El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 12
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Capítulo 12

Me muero

La quinta estación

Pido por tus besos… Por tu ingrata sonrisa… Por tus bellas caricias.

S u frente sigue apoyada en la mía cuando abro los ojos. No debería estar mirándolo así de cerca. No después de eso… No después de cómo me ha besado. Porque no ha sido un beso suave. Ni bonito. Ni de esos que se cuentan sin que te tiemble la voz.

Ha sido de los otros.

De los que te descolocan. De los que no sabes dónde empiezas tú y dónde acaba él. Y lo peor es que ahora mismo no quiero poner esa frontera.

Gael respira contra mi boca como si todavía no hubiera decidido volver del todo a la realidad. Y yo tampoco.

—Creo que Mari Carmen va a tener razón —murmura.

Y eso debería hacerme reír.

Debería.

Pero no puedo. Porque lo siguiente que hago no lo pienso. Lo hago sin más. Le agarro la camiseta. Fuerte. De golpe. Y lo acerco a mí antes de que él pueda siquiera reaccionar.

Sus ojos se abren un segundo, como si no esperara eso de mí.

Pues mala suerte.

Porque yo tampoco esperaba hacerlo.

Lo empujo hacia atrás, sin soltarlo, hasta cruzar el portal. La puerta se cierra de un portazo tras nosotros, pero me da igual. Mi espalda roza la pared del interior del portal y él queda demasiado cerca otra vez. Demasiado atrapado conmigo como yo con él.

—Sofía… —empieza, como si fuera a preguntar algo.

No le dejo terminar.

Lo beso.

Esta vez soy yo la que no piensa. La que no mide.

La que no sabe frenar, aunque quisiera. Mis dedos siguen en su camiseta, como si soltarlo significara perder algo que todavía no sé nombrar.

Y cuando él responde al beso, cuando su mano vuelve a mi nuca y me acerca más, siento cómo se me borra todo lo demás.

El mundo exterior desaparece.

La calle. El silencio. Incluso el miedo… Solo queda él, el calor, y la forma en que me besa como si ya no supiera hacerlo de otra manera. Me separo apenas para respirar, pero no lo suelto.

Sigue ahí.

Demasiado cerca.

Demasiado real.

—Esto… —susurro contra su boca, sin saber ni cómo terminar la frase.

Gael sonríe apenas, como si estuviera igual de perdido que yo.

Y eso debería asustarme, pero no lo hace. Porque lo único que hago es volver a besarlo como si el mundo fuese a desaparecer en cualquier momento.

Sin esperarlo, Gael me levanta en peso y con cuidado apoya mi espalda contra la pared mientras sigue saqueando mi boca sin piedad.

—Me vuelves loco, Sofi… —responde con la respiración agitada, mientras besa mi cuello con delicadeza dejando un cosquilleo allá por donde posa sus labios.

Su lengua sale al encuentro con la delicada piel, roza con los dientes el lóbulo de la oreja y un gemido escapa de mi boca sin permiso. Su boca vuelve junto a la mía. No sé los minutos que pasamos devorándonos sin control cuando escucho el sonido.

Un clic.

Una llave.

No le doy importancia al principio. No hasta que la puerta del portal se abre detrás de nosotros.

Demasiado tarde.

Me quedo completamente congelada. Gael también. Seguimos demasiado cerca. Demasiado juntos. Demasiado… todo.

Y entonces la voz de mi madre llena el portal.

—Sofía, que pronto has…—

Silencio.

Un silencio absoluto.

De esos que pesan más que cualquier grito.

Gael me baja al suelo de inmediato y, cuando al fin soy consciente de la situación, siento como si alguien me hubiera lanzado un cubo de agua fría.

Mi madre está en la entrada, con la bolsa del supermercado en la mano, mirándonos como si acabara de presenciar el fin de la humanidad.

—Ah —dice al fin, muy despacio—. Vale.

Eso no suena a «vale» normal.

Suena a «vale, esto no se me va a olvidar nunca».

Siento cómo se me incendia la cara.

