Capítulo 34 #3
—Te estoy confesando mis sentimientos y tú te ríes.
—Porque después de todo eso has decidido terminar con una amenaza de muerte.
—Era una declaración completamente válida.
—Por supuesto.
Sus ojos brillan divertidos.
Y durante unos segundos volvemos a ser nosotros. Los mismos de siempre. Los que se ríen de cualquier cosa. Los que convierten cualquier momento serio en una conversación absurda. Los que llevan años encontrando refugio el uno en el otro sin darse cuenta.
Me acerco despacio. Aparto un mechón de pelo de su cara y apoyo mi frente contra la suya.
—No te vas a despertar y descubrir que me he ido.
Su respiración se entrecorta apenas un poco.
—¿No?
—No.
Le beso la frente despacio. Con calma. Como si estuviera haciendo una promesa.
—Porque después de quince años esperándote, pienso quedarme todo lo que me dejes.
Y por la forma en que sonríe, sé que ella tampoco tiene intención de marcharse.
—Y ahora… vamos a ponerle remedio a ese problema de combustión que dices que sientes —digo antes de fundir mi boca contra la suya.
La atraigo hacia mí y entrelazo nuestras piernas. Deslizo la yema de mis dedos desde su pelo, pasando por su mejilla, cuello, brazo hasta llegar a su cadera. Introduzco la mano por el interior de la camiseta y acaricio su cintura, después su abdomen y por último sus pechos.
Está ardiendo.
Sus pezones están duros a la espera de mis caricias. Lo hago con calma. Acaricio uno, después el otro. Pellizco uno, luego el otro. Ambos se merecen el mismo mimo…
Beso su cuello, su boca… Dejo un reguero de besos mientras sigo con la tortura.
—Gael… —murmura con los ojos cerrados.
Levanto la camiseta para admirar esa obra de arte que tiene por tetas.
—Dime… —respondo mientras bajo la cabeza y atrapo uno de los pezones entre mis dientes.
Sofi se retuerce entre mis brazos, dejando escapar gemidos y alguna palabra que no logro entender.
No sé el tiempo que paso comiéndole las tetas. Ni la boca. Ni el cuello. No tengo consciencia plena del todo, ya que mi cerebro desconectó y solo me dejé llevar por el momento.
Continúo bajando hacia su abdomen. Al principio, Sofi hace amago de taparse, pero se lo impido. Dejo otro reguero de besos por su cintura, cadera, barriguita… Hasta llegar a su zona íntima.
Antes de hacer cualquier movimiento la miro buscando su permiso. Sofi sigue con los ojos cerrados como si no estuviera realmente aquí. Acaricio su zona íntima por encima de la ropa interior y otro gemido escapa entre sus labios.
Está completamente empapada.
—Sofi… ¿Puedo…?
No termino la frase ya que abre los ojos con las pupilas completamente dilatadas y las mejillas tan encendidas que ahora sí que pienso que podría prenderse fuego.
—Como pares ahora te juro que…
No la dejo terminar la frase ya que de un tirón rompo el tanga y lo lanzo sin mirar dónde cae.
Un gemido entre incredulidad y sorpresa sale de su boca y yo… Suelto una risita antes de bajar a darme el festín que llevo deseando desde hace… ni siquiera sé cuánto tiempo hace.
Ya no importa.
Beso su ingle. Primero una y después la otra. Mis dedos trazan círculos perezosos sobre su clítoris mientras mi boca devora sus pliegues sin prisa.
Joder.
Me encanta su sabor.
Mis dedos descienden hasta su entrada y mi boca asciende ahora hasta su clítoris. Paso mi lengua despacio por el bultito mientras introduzco un dedo en su interior. Está tan mojada que introduzco un segundo dedo sin apenas esfuerzo.
—Gael…
Succiono varias veces el clítoris mientras jugueteo con el punto G. Noto a Sofi temblar y sé que voy por el buen camino. Lamo, chupo, succiono, doy toquecitos con la lengua. Alterno el ritmo durante minutos.
—Necesito…
Arqueo los dedos en la posición exacta para darle lo que necesita. Toco la rugosidad un par de veces y en ese momento Sofi se corre entre temblores y gemidos diciendo mi nombre una y otra vez.
Sigo un poco más hasta que la noto relajarse y entonces pregunto:
—¿Qué necesitas?
En ese momento, me mira con los ojos más brillantes que jamás la he visto y pienso que no hay nada más precioso que ella en este momento.
—A ti. Te necesito a ti. Ya. Ahora —responde apoyándose sobre sus codos.
Sonrío. Claro que lo hago… Es una mandona hasta cuando acabo de darle el primer orgasmo.
—A sus órdenes mi general —respondo besando su boca antes de levantarme a buscar un preservativo.
Me quito la ropa interior y mientras avanzo hacia la cama me lo enfundo con las manos temblorosas.
