El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 23
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Capítulo 23

Cada dos minutos

Despistaos

Cada dos minutos, una eternidad… Cada dos minutos sin tocar tus manos…

S algo del examen con la sensación de haber corrido una maratón mientras alguien me golpeaba repetidamente con el temario en la cabeza.

No sé cuánto tiempo llevo sentado en esa silla.

¿Cinco horas? ¿Seis? ¿Cuarenta años?

Más o menos.

Lo único que tengo claro es que si vuelvo a escuchar las palabras «situación de aprendizaje» en los próximos quince días voy a desarrollar una alergia.

Me apoyo un segundo contra la pared de la universidad y cierro los ojos.

Ya está.

He terminado. He sobrevivido. No sé si aprobaré. No sé si sacaré plaza. No sé absolutamente nada, pero ya está hecho. Y eso, ahora mismo, es suficiente.

El móvil vibra en mi bolsillo.

Mi madre.

La ignoro. Todavía tengo pendiente una conversación muy seria con ella. No me olvido de los desplantes que le ha hecho a Sofi…

Abro el chat de Sofi y veo que tengo un mensaje de hace varias horas deseándome suerte.

Miro su foto de perfil. Solo verla aparecer en la pantalla consigue que se me afloje algo dentro del pecho.

Le envío una foto del lugar donde estoy y al instante me llega un mensaje de ella.

Sonrío.

Su respuesta tarda apenas unos segundos.

Y ahí. Justo ahí, entre cientos de opositores saliendo del examen. Con calor, con sueño, con hambre… con la cabeza hecha puré…

Sonrío como un imbécil.

Porque lo dice ella.

Y eso siempre cuenta el doble.

***

Lo primero que hago al llegar al pueblo es pasar por casa de mi abuela. Necesito verla. Necesito comprobar que sigue repartiendo collejas verbales a todo el mundo.

Y necesito ver a Sofi.

Aunque solo sean cinco minutos.

Subo las escaleras de dos en dos y entro directamente.

—¡Ya estoy aquí!

—¡No grites! —me responde mi abuela desde el salón—. Que pareces un pregonero.

Sonrío. Perfecto. Sigue siendo ella.

Entro en el salón y me encuentro a mi abuela sentada en su sillón. A Sofi a su lado. Y a las dos compartiendo una sonrisa sospechosa.

Muy sospechosa.

Demasiado sospechosa.

Frunzo el ceño.

—¿Qué habéis hecho?

—Nada —responden las dos al mismo tiempo.

Mierda. Eso nunca significa nada bueno.

—Abuela...

—¿Qué?

—Te conozco.

—Y yo a ti.

—¿Qué habéis hecho?

Mi abuela suspira exageradamente como si fuese yo el que está siendo difícil.

—Pues… que os vais a Alicante.

Parpadeo. Una vez. Dos. Tres.

—¿Cómo?

—Que os vais a Alicante.

—¿Quién?

—Tú y Sofía.

Miro a Sofi.

Sofía mira al techo.

Cobarde.

—Abuela...

—No es negociable.

—¿Y quién ha decidido eso?

—Yo.

—Claro.

No sé para qué pregunto. Estaba clara la jugada de quien provenía de las dos.

—¿Algún problema?

Muchísimos.

Ninguno.

Todos.

—Tengo que esperar las notas.

—Las notas no salen mañana. Ni pasado tampoco.

—Ya…

—Y llevas demasiado tiempo encerrado estudiando.

—También.

—Y Sofía parece una viuda victoriana cada vez que mira el móvil.

—¡Reme! —protesta Sofi.

—¿Qué? Si es verdad.

Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme. Porque fijo que también es verdad.

—Además —continúa mi abuela—, Jennifer la ha invitado y Lore va a estar allí también.

Ajá.

Ahora lo entiendo. Esto no es una sugerencia… Esto es una conspiración.

—Habéis organizado esto a mis espaldas.

—Correcto.

—Sin preguntarme.

—También.

—Y esperáis que diga que sí.

—Exacto.

Miro a Sofía. Ella me mira a mí. Y por primera vez en veinte días la veo sonreír de verdad. Sin tristeza, sin dudas, sin el peso que lleva arrastrando estas semanas. Solo ella.

Mi chica.

Y entonces tomo la decisión más fácil de toda mi vida.

—¿Cuándo nos vamos?

Mi abuela hace el intento de levantar los brazos como si acabara de ganar una guerra.

—¡Sabía que mi nieto, «el armario ropero», no me fallaría!

—Ay, Dios mío... —murmura Sofi tapándose la cara.

—No invoques a Dios —replica mi abuela—. Esto ha sido obra mía. Y… os vais de inmediato.