El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 38
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Capítulo 38

Son de amores

Andy y Lucas

Son de amores, amores que matan, amores que ríen, amores que lloran, amores que amargan. Son de amores. Amores que engañan, amores que agobian, amores que juegan, amores que faltan, ah-ah. Deja de llorar y piensa que algún día un niño te dará toda una fantasía, eso y mucho más.

U na pátina de sudor me cubre todo el cuerpo. El corazón sigue bombeando a toda velocidad mientras mi respiración trata de volver a la normalidad.

Necesito una ducha con urgencia.

Limpio a Sofi después de deshacerme del preservativo y la cubro de besos y mimos antes de meternos bajo el chorro del agua.

Nos damos una ducha rápida entre arrumacos hasta llegar a la cama. Cuando al fin me tumbo, dejo escapar un suspiro. Estoy reventado. Y todavía nos falta salir esta noche a ver quemar las hogueras.

Sofi se acomoda sobre mi pecho mientras dibuja círculos distraídos sobre mi piel.

—¿Sabes una cosa?

—Miedo me das cuando empiezas así.

Se ríe.

—Estaba pensando que la vida tiene un sentido del humor bastante retorcido.

—Explícate.

—Pues que después de todo... acabemos juntos.

Frunzo el ceño.

—¿Después de todo qué?

—Después de que yo estuviera convencida de que eras gay.

La miro. Ella me mira. Y de repente ambos rompemos a reír.

—Madre mía... —murmuro tapándome la cara con una mano.

—No te rías.

—¿Que no me ría? Eras un peligro público.

Sofi me golpea suavemente el brazo.

—¡Yo no me inventé el rumor!

—Pero ayudaste a expandirlo.

—Bueno...

—Sofi.

—Vale, sí. Lo comenté una vez.

—¿Una vez?

—O dos.

—¿Dos?

—No descartaría tres.

La observo intentando parecer indignado. Obviamente fracaso. Porque verla sonrojarse me hace demasiada gracia.

—¿Y se puede saber por qué pensabas eso?

Sofi esconde la cara en mi cuello.

Mala señal.

Muy mala señal.

—Porque eras demasiado guapo.

Parpadeo.

—¿Perdón?

—Lo que oyes.

—¿Ese era tu razonamiento? ¿Qué por ser guapo era gay?

—No era solo eso.

Levanta la cabeza para mirarme.

—Eras amable con todo el mundo. Sacabas buenas notas. Nunca ibas detrás de ninguna chica. No te conocíamos ninguna novia. Siempre ibas impecable...

—Eso sigue sin tener sentido.

—En mi defensa… tenía veinticinco años.

Niego con la cabeza sin dar crédito.

—La verdad es que durante una temporada me sentó bastante mal, porque cada vez que alguien hacía la broma, me acordaba de ti.

Sofi deja de sonreír.

—¿En serio?

Asiento.

—No por el rumor en sí. Sino porque me daba rabia que nadie supiera la verdad.

—¿Y cuál era la verdad?

Sonrío.

—Que no salía con ninguna chica porque estaba enamorado de una desde hacía años.

El silencio que sigue a esa frase lo dice todo.

—¿Yo?

—Tú.

Su mano sigue moviéndose distraídamente por mi abdomen hasta que se queda estática, parece que le ha dado algo ya que ni pestañea.

—Un momento… ¿A qué edad perdiste la virginidad? —pregunta frunciendo el ceño.

—¿A qué viene esa pregunta?

Me hago el remolón para sacarla de quicio.

—Curiosidad… —responde mirándome con cara de no haber roto un plato.

Suspiro antes de dejar un beso sobre su pelo.

—En mi primer año de universidad…

Silencio.

—¿La conozco?

—No sé si te acordarás de ella. Estuvo en las fiestas del pueblo ese verano.

—No caigo ahora mismo quien es —responde con la mirada perdida.

—Laura. Pelo corto de color castaño y ojos marrones.

De altura unos centímetros más alta que tú.

Nos hicimos amigos desde el primer día. Una noche nos emborrachamos y le confesé mis sentimientos por ti.

Ella me dijo que podíamos practicar para ambos coger experiencia.

Una cosa llevó a la otra, y al final estuvimos liados unos meses.

Sofi sigue en su mundo intentando hacer memoria, se lo veo en la cara.

