Capítulo 40
Todo de ti
Rauw Alejandro
Me gusta tu olor, de tu piel, el color y como me haces sentir.
Me gusta tu boquita, ese labial rosita y cómo me besas a mí.
Contigo quiero despertar. Hacerlo después de fumar.
Ya no tengo na' que buscar. Algo fuera de aquí.
Tú combinas con el mar. Ese bikini se ve fenomenal.
No hay gravedad que me pueda elevar. Me pones mal a mí.
M e despierto en la cama desorientado, con la sensación de que estoy en un sueño del cual no quiero despertar. Sofi ronca a mi lado con una pierna sobre la mía. La miro durante minutos sin creer que esté aquí, a mi lado.
Acaricio su pelo despacio, no quiero despertarla, parece dormir demasiado a gusto.
Sofi se gira dándome la espalda y yo aprovecho para acurrucarme junto a ella haciendo la cucharita. Su culo roza mi entrepierna varias veces y mi polla que ya estaba despierta, ahora está muy contenta, por decirlo suavemente.
Me intento quedar quieto, pero Sofi no colabora. Sigue haciendo ruiditos mientras duerme. Es adorable. Pero mi mente sucia ahora mismo en lo único que piensa es en lo bien que estaría si me enterrase en ella.
Joder.
Me separo un poco ya que estoy muy acalorado y al instante Sofi vuelve a posar su culo en mi entrepierna.
¡La madre que la parió!
—Gael… —murmura con la voz pastosa.
Sonrío como un tonto enamorado. Que lo soy. Lo que es, es.
—Buenos días —respondo con la voz ronca.
No responde.
La atraigo más contra mí, atrapándola entre mis brazos, mientras le hago cosquillas por todas partes. Sofi se ríe intentando zafarse de mi agarre, pero le es imposible.
—¡Para! —pide entre resuellos por el esfuerzo.
—No. ¿Qué es lo primero que se dice?
—¿Por favor?
—Negativo. Lo primero es dar los buenos días —respondo aguantándome la risa.
Sofi gruñe, todavía medio dormida, pero con una sonrisa traicionera en los labios.
—Buenos días, pesado… —murmura al fin.
—Esa es mi chica.
La aprieto más contra mí, encajando mi cuerpo perfectamente con el suyo. Mi polla dura descansa entre sus nalgas suaves y calientes, palpitando con cada roce. Sofi suspira y, en lugar de apartarse, mueve las caderas hacia atrás con lentitud, frotándose contra mi erección de forma provocadora.
—Joder, Sofi… —gruño junto a su nuca, besándola con la boca abierta, chupando y mordiendo suavemente su piel.
Mis manos recorren su cuerpo con hambre contenida. Acaricio la curva de su cintura, subo por su vientre y tomo uno de sus pechos con firmeza, masajeándolo mientras pellizco su pezón entre mis dedos. Ella gime bajito, arqueando la espalda, presionando su culo más fuerte contra mí.
—No quería despertarte así… — susurro, aunque los dos sabemos que es mentira.
—Pues ya lo has hecho —responde con la voz aún ronca por el sueño y cargada de deseo—. Ahora no pares…
Me separo apenas lo necesario, estiro el brazo hacia la mesita y cojo un preservativo. Lo abro con los dientes y me lo pongo con movimientos rápidos y precisos. Sofi aprovecha para seguir frotándose contra mí, impaciente, rozando su humedad contra mi muslo.
Vuelvo a pegarme a ella, levanto ligeramente su pierna superior y coloco la cabeza de mi polla en su entrada. Entro despacio, centímetro a centímetro, mientras su cuerpo me recibe cálido, húmedo y apretado. Cuando estoy completamente enterrado en ella, los dos soltamos un gemido largo y profundo.
—Dios… qué bien te sientes —murmuro junto a su hombro, mordiéndolo con suavidad.
Empiezo a moverme con embestidas lentas, pero profundas, saliendo casi del todo para volver a hundirme con fuerza.
Una de mis manos baja entre sus piernas y froto su clítoris hinchado con movimientos circulares, acompasándolos con el vaivén de mis caderas.
La otra mano la sujeta por el pecho, manteniéndola bien pegada a mí, sin dejar ni un milímetro de espacio entre nuestros cuerpos.
—Gael… —gime ella, empujando las caderas hacia atrás para acompasar sus movimientos con los míos en cada embestida.
Aumento el ritmo poco a poco, follándola más duro, más profundo. El sonido húmedo de mi pelvis chocando contra su culo llena la habitación, mezclado con nuestros gemidos. Le muerdo el cuello, chupo esa zona sensible debajo de su oreja y susurro contra su piel:
—Me vuelves loco…
Sofi gira la cabeza buscando mi boca. El beso es desesperado, húmedo y torpe, lleno de lengua y necesidad.
Mis embestidas se vuelven más intensas, casi salvajes, pero sigo abrazándola con fuerza, como si quisiera fundirme con ella.
Siento cómo sus paredes me aprietan, cómo tiembla cada vez que entro hasta el fondo.
—Más fuerte… —suplica entre jadeos—. Por favor…
Le doy lo que me pide. Sujeto su cadera con firmeza y la penetro con estocadas profundas y rápidas, golpeando ese punto que la hace gritar. Mis dedos no dejan de torturar su clítoris, cada vez más rápido. Siento cómo se tensa, cómo su respiración se vuelve entrecortada.
