El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 30
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Capítulo 30

Fiesta pagana

Mago de Oz

Ponte en pie, alza el puño y ven a la fiesta pagana, en la hoguera hay de beber.

V ale. Necesito que alguien me explique una cosa: ¿Por qué los hombres con uniforme están tan buenos? Y no es una pregunta retórica.

Lo pregunto totalmente en serio.

Porque mientras todo el mundo mira la pelea de turno que se ha montado a unos metros de nosotros, yo estoy intentando entender por qué mi cerebro acaba de dejar de funcionar.

—¿Lore? —escucho a Jenni a mi lado.

—Mmm.

—¿Estás viendo lo mismo que yo?

—Depende.

—¿Un policía que parece sacado de una serie de Netflix?

—Sí.

—¿Y un bombero que parece un pecado mortal con patas?

—También.

Nos quedamos las dos observando la escena con muchísima discreción. Es decir...

Ninguna.

La misma discreción que una excavadora entrando en una biblioteca.

El policía se aleja junto a otro compañero en dirección a la discusión. Alto. Rubio. Espalda ancha. Uniforme perfectamente colocado y una cara que debería estar prohibida por la Unión Europea.

—Madre mía... —susurra Jenni.

—Eso mismo estaba pensando.

Pero entonces ocurre. Porque el bombero que se había quedado atrás hablando con varios compañeros se gira ligeramente hacia donde estamos...

Ay.

Madre.

Mía.

Creo que acabo de entender por qué existen las fantasías con hombres uniformados.

—Lore.

—¿Qué?

—Se ha girado.

—Ya lo sé.

—Creo que nos ha visto.

—Ya lo sé.

—Deja de mirar al policía.

—Y tú al bombero.

—Disimula, aunque sea un poco.

—No puedo.

—Te juro que das vergüenza ajena.

—Y yo te juro que si sigue sonriendo así voy a necesitar asistencia médica.

Jenni se atraganta de la risa.

Yo no.

Porque estoy demasiado ocupada observando cómo el susodicho separa de nuevo a los chavales de la pelea, mientras el uniforme, lucha por no romperse por las costuras.

La cosa se tensa por momentos hasta que el rubio más cañón que he visto en toda mi vida —y eso que mi prototipo son los morenos—, le hace un gesto con la cabeza al bombero y éste, llega al lugar en un santiamén y apaga la hoguera de los chavales.

—Se acabo la fiesta para vosotros. Iros a casa a dormir la mona u os llevo a comisaría —dice el primo de Thor

Le da un aire, no es que me lo esté inventando.

Los chicos se marchan poco a poco hasta que el último antes de irse mira de reojo al policía con cara de pocos amigos.

El bombero se queda hablando unos segundos con el policía y ahora que los miro se dan un aire… Se pasa una mano por el pelo mientras escucha algo que le dice otro compañero.

Y encima se ríe.

Maldita sea.

De lejos parecía tener una sonrisa bonita, pero de cerca… Es criminal esa boca.

Deberían de arrestarle a él por robarme el corazón. Aunque, si tiene que ponerme las esposas él, tampoco voy a quejarme.

Joder.

—Te gustan los hombres con uniforme, ¿verdad? —pregunta Jenni.

—Me gustan los hombres. Pero con uniforme un poco más.

—Lo sabía.

—No sé para qué preguntas entonces.

—Porque necesitaba confirmarlo.

—Pues confirmado queda.

—A mí también me ponen, pero el de bombero es mi debilidad…

Y justo cuando estoy planteándome seriamente dejar de mirar para conservar algo de dignidad...

El policía levanta la vista directamente hacia nosotras.

Y sonríe.

Joder, otra vez.

Lo miro fijamente unos segundos sin cortarme, y en ese momento recibo un empujón que me lanza a la arena como un saco de patatas.

¿Qué cojones?

Todo ocurre tan rápido que apenas me da tiempo a procesarlo.

Un grupo de chavales pasa corriendo entre la gente empujándose unos a otros y uno de ellos me golpea de lleno en el hombro.

Pierdo el equilibrio e intento agarrarme a algo.

No encuentro nada y durante una fracción de segundo veo mi vida pasar ante mis ojos.

Bueno… mi vida no. Más bien la cara del policía. Después la gravedad hace el resto.

« Pues mira... qué mala suerte morirme justo cuando acababa de encontrar al hombre de mi vida » .

—¡Lore!

La voz de Jenni llega demasiado tarde.

La arena impacta contra mis rodillas. Después contra mis manos y, finalmente, contra todo mi orgullo.

Perfecto.

La noche de San Juan.

Miles de personas alrededor.

Y yo haciendo una recreación en directo de una croqueta humana.

—¿Estás bien?

La voz masculina aparece sobre mi cabeza unos segundos después. Levanto la vista y… ¡Madre del amor hermoso! Desde abajo tengo unas vistas con zoom hacia sus largas piernas y su…

Ejem, Ejem.

Os podéis imaginar…

El policía. De pie frente a mí. Más alto de lo que parecía. Más guapo de lo que debería estar permitido. Y, ahora, visto de cerca, definitivamente más peligroso para mi estabilidad emocional que para la seguridad ciudadana.

—Sí —respondo automáticamente.

—Estás sangrando.

—No.

—Sí.

—Ah.

Bajo la vista.

Mi rodilla está llena de arena y tiene un raspón bastante feo.

Genial.

Ahora parezco una niña de ocho años que se ha caído de la bicicleta.

—Hay formas más discretas de llamar mi atención —añade.

Juro que hay una sonrisa escondida en su voz.

—He probado las normales y no estaban funcionando.

A mi espalda, Jenni se está descojonando.

La muy traidora…

—¿Te puedes levantar? —pregunta el policía tendiéndome la mano.

Lo miro.

Miro su mano.

Luego vuelvo a mirarlo a él.

Madre mía.

Igual sí que existen los milagros de San Juan.