Capítulo 28
La mordidita
Ricky Martin
Si dios, puso la manzana fue para morder… Ay dios, pequemo' abrazaditos hasta el amanecer.
C uando al fin conseguimos sentarnos tranquilamente, parece que venimos de la guerra. Y no exagero. Íbamos cargados como mulas.
—Ufff, hoy me salto la dieta a lo grande —dice Vero masticando la primera patata frita.
Empezamos cada uno a coger lo que ha pedido y cuando voy a coger una patata, Gael me la roba tan rápido que casi creo que ha sido Flash .
—¡Eh! ¡Serás ladrón! —le chincho mientras cojo otra patata.
Gael se ríe mientras moja una patata en la salsa y me la ofrece con cara de pillo.
—Aquí la única ladrona que hay eres tú… —susurra tan pegado a mi oído que un escalofrío me sobreviene sin avisar.
—¿Yo? —pregunto fingiendo estar ofendida.
—Si… Tú. Me robaste el corazón hace quince años y no me lo devolviste…
Justo cuando termina de matarme con esa afirmación, me deja un beso en el lóbulo de la oreja antes de separarse. Mi cerebro decide irse de viaje y me quedo inutilizada durante… ¿segundos? ¿Minutos? Ni idea.
Las chicas están observándonos sin pestañear. Vero, Aitor y Lucía, también. Puede que, si giro el cuello, seguro que hasta el vendedor de las pulseras lo ha visto. Y probablemente media provincia de Alicante también.
Silencio.
Uno muy corto.
Pero suficiente.
—Madre mía... —murmura Vero.
—Yo también lo he visto —añade Lore.
—Y oído —puntualiza Jenni.
—Ojalá alguien me mirara así algún día —suspira Vero llevándose una mano al pecho.
—Pues ya sabes… todo es buscar una Gaela —responde Lucía mientras le roba una patata a Aitor.
—No quedan. Están agotadas.
Me tapo la cara con ambas manos.
—Por favor. Parad —suplico muerta de la vergüenza.
—No podemos —responde Jenni.
—Es superior a nuestras fuerzas —prosigue Lore.
—¡Tía, te ha dicho delante de media playa que lleva quince años enamorado de ti! —exclama Jenni.
—Exacto —añade Lore—. Lo raro sería que no comentáramos nada.
Miro a Gael buscando ayuda.
Error.
Porque el muy traidor está sonriendo. Hasta parece disfrutarlo.
—¿Tú tampoco vas a decir nada? —pregunto.
—No.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros.
—Porque tienen razón.
Y ahí. Justo ahí. Considero seriamente enterrarme en la arena y no salir jamás. Las carcajadas resuenan a nuestro alrededor mientras la conversación deriva hacia otros temas.
O al menos lo intenta.
Porque cada dos minutos alguien vuelve a lanzar una mirada significativa hacia nosotros.
—¿Y cuánto tiempo lleváis juntos? —pregunta Vero.
Gael y yo nos miramos.
—Poco.
—Muy poco.
—Pero lleváis enamorados una eternidad.
Esta vez es Lucía quien lo dice.
Y no sé por qué. Pero cuando la miro, me dedica una sonrisa pequeña. Como si supiera algo. Como si reconociera en nosotros algo que ella misma ya ha vivido. Aitor le rodea los hombros y ella apoya la cabeza en él sin dejar de sonreír.
Y por primera vez entiendo lo que veía la gente cuando los miraba.
Porque cuando alguien encuentra a su persona...
Se nota muchísimo.
—¿Y vosotros? —pregunto sin poder contenerme.
Ambos se miran y se ríen como si estuviesen pensando exactamente en lo mismo.
—Nosotros nos conocemos desde hace muchísimos años. Pero no fue hasta hace dos años que aceptamos lo que sentíamos el uno por el otro —responde Lucía.
Aitor le coge la mano de forma muy tierna.
—Además… El amor nos llegó tan fuerte que me quedé embarazada y…
—Me volví de Suiza, dejé toda mi vida allí para estar junto al amor de mi vida. Además, escribió una novela preciosa sobre nosotros mientras estaba embarazada —dice Aitor con orgullo.
Un momento…
—Espera, espera, espera… ¿Eres Lucía Muñoz? —pregunto más alto de lo normal.
Varias personas se giran.
Mierda.
—Sí. ¿Has leído Spoiler: Eres tú?
—¡¡¡Siiiii!!! —grito de nuevo.
Mierda.
Otra vez.
Varias personas vuelven a girarse hacia nosotros.
—Sofi... —murmura Gael divertido.
—¿Qué?
—Que Alicante entero se está enterando.
—Me da igual.
Lucía se ríe.
—No hacía falta anunciarlo por megafonía.
—Perdón. Es que me ha impresionado.
—¿Para bien o para mal?
—¡Para bien! Me encantó.
—Menos mal.
—Lloré muchísimo.
—Entonces hicimos bien nuestro trabajo —dice Aitor pasando un brazo por sus hombros.
—Y me enfadé muchísimo contigo.
