Capítulo 35
Sofía
Álvaro Soler
Mira, Sofía. Sin tu mirada, sigo sin tu mirada, sigo. Dime, Sofía, cómo te mira. Dime cómo te mira, dime…
El sonido del teléfono me saca del sueño a la fuerza. Mierda. Tendría que haberlo silenciado antes de meterme en la cama. Como sea una llamada para alguna gilipollez…
Ring…
Vuelve a sonar. Lo cojo sin apenas abrir los ojos y veo que tengo sesenta y cinco mensajes del grupo del Aquelarre. ¡Sesenta y cinco! Súmale cuatro llamadas perdidas y una quinta entrando en ese mismo instante. Miro la hora. Las doce y media…
Joder.
—¿Sí? —respondo en voz baja ya que Gael parece que sigue durmiendo.
Me quedo embobada mirándole. Todavía me cuesta creer lo que pasó entre nosotros hace apenas unas horas.
—¿Cómo que síiii? —grita Lore al otro lado de la línea.
—¡Eso, eso! Dime que ya os estáis vistiendo y bajáis para ver la mascletá… —dice Jenni algo más calmada.
—¿Se puede saber dónde coño estáis? —replico en un susurro.
Silencio.
—¿Por qué hablas tan bajo? —pregunta Lore.
—Porque Gael estará durmiendo después de la noche de sexo que han tenido. Lo huelo desde aquí… —contesta Jenni imitando el sonido de inhalar el aire.
¡Yo las mato!
—¡Os he hecho una pregunta! —finjo estar indignada—. Además, ¿os parece normal este interrogatorio nada más despertarme?
—¿Lo prefieres ahora o luego? Nos vas a tener que responder igualmente —replica Lore con su sarcasmo habitual.
—Joder. Mandadme la ubicación y salimos para allá.
Cuelgo antes de que puedan añadir nada más. Dejo el teléfono sobre la mesilla y cierro los ojos un segundo.
Solo uno.
Porque cuando vuelvo a abrirlos me encuentro con unos ojos marrones observándome.
—Buenos días.
La voz grave de Gael debería estar prohibida antes de comer.
—Malos días.
Frunce el ceño.
—¿Qué ha pasado?
—Que son las doce y media.
—¿Y?
—Y, que las psicópatas de mis amigas, llevan despiertas desde hace horas. Eso, si es que han dormido.… que lo dudo.
Gael bosteza.
—Eso no responde a mi pregunta.
—La mascletá es a las dos.
—Todavía queda tiempo.
Lo miro.
Él me mira.
Miro el reloj.
Él mira el reloj.
—Gael.
—¿Sí?
—Estamos en casa de Jenni.
—Correcto.
—A cuarenta minutos de Alicante.
—Ajá.
—Sin contar tráfico.
—Vale.
—Sin contar aparcamiento.
Su expresión cambia.
—Ah.
—¡AH, EXACTO!
Gael se incorpora de golpe.
—Mierda.
—¡GRACIAS!
—¿Por qué no me has despertado antes?
—Porque estaba ocupada siendo interrogada por el FBI.
—¿Tus amigas?
—Mis amigas.
—Entendido.
Saltamos de la cama al mismo tiempo y chocamos.
—¡Ay!
—¡Joder!
—¡Me has pisado!
—¡Porque te has cruzado!
—¡Porque tú ibas por mi lado!
—¡No sabía que la habitación tenía carriles!
—¡Pues ahora lo sabes!
Gael me señala.
—Tú al baño.
—¿Perdón?
—Tardas menos.
—Eso es mentira.
—Sofía, eres capaz de salir de casa en siete minutos.
—Eso se llama talento.
—Eso se llama vivir peligrosamente.
Corro al baño antes de que siga hablando.
Mientras me lavo los dientes escucho cajones abrirse. Puertas cerrarse. Algo caer. Una maldición… Y después otra.
—¿Qué pasa? —grito.
—¡No encuentro una zapatilla!
