El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 10
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Capítulo 10

Como hablar

Amaral

Cómo hablar si cada parte de mi mente es tuya.

N o entiendo absolutamente nada. Hace dos días parecía dispuesto a besarme en el pasillo. Después, desapareció de la faz de la tierra. Y ahora está aquí… A mi lado. Mirándome con esa cara de «quiero decirte algo, pero probablemente me dé un aneurisma si lo intento».

La tensión se instala entre nosotros mientras Dani sigue alejándose calle abajo como el traidor que es. Gael se mete las manos en los bolsillos y carraspea.

—Bonita plaza —dice al cabo de unos segundos.

Lo miro incrédula.

—¿En serio? ¿Eso es lo mejor que se te ocurre?

Se pasa la mano por la nuca visiblemente incómodo y por alguna razón eso me resulta adorable.

—No esperaba encontrarte aquí.

La mentira es tan mala que hasta me da risa.

—Claro. Porque normalmente doy mis paseos nocturnos por Cuenca.

Por primera vez desde que ha bajado, sonríe de verdad. Y madre mía…

Error.

Gravísimo error.

Ese hombre no debería sonreír así. Ni mirarme así. Ni existir así en general.

—Te queda bien el vestido —dice de pronto.

Mi corazón hace una cosa rara.

Muy rara.

—Gracias… —respondo intentando sonar normal—. Tú también vas muy elegante para tirar la basura.

Baja la mirada hacia su camiseta negra y los vaqueros.

—Siempre me gusta ir guapo cuando saco residuos orgánicos.

Suelto una carcajada que me pilla completamente desprevenida y él se queda mirándome unos segundos más de la cuenta como si acabara de descubrir algo. O recordarlo. O ambas cosas a la vez.

Madre mía.

Necesito que alguien me tire un cubo de agua fría encima.

—¿Y qué haces aquí sola? —pregunta finalmente.

—Tu abuela prácticamente me ha obligado a salir de casa. Creo que si me negaba era capaz de empujarme escaleras abajo.

Gael suelta una risa nasal.

—Sí. Suena a ella.

Silencio otra vez, pero esta vez no resulta incómodo.

La plaza está llena de gente hablando, niños jugando y música sonando de fondo desde algún bar cercano.

Verano en el pueblo, aunque todavía no lo sea oficialmente.

Siempre pasa algo y aun así ahora mismo siento como si solo existiéramos nosotros dos.

Gael mira de reojo el escaparate de la librería.

—¿Entramos? —pregunta encogiéndose ligeramente de hombros—. Ya que has venido hasta aquí…

Parpadeo.

Porque no esperaba que recordase lo mucho que me gustan los libros y mucho menos que me invitase a entrar.

—Vale —respondo intentando ignorar el cosquilleo absurdo que me sube por el estómago.

Spoiler: no funciona.

Mi cerebro está ahora mismo como un navegador con una pestaña abierta que dice: Error 404 Not Found.

Al entrar, el característico olor de los libros penetra en mis fosas nasales. Inspiro disimuladamente para no parecer una loca.

Gael cierra la puerta detrás de nosotros y por un instante el ruido de la plaza queda amortiguado.

Aquí dentro todo es más tranquilo.

Más pequeño.

Más íntimo.

Peor para mi salud mental.

—Hueles los libros, ¿verdad? —pregunta de pronto a mi espalda.

Me giro tan rápido que casi me da un latigazo cervical.

—¿Qué?

Una sonrisa ladeada aparece en su boca.

¡Maldita sea!

—Has hecho esa cosa rara con la nariz.

—¡No he hecho ninguna cosa rara con la nariz!

Gael se cruza de brazos apoyándose contra una estantería.

—Sofía, llevas haciéndolo desde que… tengo memoria.

Parpadeo confundida.

—¿Te acuerdas de eso?

En cuanto la pregunta sale de mi boca quiero arrancarme la lengua.

¿Por qué demonios he preguntado eso?

No aparta la mirada ni parece incómodo. Todo lo contrario. Sostiene mis ojos como si acabara de decir la cosa más normal del mundo.

—Me acuerdo de muchas cosas sobre ti.

Y ahí. Justo ahí. Mi corazón decide tirarse por un barranco.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

Me giro rápidamente hacia una de las mesas intentando aparentar interés por los libros para que no vea que me he puesto colorada como un tomate.