Aitor abre los ojos.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Qué he hecho ahora?
—Lo sabes perfectamente.
Lucía empieza a reírse mientras él pone cara de inocencia. La misma cara que pondría un gato sentado al lado de un jarrón roto.
—Lo sabía —dice ella.
—No puedes demostrar nada.
—Esa frase me suena.
Miro a Gael. Gael me mira a mí… y los dos empezamos a reírnos.
—Vale —dice Vero señalándonos—. Definitivamente sois la misma persona.
—Peor.
—Mucho peor.
—Son igual de cabezotas.
—Y de enamorados —añade Jenni.
—Jennifer...
—¿Qué?
—Déjalo ya.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque llevo semanas esperando esto.
Lore asiente con la solemnidad de quien está presenciando un acontecimiento histórico.
—Exageradas.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Vale. Un poco.
Las carcajadas vuelven a extenderse por el grupo mientras terminamos de cenar.
El cielo ya ha oscurecido. Las luces de la ciudad se reflejan sobre el mar. Y alrededor de nosotros cada vez hay más gente preparando las hogueras para cuando llegue medianoche.
La noche más mágica del año.
O al menos eso lleva diciendo Jenni desde que salimos de casa.
Y por primera vez... empiezo a pensar que quizá tiene razón.
—Bueno… Ha llegado el momento de hacer el fuego. Os voy a pasar una libreta y un boli. Que cada uno apunte su deseo y luego hay que lanzarlo al fuego y quemarlo —dice Vero mientras saca varias cosas de la mochila.
—¿Y eso para qué? —pregunto.
—Para que tu deseo se cumpla y purificarte de las malas vibras —responde Lucía.
—Pues de malas vibras vas cargadita. ¿Cuántas veces dices que hay que saltar? —pregunta Lore.
Todos nos reímos, aunque tiene más razón que un santo.
—Normalmente, se salta siete veces —contesta Vero.
—¿Y por qué siete veces? —sigo preguntando.
Oye, no lo hago a posta. Es que me interesa de verdad.
—Se salta siete veces en la hoguera porque el siete es un número místico e impar que simboliza la totalidad, la protección y la buena suerte —responde Gael en modo sabelotodo.
Qué listillo que es…
—Gracias, Gael, por tu sabiduría —respondo tomándole el pelo.
—De nada. Para algo me paso la vida estudiando.
—Yo pensaba que era porque te gustaba escucharte hablar.
—También.
—Al menos es sincero —dice Vero.
—Demasiado sincero —añade Jenni.
Lucía reparte los trozos de papel mientras Lore se dedica a inspeccionar la hoguera como si estuviera supervisando una obra.
—¿Y aquí no vamos a morir abrasados?
—Todavía no —contesta Aitor.
—¡Por favor! Un poco más de respeto… ¡Que soy bombera! —responde Vero mirando hacia Aitor.
—Era una broma… —responde Aitor.
—Lo sé… Por eso sigues respirando —replica Vero.
—Perfecto. Era por saberlo —responde Lore mientras se sienta como si no hubiera provocado ella más incendio que la propia hoguera.
Todos nos acomodamos sobre la arena.
Durante unos segundos nadie habla. Solo se escucha el rumor del mar, algunas risas lejanas y el crepitar de otras hogueras ya encendidas.
Miro el papel que tengo entre las manos. Un deseo. Solo uno.
Qué difícil…. Porque podría pedir muchas cosas. Que Gael apruebe. Que Reme esté bien. Que mi madre deje de preocuparse tanto. Que Carmina se mude a una isla desierta.
Vale.
Ese último quizá no cuenta.
Sonrío para mí misma mientras apoyo el papel sobre mi rodilla.
Y entonces lo tengo claro.
Empiezo a escribir. Cuando termino, doblo el papel rápidamente para que nadie pueda verlo.
—¿Ya está? —pregunta Gael a mi lado.
—Sí.
—¿Tan rápido?
—Algunos tenemos las prioridades claras.
—Eso ha sonado a indirecta.
—Porque era una indirecta.
Gael se ríe mientras empieza a escribir el suyo.
Intento mirar, por supuesto. Porque soy curiosa por naturaleza. Pero el muy traidor lo tapa con la mano.
—¿En serio?
—En serio.
—Solo una miradita.
—No.
—¿Media?
—Tampoco.
—Qué egoísta.
—Lo dice la que intenta espiarme.
—Porque me interesa.
—Y a mí me interesa seguir vivo.
—Dramático.
—Realista.
Termina de escribir y dobla el papel con el mismo secretismo que si estuviera ocultando documentos de Estado.
—¿Lo vas a guardar siempre así?
—Hasta que lo queme.
—Pues me parece sospechoso.
—Todo te parece sospechoso.
—Porque siempre ocultas cosas.
—Llevo quince años enamorado de ti. Creo que ocultar cosas no se me da demasiado bien.
Y otra vez.
Otra maldita vez me deja sin respuesta. Porque hay personas que disparan flechas.
Y luego está Gael.
Que dispara frases.