El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 21
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Capítulo 21

Con la luna llena

Melendi

Porque te quiero como el mar quiere a un pez que nada dentro. Dándole de respirar, protegiéndolo del viento. Porque te quiero dibujar desnuda en el firmamento pa' hacer tu día más bonito, más bonito el universo…

Q uedan doce días para el examen. Llevo tanto tiempo encerrado estudiando que empiezo a sospechar que la legislación me observa mientras duermo.

No exagero.

Anoche soñé con que los apuntes me hablaban y me recitaban los ciento cuarenta y cinco artículos de la LOMLOE.

Y me jode.

Mucho.

No porque sea temario del examen, sino porque cada noche sueño con Sofi y es el único momento del día en el que soy realmente feliz. Sé que es temporal. Pero mi madre cuando está en casa no para de mencionarla o preguntar por ella y no me gusta en absoluto el tonito de voz que emplea.

No es que diga nada directamente. Mi madre es demasiado inteligente para eso. Ella no insulta. Insinúa…

Y eso es mucho peor.

—¿Viste a Sofía el otro día cuando fuiste a ver a tu abuela?

—Sí.

—Ah.

Y ya está. Solo ese «ah».

Como si escondiera un discurso entero detrás.

Al principio intentaba ignorarlo… Ahora empiezo a quedarme sin paciencia.

—¿Qué?

Mi madre levanta la vista del periódico.

—¿Qué de qué?

—Que qué quieres decir cada vez que preguntas por Sofía.

—Nada.

Mentira.

Los dos lo sabemos.

—Mamá...

—Gael, deberías estar estudiando.

—Y tú deberías decir las cosas claras.

Silencio.

Mala señal.

Porque cuando mi madre se queda callada es porque está decidiendo cuánto veneno soltar.

—Solo digo que estás en un momento importante de tu vida.

—¿Y?

—Y que a veces nos empeñamos en ciertas personas cuando no son las adecuadas.

Aprieto la mandíbula.

Uno.

Dos.

Tres.

Respira.

No merece la pena.

No merece la pena.

No merece la pena.

—Sofía es exactamente la persona adecuada.

Mi madre suspira como si acabara de decepcionarla profundamente.

—Ya veremos.

Y ahí dejo la conversación. Porque si sigo cinco minutos más, acabaremos gritándonos.

Otra vez.

Voy a mi habitación y cierro la puerta.

Necesito estudiar.

Necesito aprobar.

Necesito dejar de pensar en todo.

Miro el móvil. Tengo una foto de Sofi sujetando el libro que le regalé. La he abierto tantas veces esta semana que empiezo a preocuparme por mi salud mental.

Sonrío como un idiota.

Otra vez.

Y entonces hago lo que llevo doce días haciendo. Le escribo.

La respuesta tarda apenas unos segundos.

Frunzo el ceño.

Demasiado corto para lo que suele hablar ella. Es decir, por los codos.

Mucho peor.

Después de tantos años observándola sé cuándo algo no va bien.

Y algo no va bien.

Pero también sé que si la llamo ahora me dirá que está perfecta y me mandará de vuelta a estudiar.

Así que me obligo a hacer lo que más odio:

Esperar.

Doce días.

Solo doce días más.

Después del examen pienso recuperar todo el tiempo perdido.

****

Una semana después estoy que me tiro de los pelos. Pienso quemar el temario cuando acabe.

Lo juro.

Estoy hasta los cojones de todo el temario general. Es puro relleno. El temario específico me encanta. Hablar de educación, metodologías y necesidades educativas tiene sentido. Lo llevo súper bien y sé que en esa parte no tengo problemas a la hora de contestar cualquier tipo de pregunta.

El problema es el resto.

Llevo tres días repasando legislación educativa y ya empiezo a soñar con decretos. Sin embargo, el común… es harina de otro costal.

Miro por la ventana del salón y me doy cuenta de que el día amenaza tormenta.

Como mi humor.

Miro el reloj y veo que son las nueve y media. Perfecto. Sofi debe estar llegando a casa de mi abuela.

Cojo las llaves del coche y voy al pueblo que me queda a apenas quince minutos. Vivimos en un campo a las afueras, aunque todavía conservamos el piso del pueblo. Paso por la cafetería y pillo dos cafés para llevar y unos dulces que sé que a mi abuela le pirran.

Bueno, a Sofi también.

Cuando subo al piso de la abuela entro sin hacer ruido. Ambas están en la habitación batallando con su higiene diaria y el cambio del pañal.

Dejo las cosas en la mesa del salón y me apoyo en el marco de la puerta para observarlas.

