El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 34
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Capítulo 34

Caramelo

Pablo Alborán

Sabor a caramelo. Te adoro. Te anhelo. Sentir la pasión. Me derrites con tu olor… Sabor a Café es el sabor de tu piel. Tus labios canela. Tus besos en la miel.

C uando llegamos a casa de Jenni y paro el coche, el silencio reina en el lugar. No hay nadie por la calle. La verdad, es una zona muy tranquila.

Ninguno de los dos decimos nada. Sofi juguetea con el cinturón mientras yo apago el motor.

Y ahí estamos.

Sentados.

Como si ninguno quisiera ser el primero en romper el momento.

—La llave está debajo de un macetero —dice finalmente.

—¿Debajo de un macetero?

—No juzgues los métodos de seguridad de Jenni.

—Estoy bastante seguro de que cualquier ladrón encontraría ese escondite en menos de treinta segundos.

—Y aun así aquí estamos.

—Buen argumento.

Sofi sonríe. Y por alguna razón eso consigue que respire un poco mejor.

Entramos en la casa, dejamos las cosas y recorremos el salón a oscuras. Todo está en silencio. Después de las hogueras, de la música, de las risas y del ruido constante de la playa, parece otro mundo.

Me paso una mano por la nuca. Sigo acelerado.

Demasiado.

—¿Qué pasa? —pregunta Sofi.

—Nada.

—Mentira.

—No creo que pueda dormir.

Ella arquea una ceja.

—¿Por?

—Por todo.

Creo que no hace falta que lo explique. El día ha sido una locura.

Las hogueras.

La playa.

La noche.

Ella.

Sobre todo, ella.

—¿Y qué piensas hacer?

Miro hacia la ventana. A lo lejos todavía se escucha el rumor del mar.

—Dar un paseo.

—¿Ahora?

—Y darme un baño.

Sofi me observa durante unos segundos.

—¿Un baño?

—Todos los años hago lo mismo.

—¿El qué?

—Celebrar el solsticio.

—¿Metiéndote en el mar a estas horas?

—Exacto.

Suelta una pequeña risa.

—Estás un poco loco.

—Eso ya lo sabías.

La miro y sonrío.

—¿Vienes?

Media hora después caminamos por la arena a solas. La playa parece otra. Más tranquila. Más íntima. Más nuestra.

No hay absolutamente nadie.

Mejor.

Nos hemos cambiado. Yo, por mi parte, lo he hecho por comodidad. Aun así, suelo bañarme desnudo…

Las olas rompen suavemente contra la orilla. El aire huele a sal. Y por primera vez desde que empezó la noche, siento que el tiempo se ha detenido.

—¿Y ahora qué? —pregunta Sofi.

—Ahora viene la tradición.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

Me quito la camiseta.

Ella me observa.

—Gael...

—¿Qué?

—Empiezo a pensar que me has traído aquí con intenciones ocultas.

—Llegas tarde para sospechar.

—Idiota.

Me río mientras me quito también el bañador y me quedo como Dios me trajo al mundo. Sigo caminando y, poco a poco, me dejo arrastrar hacia el interior del mar.

—Puedes venir —grito cuando el agua me llega por la cintura.

—¿Así sin más?

—Claro.

—¿Y si no quiero?

—Entonces te quedarás ahí sentada mientras yo disfruto de la mejor noche del verano.

—Qué mal te cae la gente.

—Solo las gallinas.

—No soy una gallina.

—Pues yo veo alguna pluma asomando por ahí…

La expresión que me dedica es tan divertida, que casi me hace olvidar el calor que llevo dentro desde hace horas.

Casi.

Porque cuando empieza a acercarse hacia la orilla, sé que ninguno de los dos ha venido hasta aquí por casualidad.

—¿Y siempre te bañas desnudo en la noche de San Juan? —pregunta tapándose el vientre con las manos.

La atrapo entre mis brazos cuando llega cerca de mí mientras dejo un beso sobre su pelo.

—Sí, siempre. Y no te tapes ni te avergüences, por favor. Eres perfecta, Sofi.

—No me he tapado…

—Uso gafas para leer, pero no estoy ciego. Es más, de lejos veo como un lince.

—Sí, un lince ibérico —se mofa Sofi.

—¿Se está burlando de mí señora gallina? —pregunto antes de lanzarla al agua.

Sofi tarda unos segundos en salir y cuando lo hace… la máscara de pestañas le corre por las mejillas dejando una marca negra.

Juro que intenté no reírme, pero fracasé en el intento.

La carcajada sale sola y en ese momento trepa como un mono por encima de mí y nos hace caer a los dos provocando que trague agua como si no hubiera un mañana.

—¡Sofía! —consigo protestar entre toses.

—¡Te está bien empleado!

—¡Casi me ahogo!

—¡Mentiroso!

—He visto la luz.

—Será la luna, drama King.

Vuelvo a reírme y ella, también.

Las olas nos golpean suavemente mientras intentamos recuperar el equilibrio. Cuando por fin consigo incorporarme, Sofi sigue agarrada a mis hombros. Y entonces ocurre.

Nada.

Absolutamente nada.

Ninguna broma, ninguna pulla, ninguna de nuestras tonterías habituales. Solo una mirada. Una de esas que duran demasiado. De las que te hacen olvidar lo que estabas pensando un segundo antes.

El agua le ha pegado varios mechones a las mejillas. La máscara de pestañas ya no está perfecta.

Y aun así...

Nunca me ha parecido más guapa.

—¿Qué? —pregunta en voz baja.

—Nada.

—Otra vez estás mirando.

—Porque me gusta hacerlo.

Sus labios se curvan apenas un poco. Y esa pequeña sonrisa me desarma más que cualquier otra cosa. El rumor del mar nos envuelve. La playa sigue vacía. El mundo entero parece haberse quedado muy lejos.

