Capítulo 42
Peter Pan
El Canto del Loco
¿Será que me habré hecho mayor? Que algo nuevo ha tocado este botón para que Peter se largue…
E n cuanto los chicos se alejan unos metros con las niñas, noto dos sombras cernirse sobre mí. Son como dos aves carroñeras volando sobre mi cadáver.
Mala señal.
Muy mala señal.
—Bueno —dice Jenni sentándose a mi lado sobre la toalla.
—Bueno —repite Lore exactamente con el mismo tono.
—No.
—¿No qué? —pregunta Jenni.
—No pienso responder.
—Todavía no hemos preguntado nada.
—Os conozco.
Las dos sonríen como tiburones.
—¿Ha merecido la pena? —pregunta Lore.
—¿El qué?
—Gael.
—Lore...
—Contesta.
—Sí.
—Demasiado rápida esa respuesta —interviene Jenni.
—Porque no necesito pensarla.
Las dos intercambian una mirada.
—Ay, Dios mío —susurra Lore llevándose una mano al pecho—. Está enamorada.
—Está enamoradísima —confirma Jenni.
—No estoy enamoradísima.
—Sofi.
—¿Qué?
—Tienes la misma cara que ponen las protagonistas de las películas románticas cinco minutos antes de darse cuenta de que están enamoradas.
—Y llevas sonriendo dos días seguidos —añade Lore.
—Eso tampoco es normal.
Les saco la lengua.
Maduras.
Muy maduras.
—Vale. Pregunta seria —dice Jenni.
—Miedo me das.
—¿Te trata bien?
La pregunta me sorprende. Porque detrás de todas las bromas sé que hay preocupación de verdad.
Sonrío.
—Muy bien.
—¿Te escucha?
—Sí.
—¿Te cuida?
—Demasiado.
—¿Te hace feliz?
Esta vez ni siquiera necesito pensar.
—Muchísimo.
Ambas sonríen y durante un segundo desaparecen las bromas. Solo son mis amigas.
Mis mejores amigas.
—Entonces nos vale —dictamina Lore.
—A mí también.
—Qué monas sois cuando os preocupáis por mí.
—No te acostumbres.
—Ni se te ocurra.
Me río.
—Vale, ahora ya podéis volver a ser insufribles.
—Perfecto.
Jenni se frota las manos.
—Ahora viene la segunda parte del interrogatorio.
—Sabía que había una trampa.
—Por lo que pudimos imaginar ayer… Tiene una buena tranca —dice Lore dejando a Jenni con la palabra en la boca.
Silencio.
—Vale… No hace falta que contestes. Los gemidos que escuchamos en el baño y esta mañana en la habitación, confirman que aparte de tenerla enorme, la sabe usar —remata sin que nadie más hable.
Es como Juan Palomo. Ella se lo guisa, y ella se lo come.
—Vale. Corramos un tupido velo. ¿Quién dio el primer beso? —pregunta Jenni.
—Gael.
—¿Quién dijo «te quiero» primero? —ahora es Lore quien interroga.
—Gael.
—¿Quién cayó primero? —pregunta otra vez Jenni.
—Gael.
—Madre mía, el pobre hombre llevaba años perdido —dice Lore antes de darle un trago al botellín de cerveza.
—Décadas —replica Jenni brindando con ella.
—Exageradas.
—¿Y tú cuándo te diste cuenta?
La pregunta me deja pensativa.
Miro hacia el agua. Hacia donde está él riéndose con sus sobrinas y con Dani.
No está haciendo nada extraordinario. Solo está siendo él.
Paciente. Cariñoso. Haciendo el tonto con las niñas mientras su hermano le lanza agua.
Y, de pronto, entiendo que nunca me enamoré de un beso.
Ni de una noche. Ni siquiera de una confesión.
Me enamoré de todo eso que llevaba años delante de mí sin que supiera verlo.
—Creo que siempre ha sido él.
Las dos se quedan calladas.
—Eso ha sido precioso —susurra Jenni.
—Y muy asquerosamente romántico —añade Lore.
—No puedo con vosotras.
—Ni nosotras contigo.
Terminamos las tres riéndonos mientras el mar rompe suavemente en la orilla.
Después del interrogatorio más invasivo de la historia de la humanidad, el cual, prosiguió dentro del agua, decidimos salir antes de que Lore y Jenni comenzaran a redactar un formulario oficial de preguntas.
