Capítulo 36 #2
Los de abajo están tan mojados desde hace horas que cualquier roce podría hacerme llegar al orgasmo.
Mi mano se mueve sola en busca de su miembro. Lo cojo y comienzo a acariciarlo despacio con movimientos suaves, pero haciendo la presión justa para que Gael sisee cuando mi dedo roza su glande.
—¿No has tenido suficiente tortura por hoy? —murmura tragando saliva.
—No… —respondo aguantándome la risa.
No me cree. Ni un poquito. Porque se nota que está haciendo un esfuerzo por no descojonarse en mi cara.
—Muy bien… Entonces a ese juego podemos jugar los dos —replica antes de lamer entre la unión del cuello y la oreja.
Joder. Con. El. Puto. Gael.
Dejo escapar un gemido que sale demasiado alto. O quizás es el eco del cuarto de baño. No sé. Solo sé que me acaba de fundir los plomos.
Su mano viaja hacia mi centro sin hacer ninguna parada por el camino.
Sus habilidosos dedos esparcen la humedad desde mi abertura hacia mis labios, clítoris y ano.
Introduce dos dedos en mi interior y antes de que pueda siquiera parpadear los saca dejándome vacía.
Justo cuando iba a quejarme los vuelve a introducir en mi interior arrancándome un jadeo.
Dejo caer la cabeza hacia atrás abrumada por las sensaciones y Gael aprovecha para mordisquear desde el lóbulo de la oreja, pasando por cuello, mandíbula hasta llegar al hombro.
Busco desesperadamente su boca, pero él se aparta con una sonrisa en la boca que solo anuncia peligro en mayúsculas, subrayado y negrita.
—Nada de besos. Estás castigada —gruñe bajando hacia mis pechos.
—¿Por? —pregunto fingiendo una inocencia que no tengo, obviamente.
Gael levanta la cabeza con un pezón todavía en la boca, le da un mordisquito, lo chupa y lo suelta despacio como si se estuviese planteando todavía si contestarme.
—¿En serio? —Niega con la cabeza aguantándose la risa—. Creo que voy a tener que refrescarte la memoria.
Me coje en volandas bajándome de la encimera y en un solo movimiento me tiene de frente al espejo sujetándome de las caderas.
—Por ser mala.
Me da una nalgada rápida sin hacerme daño pero que deja un picor extraño y mi zona íntima pidiendo más.
—Por provocarme una erección en mitad de una plaza llena de gente.
Otra nalgada.
Mi clítoris hormiguea en ese momento y yo junto las piernas provocando algo de fricción, buscando un alivio que sé que tardará en llegar.
—¿Algo que decir en tu defensa? —pregunta, pegado a mi oído.
Introduce su miembro entre mis pliegues y ahí ya termino de cortocircuitar. Se mueve adelante y hacia atrás en un vaivén suave que me vuelve loca.
—Joder —logro decir entre jadeos.
Gael se ríe antes de morderme el hombro y deslizar su lengua hasta mi cuello.
—Respuesta errónea —susurra antes de sujetarme del pelo y tirar hacia un lado, dejándonos cara a cara.
Trago saliva.
Ohh, sí. Este lado oscuro de Gael me encanta. Así tan mandón…
—¡Castígame! Profe Gael… —respondo en cambio.
La sorpresa pasa por su rostro apenas una fracción de segundo antes de introducirse de un solo empellón en mi interior.
Un gruñido escapa entre sus labios antes de sacarla de golpe.
—¡Mierda! El condón.
Rebusca entre los pantalones y en un visto y no visto ya se lo ha enfundado.
Ni Superman se cambiaba tan rápido.
—Seguimos con la lección, señorita Sofía —gruñe mientras se introduce en mi interior de nuevo.
¡Dios mío!
—Sujétate, cariño. No quiero que te hagas daño —dice sacándola despacio.
Me está torturando.
Y lo sabe.
Hago lo que me pide. Apoyo las palmas sobre la encimera y la introduce de nuevo esta vez más profundo.
Su mano se mueve hacia mi pierna, elevándola hasta que mi pie queda apoyado sobre algo. Creo que la encimera. No estoy segura, ya que tengo los ojos en blanco.
Las embestidas se vuelven mucho más profundas. Tanto, que casi olvido como se respira. Solo sé que ahora mismo estoy en el puto cielo.
Su mano sube hasta mi cuello apretando ligeramente. La sensación se intensifica tanto que mi abdomen comienza a contraerse, la humedad comienza a deslizarse entre mis piernas y justo cuando el orgasmo estaba a las puertas se para en seco.
¿Qué?
—Sofi, mírame.
Lo hago. Y cometo el error de sostenerle la mirada. Porque entonces veo algo que nunca había querido creer.
Que habla en serio.
Que siempre ha hablado en serio.
—No cambiaría absolutamente nada de ti.
Noto un nudo formarse en mi garganta.
—Gael...
—Míranos.
Lo hago y me quedo embobada ante la imagen que tengo frente al espejo.
