Capítulo 29
Me enamoré de ti
David Bisbal
Se pinta de colores toda mi alma. Con esa dulce luz de tu mirada y al verte sonreír, vuelvo a tener fe. Tú llenas de sentido a mis días y no me importa nada lo que digan…
H ay deseos que uno escribe esperando que no se cumplan. Y otros que dan tanto miedo que cuesta hasta ponerlos sobre el papel.
Doblo el papel por la mitad. Luego otra vez. Y otra. Como si esconder las palabras pudiera protegerlas. Porque hay deseos que se cuentan en voz alta y otros que dan demasiado miedo.
Este pertenece a la segunda categoría.
Cuando llega mi turno, lo lanzo al fuego y observo cómo las llamas lo devoran en cuestión de segundos. Nadie pregunta qué he escrito.
Menos mal.
Porque no creo que fuese capaz de decirlo sin sentirme ridículo.
Uno pensaría que, después de quince años pidiendo deseos, llega un momento en el que deja de creer en estas cosas.
Pero no, al menos yo no.
Observo el fuego mientras las conversaciones continúan a mi alrededor. Las risas. El sonido del mar. El olor a sal mezclado con humo y no puedo evitar pensar que llevo media vida pidiendo prácticamente lo mismo.
La primera vez que lancé un papel al fuego tendría quince o dieciséis años. Era un crío. Un crío idiota. Escribí algo tan simple como ridículo.
Que Sofía se fijara en mí.
No ocurrió.
Al año siguiente pedí sentarme a su lado más veces. Tampoco funcionó. Otro año pedí que rompiera con el imbécil que llevaba meses haciéndola llorar. Eso sí se cumplió, aunque sospecho que el mérito no fue de San Juan.
Luego vinieron años peores.
Años en los que apenas coincidíamos, años en los que la veía marcharse y regresar, años en los que intenté convencerme de que ya se me pasaría, que aquello era una tontería… Un enamoramiento adolescente. Una fase.
Menuda mierda. Hubiera sido más fácil dejar de respirar.
Así que llegaron deseos todavía más estúpidos. Olvidarla, conocer a otra persona, pasar página, seguir adelante.
Fracaso.
Fracaso.
Fracaso.
Y más fracaso.
Porque cada vez que pensaba que lo había conseguido aparecía ella con una sonrisa, con algún libro bajo el brazo, con alguna tontería que me hacía reír y volvía a empezar desde cero.
Y porque el único deseo que nunca dejé de pedir... siempre tuvo el mismo nombre.
Siempre ella.
Joder.
Siempre Sofía.
—¿En qué piensas? —pregunta mi abuela desde algún rincón de mi memoria.
Sonrío para mí mismo. Porque todavía recuerdo la conversación. Fue hace años.
Muchos.
—En nada.
—Mentira. Cuando pones esa cara estás pensando en una chica.
—Abuela...
—¿Es Sofía?
Y yo, que tendría dieciocho años y la misma capacidad para disimular que una piedra, casi me atraganté con la cena. Ella se pasó una semana entera riéndose de mí.
Una semana.
Miro hacia mi derecha. Sofi está hablando con las chicas. Gesticula. Se ríe… Y durante unos segundos el resto del mundo desaparece.
Las hogueras, la playa, la música, la gente.
Todo.
Solo existe ella, como siempre.
La diferencia es que esta vez no la estoy mirando desde lejos. Esta vez puedo cogerle la mano, puedo besarla, puedo escucharla reírse por una tontería que he dicho.
Y por primera vez en quince años...
No siento que esté soñando despierto. Porque está aquí. Conmigo. De verdad.
Aprieto los dedos alrededor del vaso que tengo entre las manos y sonrío, porque el deseo que he lanzado esta noche al fuego no se parece a ninguno de los anteriores.
Ya no necesito que Sofía se fije en mí.
Ya no necesito que me vea.
Ya no necesito que me quiera.
Porque todo eso ya me lo ha dado. Y sinceramente... Es mucho más de lo que jamás me atreví a pedir.
— ¡Hora de saltar por encima de las llamas! — grita Vero por encima del resto de las voces.
No es que esté gritando como una loca, es que con la cantidad de gente que hay y la música, o habla alto o nadie se entera.
Uno por uno, saltamos por encima de las llamas hasta completar el ciclo de las siete veces. Entre salto y salto, brindamos por distintos motivos:
Por habernos conocido y estar allí todos juntos, por tener salud, por estar cumpliendo nuestros sueños, por regresar aquí el año que viene…
— ¿ L o estás pasando bien? — pregunta Jenni sentándose a mi lado.
Miro hacia Sofi que sigue charlando con Lore a su aire.
— Si, la verdad que no me da tiempo a aburrirme con vosotras — bromeo o al menos, hago el intento.
Jenni se acerca unos centímetros más y juro que en este momento siento miedo.
— Me caes bien. Pareces buen chico y sé que estás pillado por Sofi. Solo que… Como le hagas daño a mi amiga, iré a Fanzara a buscarte y no será para tener una conversación amigable, ¿me pillas?