Tras comernos un arroz que estaba para chuparse los dedos en un restaurante frente al mar, caminamos por las calles de la isla sin prisa. Y creo que ahí estuvo la magia. No había ningún plan, ninguna obligación, ninguna meta.
Solo nosotros.
El sol, la brisa y esa sensación extraña de saber que estás viviendo uno de esos días que recordarás durante toda la vida.
Las niñas corrían por delante persiguiendo lagartijas imaginarias mientras Dani intentaba que no se despeñaran por ningún sitio.
Sin éxito, como siempre.
—¡Mira, Sofi! —gritó una de ellas enseñándome una piedra que parecía exactamente igual que las otras diez mil piedras de la isla.
—Es preciosa —mentí.
—¿Verdad?
—La más bonita que he visto nunca.
Gael me miró de reojo.
—Acabas de convertirte oficialmente en adulta.
—¿Por?
—Porque has aprendido a fingir interés por piedras.
—Era una piedra muy carismática.
—Por supuesto.
Seguimos caminando hasta una pequeña tienda de recuerdos donde acabamos comprando absolutamente de todo, aunque no necesitábamos nada.
Una pulsera, un imán, un llavero, una postal… y una gaviota de cerámica horrorosa que Jenni aseguró necesitar para decorar su habitación.
—Eso da miedo.
—Eso es arte.
—Eso es una maldición egipcia esperando despertar.
—Eres un inculto.
Mientras discutían, observé a Lore. Estaba intentando no mirar hacia un punto concreto de la calle, el problema era que Noah estaba exactamente en ese punto en concreto y que, cuanto más intentaba disimular, más evidente resultaba.
—¿Quieres una foto? —pregunté.
—¿De qué?
—De tu futuro marido.
Lore casi se atraganta con su propia saliva.
—Cállate.
—No ha dicho que no.
—¡Sofi!
Jenni se dobló de la risa.
—Anotado.
—Voy a mataros.
—No, porque nos quieres demasiado.
—Ese es precisamente mi problema.
—¿Le dijiste que estaríamos aquí? —pregunto ahora más seria.
Lore niega con tanta rapidez que casi se le sale el pelo de la coleta.
Miente.
—Puede —responde con cara de «me han pillado con el carrito de los helados».
Respiro tranquila.
—Vale. Porque si es un acosador lo lanzo al mar sin pensármelo dos veces. Me da igual que sea policía y que mida casi dos metros.
Seguimos caminando entre bromas, empujones y fotografías.
Muchas fotografías.
De grupo, por parejas, saltando, haciendo el tonto, sacando la lengua, abrazados…
Fotos que probablemente acabarían olvidadas en una carpeta del móvil y que aun así parecían importantes, porque congelaban momentos que jamás volverían a repetirse exactamente igual.
Cuando llegamos al puerto, nos sentamos un rato junto al agua. El mar brillaba bajo el sol de la tarde. Las niñas comían helado. Dani discutía con su mujer por teléfono. Jenni intentaba convencer a Liam de que la adoptara.
—No puedo adoptar a una mujer adulta.
—¿Lo has comprobado?
—No creo que haga falta comprobarlo.
—Con voluntad todo se puede.
—Eso no funciona así.
—Vale, vale. Solo era una sugerencia.
Liam soltó una carcajada y Jenni sonrió como si acabara de ganar la lotería.
No muy lejos, Noah hablaba con unos chicos y Lore hacía un esfuerzo casi heroico por no mirarlo. El problema era que sus ojos no parecían haber recibido el mismo mensaje.
Apoyé la cabeza sobre el hombro de Gael.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Observé a mis amigas. A nuestras familias. Al mar. A la isla.
A todos nosotros guardando recuerdos sin saberlo.
—En que algún día vamos a echar muchísimo de menos todo esto.
Gael giró la cabeza.
—¿Todo el qué?
Sonreí.
—Esto.
No supe explicarlo mejor.
Porque a veces hay momentos que no caben en palabras. Momentos que simplemente se sienten y aquel era uno de ellos.
Uno de esos días que, muchos años después, volvería a visitar una y otra vez desde la memoria.
Porque a veces hay momentos que no caben en palabras. Momentos que simplemente se sienten. Y aquel era uno de ellos.
Uno de esos días que, muchos años después, volvería a visitar una y otra vez desde la memoria.
Hay veranos que terminan. Los recuerdos que dejan, en cambio, nunca se marchan.