El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 44
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Capítulo 44

Quiero rayos de sol.

Henry Méndez.

Quiero rayos de sol. Tumbados en la arena y ver cómo se pone, tu piel dorada y morena. Mamita loca, cosita linda. Con ese cuerpo es que tú te ves divina. Cuando caminas tú, me vuelves loco. Quiero comerte muy poquito a poco.

L o que en teoría iba a ser una salida sorpresa al día siguiente…

finalmente se pospuso, ya que, Carmina se empeñó en que salieran a celebrarlo.

Gael, a su vez, impuso que yo tenía que ir.

Reme se enfurruñó porque ella ya no puede casi caminar y Enrique harto de que siempre discutan, cortó por lo sano y dijo que se hacía una comida en la casa de campo y punto.

Nunca lo había visto cabreado a ese hombre, y mira que lo conozco de toda la vida.

Así que fuimos al campo a comer y pasar la tarde. Me llevé el bikini y, al menos, pude refrescarme un rato mientras Gael no paraba de meterme mano disimuladamente bajo el agua.

Después, volvimos a casa con su abuela y, una vez que la dejamos dormida, pasé la noche con él —pendientes de Reme, no penséis mal—, aunque tuvimos nuestro momento de pasión.

Eso sí, en silencio.

Durante los días siguientes sentí que vivía en una nube de algodón. Gael es ese lugar seguro al que siempre quieres volver. Ese abrazo reconfortante después de un día horrible. Ese arcoíris después de la tormenta. Ese amor que llegó cuando menos lo esperaba.

Cumplió su promesa.

El domingo, después de comer con Reme, pusimos rumbo hacia «su sitio favorito después de mí». No lo digo yo, fueron sus palabras textuales.

Por el camino, me contó que estaba nervioso por empezar a trabajar en el colegio del pueblo donde habíamos crecido, y que, algunos de los que habían sido sus compañeros de clase ahora llevaban a sus hijos allí también.

Al llegar, reconozco el lugar. El embalse de Sitjar es un sitio precioso, además, cuando era bastante más pequeña, mi hermano y yo veníamos con mi padre. Cientos de recuerdos cruzan mi memoria en cuestión de segundos y no puedo evitar emocionarme.

Gael, que se da cuenta, me coge de la mano y comienza a caminar con la mochila a paso tranquilo. Una vez que llegamos cerca de la orilla dejamos las cosas y nos acomodamos sobre una toalla gigante.

El sol de la tarde besa el agua tranquila del embalse creando destellos dorados a nuestro alrededor. No hay nadie. Tan solo el viento suave entre los árboles y nuestros corazones latiendo.

Gael se tumba de lado apoyado en un codo. No deja de observarme, como si todavía no pudiera creer que estoy aquí con él. Sus dedos recorren mi brazo con una lentitud que me eriza la piel. Mi corazón late desbocado. Siento que en cualquier momento va a explotar de puro amor.

—¿Sabes qué es lo mejor de este sitio? —pregunta con voz baja y ronca.

—¿Qué? —susurro, casi sin aliento.

—Que aquí solo estamos tú y yo.

Me inclino y fundo mis labios con los suyos. El beso empieza suave, casi reverente, pero pronto nuestras lenguas se encuentran y todo se vuelve más profundo, más hambriento. Cuando nos separamos, los dos respiramos agitados. Mi pecho sube y baja con fuerza.

Creo que nunca había sentido tanto amor y deseo al mismo tiempo.

Nos metemos poco a poco en el agua. El contraste de su frescor con mi piel aún caliente resulta delicioso, aunque nada se compara con los brazos de Gael rodeándome por detrás y con su pecho pegado a mi espalda.

Sus manos recorren despacio mi cintura hasta atraerme aún más hacia él.

Siento la dureza de su erección presionando contra mí y un gemido bajito se me escapa.

—Gael… —murmuro, girando la cabeza para besarlo.

—Es imposible no tocarte —susurra contra mi cuello, mordiendo suavemente—. Me vuelves loco, Sofi.

