El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 39
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Capítulo 39

La playa

La Oreja de Van Gogh

Te voy a escribir la canción más bonita del mundo. Voy a capturar nuestra historia en tan solo un segundo. Un día verás que este loco de poco se olvida, por mucho que pasen los años de largo en su vida.

M e despierto con los gritos de mis amigas de fondo. Llaman a la puerta y, sin esperar respuesta, entran en tromba como dos elefantes en una cacharrería. Gael tira de la sábana para taparnos justo antes de que nos vean completamente desnudos.

—¡Llegamos tarde! —grita Jenni mientras levanta la persiana.

La luz del atardecer inunda la habitación.

—¡Y tenemos hambre! —dice Lore antes de sentarse a los pies de la cama.

Ambas me miran como si yo fuese su cena. Parecen pirañas dentro de una pecera observando a su víctima.

—Chicas… ¿De dónde sacáis la energía? —pregunta Gael desperezándose.

Mi mirada viaja hasta sus abultados bíceps y, sin poder evitarlo, bajan por sus abdominales hasta su…

Mierda.

Está empalmado.

Las chica miran en la misma dirección que yo y las tres comenzamos a reírnos a mandíbula abierta.

—Lore… ¿Tú no has escuchado nada raro esta tarde? —pregunta Jenni en mitad del ataque de risa.

Lore está peor que ella. Está hasta llorando de tanto reír mientras se revuelca en la cama.

—Si… Creo que era algo tipo así —pega dos palmadas en el aire.

Otro ataque de risa de ambas.

—Parecía una mezcla entre un concurso de aplausos y una psicofonía. Lo tenía que haber grabado para enviárselo a Iker Jiménez —replica Jenni sin dejar de partirse.

Gael y yo nos miramos aguantándonos la risa.

—Hoy en la Nave del Misterio , tenemos el escalofriante caso del fantasma de la llorona. Son sonidos que ponen los pelos de punta —imita Jenni la voz de Iker y todos nos echamos a reír.

Son malas.

Pero son mis amigas y no las cambio por nada en el mundo. Nos picamos a todas horas, pero sé que podemos contarnos cualquier cosa que no nos vamos a juzgar.

—¡Para cabrona! ¡Que me ahogo tía! —dice Lore casi sin respiración.

—Si te sale mal lo de ser veterinaria, podrías dedicarte al humor —dice Gael cuando se recupera un poco.

—Y tú con eso que tienes entre las piernas, podrías abrirte una cuenta en la página azul y ninguna decimos nada —replica Lore mirando hacia ahí con una sonrisa afilada.

—Ya tengo perfil en Facebook —dice tan tranquilo.

Las tres nos miramos antes de romper a reír como unas desquiciadas. Gael nos mira a todas con cara de no entender absolutamente nada.

—Gael, cariño. No se refiere a Facebook precisamente —logro decir al recuperar el aire un poco.

—¿No?

Las tres volvemos a mirarnos.

—¿En qué siglo vives? —pregunta Jenni.

—En el mismo que vosotras, pero tengo dignidad.

—Habla de dignidad el hombre que se ha pasado toda la tarde encerrado en una habitación con mi amiga —replica Lore.

—Objeción. La habitación era de Jenni.

—Denegada.

—Protesto.

—También denegada.

Gael me mira buscando apoyo. Yo levanto las manos.

—No puedo ayudarte. Estás solo ante el peligro.

—Traición.

—Se llama supervivencia.

Las tres asentimos al unísono.

—Miedo me dais.

—Y con razón —dice Jenni.

Lore entrecierra los ojos de repente.

Mala señal.

Muy mala señal.

—Ahora que lo pienso...

—No.

—Todavía no he hecho las preguntas importantes.

—Lore...

—¿Cuántas veces?

—¡LORE!

—¿Qué? Estoy interesándome por la felicidad de mi amiga.

—Eres insufrible.

—Y tú estás roja.

—Porque hace calor.

—Claro.

—Lore, te juro que...

—Vale, vale.

