Capítulo 19
Solamente tú
Pablo Alborán
Haces que mi cielo vuelva a tener ese azul. Pintas de colores mis mañanas, solo tú. Navego entre las olas de tu voz… Y tú, y tú, y tú. Y solamente tú, haces que mi alma se despierte con tu luz.
S igo en una maldita nube. Y aunque parece de algodón, a ratos se convierte en nube de tormenta. Hace dos días le dejé un regalo a Sofi en casa de mi abuela y todavía no he podido verla.
Dos. Malditos. Días.
Que tampoco parece tanto cuando lo piensas. Pero resulta que sí es mucho cuando llevas días besando a alguien a escondidas y descubres que te has vuelto adicto a su sonrisa. Y a su boca.
Sobre todo, a su boca.
Nos hemos intercambiado mensajes y sé por mi abuela que se emocionó cuando lo vio. Resoplo y vuelvo a mirar los apuntes. No sé cuántas veces he leído el mismo tema esta mañana.
Demasiadas.
Porque cada cinco minutos mi cerebro decide que es mucho más importante recordar cómo se puso roja en la cocina de mi abuela que memorizar legislación educativa. Y así, no hay quien saque una plaza. Tengo el examen dentro de veinte días.
Veinte.
Y aunque estoy deseando abrazar a Sofi y olvidarme del mundo durante un rato, toca hacer lo que llevo años haciendo.
Apechugar.
Estudiar. Y confiar en que todo este esfuerzo sirva para algo.
Hoy, además, cumplo treinta y un años, aunque para mí es un día como otro. Lo cual suena bastante más adulto de lo que me siento. Porque si alguien me hubiera preguntado hace unos años dónde me veía a esta edad, jamás habría respondido:
«Escondiéndome para besar a la mujer de la que llevo media vida enamorado mientras intento convertirme en maestro».
La vida tiene un sentido del humor bastante cuestionable.
Dejo el bolígrafo sobre la mesa y me estiro en la silla. Tengo tres objetivos.
Solo tres.
El primero es enamorar a Sofi.
Bueno, siendo sinceros, Sofi ocupa aproximadamente los diez primeros puestos de la lista.
El siguiente es conseguir plaza en el colegio del pueblo. Quiero quedarme aquí. Quiero enseñar aquí. Quiero devolverle a este lugar una parte de todo lo que me ha dado.
Y el tercero...
Mi mirada se desvía hacia el salón. Hacia la voz de mi abuela, que está discutiendo con la televisión porque un concursante acaba de responder mal una pregunta facilísima.
Sonrío.
El tercero es pasar todo el tiempo posible con ella. Porque los abuelos deberían durar para siempre. Y la vida, por desgracia, nunca pregunta nuestra opinión sobre esas cosas.
Miro el reloj y me doy cuenta de que Sofi debería haber llegado hace rato a acompañar a mi abuela en la hora de comer y revisar si el pañal está para cambiar o no.
Qué raro.
—Abuela, ¿le diste el día libre hoy a Sofi?
Nada.
Como quien escucha llover.
—¿Abuela…?
En ese momento gira la cabeza lentamente con una sonrisa malvada en la cara, como si estuviese poseída.
No te rías.
La conozco y sé que alguna ha hecho. Es como una niña pequeña. Siempre lo ha sido, pero desde hace unos meses se le nota la edad cada vez más.
—Hay un refrán que dice: «el que espera desespera».
Pongo los ojos en blanco.
Obvio que iba a contestar alguna expresión de las suyas. ¿Para qué pregunto? En fin…
En ese momento aparece mi madre cargada con un montón de bolsas, que por lo que deduzco por el olor es comida. Mi padre va tras ella cargado con bebida.
Frunzo el ceño.
—¿Hoy comemos aquí? —pregunto a nadie en particular.
Mi abuela me mira como si me faltase un hervor, o dos.