Salimos del agua y volvemos a la toalla.

Las gotas se evaporan despacio sobre nuestra piel, pero el deseo entre nosotros sigue intacto.

Me tumbo boca arriba y Gael se coloca sobre mí, apoyando su peso en los antebrazos.

Sus ojos oscuros recorren mi cuerpo con tanta adoración y deseo que siento que me voy a derretir.

Baja la cabeza y deposita besos lentos sobre mi cuello, la clavícula y el valle entre mis pechos.

Cada roce de sus labios es pausado, húmedo, casi reverente.

Desata la parte de arriba de mi bikini con una delicadeza que me desarma.

Cuando mis pechos quedan al descubierto, se detiene apenas un instante antes de besarlos, lamerlos y atraparlos entre sus labios con una devoción que hace que arquee la espalda mientras su nombre escapa entre mis labios.

Una de sus manos se desliza despacio por mi vientre hasta colarse bajo la braguita del bikini.

Estoy empapada. Me acaricia con calma, como si quisiera memorizar cada una de mis reacciones, mientras dibuja círculos precisos que hacen que todo mi cuerpo tiemble.

La tensión crece poco a poco, dulce, insoportable.

—Te quiero —digo entre jadeos, con la voz rota.

Gael alza la vista. Sus ojos brillan con una mezcla de emoción y deseo.

—Y yo a ti. Más de lo que puedes imaginar.

Me incorporo y lo empujo suavemente para que se tumbe. Me subo encima de él, besándolo con urgencia mientras froto mi sexo contra su erección, solo separados por la tela fina. Gael gruñe y agarra mis caderas con fuerza.

—Necesito estar dentro de ti —susurra contra mi boca, casi suplicando.

Asiento, desesperada. Gael estira el brazo hacia la mochila, saca un preservativo, lo abre con los dientes y se lo coloca sin apartar los ojos de los míos. Lo que veo en ellos hace que me tiemblen las piernas: amor, necesidad y algo tan grande que apenas puedo describir.

Me quita la braguita despacio, besando cada centímetro de piel que queda al descubierto.

Cuando estoy completamente desnuda, me guía de nuevo hasta quedar sobre él.

Bajo lentamente, sintiendo cómo me llena centímetro a centímetro.

Los dos gemimos largo y profundo cuando está plenamente enterrado en mí.

—Dios, Sofi… —gruñe, apretando la mandíbula.

Empiezo a moverme sobre él, primero despacio, saboreando cada sensación, pero la química entre nosotros es demasiado fuerte.

Pronto mis caderas empiezan a moverse con un ritmo cada vez más rápido y profundo.

Gael empuja hacia arriba, encontrándose conmigo en cada embestida.

Nuestros gemidos se mezclan con el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando.

Me inclina un poco hacia atrás, cambia el ángulo y un grito ahogado sale de mi garganta cuando toca ese punto perfecto. Sus dedos vuelven a mi clítoris, frotando con precisión mientras me folla con más fuerza desde abajo.

—Córrete para mí, mi amor —pide con voz entrecortada, mirándome como si yo fuera su mundo entero.

Mi corazón late tan fuerte que creo que va a estallar.

El amor y el placer se funden hasta arrastrarme al borde del abismo.

Me corro con fuerza, temblando encima de él, apretándolo dentro de mí mientras grito su nombre.

Gael me sigue casi al instante, hundiéndose hasta el fondo con un gruñido gutural y corriéndose dentro del preservativo mientras me abraza con desesperación contra su pecho.

Caemos exhaustos sobre la toalla, todavía unidos. Gael aparta un mechón de pelo de mi cara antes de besarme la frente, las mejillas y, por último, los labios con una ternura infinita. Mis ojos se llenan de lágrimas de pura emoción.

—Te quiero —susurro contra su piel, con la voz temblorosa—. Creo que nunca voy a dejar de quererte así.

—Y yo nunca voy a dejar de demostrártelo —responde, abrazándome más fuerte.

