Capítulo 11
Favorito
Camilo
Que tu cuerpo es mi lugar favorito… Y tu boca mi comida favorita…
S alimos de la librería y aún puedo sentir la tensión flotando entre los dos, como si la puerta no hubiera sido capaz de cortarla del todo.
Sofía camina a mi lado, ajustándose el bolso, intentando recuperar una normalidad que ninguno de los dos tiene ya.
—No tiene gracia —murmura.
Sonrío sin poder evitarlo.
—Tiene toda la gracia del mundo.
La calle está tranquila, de esas que parecen hechas para que pase algo importante sin que nadie más lo estropee. Y, sinceramente, no sé cómo comportarme ahora mismo con ella, caminando tan cerca como si no hubiera pasado nada… cuando hemos cruzado una línea de la que ya no sé volver.
La miro de reojo. Sigue tensa, pero no se aleja. Eso debería ser lo importante.
Y lo es.
—Tu amiga… Mari Carmen —digo al final, porque necesito romper el silencio—. Me ha adoptado en cinco minutos.
Sofía suelta una risa breve.
—Te ha condenado, más bien.
—¿A qué exactamente?
Ella me mira de lado.
—A una boda imaginaria conmigo.
Me río, esta vez de verdad.
—Podría haber sido peor.
—¿Peor?
—Podría haber hablado de nietos.
La veo atragantarse con la risa y eso… eso me hace mirarla distinto otra vez.
Demasiado fácil con ella.
Demasiado natural.
En la plaza del pueblo el ambiente es otro mundo: luz cálida, gente sin prisa, vida ocurriendo sin complicaciones. Nos sentamos en una mesa sin pensarlo mucho, aunque en realidad sí lo pienso todo.
Demasiado cerca.
Otra vez.
El camarero nos deja las bebidas como si ya supiera qué va a pasar aquí cada tarde de nuestras vidas. Y esa idea me resulta inquietantemente cómoda.
—Esto es peligroso —murmuro, jugando con el vaso.
—¿El qué? —pregunta Sofía.
La miro.
Y decido no esconderlo.
—Sentarme contigo en una plaza de pueblo después de lo de la librería.
Ella levanta una ceja.
—¿Lo de la librería?
—Lo de casi besarte.
El aire cambia.
Lo noto en ella. Lo noto en mí.
Sofía traga saliva, pero no aparta la mirada.
—Tú también estabas ahí.
—Ya.
Silencio. De esos que no molestan… pero empujan.
Me inclino un poco hacia delante, apoyando el brazo en la mesa.
La observo.
De verdad.
—Sofía… yo no suelo perder el control así.
Lo digo en voz baja, porque es la primera vez que lo admito en voz alta.
—¿Y ahora lo has perdido? —pregunta.
Una sonrisa mínima se me escapa.
—Un poco.
Y eso es lo peor. Porque no es «un poco». Es demasiado. Por lo menos para mí. Porque he estado a punto de perder el control en mitad de una librería. Si no nos llega a interrumpir Mari Carmen le habría comido la boca sin remordimientos.
No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
—¿Siempre eres tan sincero? —pregunta Sofía, jugueteando con la pajita.
—No.
—Ah.
—Normalmente soy bastante peor.
Ella se ríe.
Y joder.
Otra vez esa risa. Empiezo a sospechar que es un problema serio.
—¿Qué?
—Nada.
—Gael.
—Es que te ríes como si estuvieras tramando algo.
—¿Y si lo estoy?
—Entonces debería preocuparme.
—Probablemente.
La sonrisa que me dedica dura apenas unos segundos, pero me deja completamente vendido.
El camarero aparece para dejar una tapa sobre la mesa y Sofía arquea una ceja.
—¿Has pedido esto?
—No.
—Yo tampoco.
—Entonces nos han adoptado.
Ella mira alrededor de la plaza.
—Bienvenido a mi pueblo.
—¡Oye que también es el mío! Aunque ya me he dado cuenta. La librera quiere casarnos y el camarero nos alimenta sin permiso.
—Es su lenguaje del amor.
—Da miedo.
—Mucho.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
No incómodo.
De esos silencios que parecen una conversación más.
—¿Y tú? —pregunto—. Si no estuvieras aquí, en este pueblo... ¿dónde estarías?
Sofía tarda un momento en responder.
—Viajando.
—¿Sí?
Asiente.
Sus ojos se iluminan ligeramente.
—Me encantaría recorrer Europa en tren. Sin horarios. Sin prisas. Ir bajando donde me apeteciera.
Sonrío.
—Eso suena peligrosamente específico.
—Lo he pensado mucho.
—Se nota.
—¿Y tú?
Me quedo mirando mi vaso.
—Una cabaña.
Parpadea.
—¿Una cabaña?
—En medio de ninguna parte.
—¿Eso existe?
—Espero que sí.
—¿Sin gente?
—Sin gente.
—¿Sin cobertura?
—Idealmente.
Ella me observa como si acabara de confesarle que escondo cadáveres.
—Qué aburrido.
—Qué paz.
—Cinco días después estarías hablando con los árboles.
—Al menos me escucharían.
—Pobre árbol.
La carcajada que se me escapa es tan espontánea que me pilla desprevenido a mí mismo.
Y por un momento dejo de pensar en besarla.
Lo cual dura exactamente unos diez segundos.
Porque entonces se recoge el pelo hacia un lado y el tirante del vestido se desliza por su hombro.
Mis ojos acaban posándose en ese punto sin pedir permiso y vuelvo a tener problemas.