—¿Cómo que no encuentras una zapatilla?
—¡Pues que tengo una sí y otra no!
—¡Busca mejor!
—¡Gracias por el consejo!
—¡De nada!
Cinco minutos después salgo del baño. Gael sigue buscando.
—No me lo puedo creer.
—Se ha esfumado.
—Es una zapatilla. No las secuestran.
—Pues explícamelo, porque aquí no está.
Termino encontrándola debajo de la cama.
—Eres un desastre.
—La encontró quien lleva diez minutos buscando el móvil que tiene en la mano.
Miro mi mano. Después, el móvil, y, por último, miro a Gael.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
—Te estás riendo.
—Porque es muy gracioso.
—Te odio.
—Claro que sí.
—Muchísimo.
—Lo sé.
Y la sonrisa idiota que se le escapa me deja claro que no me cree ni una palabra.
***
Una hora después estamos saliendo del aparcamiento más cercano a la ubicación que nos ha enviado Jenni —es decir, a tomar por culo, ya que, todo está cortado al tráfico—, con la adrenalina por las nubes ya que Gael se creía el primo perdido de Toretto en Fast & Furious .
—Te dije que llegaríamos a tiempo —dice orgulloso Gael como si fuese todo un logro.
Que lo es, pero no se lo reconoceré nunca en voz alta.
—Eres un peligro para la seguridad vial —respondo en cambio.
—Cariño, aquí el único peligro que hay eres tú —contesta como si nada.
« Cariño… »
Gael responde una llamada entrante de Daniel mientras caminamos a toda pastilla por el centro a más de trescientos grados y un quinientos por cien de humedad.
Vale, igual estoy exagerando un poco.
Hace calor. Pero es normal, estamos a una semana de entrar en el mes de julio y son casi las dos del mediodía.
Nos cuesta varios minutos abrirnos paso entre la multitud.
Gael me guía entre la gente sin soltar mi mano y cuando ya casi estoy por rendirme veo a las chicas cerca de la valla de seguridad en la plaza de los Luceros. Está a reventar de gente.
Al llegar, me doy cuenta de que no están solas. Vero, el bombero y el policía están con ellas.
Qué raro.
—Yeeee —grita Vero nada más vernos.
Gael saluda a todos, pero está mirando hacia todas partes como un suricato. Sigo su mirada y veo a Daniel con su mujer y las niñas abriéndose paso entre la gente como en una película sobre un apocalipsis.
—Vaya, vaya… Mira quién viene con cara de recién follada —rumia Jenni antes de llevarse el botellín de cerveza a los labios.
—Joder… ¿Y vosotras? No habéis dormido en casa y os veo muy bien acompañadas.
Ambas se miran, pero no sueltan ni prenda.
—¿No pensáis abrir la boca? —insisto cruzándome de brazos.
En ese momento la música se corta y por los altavoces suena la voz de una chica:
—¡Senyor pirotècnic! ¡¡¡Pot començar la mascletà!!!
Gael se sitúa detrás de mí y posa sus manos en mi cintura.
Las primeras detonaciones retumban en el aire y la conversación muere al instante.
Menos mal.
Porque conozco esa mirada. La de Jenni. La de Lore. La de dos tiburonas que han olido sangre.
Y ahora mismo la sangre soy yo.
La plaza entera vibra bajo nuestros pies mientras el ritmo de la mascletá empieza a acelerarse. Me apoyo contra Gael casi sin darme cuenta.
O quizá sí soy consciente.
Sus manos siguen firmes sobre mi cintura. La pólvora empieza a teñir el aire y una sonrisa se abre paso en mi cara. Por mucho que lo intente, creo que nunca me podría acostumbrar a esto.
Nunca.
Gael me abraza un poco más fuerte y comienza a dejar algún que otro beso por mi mejilla. Mis manos buscan las suyas y entrelazamos los dedos de una forma tan natural que me desarma.