Nos quedamos así, enredados, mientras el sol de la tarde nos acaricia y el embalse sigue en calma a nuestro alrededor. Mi corazón sigue latiendo desbocado, lleno de un amor tan grande que siento que podría iluminar el mundo entero.

El resto de la tarde lo pasamos tomando el sol entre arrumacos, secretos y confesiones. Hay tantas partes de Gael que me son desconocidas que no puedo dejar de escucharlo embelesada.

Él, a pesar de que sabe bastantes cosas sobre mí, se sorprende y se cabrea al escuchar ciertas experiencias de mis relaciones pasadas.

—¿Cómo que desaparecía tres días y luego volvía como si nada? —pregunta incorporándose sobre un codo.

Me encojo de hombros.

—Pues eso. Decía que necesitaba espacio.

—¿Y tú se lo permitías?

—Pensaba que era normal.

Gael me mira como si acabara de decir la mayor tontería del planeta.

—No, Sofi. No es normal.

—Ahora ya lo sé.

Su mandíbula se tensa.

—¿Y el imbécil ese que te decía que estabas más guapa cuando adelgazabas?

—Tampoco fue para tanto.

—No vuelvas a decir eso.

Parpadeo.

—¿El qué?

—Que no fue para tanto, cuando en realidad sí lo fue.

Su voz sale más seria de lo habitual.

El silencio se instala entre nosotros durante unos segundos.

—A veces creo que te acostumbraste a que te quisieran a medias.

La frase me golpea más fuerte de lo que esperaba.

Porque quizá tiene razón.

Quizá durante demasiado tiempo confundí la costumbre con el amor, la indiferencia con la tranquilidad y las migajas con un banquete.

—Contigo todo parece fácil —admito en voz baja.

Gael busca mi mano y entrelaza sus dedos con los míos.

—Porque quererte nunca ha sido difícil, Sofi.

Mi corazón da un vuelco.

—Lo difícil ha sido esperar quince años para poder hacerlo.

Cuando el sol comienza a esconderse, recogemos nuestras cosas entre besos y regresamos al pueblo. Tras la ducha de rigor, bajamos a la plaza para cenar con sus amigos con la excusa de celebrar que ha aprobado y que, al fin, ha conseguido la plaza en el colegio que quería.

Al llegar cogidos de la mano se hace el silencio. Hay un cruce de miradas tan evidente que parece que estén hablando en morse con los ojos.

Los conozco a todos del pueblo y obviamente, ellos a mí.

Nos sentamos y entre picoteos y cervezas, las pullas vuelan a través de la mesa a cada momento.

—Por cierto, ¿ya te han metido en el grupo de profes del cole? —pregunta Sergio.

—Sí. Apenas llevo dos días y ya me tienen frito a mensajes—responde Gael.

—Pues prepárate. Entre los padres pesados y las profes cotillas no vas a tener vida.

—¿Sabes que este año entra como interina la sobrina de Marisa? —pregunta otro.

—Sí, algo he escuchado —responde Gael.

—Pobre mujer —dice Pablo, otro de sus amigos.

—¿Por?

—Porque va a tener que aguantar a este —dice señalando a Gael.

Todos se ríen.

Gael pone los ojos en blanco.

—No exageres.

—Exagerar dice... Si os conocéis desde la universidad.

—¿Y eso qué tiene que ver? —pregunta Gael sin entender.

Ya somos dos. Parece que hablan en clave.

—Que la confianza da asco —replica Pablo.

—No empecéis —los corta Gael.

—Tranquilo. Prometemos no contar historias de la universidad delante de Sofi.

Gael niega con la cabeza.

—Me dais miedo.

—Ni de ciertas visitas en las fiestas de agosto —añade otro.

—Os voy a tirar al río a todos.

Nos echamos a reír y pienso en las locas de mis amigas. Me recuerdan tanto a ellas…

Al terminar la cena, nos marchamos caminando hasta mi casa. Nos despedimos en el portal comiéndonos a besos, con la promesa de vernos al día siguiente.