—Mamá… yo… —empiezo, pero no tengo absolutamente ninguna frase válida en este idioma.

Gael carraspea, todavía apoyado contra la pared del portal, con una calma que odio en este momento porque yo estoy en modo catástrofe.

—Buenas noches —dice él, como si no acabara de estar conmigo literalmente a centímetros de perder la cordura.

Mi madre lo mira. Luego me mira a mí. Luego otra vez a él… hasta que asiente lentamente.

—Buenas noches.

Pausa.

Otra vez.

—Yo… os dejo.

No se mueve. No todavía… Solo añade, como quien comenta el tiempo:

—Sofía, luego hablamos.

Y desaparece por el pasillo del edificio con la misma tranquilidad con la que alguien abandona un lugar donde no ha pasado absolutamente nada… aunque acabe de pasar TODO.

El portal se queda en silencio otra vez, pero ahora es peor.

Mucho peor.

Porque Gael me está mirando. Yo estoy mirando al suelo y ninguno de los dos sabe cómo sobrevivir a esto.

—Creo que… —empiezo.

No termino, porque él suelta una risa baja.

—Tu madre me odia.

Levanto la cabeza de golpe.

—No te odia.

—Sofía… nos ha visto besándonos en un portal.

—Vale… igual está un poco confundida.

Y entonces, por primera vez desde que todo esto empezó, me río. Aunque quiera morir un poco. Aunque el mundo se haya venido abajo.

Gael me mira como si esa risa le desarmara más que el beso. Y eso es peligroso.

Muy peligroso.

La sonrisa de Gael se ensancha.

—Mucho ánimo.

—Cobarde.

—Muchísimo ánimo.

Y el muy traidor se ríe.

Mi traidor.

Lo cual es un problema completamente distinto.

Nos despedimos unos minutos después porque, sinceramente, ya no queda dignidad que perder esta noche.

O eso creo.

Subo las escaleras todavía con las piernas temblando. No sé si por el beso o por lo que me espera arriba.

Probablemente ambas cosas.

Cuando llego al rellano intento mentalizarme. No puede ser para tanto. Soy adulta. Tengo treinta y siete años. Puedo besar a quien me dé la gana. No tengo nada que justificar.

Repito ese discurso mental unas doce veces.

Deja de funcionar en cuanto abro la puerta de casa. Mi madre está sentada en el sofá esperándome con los brazos cruzados y una infusión de manzanilla en la mano.

¡Dios mío! Ha sacado las infusiones y eso es peor que cuando saca la chancla.

—Buenas noches —digo con una sonrisa que probablemente parece una parálisis facial.

—Buenas noches.

Silencio.

Demasiado silencio.

—¿Qué tal la compra?

Mi madre me observa.

—¿Qué tal el portal?

Muerte.

Directamente muerte.

—Mamá...

—No, no. Continúa. Me interesa mucho más tu tarde que la mía.

Dejo el bolso sobre una silla y empiezo a buscar cualquier excusa para desaparecer de allí.

No la encuentro.

—No sé de qué hablas.

—Sofía… El diablo sabe más por viejo, que por diablo.

Mi madre da un sorbo a su infusión con absoluta tranquilidad.

Quiero desaparecer aquí y ahora.

Mierda.

—Bueno.

Ahí está. El «bueno» otra vez. La palabra más peligrosa del idioma español.

—Bueno, ¿qué?

—Cuéntame.

—¿El qué?

—Sofía.

—Mamá.

—Sofía.

—Mamá.

—Te he encontrado medio colgada de Gael en el portal.

Casi me atraganto con mi propia saliva.

—¡No estaba medio colgada!

—¿No?

—¡No!

—Vale. Entonces lo he imaginado.

—Sí.

—Perfecto.

Asiente con total tranquilidad.

—Entonces también he imaginado que os estabais besando como si os fueran a cobrar por respirar.

—¡MAMÁ!

—¿Qué?

—¡Por favor!

—¿Por favor qué? ¿Qué me borre la memoria? Porque eso ya no puedo hacerlo.

