Capítulo 43
Amigos para siempre
Los manolos
Ven, nos queda tanto por vivir, buenos momentos que podemos compartir. Ya solo sé vivir contigo. Sé que como un día partirás… pero también sé que jamás olvidarás, la amistad que nos ha unido. Amigos para siempre…
L as despedidas nunca me han gustado, pero toca volver a la realidad. Lore se vuelve con nosotros, así que, hasta Valencia, estaremos acompañados.
Nos fundimos las tres en un abrazo de esos largos y, como tres pánfilas, acabamos llorando como si nos fuésemos a la guerra.
—En agosto os espero en Fanzara , chicas —digo limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—Allí estaremos —contesta Lore limpiándose con un pañuelo.
—No me lo perdería por nada del mundo —dice Jenni casi sin voz.
Gael nos observa con los ojos brillantes, en silencio, dejándonos nuestro tiempo para decir las últimas gilipolleces.
La noche anterior fue mágica. Fuimos a ver los fuegos desde la playa y creo que lo disfruté mucho más, ya que al ser de noche no estaba con la lengua fuera por el calor. Liam y Noah no estaban, ya que tenían turno de noche y, aunque intentaron disimular, sé que las chicas estaban algo tristes.
Ojalá el próximo año podamos estar todos juntos.
Aunque no tiene pinta.
Al marcharnos a casa, estábamos parados en un semáforo y vimos a Noah besándose con una chica. Creo que, si nos hubieran pinchado en ese momento, no habrían extraído ni una gota de sangre.
—Venga, que se nos echa el calor encima —dice Gael despidiéndose de Jenni.
La susodicha le hace un gesto con las manos imitando como si lo estuviera observando. Obviamente nos echamos a reír. Esta mujer tiene más peligro que una banda criminal.
El viaje se nos hizo corto. Al principio seguimos comentando las hogueras entre risas, pero poco a poco el coche fue quedándose en silencio.
Lore apenas hablaba.
Miraba por la ventanilla con los brazos cruzados y una expresión que no le había visto en todo el viaje.
Gael intentó romper el hielo un par de veces.
—Bueno... igual deberías hablar con Liam...
—Ni se te ocurra terminar esa frase —le cortó Lore sin apartar la vista de la carretera—. Queda oficialmente prohibido mencionar el nombre de ese cabrón.
Nos miramos los tres y nadie volvió a decir una palabra.
Al llegar a casa, me lancé a comerme a besos a mis niños. Romeo y Eros. Los quiero como si fueran mis hijos.
El resto del día me la paso lavando ropa y recogiendo lo que me dejé tirado antes de marcharme por hacer las maletas a toda prisa.
Al día siguiente, vuelta a la rutina. Entro en casa de Reme como cada día en los últimos tres años. La muy… tocapelotas —porque lo es cuando se pone en ese plan—, está discutiendo con Enrique a grito pelado que quiere un café.
No puede tomar por la tensión, pero ella se empeña en que eso es un cuento del médico.
—¿Qué ven mis ojos? —pregunta al verme cruzar el umbral de la puerta.
Me río porque esta mujer tiene para todos.
—¡Mírala! Si viene morenita, con cara de no haber descansado en un año y un resplandor que ya quisieran los vendedores de las mejores cremas —sigue con su monólogo.
Enrique sale de la habitación aguantándose la risa.
—Obvio. He tomado el sol, hemos dormido poco y no estaba usted estresándome con sus exigencias —replico con los labios apretados para no reírme de la cara que acaba de poner.
—¡Serás bruja! Encima que te doy unos días libres y así me lo pagas… —replica fingiendo estar indignada.
Niego con la cabeza.
—Venga, vamos a asearte —contesto cambiando de tema.
—Sí, sí. Menos mal que has vuelto. Como se nota que mi hijo no ha cambiado un pañal a mis nietos en su vida…
—¡Eso no es verdad! —vocifera Enrique desde el salón.
—¡Arderás en el infierno por mentiroso! —replica Reme.
Me aguanto la risa mientras sigo haciendo mi trabajo.
—¡Es que la que mientes eres tú! —se burla Enrique desde la distancia.
Solo le falta tirarle un filete de carne crudo para amansar a la fiera.
—¡Mira! No soporto al bicho de tu mujer, pero en eso, sé que no miente —finaliza la conversación Reme cruzándose de brazos.
En ese momento entra Gael en tromba corriendo con la sonrisa más ancha que jamás le he visto.
—¿Y a este qué le pica? —pregunta Reme con los ojos abiertos de par en par.
