El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

El resto de la comida transcurre entre miradas fugaces entre Sofi y yo, mi abuela repartiendo leña a mi madre, mi padre hablando lo justo y mi madre con la cara que le llega al suelo.

Menudo panorama.

Cuando llega el momento del postre, mi madre saca la tarta que Sofi ha preparado sin ninguna delicadeza. Un poco más y practica con ella lanzamiento olímpico de tartas.

Por otro lado, vuelve al cabo de unos segundos con otra que ha preparado ella depositándola con todo el tacto del universo entero.

Será…

Mejor me callo.

Miro a Sofi y la pobre… No sé cómo no sale corriendo de esta casa sin mirar atrás.

—Venga, sopla las velas —ordena mi madre mientras enciende las velas en su tarta.

Y ahí, mi paciencia se acaba.

Cojo las velas encendidas y las paso a la tarta de Sofía. Me importa todo una mierda. Yo también sé ser desagradable y maleducado. Sin el menor disimulo y con todo el morro del mundo, soplo las velas mirando únicamente a Sofi.

El resto me importa un bledo.

Es el primer cumpleaños en el que la tengo sentada en la mesa y me ha preparado una tarta. No necesito nada más. El silencio que sigue a mi pequeña declaración de guerra es glorioso. Mi madre mira la tarta. Luego las velas. Después la otra tarta. Y, por último, a mí.

Y por primera vez en treinta y un años de existencia, siento que acaba de quedarse sin palabras.

Mi padre carraspea. Mi abuela sonríe. Sofi parece querer esconderse debajo de la mesa.

—Bueno... —dice mi padre al cabo de unos segundos—. Pues habrá que probarlas las dos.

Cobarde.

Otra vez.

—Claro —responde mi abuela—. Así podremos comparar.

Mi madre entrecierra los ojos.

—Mamá.

—¿Qué?

—Nada.

—Pues eso.

Yo ya ni intento contener la sonrisa.

Porque la mirada que acaba de lanzarme Sofía vale más que cualquier regalo de cumpleaños. Es una mezcla de sorpresa. De gratitud. Y de algo más.

Algo que me aprieta el pecho de una forma bastante poco saludable.

Mi madre empieza a repartir platos. Primero de su tarta, después de la de Sofía como si aquello fuera una cata profesional.

Mi abuela prueba la primera cucharada de una. Luego de la otra. Mastica despacio… Demasiado despacio.

Toda la mesa espera.

—¿Y bien? —pregunta mi padre.

—La de Carmina está muy buena.

Mi madre sonríe. Error. Porque mi abuela todavía no ha terminado.

—Pero la de Sofía está mejor.

La sonrisa desaparece de su cara. Mi padre baja la cabeza para ocultar la risa. Yo directamente me atraganto.

—Reme, por favor... —murmura mi madre.

—¿Qué? Me preguntáis y luego os enfadáis cuando digo la verdad.

—No me he enfadado.

—Claro. Y yo soy la Virgen María.

Mi padre se marcha hacia la cocina antes de explotar.

Cobarde, pero inteligente.

Muy inteligente.

Al poco, regresa con una bolsa en la mano de una conocida perfumería.

Lo abro y, como era de esperar, es el perfume que mi madre se empeña en regalarme cada año. No me gusta. Pero por respeto, finjo que me hace ilusión, como siempre.

—Sofía, cariño, ¿quieres más tarta? —pregunta mi madre de repente.

—No, gracias.

—Haces bien. Hay que cuidarse.

Aprieto los puños para no saltar y decirle cuatro cosas a mi madre. Es que luego no quiere que mi abuela la ponga a parir, pero se lo gana a pulso.

Terminamos de comer las tartas hablando de temas neutrales y Sofi me entrega una bolsita con las mejillas sonrosadas.

—Espero que te guste —dice en voz baja.

Lo abro con la ilusión de un niño en la mañana de Navidad y me quedo sin palabras.

Una agenda con mi nombre grabado, en su interior notas adhesivas y un boli en el lateral enganchado también con mi nombre. Durante unos segundos me quedo mirándola sin saber qué decir. Porque no es una agenda. Es mucho más que eso. Paso los dedos por las letras grabadas.

Gael.

Mi nombre.

Como si ella hubiese pensado en mí mientras la elegía. Como si hubiese imaginado todas las horas que paso estudiando. Todos los nervios, la presión… Toda la vida que intento construir.

—Sofi...

Levanto la vista. Ella parece más nerviosa que yo.

—Pensé que te vendría bien para cuando apruebes el examen y necesites organizar las clases.

Y ahí.

Justo ahí.

Algo me aprieta el pecho.

Porque mientras otros me regalan cosas por compromiso, ella me regala algo que habla de mis sueños. Algo que me dice sin decirlo que cree en mí.

Mi madre observa el regalo con desprecio.

—¿Una agenda?

Mi abuela resopla.

—Pues claro que es una agenda. ¿Qué va a ser? ¿Una cosechadora?

Mi padre se atraganta con el agua.

Yo sigo mirando a Sofía.

—Me encanta.

Y esta vez no estoy fingiendo.

—¿Sí?

—Muchísimo.

Sus hombros se relajan al instante.

Y esa pequeña reacción me hace más feliz de lo que debería. Mucho más.

Porque de repente me doy cuenta de algo.

Si mañana aprobara la oposición, me alegraría. Mucho. Pero verla sonreír ahora mismo... Eso también empieza a parecerse peligrosamente a un sueño cumplido.

Al cabo de unos minutos mi madre me pide que la acompañe a la cocina a preparar el café.

Malo.

Algo quiere, y no que prepare café precisamente.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Ya sé por el tono que no es una petición. Mi madre espera unos segundos antes de hablar.

—Sofía parece muy ilusionada contigo.

Frunzo el ceño.

—¿Y?

—Nada.

Mentira. Siempre significa algo.

—Mamá.

Suspira dramáticamente.

—Solo digo que eres joven, guapo, tienes una carrera, vas a sacar una plaza...

Ah. Ya estamos.

—¿Y?

—Que podrías aspirar a mucho más.

El silencio que sigue es tan frío que hasta ella parece darse cuenta.

—¿Mucho más que qué?

—No me hagas decirlo.

—Dilo.

—Gael...

—No. Dilo.

Mi madre aparta la mirada y entonces lo entiendo.