El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 17
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Capítulo 17

A Dios le pido

Juanes

A Dios le pido, por los hijos de mis hijos y los hijos de tus hijos…

Hace catorce años

E l calor de septiembre todavía pegaba fuerte. Apenas estábamos en la tercera semana y el curso escolar acababa de empezar.

Estaba terminando de fregar la cocina escuchando la radio, sonaba el estribillo de A Dios le pido de Juanes cuando Gael aparece con sangre en la ropa y la cara como un mapamundi.

—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado, hijo? —pregunto temblando por los nervios mientras examino a mi niño.

Gael se remueve incómodo, pero no abre la boca.

—¿Qué te ha pasado? —pregunto por segunda vez en tono autoritario.

—Nada.

—Gael…

—Me he caído.

—¿Con la cara?

—Sí.

—¿Tres veces seguidas? —pregunto incrédula.

Si se piensa que soy tonta es que se ha golpeado la cabeza también.

—Déjalo —dice la entrometida de mi suegra, que como siempre, anda poniendo la oreja.

—¿Cómo que lo deje?

—Si no quiere hablar, no hablará —replica quedándose más ancha que larga.

—Tiene la cara como un mapa.

—Y tú llevas veinte minutos gritando.

—Porque alguien tendrá que actuar como un adulto en esta casa.

—Pues no empieces tú ahora, que nos vas a asustar.

¡¿Qué?! ¡Será bruja! Siempre llevándome la contraria delante de mis hijos. Luego la mala soy yo por querer educarlos como Dios manda…

Gael aprovecha que mi suegra empieza a regañarme por «montar un drama innecesario» y trata de escabullirse escaleras arriba.

Ni hablar.

Lo agarro del brazo antes de que consiga desaparecer.

—Tú no te mueves.

—Mamá...

—Ni mamá ni nada. Si te has peleado, quiero saber con quién.

—No me he peleado.

—Claro.

—Me he caído.

—Y yo fui Miss España.

Mi suegra se atraganta con la risa.

Traidora.

—No tiene gracia.

—Un poco sí —responde ella.

La fulmino con la mirada.

—Tú cállate.

—No.

—Perfecto.

Gael aprovecha nuestra discusión para intentar escapar otra vez.

Le corto el paso.

—Al baño.

—Estoy bien.

—Al baño.

—Mamá...

—Gael.

Mi hijo suspira como si yo fuese el problema de esta historia.

Increíble.

El niño aparece en casa con media cara amoratada y la exagerada soy yo.

Lo obligo a sentarse en la tapa del váter mientras busco el botiquín. Cuando le aparto el pelo de la frente y veo el moratón de cerca, se me encoge algo por dentro. Porque de repente deja de parecer un adolescente cabezota y vuelve a ser mi niño.

El mismo que lloraba cuando se caía de la bicicleta.

El mismo que se escondía detrás de mis piernas el primer día de colegio.

El mismo que ahora aprieta la mandíbula para que no note cuánto le duele.

—¿Quién ha sido?

Silencio.

—Gael.

Más silencio.

—¿Te han hecho esto entre varios?

Su mirada se mueve apenas un segundo y con eso me basta, porque lo conozco… Lo he parido yo.

—Dios mío...

—No ha sido para tanto.

—¿Qué no ha sido para tanto?

—Mamá.

—Tienes la cara del color de una berenjena.

—Exagerada.

—Y encima me insulta.

En ese momento entra Paqui, la vecina del quinto. Camina decidida por el pasillo hasta llegar al baño.

Mala señal.

Muy mala señal.

Porque esa mujer siempre llega con información y nunca trae nada bueno.

—Ay, Carmina, hija... Ya me he enterado.

Cierro los ojos.

Perfecto, ya estamos.

—¿De qué te has enterado?

—De lo de tu hijo.

Gael también levanta la cabeza.

—¿Qué pasa con mi hijo?

Paqui baja la voz como si fuera a contar un secreto de Estado.

—Dicen que se peleó por la hija de Ana.

Silencio.

Mi suegra deja de ver la televisión. Yo dejo de respirar. Y Gael... mira fijamente la pared, como si fuese lo más interesante del mundo.

Mierda.

Porque esa reacción vale más que mil respuestas.

—¿Qué hija de Ana? —pregunto, aunque ya lo sé.

—Sofía.

Miro a mi hijo de nuevo. Ahora, en lugar de mirar los azulejos, tiene la vista clavada en la plaqueta del suelo.

Ah.

Y ahí encajan todas las piezas de golpe.

***

Por la noche, antes de irme a dormir, entro a hurtadillas en la habitación de Gael. El pobre está dormido boca arriba con la cara hecha un cuadro de Picasso… y Scar , uno de nuestros gatitos, acurrucado sobre su pecho como si estuviera vigilándolo.

La luz del pasillo se cuela apenas por la puerta entreabierta y, durante unos segundos, me quedo observándolo.

Porque hace nada era un niño.

Uno que venía llorando cuando se raspaba una rodilla.

Uno que me pedía que comprobara si había monstruos debajo de la cama.

Y ahora resulta que vuelve a casa con la cara destrozada después de pegarse con otros chicos.

Suspiro.

Le aparto con cuidado un mechón de pelo de la frente.

Ni se inmuta.

—Menudo desastre de hijo tengo... —murmuro.

Scar levanta una oreja, pero tampoco parece impresionado.

Me pregunto qué habrá pasado realmente para acabar metido en una pelea por Sofía. Porque una cosa es defender a una amiga. Y otra muy distinta volver a casa con la cara así.

Miro de nuevo los moratones. La mandíbula apretada incluso dormido. La forma en que sigue guardándose cosas que cree que tiene que cargar él solo.

Y entonces lo sé.

No porque me lo haya contado. No porque lo haya reconocido, sino porque soy su madre y las madres sabemos esas cosas.

Mi hijo está colado por la hija de Ana.

Y me temo que mucho más de lo que él mismo está dispuesto a admitir.