de mi madre con la canción Amiga mía de Alejandro Sanz de fondo fue épica, pero mereció la pena.