Levanta las manos fingiendo rendirse.

No me lo creo ni un segundo ya que conozco esa sonrisa. La misma que pone cada vez que está preparando una encerrona.

—Bueno, cambiando de tema —dice Jenni incorporándose de golpe—. ¿Vamos a cenar o vamos a morir aquí de inanición?

—Por fin alguien sensata —dice Gael.

—Gracias.

—Aunque lo de sensata lo retiro por juntarte con esta panda.

—Acepto el cumplido a medias.

Nos levantamos entre protestas, empujones y amenazas varias.

Y mientras observo a mis amigas discutir por quién se ha terminado la última bolsa de patatas, no puedo evitar sonreír. Porque hace apenas unos meses mi vida era completamente distinta.

Y ahora... tengo exactamente lo que siempre había necesitado sin saberlo.

A ellas.

Y a él.

***

Tras la cena, nos arreglamos monas pero cómodas, ya que hoy tocaba caminata de nuevo y posiblemente acabar hasta arriba de agua. Así que nos pusimos el bikini debajo de la ropa y nos llevamos una bolsa en el coche para cambiarnos a la vuelta.

Dani ya nos esperaba cogiendo sitio al lado del Hotel Meliá para ver la palmera que se lanza desde lo alto del castillo. Se lanza todos los años y es la señal para que empiecen a quemar las hogueras. La primera siempre es la del Ayuntamiento.

Tras ver la palmera nos pedimos unos helados en el Quiosco Peret de la explanada. Como siempre, Dani me robó una cucharada del mío y yo del suyo.

Al mirar hacia Gael, su mirada se cruza con la mía. Tiene una ceja ligeramente arqueada y esa expresión tan concreta. La misma que pone cuando intenta hacerse el indiferente y no le sale.

Entonces algo hace clic en mi cabeza.

Porque de repente recuerdo otra tarde.

Otro verano.

Otro helado.

Tenía veintitrés años y Dani y yo estábamos sentados en el bordillo de la plaza del pueblo compartiendo una tarrina enorme de chocolate y vainilla.

No recuerdo de qué hablábamos. Probablemente de alguna tontería, pero sí recuerdo que no podíamos parar de reírnos.

Y también recuerdo a Gael. Estaba al otro lado de la plaza sentado con varios amigos.

Callado.

Demasiado callado.

Cuando Dani se levantó para ir a comprar agua, él pasó por delante de mí.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

—Nada.

—Mentira.

—Estoy perfectamente.

—Pues tienes cara de haber mordido un limón.

Aquella vez me lanzó una mirada que no entendí.

Una de esas que parecían decir mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—¿Sabes qué? —me soltó.

—¿Qué?

—Que algunos tenemos mejores cosas que hacer que compartir babas con mi hermano.

Y se marchó.

Así.

Sin más.

Yo me quedé sentada en el bordillo pensando que era un borde insufrible. Un completo imbécil. Y durante años seguí creyéndolo.

Hasta ahora.

Porque sentado frente a mí, con exactamente la misma expresión en la cara, Gael vuelve a arquear una ceja mientras Dani termina mi helado sin pedir permiso.

Y por primera vez en mi vida... creo que acabo de entender por qué me miraba con tanto rencor.

Y resulta que nunca fue odio ni antipatía.

Eran celos.

Una patada en la pierna me saca del trance. Las chicas me están mirando mientras hacen gestos con los ojos hacia Dani y su mujer, que están teniendo una conversación algo acalorada.

— Cómo siempre, haciendo amigas — canturrea Gael desde su silla mientras juega con sus sobrinas.

¡Será…!

— No, si ahora yo tendré la culpa de que tu hermano meta su cuchara en mi helado — digo con retintín.

Las chicas siguen riéndose a mi costa.

— Vas a provocar el divorcio entre esos dos — dice Lore atragantándose.

— Solo le ha faltado decir que es fan de su relación — se pitorrea Jenni mientras choca la mano con Lore.

Saco el móvil y les envío al grupo el sticker de los gatos peleándose.

