Capítulo 27
Nada que perder
Pignoise
Nada que perder… Mírame reír… Volveremos a salir.
E l reloj marca las siete de la tarde cuando nos montamos en el coche en dirección al centro de Alicante. El calor ha disminuido un poco, pero tampoco nos emocionemos. Me he duchado de nuevo antes de salir y ya estoy pegajosa de nuevo.
¿Y el pelo? Bufado como Dora la Exploradora.
—¿Tía como coño haces para llevar el pelo así de liso? —pregunto a Jenni.
—Se llama Keratina y estar cinco horas soportando el proceso.
—Merece la pena —contesta Lore.
—Repito. Cinco putas horas —dice Jenni arqueando una ceja.
—Sigue mereciendo la pena —contesto para chincharla.
Gael nos mira alternando a la par que sigue atento a la carretera. Obvio que conduce él. Jenni le ha encasquetado el muerto, para así ella poder tomarse algo esta noche, ya que, siempre pringa ella por vivir a las afueras.
—Yo sigo pensando que has aceptado demasiado rápido —dice Lore desde atrás.
—¿El qué? —pregunta Gael.
—Hacer de chófer.
—¿Y perderme una noche entera escuchándoos rajar? Ni loco.
Jenni se gira en el asiento con cara de ofendida.
—Perdona. Nosotras no rajamos.
—¿No?
—Compartimos información relevante —replica Lore.
—Claro —responde Gael.
—Servicio público.
—Por supuesto.
—Investigación periodística.
—Faltaría más —le sigue el rollo Gael una vez más.
Yo me río mientras ellos siguen con la discusión más absurda del universo.
Lo curioso es que Gael parece llevar toda la vida con nosotras. No está incómodo. No intenta aparentar. Simplemente... encaja.
Y eso me gusta más de lo que debería.
Mucho más.
La conversación continúa entre bromas hasta que el tráfico empieza a ralentizarse.
Y entonces lo veo.
Las luces, la gente, la música, los monumentos, las calles abarrotadas… El olor a pólvora mezclado con comida. La energía imposible de explicar que tienen las Hogueras.
—Madre mía... —susurro pegando la nariz a la ventanilla.
—Bienvenida al caos —dice Jenni orgullosa.
—Y eso que todavía no has visto nada —añade Lore.
Gael me mira de reojo.
—¿Primera vez?
Asiento.
—Había escuchado a Jenni hablar de ello… Pero estoy flipando.
Su sonrisa aparece al instante.
—Las hogueras no se pueden explicar con palabras… Se viven —responde Jenni con los ojos llenos de ilusión y el orgullo en la voz de quien ama su ciudad.
—Pues esta noche vamos a quemar la ciudad —dice Gael mientras busca aparcamiento.
Y por alguna razón, cuando lo dice, no creo que esté hablando solo de las Hogueras.
—Aparca en el descampado que hay más adelante y vamos andando por el paseo del Postiguet [2] hasta el centro —dice Jenni mientras indica como llegar sin morir en el intento.
Menos mal que voy de plano… Creo que hoy vamos a caminar muchísimo.
Y efectivamente, aparcamos en el descampado y comenzamos el paseo por la playa. Allí nos encontramos puestecitos con bisutería y cosas muy cuquis y como no, hacemos parada en todos los puestos.
—¡Chicas! Mirad esto. ¡Que pulseras más bonitas! —dice Jenni super emocionada.
El señor del puesto nos mira con cara de dónde han salido estas locas. Gael se queda a mi lado, mirando como Lore y Jenni están toqueteando todo.
—¡Es que me lo llevaría todo! —chilla Lore mientras mira un conjunto de pulseritas de color blanca que tienen conchitas, una estrella de mar, y algún detalle más.
Jenni coge la misma en un color rosita.
Gael me empuja despacio, obligándome a meterme entre las dos. Lo miro sin entender y, con una sonrisa que debería ser ilegal, camina unos pasos hacia la barandilla que baja a la playa. Se lleva el teléfono a la oreja para atender una llamada.
Uff… Joder.
