El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 36
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Capítulo 36

En tus planes

David Bisbal

Quiero estar en tus planes como tú estás en los míos. Prometo no dejarte caer. Que si te vas ya quieras volver. Voy a ser el verano ese que va quitando el frío. Robarte un beso al amanecer, es lo único que pido.

T erminé la comida tan acalorada, que al salir a la calle y caminar hacia el coche fue un auténtico alivio, a pesar de estar a veinte minutos de distancia y el termómetro marcar treinta y cinco grados.

—¿Por qué corres tanto? —preguntó Gael disfrutando las consecuencias de la tortura a la que me sometió.

Bueno, quizá catalogarlo así igual es un poco exagerado.

Pero, que te acaricien «ahí» durante una hora y no llegues al orgasmo debería catalogarse de tortura. Y las cabronas de mis amigas se lo pasaron pipa a mi costa.

—Igual se está cagando —dijo Lore antes de subir al coche.

—Si te vas a tirar un pedo o a cagarte encima, al menos avísanos para bajar las ventanillas, eh —siguió la bromita Jenni.

No me molesté en contestarles. A nadie. El trayecto lo hice en completo silencio, y no porque estuviese enfadada, sino para evitar otro interrogatorio, y más delante de Gael.

« Es lo que tiene tener amigas sin filtros » .

Al llegar a la casa de Jenni, ambas se tiran en plancha en la cama sin quitarse ni la ropa. Me juego una mano y no la pierdo a que no han dormido.

Yo voy directa al baño a darme una ducha —que falta me hace—, aprovechando que dejé la camiseta de dormir allí. Cierro la puerta y me apoyo en ella.

Joder.

« Eso te pasa por calentarlo en mitad de la mascletà » .

Inhalo y exhalo despacio, tratando de recomponerme, fracasando en el intento.

Abro el agua de la ducha mientras me desvisto a toda prisa.

Necesito agua fría de forma inmediata. Cuando el primer chorro de agua cae sobre el hombro pego un grito.

La quería fresca, no directa desde el deshielo de la nieve.

La puerta se abre de golpe y aparece Gael sin camiseta, despeinado y los ojos abiertos de par en par.

—¿Estás bien? —pregunta frunciendo el ceño.

—Sí. ¿Alguna pregunta más o puedo seguir duchándome?

Da un paso. Otro. Otro más y se cuela en el baño. Cierra la puerta con calma mientras se quita los pantalones y la ropa interior quedándose completamente desnudo.

¿Qué coño hace?

Ambos nos quedamos estáticos. Yo con el grifo del agua abierto sin saber si estoy debajo, al lado, de frente o si estoy en Marte. Él, tan guapo como siempre, mirándome a tres pasos de distancia sonriendo de una manera que debería ser ilegal.

—¿Me haces un hueco? —pregunta cuando ya está dentro.

Me aparto todo lo que me permite el espacio y él ocupa inmediatamente el hueco libre.

Error.

Grave error.

Porque ahora el agua cae sobre ambos. Y porque ahora lo tengo todavía más cerca. Mucho más cerca. Intento concentrarme en el champú. En el gel. En cualquier cosa que no sea Gael.

Fracaso estrepitosamente.

—¿Sabes qué es lo peor? —pregunta con una calma sospechosa.

—¿Qué?

—Que llevas la última hora huyendo de mí.

Me atraganto con mi propia saliva.

—No he estado huyendo.

—Claro que no.

—No.

—Sofi.

—¿Qué?

—Has batido el récord mundial de evitar quedarte a solas conmigo.

Le saco la lengua.

Madurísimo todo.

—Tú tienes la culpa.

—¿Yo?

—Sí.

—Explícate.

—No pienso hacerlo.

La sonrisa que aparece en su cara me confirma que sabe perfectamente de qué estoy hablando.

Y eso es todavía peor.

Me enjuago el pelo a toda velocidad. Después los hombros. Después cualquier cosa que me permita salir de allí cuanto antes.

—¿Estás escapando otra vez?

—Estoy terminando de ducharme.

—Ajá.

—Gael...

—¿Sí?

—No me provoques.

Su carcajada rebota por todo el baño y eso solo consigue que me entren más ganas de estrangularlo. Salgo de la ducha envuelta en una toalla mientras él sigue riéndose.

Capullo.

Me coloco frente al espejo y empiezo a desenredarme el pelo. O lo intento. Porque apenas han pasado unos segundos cuando noto su presencia detrás de mí.

Mi corazón da un salto.

Uno enorme.

Levanto la vista y lo encuentro observándome a través del espejo.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Mentira.

—Estoy pensando.

Mala señal.

Muy mala señal.

—Eso nunca acaba bien.

Da un paso hacia mí. Después otro. Y otro más. Hasta que mi espalda acaba apoyada contra el lavabo.

—¿Te ha parecido divertido?

—¿El qué?

—Calentarme en mitad de la mascletà y luego pasarte toda la comida haciéndote la inocente.

La sonrisa se me escapa antes de poder evitarlo.

—No sé de qué me hablas.

—Mentirosa.

—No puedes demostrar nada.

—Claro que puedo.

—¿Ah sí?

—Sí.

Se inclina apenas un poco. Lo suficiente para que me olvide de respirar durante un segundo.

—Porque cada vez que te pones nerviosa haces exactamente esa cara.

Maldita sea. Me conoce demasiado bien.

—Gael...

—¿Sí?

—Creo que disfrutas demasiado cuando tienes razón.

—Muchísimo.

Y por la forma en que sonríe, sé que piensa cobrarse cada segundo de aquella tortura.

Con calma.

