El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 45
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Capítulo 45

Ella me levantó

Daddy Yankee

Tú me dejastes caer (pero ella me levantó). Llámale poca mujer (pero ella me levantó). Me fallaste, abusaste, vacilaste. Ella me revivió. Me dejaste, te burlaste, ahora es tarde. Ella me rescató. Limpió mis heridas a tiempo. Sanó todo mi sufrimiento.

L unes. Me levanto con los nervios a flor de piel y una sensación rara en el estómago. No he pegado ojo en toda la noche, y eso que hoy es una simple toma de contacto con el resto del equipo.

Salgo de casa vestido con un vaquero y una camisa de manga corta, mis deportivas favoritas de color blanco y la agenda que me regaló Sofi con el boli grabado con mi nombre.

Al llegar al colegio saludo al conserje mientras recorro con la mirada las aulas vacías. El sonido de mis pasos retumba por los pasillos, hasta que al fin, estoy frente a la puerta de la sala de profesores.

El olor a café inunda la estancia nada más abrir la puerta.

Llego pronto. Apenas hay tres personas en la sala. El director se acerca a saludarme en cuanto me ve. La jefa de estudios es la siguiente en presentarse. Me ofrecen un café, el cual acepto por cortesía. No es que no me guste, es que huele a café quemado y yo para eso soy bastante tiquismiquis.

Poco a poco, van llegando los demás.

Un señor mayor, cuya cara me resulta muy familiar, se acerca hasta mi posición, me repasa de pies a cabeza y esboza una pequeña sonrisa.

—Vaya. ¡Qué ven mis ojos! —dice negando con la cabeza.

—Ehh…

—El temible Gael se ha convertido en profesor…

—¿Le conozco? —pregunto confundido.

—¿No te acuerdas de mí?

Niego con la cabeza.

—Te metí un parte por pegarle un chicle en el pelo a un compañero tuyo.

Ostia. Puta.

—¿Sr. Beltrán? —pregunto alucinado de que todavía siga aquí dando clases.

—El mismo. Eres mi sucesor. No sé si darte la enhorabuena o el pésame —responde bromeando.

O no.

Todavía no lo tengo claro.

—¿Cómo es que el alumno más tocapelotas que tuve ese curso ha acabado de profesor?

Buena pregunta.

—Pues… supongo que soy la prueba viviente de que todos cambiamos y si le ponemos empeño, podemos llegar a ser lo que queramos.

—No sé yo si fiarme de ese discurso viniendo del terrorista de los chicles —replica el señor Beltrán.

Las risas recorren la sala.

Justo en ese momento la puerta vuelve a abrirse de golpe.

—¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! He pinchado una rueda y luego me he dejado el portátil en casa. Estoy teniendo un día estupendo.

Reconozco la voz antes incluso de verla.

Mierda.

Laura entra cargada con un bolso enorme y una agenda que amenaza con desintegrarse. Su coleta alta se mueve de un lado a otro mientras intenta recuperar el aliento.

Por un segundo nuestras miradas se cruzan.

—No me lo puedo creer... —dice señalándome.

—Hola, Laura.

—¿Tú eres el profesor nuevo?

—Y tú llegas tarde el primer día. Veo que algunas cosas nunca cambian.

—Habla el que una vez se quedó dormido en mitad de una clase de Didáctica.

—Fue una vez.

—Fueron tres.

—Dos.

—Tres.

—Dos y media.

Las risas vuelven a llenar la sala. Laura deja sus cosas sobre una mesa libre mientras niega con la cabeza.

—No sabía que te habían dado plaza aquí.

—Y yo no sabía que trabajabas en este colegio.

—Pues… ¡Sorpresa!

El director interviene antes de que la conversación continúe.

—Bueno, ya que estamos todos, vamos a empezar.

Durante la reunión apenas tenemos ocasión de hablar. Se reparten horarios, grupos, tutorías y una cantidad absurda de documentación que nadie va a leer completa.

Cuando por fin termina, los profesores empiezan a salir poco a poco de la sala. Yo sigo revisando unos papeles cuando escucho una voz detrás de mí.

—Oye.

Levanto la vista. Laura está frente a mí sosteniendo el móvil en la mano.

—¿Qué?

—Una foto.

—¿Una foto?

—Por los viejos tiempos.

—¿En serio?

—Vamos, hombre. El señor Beltrán se jubila. Tú consigues la plaza. Yo sobrevivo a este fatídico día aun llegando tarde. Es un momento histórico.

—Tu concepto de histórico es preocupante.

—Y el tuyo aburridísimo.

Niego con la cabeza mientras me levanto.

—Cinco segundos. Ni uno más.

—Sabía que en el fondo me apreciabas.

—No te emociones.

Laura se coloca a mi lado mientras alarga el brazo con el móvil.

—Sonríe.

—No.

—Pues sonrío yo por los dos.

El flash se dispara dejándome ciego.

—Perfecto —dice mirando la pantalla—. Ha quedado genial.

—Déjame adivinar. ¿La vas a subir al grupo de la universidad?

—Por supuesto.

—Voy a arrepentirme de esto.

—Probablemente.

—Definitivamente.

Laura guarda el móvil entre risas.

—Me alegro de verte, Gael.

La sinceridad de sus palabras me desarma un poco. Y yo… sonrío por compromiso.

—Yo también me alegro de verte.

Laura sonríe de forma sincera y, justo cuando voy a salir por la puerta, pregunta:

—Por cierto, ¿te apetecería tomar un café algún día y así nos ponemos al día?

La pregunta me coge desprevenido, pero tampoco acabamos en malos términos.

—Vale.

Salgo del colegio con la carpeta bajo el brazo y mucho más tranquilo que al entrar aquella mañana.

Mi primer día ha ido mejor de lo que esperaba.

Y lo único en lo que puedo pensar mientras camino hacia el coche es en llamar a Sofi para contarle qué tal ha ido todo.