Capítulo 15
Física o Química
Despistaos
Y se me va a pasar la vida… Buscando a una como tú.
Y aunque ahora no seamos los niños que algún día fuimos…
Sigo pensando en ti cuando suena aquella canción…
Medicina alternativa, tu saliva en mi saliva.
Es física o química… La mitad de lo que hemos vivido, hace más ruido…
Que ruido hace un cañón. Y un corazón de hielo herido, se ha derretido en su colchón…
L levo exactamente cuarenta y tres minutos en casa de mi abuela. No es que los esté contando… Vale, sí. Los estoy contando.
Porque hay una diferencia importante.
La primera implica casualidad. La segunda desesperación. Y yo estoy bastante cerca de la segunda. Tengo los apuntes abiertos delante. Un bolígrafo en la mano. Y el mismo párrafo de Derecho Administrativo observándome desde hace diez minutos. No he leído una sola palabra.
Ni una.
Porque cada vez que intento concentrarme ocurre exactamente lo mismo.
Sofía.
La plaza.
Sofía otra vez.
La librería.
Sofía.
El portal.
Sofía.
Mi cerebro se ha convertido en un documental monotemático.
Resoplo y dejo el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Estudias o le haces compañía al libro? —pregunta mi abuela desde el sofá.
—Estoy estudiando.
—Mentiroso.
—Abuela...
—Llevas veinte minutos en la misma página.
Veinte.
¡Ja! Qué optimista.
Ni siquiera me molesto en discutir, porque tiene razón. La maldita tiene siempre razón. Escucho el ruido de la televisión mientras apoyo la cabeza contra el respaldo de la silla.
Y entonces cometo un error.
Pienso.
En el beso.
No en el beso en sí. Sino en lo que vino después. En cómo me agarró de la camiseta, en cómo me empujó dentro del portal. En esa mirada…
Dios.
Esa mirada.
Cierro los ojos un segundo.
Grave error.
Porque inmediatamente vuelvo a sentirla pegada a mí. Sus manos. Su respiración. Su forma de pronunciar mi nombre.
Abro los ojos de golpe.
—Joder.
—¿Tan difícil es el tema? —pregunta mi abuela.
—Muchísimo.
Y técnicamente no estoy mintiendo. Porque entender la legislación ahora mismo me parece bastante más sencillo que entender qué demonios me ha hecho Sofía.
Durante años había sido fácil.
No pensar demasiado. No analizar. No ponerle nombre a nada. Era Sofía. La vecina. La pesada. La que siempre discutía conmigo. La que conseguía sacarme de quicio con una facilidad insultante. La misma de siempre.
Hasta que dejó de ser la misma.
O quizá el que cambió fui yo. No lo sé. Lo único que sé es que ahora mismo me cuesta recordar cómo era un día normal antes de besarla.
Y eso debería preocuparme más de lo que me preocupa.
La puerta de la calle se abre. Mi corazón da un salto tan ridículo que me niego a reconocerlo. Escucho una voz al fondo.
Su voz.
Y automáticamente sonrío como un imbécil.
—Ya ha llegado tu novia —se jacta mi abuela.
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—¡No es mi novia!
—Claro que no.
La carcajada de mi abuela resuena por todo el salón. Y yo ya ni siquiera intento defenderme. Porque la puerta del salón acaba de abrirse.
Y Sofía está ahí.
Y de repente se me olvida todo lo que iba a decir.
—Buenos días —dice Sofi al cabo de unos segundos.
Mi abuela nos mira a uno y a otro con una sonrisa que no me gusta nada.
—¿Qué tal el paseo ayer, Sofía? —pregunta la muy bruja desde el sofá.
Sofía me mira de reojo y sus mejillas se ponen del color de un tomate.
—Muy bien…
—¿No me vas a contar nada? —responde mi abuela mientras juega con sus manos como si fuese una pregunta inocente.
—Abuela… No atosigues. A lo mejor no le apetece contarte nada —la reprendo con intención de cortar el temita.
Sofía hace un gesto restándole importancia y se sienta junto a mi abuela.
—Pues estuve en la librería y después fui a tomar un refresco al bar de la plaza. Poca cosa…
Mi abuela arquea una ceja. No se cree una mierda y no va a dejarlo estar.
La conozco.