Está guapísimo. Pantalón vaquero corto, mocasines y una camisa blanca holgada con los botones de la mitad al cuello sin abrochar… Se le ve parte de los pectorales y…
—¡Mira tía! ¡Ésta en azul me encanta para ti! —dice Lore dándome un codazo.
—Tía, como sigas comiéndotelo con los ojos, no vas a tener luego hambre para cenar… —susurra Jenni mirando hacia Gael.
—A lo mejor ya ha merendado en la habitación y no nos lo ha contado… —dice Lore con retintín.
Abro los ojos de par en par. ¡Serán mal pensadas!
—¡Por las chanclas de Moisés! ¿Se puede saber que os hace pensar eso? —pregunto con la mirada todavía clavada en él.
—La palmada que hemos escuchado a través de la puerta y algún que otro sonido… —dice Lore viendo ahora algunos anillos.
—Póngame la pulsera azul, la rosa y la blanca —dice Jenni al chico del puesto.
—No pienso seguir esta conversación —respondo cruzándome de brazos.
—Porque tenemos razón.
—Porque estáis fatal de la cabeza —replico.
—Las dos cosas pueden ser ciertas —apunta Lore.
—Y tú deja de mirar tanto hacia allí —ahora es Jenni quien sigue torturándome.
—¿Hacia dónde?
—Hacia donde está tu novio.
—No es mi novio.
Las dos se quedan mirándome. El señor del puesto también. Incluso una señora que pasa por detrás parece interesada en la conversación.
—¿Qué? —pregunto a la defensiva.
—Sofía...
—¿Qué? —repito desinflándome por segundos.
—Si sigue mirándote así, dentro de una semana te va a pedir matrimonio.
Me atraganto con mi propia saliva.
—Jennifer.
—¿Qué?
—No digas tonterías.
—No son tonterías. Mira.
Y la traidora me gira la cabeza.
Error.
Gravísimo error.
Porque Gael sigue apoyado en la barandilla hablando por teléfono y también está mirándome. De vez en cuando aparta la vista para escuchar a quien sea que está al otro lado de la llamada, pero vuelve.
Siempre vuelve.
Y cada vez que lo hace, me dedica esa media sonrisa que parece reservada exclusivamente para mí.
—Vale —murmura Lore.
—¿Qué? —pregunto por tercera vez.
Parece que solo existe esa palabra en mi diccionario o es que he perdido la capacidad de pensar.
—Retiro lo del matrimonio.
—Gracias.
Uff… Que alivio. Parece que está entrando en razón.
—Va directamente a secuestrarte.
—¡Lore! ¡Deja de leer dark romance , tía!
—¿Qué? ¡Míralo!
—No pienso mirar.
—Ya lo estás mirando.
¡Maldición!
Tiene razón. Lo estoy mirando. Y lo peor es que ellas lo saben.
—Yo me lo tiraba antes de volver al pueblo… —murmura Jenni al pasar a mi lado para pagar al señor del puesto.
—Y si no lo haces tu… lo hará otra —remata Lore.
Ambas me miran sin pestañear. Creo que me he quedado con la boca abierta sin articular palabra.
—Lo digo porque hay una allí —me gira la cara en dirección a la chica—, que como puedes comprobar, no le quita ojo.
Mierda.
Justo en este momento, el teléfono de Gael desaparece finalmente de su oído y después de guardar algo en el bolsillo comienza a caminar hacia nosotras.
El corazón me da un pequeño vuelco.
Ridículo. Completamente ridículo… Pero inevitable.
—¿Ya habéis comprado medio mercadillo? —pregunta nada más llegar.
Sus dedos rozan mi espalda suavemente.
—Todavía no. Danos una hora más —responde Jenni.
—O dos —añade Lore.
Gael niega con la cabeza divertido.
—Pobre vendedor.
—Pobre nada. Nosotras dinamizamos la economía local.
—Claro.
—Somos prácticamente un servicio público.
El hombre del puesto suelta una carcajada.
Y por desgracia para mi dignidad, Gael aprovecha que las chicas siguen discutiendo para acercarse un poco más. Solo un poco. Lo justo para que su hombro roce el mío.
