El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 20
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Capítulo 20

Rosas

La oreja de Van Gogh

Por eso esperaba con la carita empapada a que llegaras con rosas, con mil rosas para mí.

Porque ya sabes que me encantan esas cosas.

Que no importa si es muy tonto, soy así.

Y aún me parece mentira que se escape mi vida, imaginando que vuelves a pasarte por aquí.

Donde los viernes cada tarde, como siempre.

La esperanza dice quieta, hoy quizás sí.

H a pasado una maldita semana desde el cumpleaños de Gael y… estoy entre asesinar a Carmina, ir a buscar a Gael para pedirle que me abrace o montarme en un autobús e irme sin mirar atrás.

Te estarás preguntando qué pasó en esa habitación.

Ya te respondo: que me vine abajo como no lo hacía desde hacía años y delante de un chico maravilloso que no me dejó sola en ningún momento.

Puede que no fuese ni siquiera culpa al cien por cien de Carmina. Es decir, arrastro mis inseguridades hace tantos años que ya forman parte de mi esencia.

Escuchar a Carmina decir que era una comida familiar hasta tiene cierto sentido. En parte tiene razón. Fui obligada a ir por Reme y no es que me arrepienta, al contrario. Pude disfrutar de Gael un ratito, a pesar de la tensión y los comentarios poco afortunados de su madre.

Lo que más me repateó fue el tema de la diferencia de edad y del exceso de peso. Porque, aunque me fastidie admitirlo, en parte tiene razón. Soy consciente cada vez que me miro en el espejo, no necesito que me lo recuerden a cada instante, por favor y gracias, como diría mi amiga Jennifer.

Hay batallas que una libra cada mañana delante del espejo. No hace falta que nadie venga después a confirmar aquello que una ya se repite en silencio.

Después del momento precioso que compartimos y, sobre todo, tras la declaración de Gael., no pudimos evitar darnos unos cuantos arrumacos. Quien dice unos cuantos, también reconoce que nos tuvo que llamar su madre desde detrás de la puerta para decirnos que el café se estaba quedando frío.

Seguro que estuvo escuchando detrás de la puerta. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Así que salimos como si no hubiera pasado nada. Fingí que todo estaba chachi piruli y me tomé el café con ganas de lanzárselo a la cara y decir que había sido un accidente.

Al marcharme a casa, Gael me acompañó hasta el portal y repetimos la escenita de los adolescentes hormonados. Esta vez, no nos pilló mi madre.

También me dijo que estaría hasta el examen desaparecido en combate, que intentaría pasar a verme, aunque fuesen diez minutos al día y de momento… solo ha podido venir uno.

Mi gozo en un pozo.

Entiendo que debe ser muy estresante estudiar y meter tanta información en la cabeza… pero le echo mucho de menos.

Por otro lado, tengo a Carmina soltando pullitas constantemente. El otro día no le contesté porque ya lo hizo por mí la señora Reme.

Estábamos viendo uno de esos programas absurdos de la tarde cuando apareció Carmina con una bolsa de naranjas.

—He estado con Gael esta mañana… —comentó dejando la bolsa sobre la mesa.

Intenté que no se me notara el interés.

Fracasé estrepitosamente.

—¿Y qué tal?

—Agobiado. Normal. Está estudiando muchísimo.

Asentí.

—Pero bueno, cuando apruebe, todo este esfuerzo habrá merecido la pena.

Sonrió.

Puso esa sonrisa, la de « voy a decir algo desagradable y luego fingir que no era mi intención » .

—Claro. Le cambiará la vida.

Yo ya sabía que aquello no iba por la oposición.

—Con plaza fija, buen sueldo y joven... le saldrán novias debajo de las piedras.

Ahí estaba. La puya disfrazada de comentario inocente.

—A mí me salieron arrugas —intervino Reme sin apartar la vista de la televisión.

Carmina resopló.

—Reme, estoy hablando en serio.

—Yo también.

Silencio.

—Lo único que digo es que Gael tiene toda la vida por delante.

—Y Sofía también —respondió Reme.

—No es lo mismo.

—Claro que no. Sofía tiene más paciencia. Porque para aguantarte a ti hace falta un máster.

Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme.

Carmina me dedicó una mirada rápida.

—Yo solo quiero lo mejor para mi hijo.

—Y yo para mi nieto —replicó Reme—. Por eso, cuando encuentre una mujer buena, trabajadora y con un corazón enorme, espero que no sea tan tonto como para dejarla escapar.

Carmina se quedó callada… Y yo también.

Porque, aunque Reme estaba hablando de forma general... Las tres sabíamos perfectamente de quién estaba hablando.

***

Por la noche, no pude soportarlo más y le escribí a las chicas para ponerlas al día…