Capítulo 26
Mucho mejor
Los Rodríguez
Hace calor, hace calor. Yo estaba esperando que cantes mi canción. Y que abras esa botella y brindemos por ella. Y hagamos el amor en el balcón. Mi corazón, mi corazón. Es un músculo sano, pero necesita acción. Dame paz y dame guerra y un dulce colocón. Y yo te entregaré lo mejor…
E stoy nervioso. No. Acojonado, más bien. Y no es que sea la primera vez que estoy a solas con una chica. No soy virgen, aunque ahora mismo lo parezca.
Me sudan las manos, las axilas, la nuca y aquello que no se puede nombrar por educación. ¿Cómo puede hacer tanto calor aquí?
« No es el calor. Eres tú que estás más caliente que el cerrojo del infierno » .
Mando callar a la traidora de mi mente. En lugar de ayudarme a tranquilizarme mientras Sofi se ducha… me hace la zancadilla.
Abro la maleta y comienzo a sacar la ropa —las camisas, sobre todo— para colgarlas en el armario.
¿Qué? Es una forma muy válida de hacer tiempo.
Al poco escucho a Sofi maldecir desde el baño. ¿Se habrá caído?
« ¿Has escuchado algún golpe? No. Eso quisieras… Entrar ahí dentro a rescatarla y quedar de caballero con tu brillante armadura… »
Me acerco hasta el baño ignorando la insidiosa voz de mi cabeza, que hoy ha decidido ir de graciosa, para comprobar si ocurre algo.
—Sofi… ¿Estás bien? —pregunto con cautela.
Recibo más gruñidos que no consigo traducir y sonidos de ropa y la maleta por el baño.
Oh, Oh.
—¿Sofi?
« ¡Si lo dices tan bajo ni te va a escuchar la chica! »
Se abre la puerta tan despacio, que no se si lo hace ella o un espíritu. Asoma un ojo por la ranura y el vapor comienza a salir despacio.
« ¡Que esté vestida por favor! »
—Esto… me he olvidado en casa la ropa para dormir… ¿Podrías prestarme algo?
Ufff… Menos mal.
—Claro. Dame un momento.
Voy hacia la habitación y rebusco en la maleta. Pijama: negativo. Camiseta de manga corta que suelo usar para dormir: afirmativo.
Voy al baño y golpeo suavemente la puerta con los nudillos. Abre solo una rendija de nuevo y atrapa la camiseta como un gato jugando con el muñeco de una rata. Desaparece sin más. Sin darme tiempo ni a procesarlo.
Me quedo mirando la puerta cerrada durante unos segundos.
—Muy bien, campeón —murmuro para mí mismo—. Lo estás gestionando fenomenal.
—¿Me hablas a mí? —pregunta Sofi desde dentro.
Mierda.
—No.
—¿Entonces?
—A nadie.
—Claro.
Escucho una risita al otro lado de la puerta. Y ya está. Ya no puedo pensar con normalidad.
Regreso a la habitación intentando comportarme como una persona adulta y funcional. Cuando termino de guardar la ropa me siento en el borde de la cama y me dedico a mirar el móvil sin leer absolutamente nada.
Cinco minutos después la puerta del baño vuelve a abrirse. Levanto la vista.
Error.
Gravísimo error. Porque aparece Sofía con el pelo húmedo, la cara lavada y mi camiseta puesta.
Mi maldita camiseta.
La que me pongo para dormir. La que ahora le queda enorme. La que le cuelga por los hombros. La que convierte a mi cerebro en puré de patatas.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—No te estoy mirando raro.
—Gael...
—Estoy intentando recordar mi nombre.
Y entonces se echa a reír. A reírse de verdad. De esa forma tan suya que consigue que todo merezca la pena.
—Exagerado.
—No sabes cuánto.
Sofi niega con la cabeza mientras se acerca a la cama.
—Gracias por la camiseta.
—No hay de qué.
Se sienta a mi lado. Demasiado cerca. O quizá no lo suficiente.
Durante unos segundos ninguno habla. Escuchamos el sonido lejano de las olas entrando por la ventana entreabierta y los graznidos de las gaviotas. Entonces Sofía apoya la cabeza en mi hombro y todo el ruido desaparece.
Así de fácil.
Como si alguien hubiera pulsado un interruptor.
—Te he echado de menos —susurra.
Cierro los ojos un segundo.
Porque después de veinte días estudiando como un condenado, de la oposición, de mi madre, de los nervios y del miedo a no estar a la altura...
Lo único que necesitaba escuchar era eso.
—Yo también te he echado de menos, Sofi.
« Mucho más de lo que jamás seré capaz de explicarte » .
Me quedo absorto en este momento con Sofi a mi lado, el silencio y mi corazón haciendo saltos al vacío cada vez que siento el aliento de Sofi en mi piel.
—¿Qué lado de la cama prefieres? —pregunta con la cabeza todavía apoyada sobre mi hombro.
« ¿Sobre ti? ¿De lado? ¿Tú encima? »
—Me da igual, no soy maniático con eso —respondo como el caballero que soy.
« Si ella pudiese leerte el pensamiento… ya no serías tan caballeroso ».
En ese momento se levanta y me quedo embobado mirando sus piernas.
« ¿Quieres hacer el favor de disimular? Va a pensar que estás más salido que el pico de una plancha ».
Con toda su calma, se inclina para quitar los cojines de la cama, y al hacerlo, la camiseta se le levanta mostrando demasiada piel.
Aparto la mirada hacia la ventana.
El mar. Piensa en el mar. En peces, en gaviotas, en la legislación.
¡No!
En la legislación no. Todavía no me he recuperado del examen.
—¿Estás bien? —pregunta Sofi de repente.
—Perfectamente.
—Mentiroso.
