El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Créeme, me encantaría.

La llamada se corta y vuelve a entrar otra. Y otra. Y otra más.

—O alguien se está muriendo o tu madre acaba de enterarse de algo —canturrea Sofía.

Mi cara debe responder por mí porque ella deja de reírse.

—Se ha enterado.

—¿De qué?

—De que he venido a Alicante contigo.

—¿Y cómo...?

—Porque mi madre tiene más espías que la CIA.

Como para darme la razón, el teléfono vuelve a sonar. Sofía ya está doblada de la risa y yo estoy planteándome lanzar el móvil al mar.

Directamente y sin escalas.

—Descuelga, anda —consigue decir entre carcajadas.

—Si desaparezco en circunstancias extrañas, quiero que sepas que te quise muchísimo.

—Drama King.

—No conoces a mi madre.

Pulso aceptar y me llevo el teléfono a la oreja.

—Hola, mamá.

—¡¿SE PUEDE SABER DÓNDE ESTÁS?!

Cierro los ojos.

Sí. Definitivamente la oposición era más fácil.

—Sabes perfectamente donde estoy —contesto malhumorado.

La respuesta de mi madre no se hace esperar.

—¡Pues claro! Se ha tenido que quedar tu padre con tu abuela así de repente. ¿Sabes que Sofi tiene que avisar con antelación?

Tendrá jeta.

—¿Y sabes que le corresponden treinta días de vacaciones al año y apenas se coge una semana? Yo de ti no iría por ahí, madre.

Silencio. Ya no le interesa…

—Bueno, pero al menos podría avisar por si nosotros no podemos quedarnos con Reme.

¡Hostia puta, qué cansina!

—No le hace falta pedir nada. Lleva tres años trabajando para la abuela y apenas ha librado. Además, la abuela fue quien le dio libre… Se supone que ella es quien os lo debería haber comunicado.

Se escuchan pasos y ruidos sin sentido.

—Reme, ¿quién le dio libre unos días a Sofi?

—¿Y eso que importa?

Me río bajito porque esa respuesta es muy de mi abuela.

—Importa. Porque tiene la obligación de avisar antes de cogerse días libres.

—Y yo soy la que le paga el sueldo y decido si libra o trabaja. ¿Te ha quedado claro?

¡Booom!

Silencio de nuevo.

Pasos.

Ruidos y gruñidos.

—Pero duermes donde tu hermano, ¿no?

Ya estamos.

—No. Estoy con Sofi, mamá…

—Pues ve a verlo al menos. ¡Y a tus sobrinas!

Que pesada.

—¡Si, si! Oye tengo que dejarte. Hablamos otro día.

Cuelgo sin más.

¡Que agobio de mujer!

Me giro y Sofi está tronchada de la risa en la cama con la mano en la boca y las lágrimas cayéndole.

—¡Madre mía! ¿Tú ves normal para lo que ha llamado? —pregunto todavía atónito.

Sofi me mira sin perder la sonrisa.

—Mi madre también tiene lo suyo…

—Seguro que no es como la mía.

—Bueno… Es experta en interrumpir cada vez que envío un audio a las chicas, es como Pepito grillo .

—Bah, eso no es para tanto. ¡Te la cambio!

—Solo si me quedo con Reme en el pack para que le pegue zascas a tu madre.

—¡No! A mi abuela no te la cambio… Pero ella te quiere como una nieta…

La sonrisa de Sofi se vuelve más pequeña. Más suave. De esas que le nacen de verdad.

—Lo sé.

Y esa respuesta me golpea más fuerte de lo que esperaba. Porque no está hablando solo de mi abuela. Está hablando de sentirse querida. Aceptada. Como si perteneciera a algún sitio…

—Pues acostúmbrate —respondo acercándome un poco más—. Porque Reme ya te ha adoptado. No hay marcha atrás.

—¿Y eso funciona así?

—Peor. Una vez entras en su radar ya eres familia para siempre.

—Qué miedo.

—Muchísimo.

Sofía se ríe y yo aprovecho para rodear su cintura y atraerla hacia mí otra vez.

—Aunque te advierto una cosa...

—¿Qué?

—Si un día intentas quedarte con mi abuela tendremos problemas.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Y qué vas a hacer?

—Todavía no lo he decidido.

—Cobarde.

—Prueba otra vez.

Ella arquea una ceja.

—¿Es una amenaza?

—No.

—¿Entonces?

—Una invitación.

—Gael...

—¿Qué?

—Eres imposible.

—Y tú eres preciosa.

Silencio.

Porque esta vez no hay broma. Ni pulla. Ni escapatoria. Solo ella mirándome como si acabara de decir algo importante y yo pensando que probablemente lo he hecho.

Porque es la primera vez que se lo digo de verdad. Sin esconderlo detrás de una tontería. Sin humor. Sin armaduras.

—¿Sabes qué? —murmura Sofi sin apartarse demasiado.