Niega despacio con la cabeza.
—Ni un solo centímetro. Ni uno. Ni una sola curva. Ni una sola manía. Ni una sola inseguridad.
Sus dedos se entrelazan con los míos.
—Porque todo eso te ha traído hasta aquí. Hasta mí. Y sinceramente, creo que el universo ha hecho un trabajo espectacular.
La carcajada se me escapa mezclada con algo peligrosamente parecido a las lágrimas.
—Eres idiota.
—Muchísimo.
—Y cursi.
—También.
—Y un manipulador emocional.
—Eso lo niego rotundamente.
Ahora sí me río.
Y cuando vuelvo a mirarlo, descubro que sigue observándome exactamente igual. Como si fuera la única persona en el mundo. Como si llevara quince años haciéndolo.
Y de repente entiendo que quizá lo ha hecho.
—Gael… Te quiero —digo con los ojos a punto de desbordarse.
Su boca se estrella contra la mía, mi lengua busca la suya y un chispazo me azota en el clítoris cuando ambas se encuentran.
Gael retoma el movimiento de caderas despacio, y en dos empellones me corro sin dejar de comernos la boca, amortiguando el sonido de mis gemidos.
Sin darme tregua incrementa el ritmo, poco a poco.
Ambos jadeamos en la boca del otro, respiraciones entrecortadas que se mezclan con saliva y deseo.
Gael gruñe contra mis labios, un sonido bajo y gutural que me eriza la piel.
Sus caderas ganan fuerza, cada embestida más profunda, más precisa, golpeando justo donde mi cuerpo aún palpita por el orgasmo anterior.
—Otra vez —susurra ronco contra mi boca, sin separarse apenas—. Quiero sentirte correrte otra vez.
Aumenta el ritmo poco a poco, sus caderas chocando contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno que resuena en las baldosas.
Mis pechos rebotan con cada embestida, y ver cómo me toma así, expuesta y completamente suya, me excita todavía más.
Gael desliza la mano que sostenía mi pierna hacia mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos rápidos mientras sigue penetrándome con fuerza.
Un gemido largo y roto escapa de mi garganta.
Cada vez que entra del todo, miles de descargas eléctricas me hacen temblar.
—Gael… —jadeo, aferrándome a la encimera.
Sus manos buscan las mías y sin dejar de moverse las lleva hasta su cuello, arqueándome en un ángulo que me elevan hacia un placer inigualable. Clavo las uñas en su nuca mientras mis paredes internas lo aprietan con fuerza, como si mi cuerpo no quisiera dejarlo salir nunca.
Él acelera, perdiendo poco a poco ese control que siempre mantiene.
Sus embestidas se vuelven más duras, más urgentes.
El sonido húmedo de nuestros sexos chocando llena el baño junto con nuestros gemidos.
Siento cómo se hincha dentro de mí, cómo late, y eso me lleva al borde otra vez. Cierro los ojos sin poder evitarlo.
—Mírame —ordena con voz áspera.
Abro los ojos y me encuentro con los suyos, oscuros, salvajes, llenos de algo tan intenso que duele.
En ese momento me corro de nuevo, más fuerte, con todo el cuerpo convulsionando alrededor de su polla.
Grito su nombre, sin poder contenerme, y él me sigue casi al instante.
Con un gruñido profundo y animal, se hunde hasta el fondo y se derrama dentro de mí, pulsando con fuerza mientras sus caderas siguen moviéndose en espasmos irregulares.
Durante unos segundos solo se escucha nuestra respiración agitada. Él sigue dentro de mí, abrazándome fuerte, besando mi hombro y mi cuello con ternura mientras nuestros ojos siguen conectados en el espejo.
—Te quiero —murmura contra mi cuello, todavía enterrado en mí—. Tanto que a veces me asusta.
Siento cómo se desliza fuera de mí con suavidad. Gael se quita el preservativo con cuidado, lo anuda y lo tira a la basura. Luego coge una toalla pequeña, la humedece con agua tibia y me limpia con delicadeza entre las piernas, besando mi hombro mientras lo hace.
Cuando termina, me gira entre sus brazos para que quedemos frente a frente. Apoyo la cara en su pecho, escuchando los latidos fuertes de su corazón, todavía acelerados. Sus dedos acarician mi espalda desnuda, trazando líneas invisibles que me hacen estremecer.
—No quiero moverme de aquí —murmuro, abrazándolo más fuerte.
—Entonces no nos movemos —responde él con una sonrisa en la voz.
Me levanta en brazos como si no pesara nada y me sienta sobre la encimera, colocándose entre mis piernas abiertas. Nos quedamos así un rato largo, besándonos despacio, tocándonos con esa pereza dulce que solo existe después de hacer el amor.
Fuera del baño, el mundo sigue existiendo, pero en este momento solo estamos nosotros dos, reflejados en ese espejo que ya empieza a aclararse, con las marcas de nuestros cuerpos aún visibles en el vaho.
Y por primera vez en mucho tiempo, me siento completa.