—¿Te estás divirtiendo? —pregunta en voz baja.
Lo miro. Y durante un segundo desaparecen las pulseras. Las Hogueras. La gente. El ruido…
Todo.
—Mucho —respondo.
Y por primera vez en semanas me doy cuenta de que es verdad.
—Venga tortolitos, que hay mucho por ver —dice Jenni al pasar por nuestro lado.
—Oye, ¿y estas mini hogueras en la playa? —pregunto cambiando de tema.
—Hoy es la noche de San Juan. Se supone que se encienden para celebrar el solsticio de verano.
Es un ritual de origen pagano adoptado por el cristianismo cuyo propósito principal es purificarse, ahuyentar los malos espíritus y dar fuerza al sol en la época en que los días comienzan a acortarse —explica Gael.
—¿Has terminado con tu clase, profesor Gael? —pregunto bajito para que solo él me escuche.
Ufff… Ojalá yo hubiera tenido un profesor así de guapo cuando estudiaba. No me habría perdido ninguna de sus clases.
—Todavía no. Si quieres… puedo darte clases privadas… —susurra con la voz más ronca que le he escuchado nunca.
—¿Habéis terminado de tontear? —pregunta Lore riéndose.
Menudo oído tiene la tía.
—¿Y por qué saltan por encima de la hoguera? —pregunto de nuevo.
Nunca reconoceré en voz alta que me encanta que Gael me explique cualquier cosa.
—Para tener protección y buena suerte —responde Jenni adelantándose.
Caminamos unos minutos más hasta llegar casi al final del paseo. Jenni se para y mira hacia la derecha con los ojos vidriosos.
Todos miramos en la misma dirección y vemos…
—¿Qué es eso? —pregunto sin dar crédito.
Hay una montaña con una cara tallada en el perfil.
—El castillo Santa Bárbara y lo que estáis viendo es la cara del moro tallada en su perfil —responde Jenni.
—Vale... Eso es una cara de verdad —digo entrecerrando los ojos.
—¿Verdad que sí? —pregunta Lore.
—Ahora no puedo dejar de verla.
—Bienvenida al club —dice Jenni—. A partir de hoy, cada vez que veas una foto del castillo solo pensarás en esa cara.
—Gracias por la maldición.
—De nada. Aunque más bien es una bendición.
Seguimos caminando mientras Jenni nos va señalando edificios, calles y rincones como una guía turística hiperactiva alimentada exclusivamente a café y entusiasmo.
—Aquí hacen conciertos.
—Aquí ponen puestos de comida.
—Aquí hay una hoguera preciosa este año.
—Y aquí me caí de culo una vez delante de doscientas personas.
—¿Perdón? —pregunto.
—Eso no formaba parte de la visita guiada —añade Lore.
—Fue culpa de una sandalia.
—Fue culpa de que ibas mirando a un chico.
—Detalles sin importancia.
Gael se ríe a mi lado y me pasa un brazo por los hombros durante unos segundos.
Un gesto pequeño. Sencillo. Pero que consigue que mi estómago dé una voltereta.
Porque después de tantas semanas viéndonos a ratos, escondiendo besos y sobreviviendo a oposiciones, madres entrometidas y comentarios venenosos... Esto se siente extrañamente normal. Bonito. Como si siempre hubiera sido así.
Al doblar una esquina me quedo completamente inmóvil.
—Madre mía...
Delante de nosotros se alza una hoguera gigantesca llena de color. De figuras imposibles. De detalles que parecen sacados de un cuento. La gente se agolpa alrededor haciendo fotos mientras los niños corretean de un lado para otro.
—¿Qué te parece? —pregunta Jenni.
No sé ni qué responder. Porque es enorme. Porque es preciosa. Y porque en poco más de veinticuatro horas arderá.
—¿Y de verdad la queman? —pregunto.
—Hasta el último trozo —responde Jenni.
—Qué pena...
—Ese es precisamente el sentido de las Hogueras —dice Gael—. Disfrutar algo sabiendo que no va a durar para siempre.