Parecen abuela y nieta en lugar de una anciana y su cuidadora.

—Límpiate las babas —dice mi abuela mientras Sofi la ayuda a sentarse en la cama.

Me río porque tiene toda la razón.

—Y tú gradúate la vista, abuela —la pico porque sé que eso es gasolina para su hoguera.

—Sí, sí… yo me gradúo la vista, pero tú te pones un babero.

Sofía me sonríe mientras recoge la habitación. Parece que haya pasado un huracán.

« El huracán Sofía… »

Mi abuela palmea la cama indicándome que me siente y le pide a Sofi que nos deje a solas.

Oh, Oh.

—¿Cómo llevas el temario? —pregunta sin mirarme del todo.

Me encojo de hombros sin saber qué responder.

No quiero crear falsas esperanzas y después suspender. Suficiente mal me sentiría yo como para que también lo hagan los demás.

No quiero defraudarles ni crearles falsas esperanzas.

—Regular… El temario general me aburre soberanamente… Y el específico es donde más seguro me siento.

Mi abuela asiente como la persona sabia que es.

—Si no apruebas esta vez, lo harás más adelante. Eres cabezota como el que más, mi niño —responde cogiéndome de la mano.

Hago el amago de contestar, pero me corta de un gesto.

—No sé si contarte esto antes del examen te vendrá bien… pero sabes que yo no puedo quedarme callada cuando veo o escucho algo que no me gusta.

Asiento sin pillarla del todo.

—El otro día estuvo aquí tu madre… Bueno, ahora viene casi todos los días para incordiar a Sofía.

Entre algunas perlas que le ha soltado te diré que le dijo que cuando apruebes te saldrán novias hasta debajo de las piedras y la peor…

es que si apruebas y tienes plaza en el colegio del pueblo tiene una amiga que tiene una sobrina que tiene treinta años y trabaja allí.

Estuvo enseñando fotos de ella y aseguró que saldrás con ella.

¿Qué?

—Sabes que no suelo meterme donde no me llaman… pero se está ganando a pulso que no la deje entrar en mi casa como siga viniendo a decir sandeces.

Sigo en shock.

—No sé cómo mi Enrique no la manda a freír espárragos… Bueno, si lo sé. Porque es un calzonazos.

—Abuela…

—Como me entere que te vas con la sobrina de la amiga de tu madre te desheredo. Ahí lo dejo.

Niego con la cabeza como un puto muñeco.

—Tranquila. Eso no pasará. Y a mi madre pienso explicárselo a ver si le entra de una vez en la cabeza.

Mi abuela se ríe y ese sonido lo archivo en la RAM de mi cerebro, junto a todos sus valiosos consejos, para el día en que ya no la tenga conmigo.

—Antes me curo yo de las piernas que tu madre acepte que has elegido a una buena muchacha para compartir tu vida.

—Gracias, abuela.

Y la abrazo sin que se lo espere. Porque sí. Porque me nace del corazón. Porque sé que sin ella no sería en parte el hombre que soy…

—Ayúdame a llegar hasta el sofá. Hoy me desperté peor de las piernas. Este calor me tiene la circulación fatal y llevo unos días con calambres.

La miro detenidamente y tiene toda la razón. Sus piernas están más hinchadas de lo normal.

—¿Me dejas probar un masaje que me enseñaron hace un tiempo? Es drenante. Te vendrá bien.

Mi abuela sonríe como una cría y entre los dos la vuelvo a tumbar para facilitarme la tarea.

Paso treinta minutos masajeando desde los pies hasta la ingle, aplicando la presión justa para no hacerle daño, pero notando que la inflamación de las piernas se le va yendo poco a poco.

—¿Cómo te sientes? —pregunto una vez que estamos en el sofá.

—Creo que podría salir a bailar como una chica de revista —responde la pillina.

Sofi y yo nos reímos por sus ocurrencias mientras mi abuela se pelea con una magdalena alegando que está demasiado seca para una anciana. Pero… no olvido las palabras envenenadas de mi madre ni un segundo.

Observo a Sofi por encima del borde del vaso.

Sonríe. Se ríe. Incluso participa en las tonterías de mi abuela, pero ya no es la misma sonrisa.

Llevo demasiado tiempo mirándola como para no darme cuenta.

Hay algo distinto. Algo pequeño. Casi invisible. Como si alguien hubiese ido apagando poco a poco una luz que siempre estaba encendida dentro de ella. Y no necesito preguntarle quién ha sido. Lo sé perfectamente.

Tres días. Tres putos días… Y por fin, seré libre. Libre del examen. Libre del temario y libre para ocuparme de lo que realmente importa.

Sofía.