El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 18
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Capítulo 18

Dónde están los ladrones

Shakira

Los han visto de rodillas… Sentados o de cuclillas… Parados dando lecciones. En todas las posiciones… Predicando en las iglesias…

C omo cada mañana me levanto a las siete, me despejo lavándome la cara con agua fría y les pongo comida y agua nueva a mis gatitos. Después, me queda media hora o un poquito más para leer.

El problema… es que llevo diez minutos leyendo la misma página.

No porque sea complicada ni porque el libro sea malo. Sino porque cada vez que llego al mismo párrafo aparece Gael en mi cabeza. Y yo… estoy sonriendo como una imbécil.

Mierda.

Si me dieran un euro cada vez que pienso en él sería millonaria.

A las nueve, y sin haber conseguido leer ni una página, entro en casa de Reme como cada mañana.

Desde la entrada escucho voces, sobre todo la de la señora Reme, pero la noto distinta. Me acerco a ver qué ocurre y cuando entro en la habitación, casi me tengo que dar media vuelta para no reírme en toda su cara.

—¡Que me devuelvas mis dientes! —brama Reme con la parte de arriba puesta y la de abajo sin dientes.

Gael se mueve por la habitación como un león enjaulado.

—Abuela, ¿para qué quiero yo tus dientes? Además, no estaban en el vaso como cada mañana.

—¡Porque me los has robado!

—¿Para qué?

—¡Yo qué sé! ¡Para venderlos en el mercado negro!

Me llevo una mano a la boca para evitar reírme.

Gael me mira buscando apoyo. No lo encuentra porque esto es demasiado divertido.

—Abuela, nadie compra dentaduras usadas.

—¿Y tú qué sabes?

—Porque soy una persona normal.

—Eso está por demostrar.

—Señora Reme... —intervengo intentando ayudar—. Seguro que aparecen.

—¡Claro que tienen que aparecer! ¡Los dientes no tienen patas!

—Exacto.

—Por eso alguien los ha cogido.

—Nadie ha cogido nada.

—¡Ladrón!

Gael abre los brazos.

—¿Cómo voy a robarte los dientes si ni siquiera caben en mi boca?

—Porque tienes una cabeza muy grande.

La carcajada se me escapa sin remedio. Gael me señala.

—¿Ves? Sofía también se está riendo.

—Porque está compinchada contigo.

—¿Ahora también soy sospechosa? —pregunto fingiendo estar indignada.

—Todo el mundo es sospechoso.

—¿Y Carmina? —pregunto para meter más cizaña.

—La primera.

—¿Tu propio hijo? —pregunto para rebajar la tensión.

—El segundo.

—¿Y yo?

—La tercera.

—¿Y quién no es sospechoso?

Reme se queda pensativa.

—Chipi.

El perro levanta la cabeza desde los pies de la cama.

—Gracias, abuela. Me alegra que al menos el perro tenga una coartada.

—Porque él no miente.

—Yo tampoco.

—Eso dicen todos los ladrones.

Resoplo intentando recuperar la compostura.

—A ver, voy a buscarlos.

—Pues busca bien, cariño, porque sin dientes no puedo ir a ningún sitio y hoy tengo partida de cartas.

Me entra la risa de nuevo. Esta mujer es un show. Partida de cartas dice… Si ya no sale a la calle.

Empiezo a revisar la habitación mientras Reme sigue acusando a Gael de delitos cada vez más absurdos.

Abro cajones, miro la mesilla, reviso el baño. Nada. Hasta que, al recolocar la almohada, noto algo duro debajo.

No puede ser.

Levanto la almohada y ahí están los dientes perfectamente guardados como un tesoro nacional.

—¿Señora Reme...?

—¿Qué?

—Creo que los he encontrado.

—¿Dónde estaban?

Levanto la dentadura.

Gael se gira. Yo intento no reírme. Reme entrecierra los ojos.

—Debajo de la almohada.

Silencio.

Un silencio absoluto. Gael me mira. Yo miro a Gael. Y entonces el muy traidor empieza a reírse.

—¡NO TE RÍAS!

—Abuela...

—¡NO TE RÍAS!

—Me has llamado ladrón durante veinte minutos.