—¿Qué?

—Creo que necesitas graduarte la vista.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué iba a hacer eso?

Ella baja la mirada.

—Porque me acabas de llamar preciosa...

Sonrío con ternura.

—Porque lo eres.

Niega despacio con la cabeza.

—No, Gael...

Le levanto el mentón con dos dedos para obligarla a mirarme.

—Sí, Sofi.

Suspira.

—No soy la misma de hace unos años.

—¿Y?

—He cogido peso.

—¿Y?

Ella parpadea.

—Gael...

—¿Crees que no me he dado cuenta?

Se queda inmóvil.

—Claro que me he dado cuenta.

Silencio.

—También me he dado cuenta de que sigues teniendo la sonrisa más bonita que he visto nunca. De que tus ojos siguen brillando cuando hablas de libros. De que abrazarte se siente como llegar a casa.

Acaricio despacio su mejilla.

—Y sí, también sé que has cogido unos kilos. Muy pocos, a decir verdad.

Ella contiene la respiración.

—¿Sabes cuánto cambia eso lo que siento por ti?

Niega muy despacio.

—Absolutamente nada.

Apoyo mi frente contra la suya.

—El problema es que llevas demasiado tiempo mirándote con los ojos equivocados. Ganar unos kilos no te hace menos preciosa. Al contrario… creo que nunca me has gustado tanto. Y, si he de ser sincero, me encantan tus curvas.

—Gael...

—¿Sí?

—Ven aquí.

Y esa vez soy yo quien obedece.

La sujeto de las nalgas con ambas manos y la atraigo hacia mi hasta quedar tan pegados que no hay espacio ni para el aire.

Piel con piel. La beso despacio, recreándome en sus mullidos labios y en su sabor todavía mentolado mezclado con un toque a melocotón.

Mi lengua la busca despacio y, cuando por fin se encuentran, un chispazo recorre todas mis terminaciones nerviosas hasta instalarse en mi entrepierna.

Mierda.

El beso sube de intensidad, sin ser conscientes que Sofi acaba sobre mí y mis manos viajan de nuevo hasta su culo.

Lo acaricio despacio recreándome en la suavidad de su piel.

Subo despacio por su cintura hasta llegar al contorno del sujetador.

Jugueteo con él cierre unos segundos y cuando decido desabrocharlo las voces de las chicas irrumpen en la casa rompiendo el momento.

Sofi se ríe contra mis labios y me contagia a mí también.

Le doy un mordisco suave en el labio inferior y un pequeño azote en la nalga jugueteando con ella.

Las chicas se callan de golpe y al cabo de dos segundos se escuchan sus carcajadas.

—Seguro que están poniendo la oreja las muy cotillas… —dice Sofi todavía pegada a mis labios.

—Posiblemente… —respondo antes de volver a comerle la boca.

Pasamos un rato más en la cama dándonos mimos hasta que…

—¡Chicos!

Cierro los ojos.

No.

No puede estar pasando otra vez.

Sofía esconde la cara en mi cuello mientras las carcajadas amenazan con escapársele.

Las muy cabronas no tenían otro momento en el que llegar.

—No respondas —susurra.

—Me gusta cómo piensas.

—¡Chicos! —grita Lore esta vez—. ¿Seguís vivos?

—Depende de a quién preguntes —murmuro.

Sofía se ríe contra mi cuello y ese simple gesto casi acaba conmigo.

—Creo que nos están dando cinco minutos más —dice.

—Qué consideradas.

—Muchísimo.

Nos quedamos abrazados unos segundos más.

Solo eso.

Abrazados. Escuchando nuestras respiraciones. Sintiendo el latido acelerado del otro. Y por extraño que parezca, me gusta casi tanto como los besos. Porque llevo años soñando con tenerla así de cerca.

Sin prisas.

Sin interrupciones.

Sin miedo.

Mi pulgar acaricia distraídamente su espalda mientras ella dibuja círculos sobre mi pecho.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —pregunta.

—¿Qué?

—Que ya no tenemos que escondernos de Reme.

La carcajada me sale sola.

—Tienes razón.

—Aunque ahora tenemos que escondernos de Jenni y Lore.

—Creo que eso es peor.

—Mucho peor.

Como para demostrarlo, alguien golpea la puerta.

Tres veces.

Seguidas.

—¡Vamos a ir a por helado!

—¡Y horchata! —añade Jenni.

Sofía levanta la cabeza para mirarme.

—¿Las asesinamos?

—Tentador.

—¿Mucho?

—Muchísimo.

Ella vuelve a sonreír. Y entonces entiendo que Alicante ya merece la pena.

Da igual la mascletá.

Da igual la playa.

Da igual cualquier plan.

Porque después de veinte días echándola de menos, la tengo aquí.

Y por primera vez en semanas, no pienso compartirla con apuntes, oposiciones ni llamadas de mi madre.

Aunque sea durante unas pocas horas.