—¡¡¡HE APROBADO!!! —grita antes de levantarme en peso y hacernos girar.
—¡¡¡QUÉEEEEE!!! —grito yo también de alegría.
Su padre lo abraza en cuanto me deja en el suelo, Reme se limpia a escondidas un par de lágrimas y yo… me emociono porque sé todo el esfuerzo que ha puesto para conseguir su sueño.
—¡Hay que celebrarlo! —exclama Gael antes de depositarme un beso en los labios.
Se hace el silencio en la habitación.
—Bueno… ¿Puedo anunciar oficialmente que mi nieto está contigo? —pregunta la muy pícara.
Asiento emocionada.
—¡Por fin! —exclama llevándose una mano al pecho—. Pensaba que me iba a morir antes de veros juntos.
—Mamá... —protesta Enrique.
—¡Tú calla! Que si llego a dejar esto en tus manos todavía estarían intercambiando miraditas como dos adolescentes.
Gael se echa a reír.
—No exageres.
—¿Que no exagero? Llevo años viendo cómo te ponías más nervioso que un flan cada vez que ella cruzaba esa puerta.
—Reme...
—Y tú tampoco te libras —dice señalándome con el dedo—. Que te creías muy discreta, pero cada vez que él venía te cambiaba hasta la cara.
Noto cómo me arden las mejillas.
—¿Veis? Ahí está. La misma cara.
—Voy a tener que subirte la medicación —murmuro.
—Y yo voy a tener que empezar a organizar una boda.
—¡Mamá!
—¿Qué? Yo voy adelantando trabajo.
Las carcajadas llenan la habitación y por un instante me quedo observándolos.
A Enrique.
A Reme.
A Gael.
A esta familia que me acogió cuando más perdida estaba.
A este lugar que, sin darme cuenta, también terminó convirtiéndose en mi hogar.
Y mientras Gael me busca la mano y entrelaza sus dedos con los míos, pienso que quizá la felicidad no llega de golpe. Quizá se construye así. Poco a poco…
Con personas que deciden quedarse.
—¡Abuela! Mañana no cuentes con Sofi… Quiero llevarla a un sitio muy especial.
—Eso díselo a tu padre. El pobre no se ha movido de aquí en todos estos días.
—¿Y eso? —pregunta Gael frunciendo el ceño.
—La bruja de tu madre no ha venido prácticamente en toda la semana. Y casi que mejor… —contesta Reme.
Cada vez que habla sube el pan.
—Vale. Pues hoy me quedo yo contigo y así le damos un descanso a mi padre —finiquita Gael.
Bueno… Al menos la vuelta al trabajo lo hago bien acompañada.
El teléfono de Gael suena en ese momento rompiendo el momento. Se aleja unos pasos para contestar y aunque intento poner la oreja, apenas escucho lo que contesta.
¿Qué? Soy cotilla, no lo niego.
Al cabo de unos minutos vuelve con una sonrisa pintada en la boca.
—Tengo que ir a casa a subir una documentación que necesita Conselleria para tramitar el alta —dice rascándose la nuca.
—No te preocupes, hijo —contesta Enrique.
—¿No empiezas en septiembre? —pregunta su abuela robándome la pregunta de la punta de la lengua.
—En teoría… pero han adelantado la reunión del claustro al próximo lunes para no tener que ir en julio.
—Luego se quejan de que trabajan mucho… —murmura Reme por lo bajo.
—¡Mamá! —la riñe Enrique con la boca pequeña.
—¿Te parecen pocas vacaciones dos meses? —pregunta metiendo mierda.
Otra vez.
—Abuela… Son personas, al fin y al cabo. Si lo han decidido así para tener unas semanas más de vacaciones este año, están en todo su derecho.
—Repito. Dos meses de vacaciones —sigue Reme erre que erre.
—En realidad no. Los exámenes de recuperación son a mediados de julio, pero como los profesores de los más pequeños no tienen que hacerlos, es una faena que la reunión se haga a finales de julio y tengan que ir sí o sí aun estando de vacaciones.
—Es decir, que los pringados son los profesores de los alumnos más mayores —dice Enrique más en tono de pregunta que otra cosa.
—Más o menos. Y sí, yo soy del equipo de los pringados —contesta Gael.
—Entonces… Empiezas a trabajar ya, ¿no? —pregunto sin estar muy segura.
—Más o menos. En teoría voy a la reunión, me presento, y el profesor que se jubila este año me tiene que poner al día de todo, ya que en septiembre él ya no está.
Asiento ante su respuesta, pero una mala sensación comienza a instalarse en mi estómago.