Joder.
Sofi se ríe al darse cuenta.
—¿Te parece gracioso? —pregunto mientras me acomodo sobre ella.
Paso la punta de la polla por su coño lubricando el preservativo.
—Un poco sí…
—Ajam —respondo antes de introducirme despacio en su interior.
Cuando llego a la mitad, paro. Me quedo quieto unos segundos para que ambos nos acostumbremos. No quiero hacerla daño. Y yo no quiero correrme en tres malditos empujones.
La saco despacio y vuelvo a introducirla, esta vez un poco más adentro. Lo hago varias veces más hasta que siento que o se la meto hasta el fondo o seré yo quien muera de un ataque al corazón.
Y lo hago.
De un empellón me introduzco por completo en su interior. Me quedo completamente quieto intentando calmarme.
—¿Y ahora te parece gracioso? —pregunto retomando la conversación por donde nos habíamos quedado.
Sofi me mira a los ojos y yo… me pierdo en ellos.
No contesta.
Su respuesta es un gemido ahogado contra mi cuello en cuanto comienza el vaivén de mis caderas. Y no, no lo hago brusco, ni fuerte. No hace falta. Porque cada vez que la saco y vuelvo a empujar hasta el fondo ella gime más alto y clava sus uñas en mi espalda.
Y yo… no necesito nada más.
Solo hacerle el amor.
Hacerla disfrutar. Darle un pedacito más de mí en cada roce, en cada beso, en cada caricia.
Gimo mientras devoro su boca. Mis caderas no dejan de moverse. Mis manos no dejan de acariciarla como si su cuerpo fuese una hoja escrita en braille tratando de descifrarla. Mis labios le dicen sin palabras lo que mi corazón grita en silencio.
—Gael… —levanto la cabeza.
Sus ojos brillan bajo la tenue luz que entra por la ventana.
—No es gracioso...
Su mano sube hasta mi mejilla.
—Es precioso.
Y joder.
Creo que nadie me había dicho algo tan bonito en toda mi vida.
Me inclino hasta apoyar la frente contra la suya. No hablamos.
No hace falta.
Durante años imaginé este momento de mil formas distintas. Pensé en lo que diría. En lo que sentiría. En cómo sería tenerla por fin entre mis brazos.
La realidad supera cualquier cosa que hubiera imaginado.
Porque nunca fue esto lo que llevaba quince años esperando.
Era a ella.
Solo a ella.
Entrelazo mis dedos con los suyos sobre la almohada y me dejo llevar por el momento más especial de toda mi vida. Sofi busca mi boca y yo se la devoro al ritmo de mis embestidas.
Sus gemidos se funden con los míos.
Sofi enreda sus piernas cambiando el ángulo y ahí ya pone fin al poco autocontrol que me quedaba.
Mi mano baja hasta su clítoris y lo acaricio en círculos mientras aumento el ritmo poco a poco, hasta que ambos explotamos a la vez en un orgasmo demoledor. Tiemblo durante segundos, minutos…
No importa.
El sexo con ella no es solo sexo. No es metérsela y ya. No es una necesidad física. No es una meta que alcanzar… Es derribar una a una todas las barreras que hemos levantado durante años. Es confiar. Es quedarse. Es saber que no tengo que fingir ser nadie más cuando estoy a su lado.
Apoyo la frente contra la suya. Ninguno habla.
Fuera, el amanecer termina de abrirse paso. Dentro de la habitación, el tiempo parece haberse detenido.
—¿En qué piensas? —pregunta Sofi con voz adormecida.
—En que llevaba quince años imaginando este momento.
Ella sonríe.
—¿Y era como esperabas?
Niego con la cabeza.
—No.
—¿No?
—Es mucho mejor. Ha sido como estar en el puto cielo…
Y no exagero.
Ha sido así. Igual hasta me he quedado corto…
Y por primera vez desde que la conozco, no veo distancia entre nosotros, ni dudas, ni miedo. Solo esa paz extraña que aparece cuando llegas exactamente al lugar al que perteneces.
—¿Sabes una cosa? —susurra.
—¿Qué?
Sonríe con esa sonrisa pequeña que siempre consigue desmontarme.
—Creo que llevaba mucho tiempo buscándote sin darme cuenta de que estabas delante de mí.
Cierro los ojos apenas un segundo. Porque si sigue diciendo cosas así voy a acabar creyendo que todo esto es un sueño.
—Menos mal que soy paciente.
Ella se ríe y el sonido se queda flotando entre nosotros. Suelto una carcajada suave y deposito un beso en su frente. Después otro. Y otro más…
Como si quisiera recuperar todos los años perdidos. Como si todavía me costara creer que está aquí. Que me ha elegido. Que esta vez no tengo que esperar.
Fuera, el amanecer termina de abrirse paso.
Dentro, abrazado a ella, siento que mi vida acaba de empezar.