Joder con la amigui happy flower power. Es peor que un interrogatorio del CNI.
— Me queda claro como el agua.
— Estupendo, también extensible a cualquier miembro de tu familia, sobre todo por tu madre. No es que nos caiga muy bien a Lore y a mí.
Y ahí, me entra la puta risa porque tiene toda la razón.
Mi madre no hace amigas precisamente allá por donde pasa.
— Te entiendo. A veces mi madre no tiene tacto — digo tratando de suavizar el ambiente.
Ella sonríe de una forma siniestra.
— El tacto lo tiene en el colon. Menos mal que está Reme allí para ponerla en su sitio — divaga mirando hacia Sofi.
No sé si se le está soltando la lengua por las tres cervezas que lleva o es así de serie ya que no la conozco lo suficiente, pero me cae bien.
Mucho.
Porque detrás de cada amenaza hay una preocupación genuina por Sofi.
Y eso lo respeto.
—Sé que mi madre no se lo ha puesto fácil estas últimas semanas —reconozco.
Jenni arquea una ceja.
—Eso es una forma muy elegante de decirlo.
—Intento ser diplomático.
—Pues no te sale.
Me río.
—Probablemente.
Jenni da un trago a la cerveza antes de volver a mirar hacia Sofi y Lore.
—Lo pasó bastante mal.
La sonrisa desaparece de mi cara, porque ya lo sabía, pero escucharlo de boca de otra persona es diferente.
Mucho más.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Mierda.
La miro y veo que esta vez no está bromeando.
—Cuando tú estabas estudiando, ella intentaba hacerse la fuerte para no distraerte. Pero, cada vez que tu madre abría la boca, era como echarle sal a una herida.
Aprieto la mandíbula.
Porque conozco a mi madre y también conozco a Sofi demasiado bien.
—Hubo días en los que pensó que quizá vuestra diferencia de edad sí era un problema.
Joder.
—Hubo días en los que se preguntó si te acabarías cansando de ella.
Más joder todavía.
—Y hubo días en los que pensó que tu madre tenía razón.
Eso me duele físicamente.
Porque si hay algo que me rompe por dentro es imaginar a Sofi mirándose al espejo y creyendo una sola palabra de todas las barbaridades que ha soltado mi madre.
—Pues mi madre no tiene razón —digo con una calma que no siento.
Jenni me observa en silencio.
—Lo sé.
—No. Creo que no lo entiendes.
Ella frunce ligeramente el ceño.
—Explícate.
Miro hacia Sofi. Está riéndose de algo que acaba de decir Lore. Se le arruga la nariz. Se lleva una mano al pecho y vuelve a reírse. Y yo...
Pues yo me quedo embobado como un imbécil.
Otra vez.
—Llevo enamorado de esa mujer quince años.
Jenni se queda inmóvil.
—Quince —repite Jenni.
— Quince —hago hincapié.
—Joder.
—Ya.
—Eso es muchísimo tiempo.
—Lo sé.
—Entonces eres más tonto de lo que pensaba.
—También lo sé.
Las carcajadas de ambos se mezclan con el sonido del mar.
—Voy a decirte una cosa —dice Jenni mientras se pone en pie—. Si algún día la haces llorar, te arranco la cabeza.
—Mensaje recibido.
—Y si algún día necesitas ayuda para esconder el cadáver de tu madre...
—Jennifer.
—¿Qué?
—No.
—Vale.
Hace una pausa.
—Pero la oferta sigue sobre la mesa.
Y se marcha tan tranquila como si acabara de comentar el tiempo.
La observo alejarse y no puedo evitar reírme. Definitivamente, entiendo por qué Sofi las quiere tanto.
Me levanto para unirme a las chicas y justo a unos metros de donde estamos, unos chicos comienzan a poner música a un volumen más alto. Parece que la cosa se está animando poco a poco.
Las chicas comienzan a bailar al compás de la música y yo me quedo observando como Sofi mueve las caderas haciendo papilla mis neuronas que ya venían tocadas desde esta tarde en esa cama en la que casi pierdo el control.
Mi cerebro todavía no se ha recuperado de verla esta tarde con mi camiseta puesta.
Ni del beso. Ni de sus curvas pegadas a mí. Ni de absolutamente nada.
Solo pensarlo y ya vuelvo a estar cachondo.
Joder.
Y lo peor, es que luego tendré que compartir cama con ella de nuevo.
No sé si sobreviviré a esta noche.
—¿Qué te pasa? —pregunta Aitor apareciendo a mi lado con una cerveza en la mano.
—Nada.
—Ya.
—¿Qué?
—La misma cara que tenía yo hace unos años.
Lo miro de reojo.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Maldito sea.
Aitor se ríe antes de dar un trago.
—Tranquilo. Se pasa.
—¿El qué?
—La sensación de que tu cerebro ha dejado de funcionar.
—No creo que tenga arreglo.
—Entonces estás peor de lo que pensaba.
Nos reímos los dos mientras observamos al resto.
Las chicas ya han arrastrado a Lucía hasta una especie de corro improvisado. Vero marca el ritmo. Jenni parece poseída por el espíritu de una orquesta entera. Y Sofi...