—¿Alguna otra pregunta estúpida antes de las dos de la tarde?
Joder.
Esta señora está hoy sembrada.
—No, abuela. Ya he llenado el cupo hasta después de comer. Gracias por tu amabilidad.
—De nada.
Que jeta tiene. En serio. De mayor quiero ser un poco más como ella.
—Y cambia esa cara, que en vez de tu cumpleaños parece que estás en un velatorio.
Y esa de regalo.
Entro en la cocina justo cuando mi madre deja las bolsas sobre la encimera.
—¿Has estudiado?
—Hola a ti también.
—Ya te he dicho hola esta mañana.
—Qué detalle.
—¿Has estudiado?
—Mamá, llevo encerrado toda la semana.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí.
—Bien.
Mi padre me da una palmada en el hombro.
—Yo he intentado decirle que hoy es tu cumpleaños y que te deje respirar.
—¿Y?
—Que me calle.
—Inteligente por tu parte.
Mi madre nos ignora a los dos mientras empieza a sacar comida de las bolsas.
Demasiada comida.
Muchísima comida.
Tanta comida que podría alimentar a medio pueblo durante un apagón.
Miro a mi abuela. Miro a mi madre. Miro a mi padre. Vuelvo a mirar la comida.
—¿Esperamos visitas?
Silencio.
Maldita sea.
Otra vez ese silencio.
El de «todos saben algo menos tú».
—¿Qué habéis hecho?
—¿Nosotros? —pregunta mi madre con una inocencia sospechosa.
—Sí. Vosotros.
—Nada.
—Mentira.
—Demuéstralo.
—Sois imposibles.
—Lo dice el que lleva veinte días encerrado estudiando como un monje.
—Los monjes no estudian legislación educativa.
—Tú me has entendido.
Resoplo.
Y justo cuando estoy planteándome volver a encerrarme en la habitación hasta que pase lo que sea que estén tramando... Suena el timbre una vez. Dos. Tres. Frunzo el ceño. Mi abuela sonríe. Mi padre sonríe. Mi madre… arque una ceja.
Incluso Chipi levanta la cabeza desde el sofá.
Qué miedo.
—Abre, cariño —dice mi madre.
—¿Por qué tengo la sensación de que voy a arrepentirme?
—Porque nos conoces demasiado bien.
Me levanto refunfuñando. Cruzo el pasillo, Llego a la puerta, y cuando la abro...
Se me olvida respirar.
Porque Sofía está al otro lado con un vestido de verano precioso, una sonrisa imposible y una tarta entre las manos.
—Feliz cumpleaños, armario ropero.
Y ahí me quedo… clavado en mitad de la puerta sin reaccionar.
—¿Vas a dejar entrar a Sofi hoy o mañana? —refunfuña mi abuela desde el salón.
En ese momento salgo del trance y ella ya me está tendiendo la tarta con las manos temblorosas.
—Llévala a la nevera. Casi se me cae tres veces por el camino… —murmura con la mirada apuntando hacia el suelo.
—¿Qué ocurre? —pregunto enseguida.
Sofi sonríe tímidamente antes de contestar:
—Soy bastante torpe y propensa a que se me caigan las cosas.
Mmm… no me convence del todo, aún así, decido dejarlo estar. Ya hablaré con ella a solas.
Entramos hacia la cocina y mi madre la escanea de arriba abajo sin cortes.
Que. Puta. Manía. Tiene.
—Bueno, ¿qué? ¿comemos? Tengo hambre —se queja mi abuela.
Sofi decide que es buen momento para morderse el labio mientras me observa.
Y yo…
Tengo que contenerme para no arrinconarla contra la pared y comerle la boca como grita cada célula de mi cuerpo.
—Gael, pon la mesa —ordena mi madre mientras saca la comida de los tápers.
—Sí, sargento.
Empiezo a colocar platos intentando ignorar la sensación de que Sofía está justo detrás de mí.