—Porque alguien los puso ahí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Abuela...

—Pero investigaré.

Ambos nos echamos unas risas mientras termino de arreglar a Reme, es decir, lavarla, peinarla, darle el desayuno, moverla al salón un ratito para ver la tele… Lo mismo de siempre.

—Sofi… ¿Puedes venir un momento a la cocina? —pregunta Gael bastante nervioso.

Me temo lo peor… Ya verás. Seguro que se arrepiente de lo que ha pasado entre nosotros.

Cuando llego a la cocina lo primero que hace es robarme un beso dejándome sin aliento el muy ladrón. Cuando nos separamos, una sonrisa preciosa ilumina su rostro.

—No podía irme sin sentir tus labios… —susurra antes de robarme otro beso mientras rodea mi cintura con sus grandes manos.

Un calor sofocante me sube desde el abdomen hasta el rostro. Nos damos un par de arrumacos antes de que la voz de Reme nos interrumpa:

—¿Ya estáis usando la cocina para fines erótico-festivos?

¡La madre que la parió!

Gael se marcha poco después alegando que tiene cosas que hacer. La puerta se cierra tras él y durante unos segundos me quedo sola en la cocina con una sonrisa estúpida plantada en la cara.

De esas que aparecen sin permiso.

De esas que no hay manera humana de quitarse.

—Sofíaaaaa... —canturrea Reme desde el salón.

Mierda.

Me recompongo como puedo y vuelvo junto a ella.

—¿Sí?

La señora Reme me observa por encima de las gafas.

—¿Ya habéis terminado?

—¿Terminado qué?

—Lo que estuvierais haciendo.

—No estábamos haciendo nada.

—Claro.

—De verdad.

—Y yo soy la reina de Inglaterra.

Resoplo mientras le coloco mejor un cojín en la espalda.

—Tiene usted mucha imaginación.

—Y tú la cara colorada.

—Hace calor.

—Estamos a últimos de mayo, no es para tanto.

—Pues calor emocional.

La carcajada que suelta resuena por todo el salón.

—Ay, hija...

—¿Qué?

—Nada.

—No, no. ¡Diga!

—Solo estaba pensando que ya era hora.

Parpadeo.

—¿Hora de qué?

—De que dejarais de dar vueltas como dos tontos.

Me quedo quieta.

Porque lo dice con una naturalidad insultante. Como si fuese la cosa más evidente del mundo. Como si ella lo hubiera sabido mucho antes que nosotros…

Y quizá sea verdad.

—No sé de qué habla.

—Claro que lo sabes.

—No.

—Sofía.

—Reme.

—Sofía.

—Reme.

La mujer sonríe satisfecha.

Y eso debería preocuparme.

Mucho.

—Lo único que voy a decirte es una cosa.

—Temo esta conversación.

Y lo digo totalmente en serio.

—Haces bien en temerla.

Se inclina un poco hacia mí.

—Ese niño lleva demasiados años mirándote como si fueras el último trozo de tarta del mundo.

Mi corazón tropieza consigo mismo.

—Reme...

—Y tú llevas demasiados años fingiendo que no te das cuenta.

Abro la boca. La cierro. La vuelvo a abrir. No sale nada. Porque, por desgracia, sospecho que tiene razón.

Y eso es exactamente lo que más miedo me da.

—Por cierto… En unos días es el cumpleaños de mi nieto…

—¿De Gael? —pregunto haciéndome la tonta.

Nos llevamos un mes exacto. A parte de los siete años que soy mayor que él, claro. Yo los cumplo el uno de mayo y él los cumple el uno de junio.

—No, de mi padre. ¡Pues claro que de Gael!

Me río de la respuesta de Reme mientras en ese momento se abre la puerta y entra Carmina con cara de pocos amigos.

—¡Mírala! ¡Ya está aquí el alma de la fiesta! —susurra Reme, antes de que llegue hasta nosotras.

Carmina se detiene a observarnos alternando de la una a la otra.

—¿Cómo está mi suegra favorita? —pregunta Carmina.

Reme frunce el ceño.

—¿Es que tienes más de una suegra? Tanto ir a la iglesia y luego eres una adúltera.