Y sin dejarme escapatoria.

—No sabes las ganas que tenía de tenerte para mí a solas… —murmura antes de robarme el mejor beso que me han dado en toda mi vida.

Joder.

Me sujeto con las manos al borde de la encimera del baño ya que las piernas han dejado de funcionarme. Gael profundiza el beso entre gruñidos a la vez que desata la toalla dejándome completamente desnuda.

En todos los sentidos.

Soy consciente de que todo está en mi cabeza, pero no puedo evitar que ciertos pensamientos acudan a mi mente. Aunque me hago la sorda, cada vez que alguien lanza algún comentario sobre mi peso es un mazazo a mi autoestima.

Mis manos viajan involuntariamente hacia mi abdomen, pero Gael las atrapa en el aire.

—No te tapes… Eres preciosa tal y como eres —murmura posando sus manos justo dónde yo tenía intención de hacerlo.

Nos quedamos suspendidos en el momento sin apartar la vista el uno del otro. Y por primera vez en mucho tiempo, no siento la necesidad de esconderme. Ni de encoger el estómago. Ni de girarme buscando mi perfil bueno. Ni de taparme.

Nada.

Porque la forma en que me mira Gael no tiene nada que ver con mi cuerpo. O quizá sí. Pero también tiene que ver conmigo. Con todas mis versiones: las seguras, las inseguras, las valientes, las que salen corriendo.

Todas.

—¿Por qué me miras así? —pregunto, en voz baja.

La sonrisa que aparece en su rostro es tan suave que me desarma.

—Porque me encantaría que te vieses desde los ojos de las personas que te quieren.

Mi corazón tropieza consigo mismo.

—¿Tú me quieres? —bromeo intentando aliviar la intensidad del momento.

—Más o menos —responde tomándome el pelo.

Creo.

—Mmm… ¿Cuánto? —pregunto con la necesidad de saberlo.

—Creo que lo mejor es que te lo demuestre.

Se acerca un poco más.

Lo suficiente para que vuelva a olvidarme de respirar.

Sin verlo venir, me coge en peso y con mucho cuidado me deja sobre la encimera. Sin pensarlo, me agarro de su cuello antes de que Gael vuelva a aplastar sus labios contra los míos.

¡Por las chanclas de Moisés!

Este hombre me levanta en peso como si nada.

—No temas. No te dejaré caer nunca, mi vida —pronuncia con su rostro tan cerca del mío que puedo ver el momento exacto en el que sus pupilas se dilatan.

Mi vida.

—No temo. Es solo que me sorprende que me cojas como su fuese ligera como una pluma —respondo en un susurro.

Gael suelta una risita mientras deja un reguero de besos por mi cuello, clavícula y después baja hasta mis pechos.

—Es que lo eres —murmura antes de comerme las tetas como si no hubiera un mañana.

Cierro los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás disfrutando del momento. Acaricio su pelo entre mis dedos mientras su lengua juega con uno de mis pezones y su mano acaricia el otro, alternando con algún que otro mordisco.

Joder.

Para lo joven que es se nota que ha practicado…

—¿En qué piensas? —susurra con voz ronca.

« ¿Me está leyendo la mente? »

—En que parece que tienes bastante experiencia… —jadeo cuando vuelve a lamer el otro pezón.

—¿Preferirías que no la tuviese? —pregunta antes de cogerme de la cadera y acercarme un poco más a él.

La pregunta me pilla desprevenida.

Porque la respuesta debería ser sencilla y, sin embargo, no lo es.

—No lo sé.

Gael levanta una ceja.

—Vaya respuesta diplomática.

—Es la verdad.

Sus dedos dibujan círculos distraídos sobre mi piel y de repente me doy cuenta de algo:

No estoy celosa de su pasado. Estoy intentando entender mi lugar en su presente.

—Supongo que una parte de mí odia imaginarte con otras personas.

La confesión sale antes de que pueda detenerla.

Gael sonríe. No con suficiencia ni con orgullo. Lo hace con ternura.

—Sofi...

—¿Qué?

—Mientras tú hacías tu vida y te veía con otros chicos yo estaba enamorado de ti. Quince años para ser exactos.

Mi corazón vuelve a hacer cosas raras.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque parece que todavía no eres consciente de lo que significa.

Apoya la frente contra la mía y durante unos segundos nos quedamos así.

Sin prisas.

Sin bromas.

Sin escondernos.

—Mi pasado es eso. Pasado.

Trago saliva.

—¿Y ahora?

La sonrisa que aparece en su rostro consigue que me tiemblen hasta las pestañas.

—Mi corazón es tuyo. Solo te pido una cosa… y es que no lo rompas —me pide a media voz.

Y por mucho que intente mantener la compostura, sé que he perdido la batalla.

Porque nadie me había mirado jamás de esa manera. Como si fuera un milagro. Como si fuera suficiente. Como si llevara años buscándome y por fin me hubiera encontrado.

Joder.

Su confesión me arrolla como un tsunami sin tener donde sujetarme. Miles de emociones cruzan por sus ojos como si tuviera una tormenta en su interior.

Y ahí, me rindo.

Mis labios buscan los suyos con ansia. Con ganas. Con desesperación. Porque, aunque no me salen las palabras para explicarle todo lo que me hace sentir, mi cuerpo habla por mí. Y después de luchar tanto e intentar no caer por miedo a salir herida, pase lo que pase, no importa.

Porque en ese momento siento que soy suya sin dejar de ser mía.

Me acerco hasta quedar tan cerca de él que su erección roza mi carne sensible provocando que un jadeo se escape de entre mis labios.

Los de arriba.