Me dejo llevar sin ser del todo consciente del lugar en el que estamos. Rodeados de nuestros amigos y familia. Apoyo mi espalda sobre su pecho y en ese momento siento su erección en mi espalda.
Es lo que tiene ser un Minion…
Giro la cabeza para mirarlo y aprovecha para robarme un beso rápido antes de guiñarme un ojo.
Con que esas tenemos…
Me muevo despacio como si estuviese meciéndome de forma inocente. Gael trata de inmovilizarme sin éxito. Miro a nuestro alrededor y las víboras de mis amigas están mirando en nuestra dirección mientras cuchichean.
¿Me importa?
En absoluto. Estoy junto a un hombre maravilloso que me hace sentir demasiadas cosas para procesarlas todas a la vez.
—Para... o vamos a tener un problema muy serio cuando termine la mascletá.
Las explosiones se vuelven más rápidas. Más fuertes. Más intensas. La gente aplaude. Grita. Silba.
Y durante unos minutos todo desaparece.
Las preocupaciones, las preguntas, las miradas asesinas de mis amigas.
Todo.
Solo existe el estruendo. El olor a pólvora y la sensación de estar exactamente donde quiero estar.
Cuando llega el terremoto final, la plaza entera parece venirse abajo. Los petardos explotan tan rápido que ya es imposible distinguir uno de otro. El pecho me vibra. Los oídos me pitan. Y cuando todo termina, miles de personas rompen a aplaudir.
—Brutal —dice Vero.
—Todos los años digo lo mismo y todos los años me sorprende —añade Daniel.
—Yo sigo pensando que son demasiado cortas —dice Jenni dando saltitos de felicidad.
Las risas recorren el grupo.
Error.
Porque las risas significan que la mascletá ha terminado y que mis amigas vuelven a tener tiempo libre.
Mucho tiempo libre.
Jenni se gira hacia mí lentamente.
—Bueno.
Mierda.
Lore sonríe. Peor todavía…
—Bueno —repite.
—No.
—¿No qué?
—No vamos a tener esta conversación aquí.
—La vamos a tener.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Parecéis dos niñas de cinco años —interviene Vero.
—Cállate —decimos Jenni y yo al mismo tiempo.
Gael suelta una carcajada el muy traidor.
—Tú tampoco te libras —dice Lore señalándolo.
La sonrisa desaparece de su cara.
—¿Perdón?
—Has oído perfectamente.
—Yo no tengo nada que declarar.
—Claro que no —dice Jenni.
—Nada en absoluto —añade Lore.
—Ni una sola cosa.
—Cero información.
—Ningún detalle.
Gael me mira. Yo miro a Gael. Los dos sabemos exactamente lo que está pasando.
Estamos rodeados.
Completamente rodeados.
—Necesito algo fresquito —anuncio.
—Necesito algo con mucho hielo —dice Gael.
Por primera vez en mi vida, no podría estar más de acuerdo con él.
Caminamos entre la multitud con Jenni siendo la directora de orquesta, ya que ella es la que ha reservado para comer en un restaurante «supuestamente» a la vuelta de la esquina.
Mentira.
Esto es peor que caminar por el desierto sin agua. Tal vez tenga algo que ver que no hemos desayunado y apenas hemos dormido.
Cuando llegamos al restaurante, la verdad, nos sorprende el lugar. Es un tailandés elegante, con suelos y mobiliario de madera, manteles blancos y vistas a la Rambla, o eso es lo que dicen las chicas.
A mí ahora me sueltas aquí y no llego al coche ni usando el GPS.
Nos acomodamos alrededor de una mesa redonda junto a los ventanales. El aire acondicionado me golpea la cara.
Casi lloro.
—Creo que acabo de volver a la vida —murmuro dejándome caer sobre la silla.
—Yo he visto la luz al final del túnel cuando hemos cruzado la puerta —añade Gael.
—Qué exagerados sois —dice Vero.
—Habla por ti. Tú has desayunado.
—Y dormido.
—Y no has tenido que esquivar a veinte mil personas bajo el sol —añado.