—Creo que me quiere sonar quien es. Fue la primera vez que te vi con una chica que no era del pueblo.

—Si, era ella. Y no es del pueblo… pero casi. Tiene familia aquí.

—¿Y qué pasó después?

Buena pregunta.

—Pues que al empezar el segundo año de universidad me hacía demasiadas preguntas sobre ti e incluso dijo algún que otro comentario que no me gustó. Seguimos quedando y un día me confesó que yo le gustaba para algo más que tener sexo.

—¿Yyyyy? —pregunta apoyándose en un codo.

—Y nada. Le dije que no sentía lo mismo y dejamos de ser amigos.

—¿En serio?

—Sí. Estuvo unos meses algo distanciada de mí y en tercero retomamos la amistad. Empezó a salir con un amigo mío un tiempo hasta que rompieron. Según me dijo mi amigo, no sentía que fuese mutuo y decidió romper antes de que la cosa fuese a más.

—Ahhh. Pero después te he visto con otras chicas por el pueblo, aunque nunca te vi en actitud de pareja.

Me río ante el interrogatorio al que me está sometiendo.

—Siempre he sido muy celoso de mi intimidad —respondo parco en palabras.

—Mmm…

—Pregunta directamente, anda.

Y se ríe la muy cabrona.

—¿Todas eran algo más que amigas?

Ahora el que se ríe soy yo.

—Algunas eran solo amigas que venían como misión de rescate en caso de que me viniese abajo al verte con otro o intentos de ponerte celosa.

—¿Si no te liabas con ellas delante de mí como me voy a poner celosa?

—No hace falta verte darle un beso a otro chico para que sienta celos.

—¿Ah no?

—No. A mis quince, supe lo que eran los celos por primera vez al ver que con mi hermano erais muy cercanos y a mí no dabas ni la hora.

Sofi abre la boca. La cierra. a vuelve a abrir. Y vuelve a cerrarla.

—No puede ser.

—¿Qué no puede ser?

—Que estuvieras celoso de tu hermano.

—Pues lo estaba.

—Pero si erais inseparables.

—Precisamente por eso.

Frunce el ceño.

—No lo entiendo.

Sonrío, ya que tampoco esperaba que lo entendiera.

—Él podía acercarse a ti sin ponerse nervioso.

—Gael...

—Podía hablar contigo sin ensayar antes la conversación en su cabeza.

Ahora sí se ríe.

—¿Ensayabas conversaciones?

—Hasta las discusiones.

La carcajada que suelta hace que me entren ganas de besarla.

—No hablas en serio.

—Ojalá estuviera bromeando.

Se incorpora un poco para observarme mejor.

—¿Tan mal estabas?

—Sofi, una vez estuve dos horas delante del armario eligiendo una camiseta porque sabía que ibas a estar en la plaza.

Sus ojos se abren como platos.

—¿Dos horas?

—Dos horas.

—Estás fatal.

—Lo sé.

—Fatal de verdad.

—También lo sé.

Se queda mirándome durante unos segundos. Y entonces ocurre algo que no esperaba.

Su sonrisa desaparece.

—Lo siento.

Parpadeo.

—¿Por qué?

—Porque estaba tan ocupada intentando sobrevivir a mis propios problemas que no me enteré de lo que pasaba a mi alrededor.

Su voz sale más baja ahora.

Más sincera.

—Ni siquiera me planteé que pudieras sentir algo por mí.

Le acaricio una mejilla con el pulgar.

—No tienes que pedir perdón por eso.

—Pero...

—No, Sofi.

Espero a que vuelva a mirarme.

—Si hubiera querido que lo supieras, te lo habría dicho.

—¿Y por qué no lo hiciste?

La pregunta me golpea más fuerte de lo esperado. Porque la respuesta siempre ha sido la misma.

—Porque tenía demasiado que perder.

El silencio que sigue es distinto. Más íntimo. Más vulnerable.

—¿Y ahora?

Sonrío.

Y acerco mi frente a la suya.

—Ahora ya te tengo aquí. Y sinceramente... No pienso desaprovechar ni un solo segundo más.

A veces creemos que el destino llega tarde. Pero la verdad es que llega exactamente cuando tiene que llegar. Cuando por fin estás preparado para sostener aquello con lo que llevas tanto tiempo soñando.