Me dejo caer en una silla y me tapo la cara con las manos. Quiero desaparecer. Mudarme. Cambiar de identidad… Cualquier cosa.

—Madre mía...

—Eso mismo pensé yo.

Levanto la cabeza.

—No exageres.

—Sofía, llevo viendo a Gael desde que tenía los dientes torcidos y las rodillas llenas de heridas.

—Gracias por esa imagen mental.

—Y tú llevas entrando y saliendo de casa de su abuela desde pequeña.

—Lo sé.

—Pues imagina mi sorpresa cuando os encuentro besándoos en el portal como dos adolescentes hormonados.

—Mamá.

—¿Qué? Si es verdad.

Gime mi alma.

—Lo que quiero saber es qué ha pasado.

Y ahí cambia el tono. Porque ya no está bromeando. Ahora tiene curiosidad de verdad.

—No lo sé —admito.

Mi madre arquea una ceja.

—Mentira.

—No, en serio.

—¿Me estás diciendo que de repente, después de treinta y siete años de existencia, un día cualquiera has decidido comerte a besos al nieto de Reme sin motivo alguno?

No puedo evitar soltar una carcajada.

—Cuando lo dices así suena fatal.

—Porque es fatal.

—No es fatal.

—Bueno, complicado sí.

—¿Por qué?

Mi madre me mira como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.

—Porque Gael me encanta.

Parpadeo.

No esperaba eso.

—¿Qué?

—He dicho que Gael me encanta para ti.

—Ah.

—Lo que no me encanta es su madre.

Ahí está. Sabía no tardaría en soltarlo.

—Mamá...

—No. No pongas esa cara. Sabes perfectamente que esa mujer lleva treinta años creyéndose la reina de Inglaterra.

—Tampoco es para tanto —intento quitarle hierro porque ambas se odian desde que tengo uso de razón.

—Sofía, cariño, una vez discutió conmigo porque dije que las croquetas de Mari Carmen estaban más buenas que las suyas.

No puedo evitar reírme porque es totalmente cierto.

—Y perdió.

—Porque las de Mari Carmen están mejor.

—Lo sé.

Mi madre suspira.

—Mira, yo no te voy a decir con quién puedes o no puedes estar. Pero...

Ay.

El «pero».

Siempre hay un «pero».

—Solo te digo que pienses bien dónde te metes. Porque una cosa es Gael y otra muy distinta todo lo que viene alrededor.

Me quedo callada unos segundos.

—A mí me gusta Gael.

Mi madre me observa atentamente y una sonrisa lenta aparece en su cara.

—Ya.

—¿Ya?

—Sí.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque te brillan los ojos cuando hablas de él.

Y eso, por desgracia, me deja completamente sin argumentos.

Mi madre me deja escapar milagrosamente después de eso. O quizá simplemente considera que el daño psicológico ya está hecho. Me despido de ella y me encamino hacia mi habitación antes de que decida lanzar una segunda ronda de preguntas.

No sobreviviría.

Cierro la puerta y apoyo la espalda contra ella. Silencio, por fin. O eso creo… Porque el móvil vibra en mi mano. Una vez. Luego otra. Y otra.

Frunzo el ceño.

Cuando desbloqueo la pantalla, me encuentro con una avalancha de notificaciones. El grupo de las chicas está completamente prendido.

Veintisiete mensajes.

No.

Treinta y dos.

No.

Treinta y cinco.

¡Madre de Dios!

Pero antes de abrirlos veo otro nombre.

Gael.

Y automáticamente noto algo extraño en el pecho. Algo ridículo. Algo que no debería provocarme un simple mensaje.

Lo abro.

Pausa.

Segundo mensaje.

Me quedo mirando la pantalla como una absoluta imbécil.

Sonriendo.

Sonriendo muchísimo. Tanto que me odio un poco.

La carcajada se me escapa sola.

Los tres puntos aparecen casi al instante.

Mi sonrisa se ensancha sin poder evitarlo y justo entonces el móvil vuelve a vibrar. El grupo otra vez.

Y cuando lo abro... Se desata el apocalipsis.