— Sois unas cabronas — respondo también riéndome.

Vero aparece en ese momento ya mojada y esa energía que la caracteriza.

— ¿Nos vamos a ver quemar alguna hoguera o estáis en modo abuelos ahí sentados tomando el fresco? — pregunta mirando hacia Dani y su mujer que siguen hablando.

— No preguntes — murmura Jenni negando con la cabeza.

Gael se levanta en ese momento con sus sobrinas colgando como dos monitos de él y se dirige hacia su hermano. Ambos intercambian un par de frases y todos regresan hacia nuestra posición.

—Venga, que la hoguera de la diputación ya estará hasta arriba de gente —dice Vero.

Nos ponemos en marcha calle arriba entre risas, empujones y comentarios absurdos.

Y entonces me fijo otra vez en Gael.

Lleva una camisa azul marino remangada hasta los antebrazos.

Nada especial.

O al menos eso habría pensado hasta hace unas horas. Pero ahora... recuerdo otra noche. La verbena del pueblo. Yo tendría veinticuatro años.

Quizá veinticinco.

Mis amigas y yo estábamos sentadas en un banco de la plaza cuando alguien soltó:

—Mira quién viene.

Levanté la cabeza y allí estaba él. Con una camiseta azul. Una muy parecida a la camisa que lleva ahora.

Recuerdo perfectamente la conversación.

—Pues hoy se ha arreglado.

—Y bastante.

—Seguro que le gusta alguna.

Yo me encogí de hombros.

—Pues que espabile.

Las demás se echaron a reír y el tema murió ahí.

Durante años, pensé que solo era una camiseta.

Solo una noche cualquiera.

Solo un comentario más.

Hasta que hace unas horas me confesó que hubo verbenas en las que pasó más tiempo eligiendo qué ponerse que disfrutando de la propia fiesta, porque sabía que yo iba a estar allí.

Mi estómago da un vuelco.

Y de repente aquella camiseta azul deja de parecerme una casualidad.

Quizá nunca lo fue.

Al llegar a la impresionante hoguera, está abarrotada de gente por todas partes.

La policía llega con los bomberos en ese momento.

Comienzan a mover la valla alejándola de la hoguera.

La gente comienza a protestar y en ese momento Lore, Vero y Jenni se cuelan en primera fila.

Gael me sujeta de la cintura desde atrás, giro el cuello para mirarlo y en ese instante me roba un beso de esos que te dejan sin aliento.

—Vaya, vaya… Si están el dúo moja bragas aquí —murmura en mi oído.

Giro el cuello tan rápido que casi me hago esguince cervical y los localizo haciendo su trabajo. Ambos miran de vez en cuando a mis amigas. Ellas, en cambio, no les quitan los ojos de encima.

—Anda, ve con ellas y luego me cuentas el chisme —dice antes de darme una palmada en la nalga.

Lo miro con una ceja arqueada.

—¿Me estás enviando como corresponsal de guerra?

—Exactamente.

—¿Y tú qué ganas con eso?

—Información privilegiada.

—Cotilla.

—Mucho.

Le doy un beso rápido antes de abrirme paso entre la gente. Cuando llego junto a las chicas, lore y Jenni tienen exactamente la misma expresión.

La misma.

Como si estuvieran viendo una obra de arte.

O un milagro.

O ambas cosas a la vez.

—Disimulad un poco —murmuro.

—No.

—Ni de coña.

Responden las dos al unísono.

Pongo los ojos en blanco y entonces Noah levanta la vista. Después Liam. Las dos se quedan inmóviles durante un segundo.

—Madre mía... —susurra Jenni.

—Qué vergüenza dais —digo riéndome.

Pero mientras las observo algo vuelve a removerse dentro de mi memoria.

Porque esa escena... Ya la he vivido muchos años atrás en la plaza del pueblo.

Una amiga señalándome discretamente a un chico. Otra amiga dándome codazos y yo intentando hacerme la indiferente.