Por algún motivo sus palabras se me quedan rondando en la cabeza.
« Disfrutar algo sabiendo que no va a durar para siempre ».
Durante un segundo mis dedos buscan los suyos entre toda la multitud. Gael los entrelaza con los míos sin necesidad de mirarme, como si hubiera entendido exactamente lo que estoy pensando.
Y eso me gusta más de lo que debería.
Continuamos la ruta por el centro, viendo algunas hogueras más cuando el hambre comienza a hacer estragos en nuestros estómagos. Cada sitio que intentamos entrar está hasta arriba de gente y las barracas, según nos explica Jenni, son para socios y allí no se puede entrar a cenar.
Mierda.
—¡Yeeee! —escuchamos una voz por encima del resto de las voces.
Cuando localizo de donde proviene, veo que Jenni está abrazada a una chica rubia con el pelo corto, piel morena, alta y con un físico súper atlético. Se nota que lleva media vida entrenando. Con ella, hay una pareja algo acaramelada que están a su aire.
—Chicas… Gael, os presento a Vero. Nos conocimos en una carrera solidaria el año pasado. Y ellos son… —Jenni escanea al chico que es un armario empotrado y la verdad, no está nada mal.
—Ellos son Lucía y Aitor, unos amigos —los presenta Vero.
Ambos saludan con una sonrisa en el rostro. Desprenden amor, sexo o ambas cosas por todos los poros.
—¿A dónde vais ahora? —pregunta Vero.
—Estábamos buscando donde cenar, la verdad —responde Jenni por todos.
Vero se ríe negando con la cabeza.
—Nosotros vamos a comprar algo para llevar y nos lo vamos a comer en la playa. Tenemos leña para hacer la hoguera… ¿Os apuntáis?
Nos miramos unos segundos y creo que la decisión está bastante clara.
Así que en un puesto de comida para llevar nos pillamos unas hamburguesas, perritos, patatas fritas y resto de guarrerías habidas y por haber para cenarlas en la playa.
—Esto no es una cena —dice Gael observando la cantidad de bolsas que llevamos.
—¿No? —pregunta Jenni.
—Esto es el menú completo de una despedida de soltero.
—Querrás decir lo que os coméis a la vuelta cuando vais más ciegos que Pocholo en Ibiza —responde Jenni.
—Y todavía falta el postre —dice Vero.
—¿Hay postre?
—Siempre hay postre —responde Lore como si fuese una ley universal.
—El helado o la horchata del puesto Peret no puede faltar —añade Jenni.
Terminamos cargados como mulas y seguimos a Vero hasta una zona de la playa donde ya hay varios grupos preparando pequeñas hogueras. El sol comienza a esconderse lentamente en el horizonte tiñendo el cielo de naranja, rosa y dorado.
Y por un momento todo parece una postal.
El mar. La arena. La música sonando a lo lejos. La gente riendo. Los niños corriendo de un lado para otro y las primeras hogueras preparadas para la noche.
—Madre mía... —susurro.
—Ahora es cuando empieza lo bueno —dice Vero.
Aitor rodea la cintura de Lucía y le deja un beso distraído en la sien. Ella ni siquiera se inmuta. Como si estuviera completamente acostumbrada.
—No les hagáis caso —dice Lucía al darse cuenta de que los estamos mirando—. Llevan toda la tarde diciendo que esta noche es mágica.
—Porque lo es —protesta Vero.
—Porque estás obsesionada con las Hogueras —corrige Aitor.
—También.
Todos nos reímos.
Mientras buscamos un hueco en la arena para sentarnos, noto cómo la mano de Gael encuentra la mía una vez más. Sin hacer ruido. Sin llamar la atención.
Como si fuese lo más natural del mundo.
Y por primera vez desde que llegamos a Alicante dejo de pensar en Carmina. En las inseguridades. En los comentarios.
En todo.
Porque aquí, ahora mismo… Con mis amigas. Con él. Y con el sonido del mar mezclándose con las risas y el olor a pólvora...
Soy feliz.