Capítulo 41
Cuando tú vas
Chenoa
Cuando tú vas, yo vengo de allí. Cuando yo voy, tú todavía estás aquí, y crees que me puedes confundir. ¡¡Y de qué vas!!
Y a huelo las vacaciones y las hogueras están a la vuelta de la esquina. Las niñas aun duermen, mi mujer ya está levantada, supongo que preparando el desayuno.
Hoy es sábado y ya estoy contando los días, las horas y los minutos para salir por la puerta del colegio en el que doy clases y poder pasar mucho más tiempo con mi familia.
Que ambos seamos profesores y disfrutemos de las mismas vacaciones es un puntazo.
Normalmente, hacemos dos o tres viajes al pueblo para estar con mi familia, una semana nos vamos a algún sitio por España, ya que, con las niñas no nos vamos demasiado lejos. Eso sí, las fiestas de mi pueblo en agosto son sagradas.
El teléfono vibra sobre la mesita. Miro la pantalla y no doy crédito. Descuelgo a sabiendas de que esta llamada no es para algo bueno.
—Abuela, son las ocho de la mañana.
—Y a mí qué me cuentas.
—Que la gente normal duerme.
—La gente normal también llama a su abuela.
—Te llamé ayer.
—Veintisiete segundos. Los conté.
Abro los ojos y miro el techo.
Ya estamos.
—¿Qué pasa ahora?
—¿Has hablado con tu hermano?
—Buenos días para ti también.
—Daniel.
Mala señal. Cuando utiliza mi nombre completo significa problemas.
—¿Qué ha hecho Gael?
—Nada.
—Entonces no entiendo la urgencia.
—Precisamente porque no ha hecho nada.
—Abuela, eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene.
Me incorporo en la cama.
—Explícate.
Al otro lado se hace un silencio.
—¿Te acuerdas de Sofía?
—¿La chica de la que lleva enamorado media vida?
—Esa misma.
—Sí.
—Pues tu madre ha decidido tocarme los cojones.
Cierro los ojos. Ya estamos…
Otra vez.
—¿Qué ha hecho?
—¿Cuánto tiempo tienes?
Trago saliva.
—Voy a arrepentirme de preguntar.
—Muchísimo.
—Abuela...
—La ha llamado interesada.
—Joder.
—La ha tratado fatal.
—Joder.
—Menospreció una tarta que hizo Sofi para el cumpleaños de tu hermano.
—Joder.
—Está intentando que tu hermano conozca a la sobrina de no sé quién y encima se lo dijo a Sofi.
—Joder.
—Ha intentado hacerla sentir poca cosa.
—Joder.
—Y después se ha hecho la víctima.
—Vale, ese sí que me lo creo.
—Porque es verdad.
Me dejo caer otra vez sobre la almohada.
—¿Gael lo sabe?
—Sí.
—¿Y Sofía?
—También.
—Hostia.
—Hostia, efectivamente.
Me quedo unos segundos en silencio.
Porque mi madre siempre ha tenido un talento especial para meterse donde no la llaman y, cuando se pone creativa, puede convertirse en una auténtica amenaza para la estabilidad emocional de cualquiera.
—¿Y qué quieres que haga?
La respuesta llega demasiado rápido, como si llevase preparada desde hacía horas.
O días.
Conociéndola… semanas.
—Necesito información.
—¿Perdón?
—Información.
—Abuela, pareces la CIA.
—La CIA no me llega ni a la suela de las zapatillas.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Daniel.
—Vale.
—Quiero saber cómo está.
—¿Gael?
—No.
—¿Sofía?
—Claro que Sofía.
—¿Y por qué no la llamas tú?
—Porque si la llamo sabrá que estoy preocupada.
Parpadeo. La lógica de esa mujer merece un estudio científico.
—¿Y qué quieres que averigüe exactamente?
—Lo normal.
—Define normal.
—Si come.
—Abuela...
—Si duerme.
—Abuela.
—Si sonríe.
—Abuela.
—Si tu hermano está haciendo las cosas bien.
—Eso ya parece una auditoría.
—Porque lo es.
Me echo a reír.
—¿Y qué gano yo con todo esto?
Silencio.
Peligroso.
Muy peligroso.
—Mi herencia.
—¡No puedes estar chantajeándome!
—Observa cómo sí puedo.
—Eso es ilegal.
—Demuéstralo.
—Abuela...
—Daniel...
—Eres imposible.
—Y tú mi nieto favorito.
—Soy el único que te está cogiendo el teléfono.
—Por eso eres el favorito.
Suspiro derrotado.
—Vale. Intentaré enterarme de algo.
—Bien.
—Pero sin que se note.
—Por supuesto.
—Porque si se nota me mandará a la mierda.
—Lo sé.
—Y porque Gael no es tonto.
—Eso ya lo veremos.
—Abuela.
—¿Qué?
—¿Tú ya sabías que acabarían juntos?
La carcajada que escucho al otro lado dura varios segundos.
—Daniel.
—¿Qué?
—Lo sabía hasta el perro.
Y cuelga.