—¿Y no te encontraste con mi nieto? —pregunta así, como el que pregunta si ha mirado la predicción del tiempo.
Niego con la cabeza varias veces mientras cierro el libro.
—¡Abuela! Eres muy cotilla.
—¡Y tú mientes muy mal! Pero mi Sofi… Ella no me miente, ¿a qué no, cariño? —pone el tono de voz más falso que le he escuchado en toda mi vida.
—Nooo, yo no le miento, señora Reme… —responde Sofía aguantándose la risa.
—Vaya… Es curioso… Porque esta mañana a primera hora, ha venido a verme Cecilia… la del tercero. ¿Sabéis que me ha dicho?
Oh, oh.
Mierda.
—¿Qué el médico de la rodilla le ha dado el alta? —respondo irónicamente.
Pausa dramática.
—Ojalá. Me ha dicho que anoche vio a Sofía entrando en el portal con un tío de esos macizos besándose como dos adolescentes… Vamos, que era un armario ropero de lo alto y ancho que era…
Silencio.
Ambos nos quedamos quietos como estatuas.
—Y qué casualidad… que mi nieto que es un armario ropero no estaba en casa…
Silencio.
Del incómodo.
Del que te hace plantearte saltar por la ventana, aunque vivas en un primero.
—Hay mucha gente alta en el pueblo —digo al final.
—Claro.
—Y muchos portales.
—Por supuesto.
—Y muchas Sofías .
Mi abuela me mira.
—Una.
—Bueno, sí, una.
—Gael, cariño, deja de hablar. Cada vez te hundes más.
Sofía se tapa la boca con la mano para no reírse.
Traidora.
—Señora Reme, creo que Cecilia necesita unas gafas nuevas —dice intentando mantener la compostura.
—Puede ser.
—Y además era de noche.
—Ajá.
—Y a cierta edad la vista falla.
—Muchísimo.
Sofía asiente como si estuviera exponiendo una tesis doctoral.
—Entonces seguramente confundió a otra pareja con nosotros.
Mi abuela se inclina hacia delante.
—¿Con «nosotros»?
Mierda.
Sofía abre mucho los ojos. Yo cierro los míos. Porque acaba de cavar su propia tumba.
—Quiero decir...
—No, no. Continúa. Esto se está poniendo interesantísimo.
—Señora Reme...
—Cariño, llevo noventa y cuatro años viva. Cuando una mujer se pone roja cada vez que mencionan a un hombre, normalmente no están hablando de la declaración de la renta.
La carcajada se me escapa sin remedio. Sofía me fulmina con la mirada.
—No te rías.
—Lo estoy intentando.
—Pues se te da fatal.
—Como a ti mentirle a mi abuela.
—¡Yo no estoy mintiendo!
—Claro que no —interviene Reme—. Solo estáis sudando como dos delincuentes en un interrogatorio.
—Abuela...
—¿Qué?
—Nada.
—Eso pensaba.
Mi abuela sonríe satisfecha y vuelve a coger el mando de la televisión.
—En fin. No os preocupéis. No pienso decir nada.
Sofía y yo intercambiamos una mirada demasiado rápida.
Demasiado reveladora.
—Gracias —dice ella.
—Eso sí —añade mi abuela sin apartar la vista de la pantalla—. Si vais a seguir besándoos por los portales, procurad elegir uno donde no os vea Cecilia.
La tos que me entra casi me mata. Sofía se pone color burdeos y mi abuela sonríe la muy bruja, porque acaba de ganar.
Otra vez.
—Gael, cariño… acompaña a Sofía a tender el edredón a la terraza. Pesa bastante y no quiero que se lesione. Tiene que tener bien atendido al armario ropero —remata antes de centrarse del todo en la televisión.
¡La madre que la parió!
Sigo a Sofi hasta la galería donde tenemos la lavadora y al llegar me la encuentro apoyada tapándose la boca para que no la escuche reírse.
—¿Eres consciente de que nos ha pillado con el carrito del helado? —pregunto sonriendo como hacía tiempo que no lo hacía.
—Y sin salir de casa. Esa tal Cecilia tiene mucho peligro —responde Sofi ahora un poco más seria.
Asiento despacio, siendo consciente de que estamos solos en la galería de mi abuela y de que me he acercado lo suficiente como para notar el perfume que lleva.
Puede que sea el jabón o quizá simplemente sea Sofía.
