Capítulo 35 #2
El camarero reparte las cartas.
Error.
Gravísimo error.
Porque el silencio dura exactamente tres segundos.
Tres.
Los he contado.
—Bueno —dice Jenni.
Ahí está.
—No.
—¿No qué?
—No vamos a hablar de ello.
—¿Hablar de qué? —pregunta Lore con cara de inocencia.
Esa mujer debería estar en prisión.
—No te hagas la tonta.
—No sé de qué me hablas.
—Yo tampoco —añade Jenni.
—Ni yo —dice Vero.
—Ni yo —se suma el bombero.
—Ni yo —remata el policía.
Los miro uno por uno.
Traidores.
Todos.
—Qué bonito —digo—. Veo que habéis formado una secta.
—No es una secta —responde Jenni.
—Es una intervención.
Gael se atraganta con el agua.
Literalmente.
—¿Estás bien? —pregunta Daniel.
—Perfectamente.
—No tiene pinta.
—Estoy estupendamente.
—Parece que te estés muriendo.
—Gracias, Daniel.
—De nada.
Jenni junta las manos sobre la mesa. La conozco lo suficiente como para saber que esa postura significa problemas.
—Primera pregunta.
—No.
—¿Habéis dormido juntos?
—Sí —respondo.
—¿Habéis compartido cama?
—Sí.
—¿Y...?
—Y nada —miento sin pestañear.
Toda la mesa se queda en silencio.
—La peor mentira de la historia —dictamina Lore.
—Mentira —confirma Jenni.
—Mentira —dice incluso Daniel.
—Bueno, al menos lo has intentado —dice Vero.
—¿Pero qué os pasa?
Nadie responde.
Nadie parpadea.
Nadie parece dispuesto a fingir que me cree.
—Sofía —dice Jenni inclinándose hacia delante—. Tienes la sonrisa más sospechosa que te he visto en toda tu vida.
Instintivamente me llevo una mano a la boca.
Mierda.
Porque tiene razón.
Pedimos las bebidas mientras decidimos qué platos pedir para comer al centro. Al momento empiezan a traer las bebidas. Menos mal. Ya planeaba beber de la fuente que hay en el centro del restaurante.
—Bueno… ¿Y vosotras qué tal terminasteis la noche? Porque a casa no habéis venido a dormir… —pregunto con ansias de venganza.
Justo al finalizar la pregunta miro a los hermanos alias «cuerpos del delito» con una sonrisa de oreja a oreja. Ellos me miran de vuelta. Jenni y Lore los miran y luego a mí. Vero nos mira a todos con una sonrisa que dice demasiado. Dani frunce el ceño. Y Gael…
Aprovecha que nadie lo mira para meter la mano bajo la mesa y acariciarme el muslo en dirección a mi zona íntima. Doy una patada con tan mala suerte que mi pie impacta contra la pata de la mesa provocando un estruendo al volcar varias bebidas.
Mierda.
Juro que parece que estemos en mitad de un rodaje de una película de terror ya que todos giran la cabeza a cámara lenta con cara de horror.
—¿Otro calambre? —pregunta Gael con cara de no haber roto un plato.
Que no os engañe.
REPITO.
QUE NO OS ENGAÑE.
—¿Se puede saber qué haces? —digo sin mover la boca como el muñeco de José Luis Moreno .
Perfecto. Ahora soy una ventrílocua.
—¿Qué hago yo? —susurra Gael sin perder la sonrisa—. Creo que la pregunta es qué haces tú.
—Intentar sobrevivir.
—No lo parece.
—Pues lo intento.
—Con resultados cuestionables.
Antes de que pueda responderle, aparece un camarero armado con una montaña de servilletas.
—No se preocupe, señorita.
—Yo sí me preocuparía —murmura Jenni.
—Mucho —añade Lore.
—Gracias por vuestro apoyo moral.
—Siempre.
—Para eso estamos.
El camarero termina de secar la mesa y se marcha. Solo se escucha el silencio. Uno incómodo, sospechoso y que conozco demasiado bien.
Entrecierro los ojos.
—¿Qué habéis hecho?
