Capítulo 33
Suavemente
Elvis Crespo
Cuando tú me besas, me siento en el aire. Por eso cuando te veo comienzo a besarte. Y si te despegas yo me despierto de ese rico sueño, que me dan tus besos. Suavemente… (Bésame, que yo quiero sentir tus labios) Besándome otra vez.
D efinitivamente, venir a Alicante a pasar las hogueras es la mejor decisión que he tomado en mucho tiempo. Las chicas son muy majas y me han adoptado como un miembro más.
Bueno… Lore ha dicho que no soy del grupo y Jenni me ha amenazado con arrancarme la cabeza si hago llorar a Sofi…
Minucias.
Es normal, teniendo en cuenta lo sucedido con mi madre estas semanas atrás.
Y sinceramente, ver a Sofi feliz, junto a sus amigas es el mejor regalo que podría darme. También ayuda que, al estar aquí, apenas he pensado en el resultado del examen de la oposición.
La noche ha seguido su curso y el ambiente cada vez está más… caliente.
« Caliente estás tú » .
Por una vez, no le quito la razón a la voz de mi cabeza que no se ha callado en toda la puñetera noche.
«E ncima que intento que no te quedes ahí plantado como un mueble… »
« Eres el pepito grillo del averno. ¡Cállate! »
Después de pelearme conmigo mismo como un loco, me rindo y dejo fluir lo que realmente tengo ganas de hacer desde… siempre.
Ser yo mismo.
Tenerla entre mis brazos.
Besarla hasta que me duela la boca.
Joder.
Sofi se acerca a mí y… deja un suave beso en mi mejilla. Cuando intenta marcharse, la sujeto suavemente por la cintura y la atraigo de nuevo hasta mí.
—¿A dónde vas tan rápido? —pregunto, antes de robarle un beso de esos que te dejan al borde de perder el control.
Sofi responde pasando sus manos por mi cuello de forma juguetona y aprovecho para acercarla todavía más a mí, hasta quedar totalmente pegados. Nos balanceo suavemente al compás de la música y el resto del mundo desaparece.
Solo estamos ella y yo.
Sus labios. El mar y el sonido de las olas rompiendo. La brisa… Y mi corazón bombeando sangre a toda velocidad hacia mi entrepierna.
Cuando nota mi erección, se tensa apenas un instante antes de relajarse de nuevo entre mis brazos.
Y entonces, en lugar de apartarse, se pega un poco más a mí…
Como si la distancia entre nosotros hubiera dejado de tener sentido.
Sus dedos juegan distraídamente con el pelo de mi nuca. Los míos descansan sobre su cintura.
Y por primera vez en toda la noche no hay bromas. Ni interrupciones. Ni excusas.
Solo nosotros.
La música sigue sonando a nuestro alrededor. Las hogueras iluminan la playa. La gente ríe, canta y celebra. Pero yo solo puedo mirarla a ella.
—¿Sabes una cosa? —murmuro.
—Miedo me da.
Sonrío.
—Que llevas toda la noche intentando provocarme.
Sofi arquea una ceja.
—¿Yo?
—Tú.
—Qué imaginación tienes.
—Y tú muy poca vergüenza.
Su risa me golpea de lleno en el pecho.
Porque es esa risa. La que aparece cuando baja las defensas. La que siempre consigue desarmarme.
Mi sonido favorito en el mundo.
—Gael...
—¿Sí?
Durante unos segundos se queda observándome como si estuviera reuniendo valor para algo. Como si quisiera decirme una cosa y estuviera pensando si hacerlo o no.
—Me alegro de que hayas venido.
Y joder.
Quizá no sea la frase más romántica del mundo, pero es suficiente para hacerme sentir que estoy exactamente donde quiero estar.
Con ella.
—Cuando estés cansado, dilo y nos vamos. No te sientas obligado a estar aquí —dice Sofi todavía entre mis brazos.
Sonrío porque no tiene ni idea de lo a gusto que estoy.
—No me siento obligado a estar aquí.
Bajo la vista hacia sus labios.
—Me siento afortunado.
Y es cierto. Soy afortunado por todo lo que tengo en esta vida, pero nada importa si ella no está.
Sofi sonríe de esa manera tan suya y en sus ojos percibo todo lo que calla. Porque sí, aunque todavía no se abra del todo conmigo, su mirada habla por ella.
—¿Quieres saber un secreto? —pregunto con un nudo en la garganta.
—Siempre.
—Llevo toda la noche intentando memorizarte.
—¿Y eso?
—Por si algún día mis ojos dejan de verte, poder recordarte en mi mente.
Silencio.
Ninguno de los dos habla durante unos minutos en los que seguimos balanceándonos sin importar que canción esté sonando. Tan solo, seguimos el compás de nuestros corazones.
—¿Sabes qué? —pregunta de repente—. Creo que ha llegado el momento de irnos.
La miro sin entender este giro de guion.
—¿Estás segura?
—Totalmente. Estoy cansada y mañana nos espera otro día intenso.
Nos despedimos de las chicas, que se quedan con Vero y prometen volver en taxi o dormir en su casa, ya que Sofi y yo nos marchamos en mi coche, en el que hemos venido todos.
El camino hasta el coche transcurre entre despedidas, abrazos y promesas de volver a vernos por la mañana.
Antes de subir, Sofi se gira una última vez hacia las chicas.
—Portaos bien.
—No prometemos nada —responde Lore.
—Eso me preocupa.
—A mí también —añado.
Jenni le dedica una sonrisa inocente que no engaña absolutamente a nadie y entonces nos marchamos.
Durante los primeros minutos ninguno de los dos dice nada.
Pero no es un silencio incómodo.
Es uno de esos silencios extraños que solo aparecen cuando sobran las palabras.
La radio suena bajita. Las luces de Alicante se deslizan al otro lado de la ventanilla, y, de vez en cuando, noto la mirada de Sofi sobre mí. Cuando giro la cabeza, ella siempre está mirando hacia otro lado como si no hubiera sido pillada. Como si yo no estuviera haciendo exactamente lo mismo.
Sonrío para mis adentros.
—¿Qué? —pregunta al darse cuenta.
—Nada.
—Eso es mentira.
—Me lo has pegado tú.
Sofi resopla divertida y vuelve a apoyar la cabeza contra el respaldo.
Durante unos segundos observo cómo las luces de la carretera iluminan su perfil. El movimiento de sus pestañas, la curva de su sonrisa. Y vuelvo a pensar exactamente lo mismo que en la playa.
Que quiero recordar este momento para siempre.
La mano de Sofi busca la mía sobre la consola central. No dice nada. Yo tampoco. Simplemente entrelazo nuestros dedos y seguimos avanzando por la carretera, mientras la noche se estira a nuestro alrededor. Sin prisas…
Como si ninguno de los dos quisiera llegar demasiado rápido a casa.
Como si los dos supiéramos que, cuando crucemos esa puerta, esta noche no habrá hecho más que empezar.