Capítulo 16
Qué bonito es querer
Manuel Carrasco
Qué bonito es saber que siempre estás ahí… Quiero que sepas que voy a cuidar de ti.
S ubimos a la terraza en silencio. No es incómodo en absoluto. Es algo necesario para bajar las revoluciones o creo que podría cometer alguna estupidez.
Gael carga la zafa con el edredón como si sujetase una loncha de jamón. Es decir, sin inmutarse. Este hombre cada día está más en forma. Y no lo digo yo de gratis… No hay más que verlo como se le ajusta la maldita camiseta a sus anchos hombros y esos bíceps…
¡Madre mía! Esta que cruje, y lo sabe.
En fin, centrémonos en la tarea antes de que nos pegue una insolación por exceso de temperatura…
Nos ponemos manos a la obra, pero entre la diferencia de altura y que no estamos sincronizados… parece que estemos grabando una escena de la típica peli de risa de los años noventa.
—Tira un poco más —le digo resoplando por el calor.
—Estoy tirando.
—Pues no parece.
—Porque tú estás sujetando la otra punta como si fuera un pulpo.
—No sé cómo se tiende esta cosa.
—¿Nunca has tendido un edredón?
—Mi madre diría que sí.
—¿Y tú qué dirías?
—Que tengo una memoria selectiva.
La risa se me escapa sola. Y cuando levanto la vista me lo encuentro mirándome. No al edredón. ¡A mí!
Otra vez.
Últimamente me mira mucho y lo peor es que cada vez me gusta más.
—Sujeta bien esa esquina.
—La estoy sujetando.
—Pues parece que estás intentando escapar con ella.
—¿Y si es mi plan?
—No llegarías muy lejos.
—¿Por qué?
—Porque llevas diez años chocándote con los mismos muebles de esta terraza.
—Eso pasó una vez.
—Tres.
—Dos.
—Tres.
—Tu abuela te exagera las historias.
—Mi abuela te adora. Es distinto.
—Tu abuela adopta a todo el mundo.
—Mentira.
—¿Mentira?
—Sí. A Marcos nunca lo habría adoptado.
Sofía suelta una carcajada.
—Pobre Marcos.
—No.
—Gael...
—No.
—Han pasado catorce años.
—Y sigo pensando que era imbécil.
—Le partiste la nariz.
—Me provocó.
—Le rajaste las ruedas.
—Presuntamente.
—Gael.
—Siguen sin poder demostrar nada.
Y ahí la risa casi hace que el edredón se me caiga al suelo.
Porque después de catorce años debería conocerlo de sobra.
Debería saber exactamente quién es Gael.
Porque más allá de que siga sin reconocer que fue él, lo que me hace gracia que después de catorce años, sigo descubriendo versiones nuevas de Gael.
Todo el mundo ve al chico tranquilo, responsable, el que nunca levanta la voz. Yo también lo veía. Hasta que apareció el Gael capaz de partirle la nariz a alguien por decir una estupidez y rajarle las ruedas por puro orgullo. Y, contra toda lógica, creo que esa versión también me gusta.
Y, sin embargo, cada día descubro algo nuevo. Algo que me sorprende. Algo que me gusta más de lo que debería.
—Marcos estuvo semanas hablando de aquello —digo más para mí misma recordando aquello.
—Era un pesado.
—Tú tampoco ayudaste mucho —respondo.
—Tenía dieciséis años.
—Y muy mal carácter.
—Eso no ha cambiado.
—No.
Sonríe.
Y durante unos segundos seguimos colocando el edredón en silencio.
Hasta que algo me viene de golpe a la cabeza.
—Espera.
Gael levanta la vista.
—¿Qué?
—Al principio de curso faltaste una semana al instituto.
—Ajá.
—Dijiste que te habías caído de la bici.
Su expresión cambia apenas un instante, lo suficiente como para encenderme las alarmas.
—No me digas...
—No fue la bici.
Silencio.
Gael resopla.
—Qué memoria de mierda tienes para unas cosas y qué buena para otras.
—Gael.
—No fue para tanto.
—¿Qué pasó?
Se queda callado unos segundos.
Demasiados.
—Nada.
—Gael.
—Marcos apareció con dos amigos.
Siento que se me hiela algo dentro.