—No te rías —murmura todavía con una sonrisa.
—Es difícil no hacerlo.
—Tu abuela es peligrosa.
—Más que una caja de bombas.
Sofía vuelve a reírse y, joder, creo que nunca me voy a cansar de escuchar ese sonido. La observo unos segundos. Demasiados. Ella también deja de reír y el silencio cambia.
Otra vez.
Como siempre que nos quedamos solos. Como si ninguno de los dos supiera ya volver atrás.
—¿Qué? —pregunta bajando la voz.
—Nada.
—Mentira.
—Necesito besarte…
Una sonrisa pequeña aparece en sus labios. La misma que me vuelve completamente idiota. Doy un paso más. Solo uno. Y sus ojos bajan un instante a mi boca.
Error. Gravísimo error. Porque en cuanto lo hace, toda la fuerza de voluntad que me quedaba decide jubilarse.
—Gael...
—¿Sí?
—Tenemos que tender el edredón.
—Ya.
Ninguno se mueve.
—Y tu abuela está al otro lado de esa puerta.
—También lo sé.
Sofía niega con la cabeza, pero sigue sin apartarse. Y eso es todo lo que necesito. Inclino la cabeza y le robo un beso. Pequeño. Rápido. Uno de esos que deberían bastar.
Spoiler: no basta.
Porque cuando me separo apenas unos centímetros, ella sigue ahí. Mirándome. Y entonces es ella la que vuelve a buscarme. La que acorta la distancia robándome otro beso. La que consigue que se me olvide por completo el maldito edredón.
—Eres un desastre —susurra contra mi boca.
—Tú tampoco ayudas.
—Lo sé.
La sonrisa que se le escapa termina de rematarme.
Apoyo una mano en su cintura y la ayudo a sentarse sobre la encimera junto a la lavadora mientras seguimos hablando tan cerca que prácticamente compartimos el mismo aire.
La máquina sigue funcionando detrás de ella, haciendo vibrar ligeramente todo el mueble. Mis manos suben por sus muslos desnudos, ya que viste un vestido fresquito y al sentir la suavidad de su piel mi cerebro sufre un cortocircuito.
—Tu abuela va a acabar descubriéndolo todo.
—Mi abuela ya lo sabe todo.
—Buen punto.
Sofía resopla divertida y por un momento no hacemos nada.
Solo estamos ahí. Cerca. Demasiado cerca.
Como si ninguno quisiera ser el primero en alejarse.
Mis manos siguen acariciándola sin prisa, reconociendo por primera vez el tacto de su piel.
Y quiero más… Llevo demasiados años colgado de la chica del pelo de colores y ojos de gata.
De la chica que cuida de todos, menos de ella misma.
De la chica que me robó el corazón a los quince años y nunca me lo devolvió.
—¿Qué? —pregunta de repente.
Parpadeo.
—¿Qué de qué?
—Me estás mirando raro.
Una sonrisa se me escapa.
—No te estoy mirando raro.
—Sí lo haces.
—No.
—Gael...
—Sofía...
Pone los ojos en blanco y, joder, hasta eso me parece bonito.
Mis dedos se detienen un instante sobre su rodilla trazando círculos despacio.
—Estaba pensando.
—Miedo me da.
—A mí también.
Ella sonríe. Y durante un segundo me quedo observándola. Sin bromas. Sin pullas. Sin escondernos detrás de nada.
Solo ella.
—¿Sabes qué es lo peor? —pregunto.
—¿El qué?
—Que llevo años pensando que te odiaba.
Sofía se queda quieta.
Muy quieta.
—¿Y ahora?
La pregunta sale suave casi en un susurro. Como si ambos tuviéramos miedo de la respuesta.
Sonrío despacio.
—Ahora sé que era justo lo contrario.
Por primera vez desde que entró en casa, Sofía se queda sin palabras.
Y eso sí que no me lo esperaba.
—¡¿Habéis tendido ya el edredón o estáis recreando una novela ahí dentro?! —vocifera mi abuela desde el salón.
Ambos nos reímos a sabiendas de que mi abuela está poniendo la antena sin cortes.
Y por primera vez en mucho tiempo, me sorprendo pensando que podría pasarme horas enteras así.
Sin discutir.
Sin escondernos detrás de bromas.
Simplemente mirándola.