Cojo uno cualquiera.

Error.

Tremendo error.

Porque en la portada aparece un hombre semidesnudo sujetando a una mujer contra una pared.

Gael aparece a mi lado demasiado rápido.

—Vaya, vaya… —murmura mirando la portada—. ¿Esto es lo que lees?

Cierro el libro de golpe.

—No juzgues mis gustos literarios.

—No los juzgo. Solo intento entender por qué todos parecen delincuentes recién salidos de prisión.

—Porque los hombres ficticios tienen traumas y personalidad.

Gael arquea una ceja lentamente.

—¿Y yo no tengo personalidad?

La pregunta me pilla tan desprevenida que me atraganto con mi propia saliva. Empiezo a toser como una señora de ochenta años fumadora en cadena y él rompe a reír.

A reír de verdad.

Y Dios mío… Creo que nunca lo había visto tan relajado conmigo.

—¿Estás bien? —pregunta todavía riéndose mientras me da suaves golpecitos en la espalda.

—Perfectamente. A punto de morir, pero perfectamente.

Gael niega con la cabeza divertido y me quita el libro de las manos.

—A ver… —lee la sinopsis por encima—. Profesor universitario, matrimonio de conveniencia, tensión prohibida…

Levanto la cabeza de golpe.

Mierda.

EL LIbrO.

EL MALDITO LIbrO DEL PROFESOR.

—¿Y esto te gusta? —pregunta mirándome de reojo.

Me cruzo de brazos intentando recuperar algo de dignidad.

—Mucho.

Gael pasa una página distraídamente.

—Pues el profesor parece un imbécil.

—Claro que no.

—Está casado.

—Es… complicado.

—Siempre son complicados.

Lo dice clavándome la mirada y por un segundo me da la sensación de que esta conversación ha dejado de ir sobre el libro.

—A ver… también leo otro tipo de libros… —contesto algo cohibida.

—¿De autoayuda? —responde ladeando una sonrisa demasiado peligrosa.

Me está tomando el pelo y se lo está pasando demasiado bien.

—Nooo… En vez de romances oscuros pues comedias románticas o en verano suelo leer libros más fresquitos con humor.

—Pues yo este del profesor no lo veo muy fresquito…

—Cuando viste con la toga, sí —replico demasiado rápido como para ser consciente de mis palabras.

Gael me mira arqueando una ceja.

—¿Toga? ¿Da las clases vistiendo una toga?

Su pregunta provoca que de la risa me tenga que sujetar de la mesa para no caerme.

—La toga se la pone cuando va a las fiestas privadas y ejerce como uno de los dioses de la sociedad Alympos .

—¿Alympos? —pregunta distraídamente mientras ojea el interior del libro.

—Sí… una especie de sociedad secreta de ricos con muchísimo tiempo libre y problemas algo turbios sin resolver —explico encogiéndome de hombros.

Gael suelta una risa nasal mientras sigue pasando páginas.

—O sea, universitarios con dinero.

—Exactamente. Y no solo universitarios… Políticos, empresarios…

—Y encima se pone toga.

—Bueno… y no solo toga…

Levanta la vista lentamente.

Demasiado lentamente.

—¿Ah, sí?

Mi cerebro detecta el peligro tarde.

Muy tarde.

—Quiero decir… —empiezo a balbucear—. En algunas fiestas llevan máscaras y esas cosas raras de gente millonaria.

Gael cierra el libro despacio sin dejar de mirarme.

—¿Máscaras?

Asiento intentando aparentar normalidad.

Fracaso absoluto.

—¿Y qué hacen exactamente en esas fiestas?

Trago saliva.

No puedo creer que esté teniendo esta conversación con el nieto de mi jefa y mucho menos que él parezca TAN interesado.

—Pues… hablan de negocios y esas cosas.

Gael arquea una ceja.

—Sofía.

—Y follan muchísimo —suelto de golpe.

Silencio.

Dios mío.

Acabo de decir «follan muchísimo» en mitad de una librería delante de Gael.

Quiero morirme.

Directamente.

Él me mira unos segundos completamente quieto y luego se ríe, pero no una risa pequeña.

No.

Se ríe de verdad. Tanto que tiene que apoyarse en la estantería.