Carmina se lleva las manos a la boca sorprendida.

—¡Será bruja! Encima que vengo con alegría para amenizarle la mañana… —responde Carmina ya sin rastro de sonrisa.

—Yo seré una bruja… Pero tú eres el anticristo —replica Reme antes de fijar la vista en la televisión e ignorarla.

Ufff… El zasca ha sonado desde aquí hasta mi casa…

¡Madre mía! Que buen rollo se gastan estás dos.

—He traído magdalenas —anuncia Carmina levantando una bolsa.

Reme ni siquiera gira la cabeza.

—¿Compradas o comestibles?

—Hechas por mí.

—Entonces rezaré antes de probarlas.

—Qué cruz de mujer.

—La cruz la llevas tú encima desde que te casaste con mi hijo.

Carmina resopla. Yo intento no reírme y… fracaso estrepitosamente.

Porque lo curioso es que, después de tantos años, ni siquiera parece que se odien de verdad. Es más bien como ver a dos boxeadoras veteranas que llevan décadas compartiendo ring.

—¿Y tú de qué te ríes? —pregunta Carmina señalándome.

—De nada.

—Mientes igual de mal que mi hijo.

Y ahí, justo ahí, algo me llama la atención. Porque cuando menciona a Gael, su expresión cambia apenas un segundo. Solo un segundo, pero lo suficiente. Porque de repente deja de ser la mujer estirada que recuerda mi madre y se convierte simplemente en una madre.

Una madre cansada. Orgullosa. Preocupada.

De esas que siguen viendo a su hijo como un niño, aunque mida casi dos metros.

—Por cierto —dice Carmina dejando la bolsa sobre la mesa—. El domingo quiero hacer una comida por el cumpleaños de Gael.

Reme sonríe. Y esa sonrisa me da mucho miedo.

—Qué buena idea.

Mierda.

Cuando Reme sonríe así siempre pasa algo.

Siempre.

—¿Verdad? —pregunta Carmina.

—Claro.

La anciana gira lentamente la cabeza hacia mí. Demasiado lentamente. Como los villanos de las películas.

—Y Sofía vendrá.

No es una pregunta. Es una sentencia.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—Reme...

—Si llevas aquí cuidándome más tiempo que Carmina en toda su vida.

Otro zasca.

—Eso no significa nada.

—Claro que significa algo para mí. Fin de la conversación —finaliza Reme sin margen a réplica.

Carmina me observa. Luego observa a Reme. Después vuelve a observarme.

Y durante un instante tengo la horrible sensación de que ambas están pensando exactamente lo mismo.

Y  eso debería preocuparme muchísimo.

***

Cuando vuelvo por la tarde, la primera sensación es de decepción.

Ridícula. Absolutamente ridícula, pero ahí está.

Porque al entrar en casa de Reme lo primero que hago es mirar hacia el salón.

Y Gael no está.

Ni en el sofá, ni en la cocina, ni molestando a su abuela… Ni robándome besos a traición.

Nada.

Vacío.

Muy bien, Sofía.

Ya puedes dejar de comportarte como una adolescente.

—¿A quién buscas? —pregunta Reme desde su sillón.

—A nadie.

—Mentira.

—¿Quiere que le prepare la merienda?

—¿A quién buscas?

—A nadie.

—Pues qué pena.

La miro con desconfianza. Mala idea. Porque la sonrisa que acaba de aparecer en su cara tiene pinta de traer problemas.

—¿Qué pena qué?

—Que no esté.

¡Maldita anciana!

—No sé de quién habla.

—Claro que sí.

Intento ignorarla y fracaso en el intento.

—Ha salido.

—Ajá.

—Pero ha dejado una cosa.

Mi corazón pega un salto completamente innecesario.

—¿Qué cosa?

—Eso tendrás que descubrirlo tú.

Señala con la barbilla hacia la mesa auxiliar. Y entonces lo veo. Un paquete pequeño envuelto en papel marrón con mi nombre escrito encima. Solo mi nombre.

Sofía.

Nada más.

Me acerco despacio. Como si acercarme demasiado rápido pudiera hacer que desapareciera.

—Reme...

—Yo no sé nada.

—Está mintiendo.

—Muchísimo.