—Así, mi amor… córrete para mí —gruño contra su oído.
Sofi explota con un gemido largo y roto, contrayéndose violentamente alrededor de mi polla.
Su cuerpo tiembla entre mis brazos mientras se corre con fuerza.
Yo la sigo poco después, hundiéndome hasta el fondo con un gruñido gutural mientras me corro con fuerza dentro del preservativo.
Mi cuerpo palpita todavía dentro de ella, arrancándome un último gemido.
Nos quedamos abrazados unos instantes, con la respiración todavía desbocada.
Beso su nuca, su hombro y su mejilla con ternura, disfru tando del simple hecho de tenerla entre mis brazos.
Poco a poco salgo de ella, me quito el preservativo, lo anudo y lo dejo a un lado.
Luego vuelvo a abrazarla por detrás, pegando mi pecho a su espalda.
—Ahora sí que son buenos días —murmura ella, todavía con la voz temblorosa, girándose un poco para besarme.
—Los mejores —respondo, sonriendo contra sus labios—. Podría despertarme así todos los días de mi vida.
Nos quedamos enredados entre las sábanas, besándonos despacio, con esa pereza dulce y satisfecha de las mañanas perfectas.
***
Tras el desayuno pusimos rumbo hacia Santa Pola para coger el barco en dirección a Tabarca [5] . Tras veinticinco minutos llegamos a la isla cargados como mulas. Mi hermano vino solo con las niñas.
—¿Problemas en el paraíso? —pregunto al meternos en el agua.
Las niñas nadan cerca, pero a suficiente distancia como para mantener una charla de hermanos.
—No me lo recuerdes. Joder, si lo sé no le quito el helado a Sofi… —contesta con cara de pocos amigos.
Me río porque es muy raro verlo así.
—A ver… Yo me habría enfadado también… —respondo tratando de mediar un poco.
Mi hermano pone los ojos en blanco.
—Porque eres igual de celoso y de paranoico que ella —replica antes de mojarse la cabeza.
—Yo no soy celoso —respondo cuando sale a la superficie.
—Y yo soy Pablo Alborán —dice descojonándose.
Bueno, vale. Sí, soy un poco celoso, pero no se lo voy a reconocer en voz alta.
—Pues deberías hablar con ella —respondo en cambio.
—Ya lo he hecho. Le dije que desde muy jóvenes nos robábamos el helado mutuamente.
—Lo sé —respondo con esos recuerdos en mi mente como si fuese ayer.
—Todavía me acuerdo de la cara que ponías —dice riéndose—. Te juro que pensaba que cualquier día te ibas a vengar.
—Hubo una vez que estuve a punto de comprarle un helado solo para que dejara de compartir el tuyo.
Dani frunce el ceño.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque me daba miedo que pensara que era raro. Además, no me jodía que fueseis amigos. Lo que me reventaba era ser invisible —digo en voz baja.
No es fácil hablar de aquello. Fueron muchos años sintiéndome como si estuviera delante de ella y, aun así, no pudiera verme.
—No eras invisible, solo que eras más pequeño que nosotros.
—Sigo siendo más pequeño.
—La diferencia es que ahora eres un hombre.
Hace una pausa antes de sonreír.
—Y ella por fin ha aprendido a mirarte.
Me quedo callado unos instantes, sin saber qué responder.
—Y, además... estoy muy orgulloso del hermano que tengo.
Trago el nudo que se me acaba de formar en la garganta.
—No te pongas sentimental que me asusto —respondo para aliviar el momento.
—Que te den.
—Prefiero ser yo el que dé.
Mi hermano se ríe y se deja flotar boca arriba unos segundos.
—Entonces... ¿ya te ha echado de la cama o todavía no?
Lo miro.
—¿Perdón?
—Estoy recopilando datos estadísticos.
—¿Para qué?
—Para reírme de ti.
—Pues vas listo.
—Eso significa que todavía no.
—Dani...
—Vale, vale.
Se incorpora riéndose.
—¿Y qué tal os va?
—Bien.
—¿Bien de verdad o bien de ese «bien» que dicen las parejas antes de matarse?
—Bien de verdad.
—Joder. Qué aburridos.
—¿Y ella qué tal?
—¿Quién?
—No te hagas el tonto.
—¿Sofi?
—Sí, hombre. Si sigue pensando demasiado.
—Eso no va a cambiar nunca.
—Menos mal.
—¿Menos mal?
—Si cambia demasiado igual la habéis sustituido por otra. ¿Y tú cómo lo llevas?
—¿El qué?
—Pues todo.
—Muy específico no estás siendo.
—Ya me entiendes.
Me quedo pensativo un instante.
—Mejor de lo que esperaba.
—Bien.
—¿Por qué sonríes así?
—Porque me gusta verte feliz, imbécil.
Muchas preguntas… Demasiadas. Huele a interrogatorio desde Castellón.
—¿Te ha mandado la abuela?
Mi hermano se atraganta con el agua.
—¿Qué?
—Que si te ha mandado la abuela.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque eres incapaz de disimular.
—Disimulo perfectamente.
—Claro.
—Perfectamente.
—Dani.
—Vale, igual me preguntó un par de cosas.
—¿Un par?
—Diecisiete.
Ambos nos echamos a reír a carcajadas porque sabemos cómo se las gasta la abuela, pero se le perdona porque lo hace con buena intención.