Madre mía.
Sofi se está riendo. Bailando. Feliz… Y durante unos segundos me olvido de los exámenes, de mi madre, de las oposiciones. De todo. Solo existe ella.
Como siempre.
—Estás sonriendo como un idiota —dice Aitor.
—Déjame en paz.
—No.
—Pesado.
—Enamorado.
—También.
—Eso ya lo sabía.
La música cambia a una canción todavía más animada y entonces ocurre. Sofi gira sobre sí misma mientras se ríe de algo que ha dicho Jenni. Su mirada encuentra la mía entre toda la gente y se queda ahí. Anclada durante apenas unos segundos, pero suficientes para que el resto desaparezca.
El ruido.
Las voces.
La playa.
Todo.
Ella me hace un gesto con la cabeza. Uno pequeño. Sutil. Invitándome a acercarme. Y como un completo imbécil...
Voy.
Porque llevo quince años yendo cada vez que Sofía me mira así y no pienso empezar a resistirme ahora.
Me abro paso entre la gente hasta llegar a ella. La música suena más alta ahora. Las llamas de las hogueras bailan a nuestro alrededor y durante unos segundos me quedo observándola sin decir nada.
Porque está preciosa.
Porque sonríe.
Porque parece feliz.
Y porque cada día me cuesta más recordar cómo era mi vida antes de ella.
—¿Bailas? —pregunta.
—Contigo… siempre.
Sofi pone los ojos en blanco.
—Qué cursi eres.
—Y tú me quieres igual.
—Eso está por demostrar.
—Mentira.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Demuéstralo.
No sé quién de los dos da el primer paso.
Solo sé que un instante después la tengo entre mis brazos. Y joder. Gravísimo error. Porque una cosa es echarla de menos. Y otra muy distinta volver a sentirla tan cerca después de veinte días.
Su cuerpo se mueve despacio siguiendo el ritmo de la música. Mis manos descansan sobre su cintura. Las suyas rodean mi cuello. Y mi cerebro...
Bueno.
Mi cerebro ha decidido cogerse vacaciones.
Apoya la cabeza sobre mi hombro y su perfume me golpea de lleno.
Melocotón.
Champú.
Sofía.
Mi combinación favorita.
—¿En qué piensas? —pregunta.
« En cosas que no puedo contarte » .
—En nada.
—Mentiroso.
—Muchísimo.
Su risa vibra contra mi pecho y eso tampoco ayuda. Nada ayuda. Ni la música, ni el calor, ni que lleve un vestido que deja ver demasiada piel, ni que cada vez que levanto la vista me encuentre esos ojos observándome.
Madre del amor hermoso.
« Como sigamos así voy a necesitar tirarme al mar » .
—Estás muy callado —susurra.
—Estoy intentando comportarme.
Sofi tarda dos segundos en entenderlo, y, cuando lo hace, se pone roja hasta las orejas.
—Gael...
—¿Qué?
—No digas esas cosas.
—¿Qué cosas?
—Esas.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que sí.
Me río.
Porque sí sé exactamente de qué me habla. Y porque verla tan nerviosa me parece adorable.
A unos metros, Lucía y Aitor bailan abrazados completamente ajenos al resto del mundo. Vero sigue riéndose de algo. Y Lore y Jenni...
Bueno.
Lore y Jenni parecen haber decidido que la pista de arena les pertenece.
La música cambia. Las luces de la playa parpadean y por un momento todo parece perfecto, hasta que unos gritos rompen el ambiente.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Parad!
Varias personas se giran.
Un grupo de chavales discute cerca de otra hoguera. Primero parecen empujones, después voces más altas y, finalmente, alguien decide que lanzar una silla de playa es una idea fantástica.
—Pues ya está liada —murmura Aitor.
No pasan ni dos minutos cuando aparecen varias luces azules reflejándose sobre la arena.
—Mira qué rapidez —dice Vero.
Un coche patrulla se detiene cerca del paseo marítimo. Detrás aparece un vehículo de bomberos. Y mientras la mayoría sigue a lo suyo, Jenni y Lore observan la escena con una curiosidad sospechosa.
Muy sospechosa.
—Uy... —dice Jenni.
—¿Qué? —pregunta Sofi.
—Nada.
—Jennifer.
—Nada.
Lore se lleva una mano al pecho.
—Madre mía.
—¿Qué os pasa a las dos? —pregunto.
Las dos señalan exactamente hacia el mismo sitio. Y cuando sigo la dirección de sus dedos entiendo perfectamente el problema.
Porque del vehículo de bomberos acaba de bajarse un tipo alto, castaño y con una sonrisa peligrosa. Y del coche patrulla otro igual de peligroso, pero éste es rubio.
El policía avanza con su compañero hacia la discusión, el bombero se queda atrás con sus compañeros, mientras Jenni y Lore los observan como si acabaran de descubrir una nueva especie.
Y por la cara que pone el policía al cruzarse con las chicas...
Tengo la sensación de que esta noche acaba de ponerse mucho más interesante.