Porque no me conformo con ese pedacito de piel, analizo su cuello, escote, vuelvo a sus ojos una vez más…
pero ella se mueve y el maldito vestido se le sube unos milímetros provocando que mi cerebro deje de procesar cualquier cosa que no sean sus piernas.
¡Maldita sea!
Gael céntrate… ¡No seas babas!
—Es broma —retomo la conversación—. Me gusta mucho Sevilla, aunque ahora mismo deben estar a cuarenta y cinco grados a la sombra…
Sofía me sonríe con los ojos. Y eso… termina de rematarme.
—Mi madre es andaluza, aunque apenas hemos ido dos veces desde que nací —dice de pronto.
No lo sabía a ciencia cierta, pero lo sospechaba por la forma de hablar de su madre.
—Y… ¿por qué no habéis ido más veces? —pregunto curioso sin pensar demasiado.
—Por falta de dinero y porque en verano hace muchísimo calor y es cuando no tenía clases. Así que… supongo que cuando pueda iré, a poder ser en primavera. No quiero derretirme —responde apartando la mirada.
La conozco demasiado y sé que algo le duele cuando no mira a los ojos.
No debería saberlo.
No llevamos tanto tiempo compartiendo espacio en nuestras vidas íntimamente, solo lo que he escuchado de oídas o de observarla a escondidas…
Pero lo sé.
Cuando está incómoda se toca el anillo. Cuando algo le hace ilusión habla más deprisa. Y cuando un tema le duele, aparta la mirada exactamente así.
Como ahora.
—Irás —digo antes de pensarlo.
Sofía vuelve a mirarme.
—¿Qué?
—A Sevilla.
—¿Y eso cómo lo sabes?
Me encojo de hombros.
—Porque llevas toda la tarde hablando de sitios a los que quieres ir.
—Eso no significa nada.
—Significa que acabarás yendo.
Una sonrisa pequeña aparece en sus labios.
—Eres muy pesado.
—Me lo dicen mucho.
—¿Y siempre haces caso omiso?
—Siempre.
—Qué suerte tengo.
—Muchísima.
Hablamos de cosas pequeñas después, como si eso pudiera equilibrar lo que no hemos dicho.
Libros, tonterías del camarero, frases sin importancia.
Pero todo el rato soy consciente de ella.
De cómo se ríe. De cómo me mira cuando cree que no la estoy viendo.
Del error constante que es pensar en besarla otra vez.
Cuando la noche cae del todo, nos levantamos.
—Te acompaño —digo sin dejar espacio a discusión.
Asiente.
Su casa aparece al final de la calle y, por primera vez desde que salimos de la plaza, me arrepiento de que esté tan cerca. Porque llegar significa despedirse, y no estoy preparado para eso.
Nos detenemos frente al portal.
Sofía juguetea con la correa del bolso. Yo meto las manos en los bolsillos para no hacer alguna estupidez.
Ninguno de los dos habla y es ridículo.
Porque llevamos toda la tarde hablando sin parar. De libros, de viajes, de árboles que tienen que soportarme en una cabaña perdida… Pero ahora no encuentro una sola frase que no suene estúpida. Ella levanta la vista y me mira directamente.
Mal.
Muy mal.
Porque llevo toda la tarde intentando no pensar demasiado en lo mucho que me gusta mirarla.
—Bueno... —dice.
—Bueno... —repito.
Brillante, Gael. Premio Nobel de la conversación.
La sonrisa que intenta contener hace que me entre una mezcla extraña de ternura y pánico. Y entonces lo entiendo.
No estoy nervioso por besarla.
Estoy nervioso porque me importa. Mucho más de lo que debería. Mi mirada baja a sus labios apenas un segundo.
Error.
Porque cuando vuelvo a subirla, ella sigue ahí sin apartarse. Sin retroceder. Esperándome… Doy un paso. Luego otro.
No pienso demasiado. Si pienso, me echo atrás.
Alzo una mano hasta su mejilla. Su piel está cálida. Suave. Real.
Demasiado real para todo el tiempo que llevo imaginando cómo sería esto.
—Sofía... —murmuro.
Su nombre se queda suspendido entre nosotros.
Y entonces me inclino.
El primer beso apenas dura unos segundos.
Suave. Es como casi una pregunta. Como si una parte de mí necesitara asegurar que esto está ocurriendo de verdad.
Que ella está aquí. Que no me lo he inventado.
Cuando me separo apenas unos centímetros, sus ojos siguen cerrados.
Entonces noto sus manos aferrándose a mi camiseta como si no quisiera que esto terminara.
Y algo dentro de mí termina de rendirse.
Porque ya no quiero seguir siendo prudente, ni sensato, ni paciente. Así que vuelvo a besarla sin miedo.
Esta vez ya no hay dudas.
Solo la sensación absurda de haber llegado exactamente al lugar donde quería estar desde hace semanas sin atreverme a admitirlo.
Mi mano se desliza hasta su nuca.
El beso cambia. Se vuelve suyo y mío al mismo tiempo. Se vuelve todo lo que no hemos dicho. La acerco un poco más. Y por un momento desaparecen la calle, el portal y el mundo entero. Solo existe ella. Y el modo en que me hace olvidar cualquier intención de comportarme como un adulto funcional.
Cuando por fin me separo, apoyo la frente en la suya e intento recuperar algo parecido a la dignidad.
Fracaso estrepitosamente.
—Creo que Mari Carmen va a tener razón —murmuro.
Y la sonrisa que aparece en los labios de Sofía me confirma que estoy completamente perdido.