El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 19 #3
31%

Capítulo 19 #3

No está hablando solo de Sofía… Está protegiendo «su estatus». Del dinero. De todo lo que la gente del pueblo ha murmurado durante años.

Y de repente me cabreo. Mucho.

—Escúchame bien.

Mi madre vuelve a mirarme.

—Sofía vale más que la mitad de la gente que conozco. Más que yo, probablemente. Así que no vuelvas a hablar de ella como si fuera menos que nadie.

Silencio.

Uno pesado, incómodo y espeso. De ese que no gusta a nadie.

Salgo de la cocina sin dejarla replicar y voy en busca de Sofi. Me la encuentro nada más salir de la cocina con los ojos aguados y la mandíbula apretada. Cojo su mano con delicadeza y mucho miedo a que me mande a la mierda por culpa de mi madre.

Y estaría en su derecho.

¿Quién querría escuchar las barbaridades que mi madre suelta por su boca?

Nadie.

Camino con ella hacia la habitación que uso para estudiar y cierro la puerta despacio.

—Lo siento —es lo primero que sale de mi boca nada más quedarnos a solas.

Sofi niega con la cabeza, pero no me mira.

—No te preocupes… —dice mientras las lágrimas caen por su bello rostro.

Claro que me preocupo.

Me acerco a ella y le indico que se siente en la cama mientras yo me arrodillo frente a ella.

—No sé cuánto has escuchado… pero mi madre no tiene derecho a hablar así de ti.

Sofía suelta una risa pequeña de esas que no tienen nada de gracia.

—No ha sido solo eso.

Frunzo el ceño.

Ella se seca una lágrima con el dorso de la mano.

—Iba detrás de tus padres cuando venía hacia aquí.

Y de repente todo encaja. La tarta. La mirada baja. Las manos temblando.

Todo.

—Sofi...

—No iban precisamente susurrando.

Mierda.

Cierro los ojos un segundo. Solo uno. Porque ya sé exactamente lo que ha debido escuchar y me avergüenza profundamente.

—Lo siento.

—No es culpa tuya.

—Pero es mi madre.

—Y tú no eres tu madre.

Eso debería tranquilizarme.

No lo consigue. Porque verla así me está destrozando por dentro.

—Escuché cómo preguntaba por qué tenía que venir yo hoy.

Trago saliva.

—Escuché que era una comida familiar.

Otra lágrima baja por su mejilla.

—Y escuché varias cosas más.

Bajo la mirada.

Porque no necesito que las repita. Las conozco ya que he crecido escuchándolas. Las mismas críticas. Los mismos prejuicios. La misma manía de decidir quién merece estar a la altura de quién.

—¿Sabes qué es lo peor? —susurra.

Niego con la cabeza.

—Que durante unos segundos le he dado la razón.

Eso sí me obliga a levantar la vista.

—¿Qué?

—Gael... mírame.

La miro y se me rompe el alma. Porque nunca la había visto tan insegura.

—Tú eres profesor. Tienes una oposición. Un futuro. Treinta y un años… Toda una vida por delante. Y yo...

—No.

—Déjame terminar.

—No.

—Gael...

—No voy a dejar que termines esa frase porque sé perfectamente cómo acaba.

Sofía aprieta los labios y yo cojo sus manos entre las mías.

—No vuelvas a compararte con nadie.

—Pero...

—Con nadie.

Me acerco un poco más.

—Y mucho menos conmigo.

Sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas.

—No sabes cómo te veo yo.

Y ahí sí.

Ahí por fin me mira de verdad.

—Porque si lo supieras, jamás habrías creído una sola palabra de las que ha dicho mi madre.

Beso el dorso de su mano antes de seguir abriendo mi corazón.

—Me importa una mierda que seas mayor que yo. ¿Qué hay de malo en ello? A mí me encantas tal y como eres. En todos los sentidos… No dejes que el veneno de nadie, aunque sea mi madre, te haga daño.

Sofía baja la mirada.

—Es fácil decirlo cuando no eres tú quien escucha esas cosas.

—No.

Espero a que vuelva a mirarme.

—Lo difícil es escucharlas y seguir creyéndolas.

Sus labios tiemblan.

Y juro que si vuelve a llorar voy a ir ahora mismo a la cocina y voy a tener una conversación muy desagradable con mi madre.

—Gael...

—No.

Le acaricio la mejilla con el pulgar. Despacio. Como si pudiera borrar una a una todas las palabras que la han hecho daño.

—¿Sabes qué veo yo cuando te miro?

Ella niega con la cabeza.

—Veo a una mujer que lleva años cuidando de todo el mundo. Veo a alguien capaz de alegrarle los días a mi abuela cuando ni siquiera yo lo consigo.

Un suspiro pequeño nace de mis labios sin poder evitarlo.

—Veo a la persona más generosa que conozco. La más divertida. La más cabezota. La más valiente. Y también… la más guapa.

Una sonrisa diminuta aparece entre las lágrimas de Sofi.

—Mentiroso.

—No he terminado.

Me inclino un poco más hacia ella.

—Y veo a una mujer de la que llevo enamorado más años de los que me atrevo a reconocer en voz alta.

Esta vez es ella quien deja de respirar… Y yo también. Porque ya está. Ya lo he dicho. Sin esconderme. Sin bromas. Sin excusas. La quiero. Y creo que nunca he querido a nadie de esta manera.

—Así que no —murmuro apoyando mi frente contra la suya—.

No voy a permitir que nadie te haga sentir pequeña.

Porque tú ahora te ves a través de los ojos de mi madre.

Y yo llevo años viéndote a través de los míos.

Y créeme... no se parecen en nada. Llevo demasiado tiempo enamorado de cada parte de ti.

Incluso de esas que tú todavía no eres capaz de querer.