—¿Nosotras? Nada.
—Ajá.
—Nada de nada.
—Os conozco.
—Y nosotras a ti.
—Precisamente por eso sé que ocultáis algo.
Lore se lleva la copa a los labios. Jenni estudia la carta como si estuviese preparando una oposición. Vero intenta no reírse. Los hermanos intercambian una mirada.
Y ahí está.
La prueba.
—Madre mía.
—¿Qué? —pregunta Jenni.
—Ha pasado algo.
—No ha pasado nada.
—Ha pasado algo gordo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Sofía...
—Jenni...
—Sofía...
—Jenni...
—Parecéis una pareja casada —interviene Dani.
Toda la mesa estalla en carcajadas. Toda. Incluido Gael.
Traidor.
—Bueno —dice Vero cuando consigue recuperar el aliento—. ¿Alguien quiere pedir antes de que empiecen a discutir otra vez?
—Yo quiero pedir explicaciones —replico.
—Denegado —responde Lore.
—Dictadura.
—Democracia —replica Jenni.
—No sabes lo que significa democracia.
—Y tú no sabes aceptar una derrota.
—Porque todavía no he perdido.
Las sonrisas que se intercambian Jenni y Lore me ponen en alerta máxima.
Oh, no.
Conozco esa mirada. Y significa una sola cosa. Están preparando algo. Y cuando esas dos preparan algo, normalmente acabo implicada.
—¿Cómo lleva mamá la noticia? —pregunta Daniel a mitad de comida.
La mano de Gael sigue acariciando mi muslo distraídamente de vez en cuando. Parece que no lo hace de forma consciente, pero no me engaña.
—¿Qué noticia? —pregunta antes de engullir una cucharada de arroz con leche de coco.
Ya lleva dos platos. ¿Dónde narices lo mete? Este hombre come lo que le da la gana y no engorda.
—¿Cómo que qué noticia? La de que estáis juntos, ¿no?
Silencio.
Parece que a todos en la mesa les interesa demasiado. Incluso los de la mesa de al lado nos miran.
Estupendo.
—Ya te contaré —le corta Gael.
—Eso es que no muy bien… —responde Dani.
—¿Cuándo cumple años vuestra madre? —pregunta Lore.
Frunzo el ceño.
No me gusta. Verás tú…
—En enero, ¿por? —responde Dani.
—Para regalarle una escoba. Ya que se porta como una bruja… —replica Jenni.
—Pero de las malas. ¿Tiene alguna verruga? —le sigue Lore.
—¡Chicas! —las riño tapándome la boca con la servilleta para que no me vean reírme.
—Tienen razón. Por eso, en cuanto pude, me marché de casa sin mirar atrás —dice Dani.
—Pensé que era porque te enamoraste de mí —dice su mujer.
Ya verás que salimos en las noticias.
—También, cariño. Pero, ya sabes cómo es mi madre…
La mano de Gael vuelve a deslizarse por mi muslo. Lenta. Peligrosamente lenta.
Aprieto los dientes.
Él sigue hablando con Daniel como si nada. Como si no estuviera jugando con mi salud mental. Levanto la vista y me encuentro con esos ojos marrones que tanto me gustan y la sonrisa que aparece en su boca me confirma que sabe exactamente lo que está haciendo.
Maldito.
Le clavo el tenedor en el brazo.
Bueno, no se lo clavo, pero lo amenazo con él. Gael ni se inmuta.
—¿Todo bien? —pregunta Daniel.
—Perfectamente —respondo demasiado rápido.
—Está sudando —señala Jenni.
—Hace calor.
—Tenemos aire acondicionado —replica Vero.
—Pues estará roto.
—No está roto —responde Lore con retintín.
—Gracias, Lore.
—De nada.
Gael se lleva tranquilamente la copa con agua a los labios.
Lo odio.
Lo odio muchísimo.
Y por la forma en la que me guiña un ojo, sabe que estoy deseando que siga y termine lo que ha empezado.
Pues va a ser que no.
Me tuvo el resto de la comida con el chichi haciendo aguas y la cara más roja que un tomate.