—Gael...

—¿Sí?

—Gracias por traerme aquí.

La observo unos segundos intentando grabar ese instante en algún lugar donde el tiempo no pueda tocarlo.

—No tienes que darme las gracias.

—¿Por qué?

Sonrío.

—Porque esta noche también era justo lo que yo necesitaba.

Y por primera vez en toda la noche, no sé quién de los dos está salvando al otro.

No sé quién es el primero en moverse, solo sé que en cuestión de segundos mi boca está sobre la suya, sus manos sobre mis hombros y sus piernas enredadas en mi cintura.

Mis manos envuelven sus nalgas y la acerco todo lo que puedo hasta mí, sin que mi erección haga un agujero a la braguita de su bikini.

Sofi se mueve despacio sobre mi erección provocando que un gruñido se escape de entre mis labios.

—Sofi… —la advierto entre beso y beso.

Mi lengua se entrelaza con la suya enviando descargas directas a mi entrepierna.

Muerdo su labio inferior buscando agarrarme a algo, como un salvavidas para no perder el control.

Y justo en ese momento, el sonido ahogado de un gemido de Sofi sobre mi boca, se lleva por delante la poca cordura que me quedaba.

Mis manos viajan solas hacia su bikini. Desato la parte superior y en cuanto libero sus pechos mi boca viaja en picado hasta su pezón. Chupo, muerdo y lamo antes de repetir el mismo recorrido con el otro pecho. Sofi me clava las uñas sobre los hombros.

—Gael… —dice entre gemidos.

—¿Te acuerdas de lo que te dije en la cocina de mi abuela? —digo mientras devoro su cuello sin piedad.

—Creo que… ahora mismo mis neuronas están apagadas o fuera de cobertura.

Me río una vez más. No puedo evitarlo…

—Te dije que no despertases a la fiera… Que llevaba mucho tiempo intentando portarme bien…

Lamo desde la base de su cuello hasta el lóbulo de su oreja.

—Ahora lo recuerdo, sí.

Dejo un reguero de besos desde el lóbulo de la oreja hasta su boca y me deleito en cada una de las sensaciones que Sofi me hace sentir.

No es un calentón.

No es sexo casual.

Quiero hacerle el amor despacio y demostrarle con hechos todo lo que siento por ella.

Apoyo mi frente contra la suya mientras intento recuperar algo parecido a la cordura. La respiración de ambos sigue acelerada. El agua se mueve a nuestro alrededor. El rumor del mar nos envuelve en un silencio extraño.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no siento la necesidad de correr.

Ni de demostrar nada.

Ni de esconderme.

Solo quiero quedarme aquí.

Con ella.

—¿En qué piensas? —susurra Sofi.

Sonrío.

Porque si le dijera la verdad probablemente saldría corriendo.

—En ti.

Sofi baja la mirada.

—Yo llevo toda la noche intentando no hacerlo.

Vuelvo a besarla, esta vez con más calma. Con pasión. Con amor. Con ternura. Con fascinación. Con todo. Porque ella se merece eso y mucho más.

No sé cuánto tiempo transcurre, solo sé que la noche empieza a rendirse ante el alba.

—Creo que nos estamos convirtiendo en pasas —murmura Sofi.

Me río.

—Habla por ti.

—Llevo una hora en remojo.

—Exagerada.

—Mentiroso.

Salimos del agua entre empujones, risas y alguna que otra protesta, porque la arena parece haberse pegado a cada centímetro de nuestro cuerpo.

Sofi mira sin disimulo mi erección mientras me visto.

El aire de la madrugada resulta más fresco ahora.

Y, por primera vez en toda la noche, el cansancio empieza a hacerse notar, aunque no tanto como debería, porque Sofi sigue caminando a mi lado.

Y porque cada vez que nuestras manos se rozan, mi corazón vuelve a olvidarse de comportarse como una persona adulta.

Cuando llegamos a la casa, todo sigue en silencio. La urbanización duerme. El mundo entero parece dormir.

Menos nosotros.

—Voy directa a la ducha —anuncia Sofi mientras se sacude la arena de las piernas.

—Buena idea.

Ella da un par de pasos hacia la puerta, después se gira y me dedica una sonrisa pequeña, de esas que no ve casi nadie.

De esas que siempre consiguen desarmarme.

—Ha sido una buena noche.

La observo durante unos segundos intentando memorizarla otra vez.

—La mejor.

Y por la forma en que baja la mirada para esconder la sonrisa, sé que ella también quiere recordar este momento durante mucho tiempo.

Escucho el agua caer mientras me voy quitando la ropa. Me siento en la cama mirando a… la nada.

Siempre me ocurre lo mismo.

Me quedo parado viendo la vida pasar. Esperando que Sofi se fije en mí. Esperando que me elija.

Esperando.

Esperando.

Esperando.

Me levanto decidido y cuando entro en el baño me desinflo como un globo. Sofi está de espaldas. El agua cae sobre su pelo mientras tararea algo que no consigo reconocer.

Y de repente me doy cuenta de que el problema nunca ha sido el deseo.

El problema siempre ha sido ella.

Todo lo que me provoca.

Todo lo que me importa.

Todo lo que podría perder.

Apoyo un hombro en el marco de la puerta. Ella tarda unos segundos en darse cuenta de que estoy allí. Cuando se gira y me ve, sonríe de esa manera tan suya.

Como si no tuviera ni idea del efecto que provoca en mí.

—¿Vas a quedarte ahí plantado mucho tiempo?

—Estoy valorando mis opciones.

—¿Y cuáles son?

—Entrar en la ducha.

—Parece una buena opción.

—También podría quedarme mirándote.