—¿Por qué?
—Porque llevas cinco minutos mirando por la ventana como si hubieras visto aparecer a la Virgen.
La carcajada que se me escapa hace que ella sonría satisfecha.
Maldita sea.
Me conoce demasiado bien.
—Ven aquí —dice señalando el otro lado de la cama.
—Eso ha sonado sospechoso.
—Gael...
—Voy.
Me quito la camiseta y los pantalones despacio, intentando parecer mucho más tranquilo de lo que en realidad estoy. En verdad, estoy cagado de miedo. Son tantas primeras veces con ella que creo que estoy temblando.
Me tumbo sobre las sábanas intentando mantener una distancia prudencial. Intentando. Porque Sofía decide acomodarse de lado mirándome. Y yo cometo el error de hacer lo mismo. Ahora estamos frente a frente.
Demasiado cerca…
Lo suficiente para contarle las pecas. Lo suficiente para notar su perfume. Lo suficiente para olvidarme de cualquier intención de dormir.
—¿Sabes qué es lo peor? —pregunta.
—¿El qué?
—Que llevo toda la mañana deseando estar aquí.
Mi corazón decide hacer una voltereta mortal.
—Yo llevo veinte días deseando estar contigo en cualquier parte.
Sus labios se curvan despacio y entonces me da un pequeño empujón en el hombro.
—Qué exagerado eres.
—No. Exagerado habría sido presentarme en tu casa en mitad de la oposición.
—Lo pensaste.
—Varias veces.
—Gael...
—¿Qué?
—Eso ha sido muy bonito.
—Pues espera que te diga lo que realmente pensaba.
Se tapa la cara con una mano mientras se ríe.
Y ese sonido…
Ese sonido es exactamente el motivo por el que he sobrevivido a las últimas tres semanas.
La observo durante unos segundos. Sin prisas. Sin interrupciones. Sin mi madre. Sin apuntes. Sin relojes.
Solo nosotros.
Y por primera vez en mucho tiempo no siento la necesidad de correr hacia ninguna parte. Porque estoy exactamente donde quiero estar.
—Bueno… ¿Qué era lo que realmente pensabas?
Me mira con los ojos entornados y la sonrisa más bonita que jamás he visto plantada en esos labios que adoro besar.
—Llegué a pensar que ya te habías olvidado de mí… —susurro mientras aparto un mechón de pelo que cae por su frente.
—Mmm… Jamás. Todo lo que digas será usado en tu contra sin estar en un tribunal y sin derecho a un abogado de oficio.
—¿Ah, sí? Con que esas tenemos…
Me lanzo a hacerle cosquillas sin que le dé tiempo a reaccionar.
—¡Gael! ¡No! ¡No te atrevas!
Demasiado tarde.
Sofía se retuerce entre risas, intentando apartarme las manos, mientras yo aprovecho mi clara superioridad física de armario ropero profesional.
—¡Habla ahora, abogada del diablo!
—¡Eres un tramposo!
—¡Y tú una chantajista emocional!
—¡Gael!
Termina agarrándome las muñecas para detener el ataque y durante unos segundos nos quedamos completamente quietos.
Demasiado cerca.
Otra vez.
Su respiración agitada choca contra mi cara y la mía contra la suya.
—Ahora sí... —susurra sin soltarme—. Cuéntamelo.
Trago saliva. Porque de repente ya no parece tan buena idea.
—Pensaba que cuando terminara el examen iba a venir a buscarte.
Ella no dice nada. Solo me mira.
—Y que me daba igual si aprobaba, suspendía o me explotaba la cabeza con tanto temario.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.
—Gael...
—Lo único que tenía claro era que quería estar contigo.
La sonrisa desaparece y en sus ojos aparece algo mucho más peligroso. Algo que hace que el corazón me golpee las costillas.
—Idiota... —susurra.
—Probablemente.
—Mucho.
—También.
Y entonces es ella quien acorta la distancia para besarme.
No es un beso robado. No es uno apresurado ni uno de esos que tenemos que interrumpir porque mi abuela aparece de la nada o porque alguien decide que es un momento perfecto para necesitarnos.
Es un beso lento. De los que llevas demasiado tiempo imaginando.
Mis manos encuentran su cintura casi por instinto y la atraigo hacia mí, hasta que prácticamente acaba sentada sobre mis piernas.
—Sofi... —murmuro contra sus labios.
Ella responde besándome otra vez.
Y otra.
Y otra.
Como si también estuviese recuperando el tiempo perdido.
Mis dedos recorren despacio su espalda por encima de la camiseta mientras ella se acomoda contra mí. El corazón me late tan fuerte que estoy convencido de que puede escucharlo.
—¿Sabes una cosa? —susurra apoyando la frente contra la mía.
—Mmm...
—Creo que tus amigas quieren matarnos.
Me río.
—Las tuyas.
—Las nuestras. Ya te han adoptado.
—Buen punto.
Sus piernas rozan las mías y por un segundo olvido dónde estamos. Olvido Alicante. Olvido la oposición. Olvido hasta mi nombre.
Todo excepto a ella.
Mi mano asciende lentamente por su espalda y Sofía contiene el aliento. Mierda. Yo también. Y justo cuando vuelvo a besarla... El móvil vibra.
Lo ignoramos. Vuelve a vibrar. Lo ignoramos otra vez.
Y otra.
Y otra.
Y otra.
—Gael... —murmura Sofi entre risas.
—Está muerto.
—Gael...
—Sea quien sea puede esperar.
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez directamente una llamada. Miro la pantalla y cierro los ojos.
No.
No.
No puede ser.
—¿Qué pasa? —pregunta Sofía.
Le enseño la pantalla.
MAMÁ.
Sofía empieza a reírse.
Traidora.
—No lo cojas.