El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Sofi se ríe.

—Qué pesado eres.

—Quince años esperando me dan ciertos privilegios.

Su sonrisa desaparece por un instante.

No porque se enfade. Sino porque entiende exactamente lo que quiero decir. Y eso hace que el aire entre nosotros cambie. Se vuelva más denso. Más sincero. Más peligroso.

Entro finalmente bajo el agua. El espacio no es precisamente enorme y ninguno de los dos parece tener demasiada prisa por apartarse. Las gotas resbalan por el cristal. La luz del amanecer empieza a filtrarse por la pequeña ventana del baño.

Y durante unos segundos nos quedamos simplemente ahí.

Mirándonos.

Como si ambos estuviéramos intentando memorizar algo.

—¿Qué? —pregunta Sofi.

—Nada.

—Mentira.

Sonrío.

—Estoy intentando convencerme de que esta noche ha sido real.

Ella da un paso más cerca.

Lo suficiente para que mi corazón vuelva a olvidarse de cómo funciona.

—¿Y lo has conseguido?

La observo atentamente. La playa. Las hogueras. La noche. El mar… Todo parece lejano ahora.

Todo excepto ella.

—Todavía no.

Y por la forma en que sonríe, sospecho que a ella le pasa exactamente lo mismo.

—¿Has entrado en la ducha solo para hablar o vas a quitarte la sal? —pregunta mientras se aclara el champú del pelo.

Algo hace clic en mi cabeza en ese momento.

—Pensaba que te ibas a ofrecer tú a lavarme… —respondo en tono juguetón.

Sofi se ríe mientras niega con la cabeza.

—¿Sabes que eres mucho más alto que yo y no llego a tu cabeza?

—Eso tiene arreglo —digo mientras la alzo en peso y la apoyo contra la pared—. Ahora ya puedes enjabonarme el pelo, no tienes excusa.

Por un segundo se queda quieta, pero de repente comienza a pedirme entre grititos que la baje, que nos vamos a caer, que pesa demasiado, que es propensa a las caídas…

Miedos.

Inseguridades.

Falta de autoestima.

Son quienes están hablando por ella en este momento.

—No nos vamos a caer, confía en mí —le pido enterrando mi cabeza en el hueco de su cuello.

Se queda quieta de nuevo y poco a poco, la siento relajarse entre mis brazos.

—No pesas nada, Sofi. Todo está en tu cabeza… —susurro antes de depositar un beso en su mejilla.

La miro a los ojos fijamente, esperando la señal que me indique que ya no quiere salir corriendo.

—Vale… Si nos caemos, que conste en acta que será por tu culpa —replica con las mejillas sonrosadas.

Al fin.

—Toda la razón, señorita. Y ahora… ¿Es usted tan amable de lavarme el pelo?

—Qué morro tienes.

—Muchísimo.

Sofi resopla, pero acaba cogiendo el bote de champú.

—Como se te meta jabón en los ojos no pienso ayudarte.

—Qué poco romántica eres.

—Y tú muy dramático.

Deposita una pequeña cantidad de champú en la palma de la mano y empieza a extenderlo por mi cabello.

Sus dedos se mueven despacio.

Demasiado despacio.

O quizá sea que mi cerebro ha decidido concentrarse únicamente en ellos. Cierro los ojos. Y por un momento me permito disfrutar de algo tan simple como aquello.

La cercanía.

La tranquilidad.

Ella.

—Creo que eres la primera persona que me lava el pelo desde que era un crío.

—No me lo creo.

—Te lo juro.

—Pues vaya vida más triste.

—Hasta esta noche sí.

Noto cómo se queda quieta apenas un segundo. Solo uno, pero lo noto. Cuando abro los ojos, me está observando. Y esa mirada...

Esa mirada va a matarme algún día.

—Gael...

—¿Sí?

—A veces dices cosas muy bonitas sin darte cuenta.

Sonrío.

—Y tú te empeñas en escuchar solo la mitad.

Durante unos segundos ninguno habla. El agua sigue cayendo. La espuma desaparece poco a poco. Y la distancia entre nosotros vuelve a parecer demasiado pequeña.

O demasiado grande.

Todavía no lo tengo claro.

—Ya está —dice finalmente—. Trabajo terminado.

—Excelente servicio.

—Cinco estrellas en todas las plataformas.

—Voy a dejar una reseña.

Sofi pone los ojos en blanco y entonces se ríe.

Esa risa.

Mi favorita.

La que siempre consigue que todo parezca un poco más sencillo.

La que hace que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no me dé miedo.

—¿Me bajas? —pregunta apenas en un susurro.

Niego con la cabeza.

—Estoy demasiado a gusto, Sofi…

Ella vuelve a reírse una vez más hasta que al moverse para recolocarse, mi erección decide que es buen lugar para quedarse entre sus mojados pliegues.

Mierda.

Contengo el aliento. Es la primera vez que la siento piel con piel. En la playa, todavía conservaba la braguita del bikini, pero ahora… Nada impide que todas mis terminaciones nerviosas estén a flor de piel.

—Creo que tu… amigo… está muy contento. De hecho, de tan contento que está me va a taladrar como te muevas hacia adelante…

Beso la delicada piel de su cuello sin prisa, dónde sé que le encanta. Apenas me muevo y con solo rozarla casi me corro.

Joder.

Paso mis brazos por su espalda para sujetarla con más facilidad y la apoyo con más firmeza sobre la pared de azulejos.

Durante unos segundos nos quedamos así. Sin hablar, sin bromas, sin escondernos detrás de nada. Solo respirando el mismo aire. Solo sintiendo el calor del otro.

Y joder.

