Capítulo 24
Marta, Sebas, Guille y Los Demás
Amaral
¿Dónde empieza y dónde acabará el destino que nos une y que nos separará?
E l sol rompe el horizonte con los primeros rayos de luz cuando Gael y yo comenzamos el viaje en dirección a Alicante. Lore llegó anoche, al parecer ya estuvieron calentando motores por el centro de la ciudad.
No han soltado ni prenda, las muy perras. Con cariño lo digo. Pero entre los miembros del Aquelarre no hay secretos.
Hicimos una pequeña parada para tomar un café antes de llegar, porque a pesar de ir cantando algunas canciones, y de contarme en qué consistía el examen, el sueño iba ganando la batalla.
Normal.
La noche anterior no pegué ojo. Mi cerebro iba mil por hora imaginando todo tipo de escenarios en los que Gael y yo apenas llevábamos ropa.
Tampoco ayudó que las chicas antes de irse de parranda me estuviesen calentando la cabeza.
A modo resumen, solo dejaré tres mensajes aquí:
Así que claro, las pocas horas que he dormido me las he pasado soñando en Gael sin ropa, encima de mí, de lado, de pie…
Al aparcar en casa de Jenni un ostión de calor y humedad nos da la bienvenida.
Qué. Puto. Calor.
Creo que de tanto que me suda el tanga podría escurrirlo.
Las chicas salen a recibirnos y ambas lo escanean de arriba abajo. Son unas descaradas y, por eso, las adoro. Tampoco se cortan haciéndome gestos con los ojos como si fuesen Marujita Díaz apuntando hacia Gael y hacia mí a la vez.
Menudo interrogatorio me espera.
Y normal. Durante el viaje no hemos parado de gastar bromas, de miradas cómplices… Su mano en mi pierna más tiempo del que mis glándulas sudoríparas son capaces de soportar sin entrar en combustión espontánea. Y sí, algún que otro beso robado mientras conducía o en la paraeta del café.
Lo peor es que él está tan tranquilo. Tan normal. Tan cómodo dentro de su propia piel. Y yo llevo cuatro horas luchando por recordar cómo se forman las palabras cuando me sonríe.
—¡Por fin! —grita Jenni abrazándome—. Pensaba que os habíais perdido.
—O que habíais parado en algún descampado —añade Lore moviendo las cejas.
Me atraganto con mi propia saliva. Gael, el muy traidor, se echa a reír.
—¿Ves? Ya te dije que eran un peligro.
—¿Nosotras? —pregunta Jenni llevándose una mano al pecho—. Si somos unas señoritas.
—Claro —responde Gael—. Y yo soy bailarín de salsa profesional.
Las tres nos echamos a reír mientras descargamos las maletas.
Bueno, ellas se ríen.
Yo intento no mirar cómo se le marca la espalda bajo la camiseta cada vez que levanta una bolsa, porque una tiene dignidad.
Poca.
Pero alguna queda.
—Sofía —susurra Jenni a mi oído cuando él se aleja unos pasos.
—¿Qué?
—Lo has catado ya, ¿no?
Casi me tropiezo conmigo misma.
—¡Jenni!
—¿Qué? Es una pregunta científica.
—¡No!
—Todavía —corrige Lore apareciendo por el otro lado.
Las odio.
Muchísimo.
—Voy a dejar de ser vuestra amiga.
—No lo harás.
—No.
—Porque nos necesitas.
Malditas.
Las muy condenadas tienen razón y eso es lo peor.
—Bueno… ¿Cómo tenéis el cuerpo para irnos a disfrutar de la mascletá? —pregunta Jenni.
Pufff… Si les digo que estoy muerta del cansancio me van a matar.
Siento la mirada de Gael taladrándome desde un lateral. Las miradas de las chicas tampoco se quedan atrás.
—La verdad…
—Estamos cansados —responde Gael por los dos.
Lore y Jenni lo miran incrédulas. Ambas fruncen el ceño, pero les dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
—Bueno, entonces os enseño la casa, comemos algo ligerito y nos tumbamos la siesta para recargar las pilas para esta noche —dice Jenni tan sonriente que hasta le veo las muelas del juicio.
Algo trama.
Nos enseña el apartamento, que, aunque no es extremadamente grande, tiene su encanto y está frente al mar. Muebles modernos. Mucha luz. Y lo mejor, la habitación que tiene solo para los libros.
Me encanta.
Me quedo embobada absorbiendo el olor a papel y tinta. Los libros ordenados por temática y autor. Los cantos pintados hacia fuera...
—Te encanta, ¿verdad? —susurra Gael cuando estamos saliendo de la habitación.
Me sonrojo como una boba.
—Me encantaría tener una estancia así en mi casa… A ver, que yo tengo una estantería llena de libros, pero no es lo mismo —respondo mientras seguimos a las chicas que no paran de parlotear de esto y aquello.
Gael me coge de la mano y deposita un suave beso sobre el dorso.
—Lo tendrás —susurra apenas tan bajo que no sé si ha sido una alucinación.
Al llegar a la que Jenni nos dice, con retintín, que es la habitación de invitados, me tenso como un preso en el corredor de la muerte.
No exagero.
El ambiente ya no es relajado. Todos nos miramos durante apenas un segundo, en completo silencio, como si estuviéramos jugando al Cluedo para ver quién es el asesino.
Y creo que acabo de encontrar el cadáver.
—Bueno... —empieza Jenni con una sonrisa sospechosa—. Esta es vuestra habitación.
Nuestra habitación.
La palabra rebota dentro de mi cabeza varias veces.
Lore se cruza de brazos observándonos como quien espera fuegos artificiales.
—¿Algún problema? —pregunta con total inocencia.
La actriz del año, sin duda.
—Ninguno —contesta Gael antes de que yo pueda abrir la boca.
Lo miro. Él me mira. Y el muy sinvergüenza parece completamente tranquilo.
—Perfecto —responde Jenni—. Porque no hay más habitaciones.
Mentira. Hay un sofá enorme en el salón y lo sabe.
—Qué casualidad —murmuro.
—¿Verdad? —dice Lore.
—Sospechosamente casual.
—La vida es así.
—Claro.
—Impredecible.
—Por supuesto.
Las dos sonríen exactamente igual. Me dan miedo. Mucho miedo. Gael carraspea para disimular una risa.
Traidor.
Cuando las chicas se alejan por el pasillo, cierro la puerta unos centímetros y me dejo caer contra ella.
—No pienso agradecerles esto jamás.
—Yo creo que esperan precisamente lo contrario.
Levanto la vista y ahí está. Apoyado junto a la cama. Observándome con esa sonrisa tranquila que lleva semanas destrozándome la estabilidad emocional.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras algo que yo no.
—Sofi...
—¿Qué?
—Llevas casi un mes poniéndote roja cada vez que te doy un beso.
La muy traidora de mi cara vuelve a entrar en combustión espontánea.
—Eso es mentira.
—Claro.
—Totalmente mentira.
—Por supuesto.
—Deja de reírte.
—Lo intento.
Y precisamente porque lo intenta, fracasa miserablemente y acabo riéndome también. Porque tras veinte días de nervios, inseguridades, oposición, Carmina y dramas varios...
Estamos aquí.
Frente al mar.
Juntos.
Después de tantos días robándole minutos al reloj, por fin el tiempo parecía volver a ser nuestro.
Y por primera vez en mucho tiempo siento que quizá este verano pueda convertirse en algo inolvidable.