El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 14
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Capítulo 14

Obsesión

Aventura

Hoy conocí tu novio, pequeño y no buen mozo. Y sé que él no te quiere, por su forma de hablar.

Hace catorce años

D espués del alboroto que Gael montó con Marcos —mi supuesto novio—, y la casi pelea posterior de Dani con él por defender a Gael, se me quitaron las ganas de fiesta esa noche.

Le dije a todos que no me encontraba bien y que me iba a casa. Marcos me dijo que le acompañase a la moto antes de irse.

Al llegar… tuve que darle la espalda para que no viera la sonrisa que pintaba mi boca.

Las dos ruedas de la moto en el suelo completamente rajadas e inservibles.

Gael.

No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Menudo carácter tiene para ser tan pequeño…

« Es el único que te ha defendido… »

Tras discutir con Marcos por decirle que el comentario estuvo fuera de lugar y que ni se le ocurriese ir a molestar a Gael, me despedí de él para regresar a casa con ganas de darme una ducha fresquita y olvidar esta noche.

Al cruzar la plaza para llegar a mi portal, Gael está sentado en un banco comiéndose unas pipas como si no hubiera protagonizado el drama de la noche.

Por suerte, la verbena está ya medio vacía. Las luces siguen encendidas y la música suena más baja, esta vez Obsesión de Aventura .

Me siento a su lado sin pedirle permiso.

—¿Le has rajado las ruedas?

—No.

Lo miro arqueando una ceja.

—Gael…

—No pueden demostrar nada.

Resoplo.

Imposible sacarle una confesión.

Se hace un silencio raro entre los dos. De esos que no incomodan del todo…

pero tampoco son cómodos. Gael sigue mirando al suelo, entretenido con la bolsa de pipas, como si no acabara de partirle la nariz a un chico y sabotearle la moto la misma noche.

Como si no hubiera cambiado el rumbo de esta verbena.

Yo debería levantarme e irme a casa.

Eso es lo que toca, eso es lo sensato… Pero no me muevo. Lo observo de reojo. Pequeño. Enfadado. Tenso. Con esa manera tan absurda de querer parecer mayor cuando todavía le quedan tantas cosas por vivir.

Y entonces me doy cuenta de algo que me fastidia un poco.

Si me levanto ahora y me voy… Él se queda aquí.

Solo.

Como si nadie hubiera visto que todo lo que ha hecho esta noche ha sido por defenderme.

—¿Qué? —pregunta sin mirarme, como si hubiera notado que no dejo de observarlo.

—Nada.

—Estás mirándome.

—No estoy mirándote.

—Sí que lo estás.

Resoplo mientras me acomodo mejor en el banco, cruzo las piernas y, sin pensarlo demasiado… decido quedarme a su lado.

Gael levanta apenas la cabeza. Solo lo justo para mirarme de reojo.

—¿Qué haces?

—Nada.

—¿No te ibas a casa?

—Sí.

—Entonces...

—He cambiado de opinión.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez ya no pesa igual. Gael aprieta la bolsa de pipas entre las manos, como si no supiera muy bien qué hacer con ellas.

—Tu novio te va a matar.

—No es mi novio.

—Ya.

Lo dice con un tono que deja claro que no se lo cree ni un segundo. Y, por alguna razón, eso me hace gracia. Una risa corta. Tonta. Que no consigo contener sale de entre mis labios. Gael levanta la vista y me mira de verdad. Parece incluso molesto por haber sido él quien la ha provocado.

—¿Qué?

—Nada —respondo todavía sonriendo un poco—. Eres muy dramático.

—No soy dramático.

—Has rajado dos ruedas.

—Se lo merecía.

—Ajá.

—No me gusta ese tío.

—Eso ya lo he notado.

—Es imbécil.

—Tampoco es para tanto.

—Ha sido un imbécil contigo.

Y tiene toda la razón. Porque a nadie le importa lo que hago o dejo de hacer en mi intimidad.

Me inclino ligeramente hacia atrás, apoyando las manos en el banco y vuelvo a mirarlo con calma. Distinto. De otra manera que no sé cómo explicar.

—Gracias.

Gael frunce el ceño.

—¿Por qué?

—Por defenderme, aunque no lo mereciera —respondo sincera.

No hace falta decir nada más. Los dos sabemos a qué me refiero.

Y, de repente, el chico que hace un rato estaba dispuesto a partirle la cara a alguien ya no sabe dónde mirar. Porque eso sí le desarma. Aparta la vista y tarda unos segundos en responder.

—No me gusta cómo te ha hablado.

Su voz suena más baja. Más seria. Mucho más propia de un hombre que de un chico de dieciséis años.

—Gael, da igual.

Esta vez sí me mira. Lo hace de esa manera tan suya tan directa que es capaz de atravesarte sin necesidad de hacer nada más.

—No da igual.

Guarda silencio un instante antes de continuar.

—No tienes por qué dejar que nadie te trate como si fueras menos.

No sé qué responder. Así que simplemente me quedo allí a su lado escuchando la música de fondo y el crujido de las pipas entre sus dedos.

Como si ese banco, por una vez, fuera exactamente el lugar donde tenía que estar.