—¿Qué?
—Los otros dos me sujetaron.
Lo dice como si estuviera hablando del tiempo. Como si no fuera importante.
—Y él me pegó un par de veces para sentirse mejor consigo mismo.
—¿Un par de veces?
—Bueno... bastantes más.
Lo miro sin poder creerlo.
—Nunca me lo contaste…
Se encoge de hombros.
—¿Para qué?
—Porque te dieron una paliza.
—Porque yo le había partido la nariz unas semanas antes.
—Gael...
—Sofi.
Su voz se suaviza.
—Ya pasó.
—Pero...
—Y volvería a hacerlo.
Me quedo congelada en el sitio sin saber qué decir. ¿Cómo pude no darme cuenta de las intenciones de Marcos?
—Anda, vamos a terminar que hace mucho calor —dice Gael sin quitarme la vista de encima.
Al cabo de los segundos conseguimos tenderlo sobre las cuerdas del tendedero que va anclado a la pared.
—Ya está.
—¡Milagro!
—Lo hemos conseguido.
—Trabajo en equipo.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Me aseguro que el edredón queda bien sujeto y me acerco hasta Gael.
Necesito entenderlo.
Porque una cosa es que un chico te defienda. Y otra descubrir que asumió las consecuencias y jamás me lo contó para que no me sintiera culpable.
—Gael…
Niega con la cabeza mientras me sujeta por la cintura con calma.
—No te sientas culpable. Si no se lo dije a nadie fue precisamente para evitar esto…
—Eras solo un crío…
Sus manos ascienden despacio por mi espalda y una lágrima resbala por mi mejilla antes de que pueda evitarlo. Ni siquiera sé exactamente por qué.
Quizá porque nadie me había querido así.
Quizá porque nunca imaginé que aquel verano había significado tanto para él.
Quizá porque me duele pensar en aquel chico de dieciséis años enfrentándose solo a todo aquello.
Gael me observa unos segundos y entonces sonríe. Esa sonrisa pequeña que siempre aparece cuando intenta quitarle importancia a algo que la tiene.
—Un crío que habría hecho cualquier cosa por ti.
La frase me golpea de lleno.
Porque no la dice para impresionarme, ni para que me sienta especial, ni para conseguir nada. La dice como quien admite una verdad que lleva demasiado tiempo guardando.
Y eso es lo que termina de romperme.
—Idiota... —susurro.
—Eso también me lo han dicho alguna vez.
La risa se mezcla con las lágrimas.
Y antes de pensarlo demasiado, apoyo una mano en su nuca y lo atraigo hacia mí. Lo beso despacio. Sin prisa. Sin escondernos detrás de bromas. Sin discutir.
Solo él y yo.
Y cuando sus labios responden, siento algo peligroso. Porque ya no es solo deseo. Ya no es solo la emoción de lo nuevo.
Es algo mucho peor…
Es algo que se parece demasiado a enamorarse. Y entonces…
CLAC.
La puerta de la terraza se abre.
—¿Gael?
Los dos nos quedamos congelados.
Carmina.
¡Mierda!
—¿Se puede saber qué estáis haciendo?
Gael se gira en ese momento hacia su madre. Yo doy un paso atrás intentando esconderme. Y durante un segundo nadie dice nada.
—Tender el edredón de la abuela —responde Gael.
—Vaya. Qué eficaces sois tendiendo —responde Carmina mientras viene hacia nosotros.
Cuando llega, su expresión pasa de víbora escupiendo veneno a una mezcla entre chismosa de pueblo y madre preocupada.
—¿Qué ha pasado?
Me seco la mejilla rápidamente.
—Nada.
—¿Nada?
Su madre frunce el ceño.
—Estás llorando.
No respondo. ¡Qué puta vergüenza!
—¿Ha ocurrido algo con tu madre?
—No.
—¿Con Reme?
—No.
—¿Entonces?
Gael me mira. Yo miro a Gael.
—¿Qué ha pasado?
Gael suspira.
—Le estaba contando una cosa del instituto.
—¿Qué cosa?
—Una pelea —respondo demasiado rápido.
—¿Una pelea?
—Una estupidez de adolescentes —responde Gael.
Carmina se queda inmóvil.
Gael también.
Y yo... creo que he hablado más de la cuenta.