Fracaso absoluto.
Porque cada vez que levanto la vista me la encuentro al otro lado de la cocina ayudando a mi madre o llevando platos al salón a destajo.
Y porque ella tampoco parece especialmente concentrada en la tarea.
—¿Te encuentras bien, Sofía? —pregunta mi madre de pronto.
La sonrisa que ella le dedica parece perfectamente normal.
Demasiado normal.
Solo que la conozco y sé que es más falsa que un billete de tres euros.
—Claro.
—Tienes mala cara.
Sofía se queda quieta apenas un segundo. Solo uno. Pero, suficiente para que yo lo note.
—Mamá...
—¿Qué? Solo estoy preguntando.
Mi madre vuelve a observarla de arriba abajo.
Otra vez.
—¿Has adelgazado?
Ahora es mi turno de tensarme, porque conozco ese tono. Lo conozco demasiado bien.
—No lo sé —responde Sofía con educación.
—Pues yo diría que sí.
Mi abuela aparece en la puerta de la cocina sujeta de brazo de mi padre justo a tiempo.
—Y yo diría que tú deberías dejar a la muchacha en paz y terminar de servir la comida.
Bendita mujer.
—Solo estoy hablando.
—Pues habla menos y trabaja más.
Mi padre suelta una carcajada sin soltar a la abuela. Mi madre le lanza una mirada asesina. Y él… deja de reírse inmediatamente.
Cobarde.
—Vamos, sentaos ya —ordena mi abuela.
Y por primera vez en mi vida, todo el mundo la obedece sin rechistar.
Porque cuando Reme utiliza ese tono ni Dios discute.
—Tanto ir a la iglesia los domingos y luego vives escupiendo veneno el resto de la semana —dice mi abuela antes de meterse el primer bocado en la boca ayudada por Sofi.
Siempre Sofi.
No está trabajando en estos momentos, pero no puede dejar de cuidar de mi abuela.
Y eso… me demuestra la clase de persona que es.
Los demás nos quedamos en completo silencio. Nadie se mueve. Ni come, ni mastica, ni respira demasiado fuerte por si acaso. Solo se escucha el zumbido de una mosca dando vueltas por el salón y el murmullo lejano del televisor.
Mi padre es el primero en rendirse.
—Pues el arroz está muy bueno.
Cobarde multiplicado por dos.
Mi madre le lanza una mirada que podría provocar una extinción masiva.
—¿Qué? —pregunta él encogiéndose de hombros.
—Nada.
La palabra favorita de mi madre cuando sí pasa algo.
Mi abuela resopla.
—Claro que pasa algo.
—Mamá... —intenta frenarla mi padre fracasando en el intento.
—No, Carmina. Ya que estamos, vamos a hablar claro.
Oh, no.
Conozco ese tono.
Y también conozco esa mirada.
La misma que pone cuando está a punto de atropellar a alguien con el andador imaginario que todavía no tiene.
—Cariño... —interviene mi padre de nuevo ahora hacia mi madre.
—Tú calla, Enrique, que bastante haces sobreviviendo entre nosotras dos.
Mi padre vuelve a concentrarse en el arroz.
Hombre sabio.
Mi abuela se gira entonces hacia Sofía.
—¿La tarta la has hecho tú?
Sofía asiente.
—Sí.
—¿Desde esta mañana?
—Bueno... en realidad ayer por la tarde.
—¿Y has venido cargando con ella desde tu casa?
Algo cruza por la mirada de Sofía. Algo pequeño, pero lo veo. Porque llevo toda la comida observándola.
« Dirás, toda tu vida » .
—Sí.
Mi abuela mastica despacio.
Demasiado despacio.
—Qué detalle.
Mi madre baja la vista al plato. Error. Porque todos lo vemos y yo empiezo a atar cabos. Pocos. Pero suficientes para que algo me empiece a oler mal.
Muy mal.