—¿No os parece guapísimo? —había preguntado una de ellas.

—Normalito.

La mentira más grande de mi adolescencia, porque sí, me parecía guapo. Mucho. Solo que jamás lo habría reconocido en voz alta.

Entonces recuerdo algo más.

Aquella noche.

Cuando me giré, Gael estaba apoyado contra una pared hablando con unos amigos. Justo cuando nuestras miradas se cruzaron... Me la sostuvo unos segundos. Después sonrió y yo fui la primera en apartar la vista.

En aquel momento pensé que simplemente era un chico seguro de sí mismo y un poco engreído.

Ahora no estoy tan segura.

Ahora me pregunto si llevaba años mirándome exactamente igual y si la única que tardó demasiado en darse cuenta fui yo.

El sonido de una traca rompe el hilo de mis pensamientos. Miro en dirección a Gael, que no sé en qué momento, se había situado a mi lado junto a su hermano y las niñas. La mujer de Daniel está también y parece que ya no me quiere aniquilar con la mirada.

La hoguera prende con fuerza después de que los operarios la rocíen con combustible y estalle la traca.

Los bomberos ya están preparados con las mangueras para la banyá [4] .

Las llamas lamen las figuras hasta que el esqueleto comienza a verse y los bomberos comienzan a lanzar agua hacia el público.

La gente salta, grita y ríe. Nosotros nos unimos dejándonos llevar por el momento como si fuésemos de esta tierra y ésta fuese también nuestra tradición.

—¡Agua! ¡Agua! —grita la gente.

Los bomberos apuntan en todas direcciones menos hacia nosotros.

—¡Mójame, bombero, por favor mójame, me muero de calor, sálvame de este sofocón! —grita Jenni tan alto que parece que tiene un megáfono en la garganta.

Liam la mira —lleva el casco puesto, pero sabemos que es él—, se gira hacia nosotros y apunta la manguera directamente hacia ella. La mueve hacia arriba y hacia abajo para que el agua caiga en forma de cortina mojándonos enteros.

—¡¡¡AAAAAAAAAAAHHHH!!! —grita Jenni empapada de pies a cabeza.

—¡Pero serás cabrón! —le grita Lore entre risas.

Las dos intentan refugiarse detrás de Vero.

Fracasan estrepitosamente.

Porque Liam corrige la trayectoria de la manguera y vuelve a empaparlas.

—¡Te está apuntando a ti! —grita Lore señalando a Jenni.

—¡Y un cuerno! ¡Va a por las dos!

—¡Pues que se decida!

—¡Yo no comparto! —grita Jenni mientras huye del agua.

Noah, que está unos metros más allá, niega con la cabeza mientras se ríe de algo que le dice otro compañero. Y aunque la distancia es considerable, juraría que acaba de mirar directamente hacia Lore.

—Madre mía... —murmura Vero.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Vero.

—Que esos dos tienen menos disimulo que vosotras.

Jenni y Lore se quedan calladas. Dos segundos. Tres. Cuatro.

Y entonces:

—Yo sí tengo disimulo —responde Lore.

—Claro que sí —responde toda la pandilla al unísono.

Las carcajadas estallan a nuestro alrededor. La hoguera sigue ardiendo. Las llamas iluminan los edificios. El agua cae sobre la multitud. La gente canta, salta y se abraza. Y durante un instante me quedo observando a mis amigas.

A Jenni intentando hacerse la indiferente cada vez que Liam mira hacia aquí. A Lore fingiendo que no busca con la mirada a Noah.

Y me pregunto si ellas también serán conscientes de que hay noches que cambian una vida entera.

Porque yo no lo fui cuando conocí a Gael.

No tuve ni idea.

Y ahora, viendo cómo se miran unos a otros entre el humo, el fuego y el agua... Tengo la sensación de estar presenciando el principio de algo importante.

Porque el destino nunca avisa cuando empieza a escribir una historia.

Solo te das cuenta mucho tiempo después, cuando miras atrás y entiendes que todo comenzó aquella noche.