No sé cuándo ocurrió. No sé en qué momento exacto dejó de ser la chica de la que llevaba media vida enamorado, para convertirse en la mujer con la que quiero compartir el resto de mis días.

Mis dedos recorren lentamente su espalda.

Memorizando.

Aprendiendo.

Guardando cada detalle en un lugar del que nunca pueda desaparecer.

—¿En qué piensas? —pregunta.

Sonrío. Porque no existe una respuesta sencilla.

—En lo mucho que te quiero.

Su expresión se suaviza.

Y por primera vez no veo dudas en ella. No veo miedo. No veo la inseguridad que tantas veces intenta esconder detrás de una sonrisa.

Solo veo a Sofi.

La de verdad. La que me deja entrar poco a poco en todos esos rincones que nadie más conoce.

—¿Ha merecido la pena esperar tantos años? —susurra.

La acerco un poco más a mí.

—Más de la que imaginas.

Sus ojos se llenan de algo que no sé describir.

Algo cálido.

Algo sincero.

Algo que me golpea mucho más fuerte que cualquier beso.

Y cuando vuelve a apoyar la cabeza sobre mi hombro, comprendo que hay momentos que cambian una vida entera.

Y que este va a ser uno de ellos.

—Venga, vamos a la cama… —cedo al fin.

La bajo con mucho cuidado de no resbalarnos y pegarnos la ostia de nuestra vida.

Salgo yo primero y cojo una toalla del armario.

La abro sobre mis brazos y Sofi se acerca con demasiada calma, como si no entendiese del todo que quiero cuidarla.

La envuelvo con ella y seco su cuerpo entero mientras dejo besos allá por donde paso.

—Me estás malacostumbrando… —susurra con los ojos cerrados.

Sonrío, aunque no pueda verme.

—Voy a cuidarte como te mereces el resto de mis días. Si me dejas, claro —respondo una vez que he terminado de secarla.

Me seco yo la poca agua que me queda en el cuerpo y la dejo hacer en el baño. Sé que tiene que desenredarse el pelo y ponerse los potingues para dormir.

Me pongo la ropa interior y me tumbo en la cama. El sonido del mar se cuela por la ventana abierta. La brisa mueve ligeramente las cortinas. Escucho ruidos desde el baño. Estoy cansado, pero a la vez nervioso.

Ridículamente nervioso.

Y no por lo que vaya a pasar sino porque después de tantos años, todavía me cuesta creer que sea real. Que ella esté aquí. Que me haya elegido a mí.

Escucho el clic de la puerta del baño.

Levanto la vista y el corazón decide dejar de funcionar con normalidad. Sofi aparece envuelta en una camiseta demasiado grande para ella.

Mi camiseta.

Con el pelo húmedo, la cara limpia y esa sonrisa pequeña que siempre consigue desarmarme.

La misma que llevo años persiguiendo.

—¿Qué? —pregunta al sorprenderme mirándola.

—Nada.

—Mentira.

—Estoy admirando el paisaje.

Pone los ojos en blanco, pero se sonroja.

Y eso me encanta.

Camina hasta la cama y se tumba a mi lado. Durante unos segundos ninguno habla. La casa entera parece contener la respiración.

—¿Tienes sueño? —pregunta de repente.

Me giro quedando de frente a ella.

—Sí… Pero sé que no voy a poder pegar ojo.

Sinceridad, ante todo.

—¿Estás nervioso? —pregunta de repente.

Me río.

—Muchísimo.

Su expresión cambia al instante como si no esperase esa respuesta.

—¿En serio?

—Llevo quince años enamorado de ti, Sofi.

La observo despacio. No necesito esconderme.

—Lo raro sería que no lo estuviera.

Durante unos segundos se queda callada… Y después busca mi mano entre las sábanas. Entrelaza sus dedos con los míos y sonríe. Una sonrisa suave. Tranquila. Como si quisiera decirme algo sin necesidad de palabras.

Y por primera vez en toda la noche, los nervios aflojan un poco.

Porque da igual lo que ocurra. Da igual lo que venga después.

Ahora mismo estamos exactamente dónde queremos estar.

—Gael… —susurra mientras acaricia mi mano distraídamente.

Cierro los ojos tratando de calmar al loco de mi corazón que está bailando sobre un tablao flamenco en estos momentos.

—¿Sí? —pregunto inmerso en las sensaciones que me hace sentir.

—No estés nervioso… Yo también siento lo mismo que tú.

En ese momento abro los ojos de par en par.

—¿Qué es lo que sientes, Sofi?

Necesito preguntárselo. Necesito oírla decir en voz alta lo que calla bajo tantas capas.

—Siento que… No dejo de pensar en ti. Y… qué… Cuando me besas arreglas mi mundo durante esos segundos.

No contesto.

No porque no quiera, sino porque no puedo.

—Siento que te he tenido delante tantos años y no te he dado el lugar que merecías.

Silencio.

—Siento que… eres un hombre maravilloso y que en cualquier momento me despertaré de este sueño y te habrás ido.

—Nunca me iré de tu lado… A no ser que así tú lo decidas —contesto sin ninguna duda.

Acaricio su mano tratando de calmar la angustia que la consume.

—Y siento que… si no me haces el amor ahora me voy a morir por combustión espontánea —dice con una risita y con las mejillas tan encendidas que parece una hoguera más de Alicante.

La miro durante un segundo.

Dos.

Tres.

Y después estallo en una carcajada.

—¿De qué te ríes? —protesta escondiendo la cara entre las manos.

—De ti.

—Muy bonito.

—No, preciosa. Muy tú.

Sofi me golpea el brazo con una almohada. Sin fuerza. Sin ganas reales de atacarme.

Y eso solo consigue que me ría todavía más.