—No te rías —protesto, dándole un golpe flojo en el brazo.

Grave error.

Porque el contacto hace que ambos nos quedemos quietos un segundo.

Solo uno.

Pero suficiente. Gael baja la mirada hacia mi mano todavía apoyada en su brazo y cuando vuelve a mirarme noto algo distinto en sus ojos.

Algo más cálido.

Más intenso.

Más peligroso.

—Entonces… —dice acercándose apenas un poco—. ¿Te gustan los profesores ricos con toga que van a orgías?

Mi corazón acaba de hacer la croqueta.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Me fulmina con esa sonrisa ladeada otra vez y siento un calor absurdo subiéndome por el cuello.

—Además —continúa bajando un poco la voz—, me preocupa competir contra hombres ficticios.

Parpadeo.

Una vez.

Dos.

Tres.

—¿Competir? —repito como una imbécil.

Gael se humedece el labio inferior despacio antes de responder:

—Sí, Sofi. Competir.

Y ahí.

Justo ahí.

Dejo de escuchar absolutamente todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Ni la música suave que suena por los altavoces. Ni a la dependienta colocando libros al fondo. Ni siquiera mis propias neuronas entrando en combustión espontánea.

Solo lo miro a él.

A sus ojos. A la forma en que me observa como si estuviese intentando descifrarme. O contenerse. Una de dos. Gael da un paso hacia mí. Pequeño, pero suficiente para que mi cuerpo entero se tense.

Y entonces ocurre.

Su mirada baja a mis labios. Despacito. Sin prisa, como si no pudiera evitarlo. El aire se queda atrapado en mis pulmones.

Madre mía.

Yo también bajo la mirada.

Error.

Gravísimo error.

Porque ahora soy plenamente consciente de lo cerca que está. Del olor a jabón limpio que desprende. Del calor que emana su cuerpo. Y de que si se acerca un poco más probablemente me dé un infarto allí mismo, entre novelas románticas y marcapáginas.

Gael humedece lentamente el labio inferior.

—Sofía… —dice en voz baja.

Mi nombre en su boca debería ser ilegal.

De verdad.

Porque lo dice como si significara algo. Como si llevase mucho tiempo queriendo pronunciarlo así.

Sus dedos rozan apenas los míos sobre la portada del libro y noto un escalofrío recorriéndome entera.

—Creo que estás roja —murmura con una sonrisa mínima.

—Creo que tú eres un problema.

La sonrisa se le ensancha apenas un poco. Y Dios… Qué hombre más peligroso cuando sonríe.

Gael inclina ligeramente la cabeza hacia mí. Mi corazón empieza a golpearme el pecho tan fuerte que estoy convencida de que puede escucharlo. Y justo cuando pienso que va a besarme…

—¡Sofía!

Doy un bote digno de récord olímpico.

Una señora aparece al final del pasillo sonriéndome.

—¡Ay hija! ¡No te había reconocido con lo guapa que vas hoy!

Muerte.

Directamente muerte.

Gael aparta la cara de golpe carraspeando mientras yo intento recuperar la dignidad que acabo de perder.

Spoiler: no la encuentro por ninguna parte.

—H-hola Mari Carmen —balbuceo todavía medio atontada.

La mujer nos mira a ambos con una sonrisita sospechosa. De esas de señora de pueblo que ya ha montado una boda entera en su cabeza.

—Qué pareja más guapa hacéis.

Gael tose. Yo dejo de respirar.

—¡NO! —decimos los dos a la vez.

Mari Carmen arquea una ceja en señal de que no nos cree una mierda.

—Bueno, bueno… yo no he dicho nada.

Sí lo ha dicho. Y varias veces, además.

—Te dejo el libro en el mostrador, Sofía —continúa antes de alejarse—. Luego me cuentas.

Perfecto. Seguro que mañana ya lo sabe hasta la pescadera.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros. Pero ahora es distinto.

Más nervioso.

Más torpe.

Más real.

Gael se pasa la mano por la nuca evitando mirarme durante un segundo.

Y eso, por alguna razón, me enternece muchísimo.

—Creo que deberíamos salir antes de que esa mujer empiece a organizar la comunión de nuestros hijos —murmura.

La carcajada se me escapa sola.

Y él me mira otra vez.

Como si le gustara haber sido quien la provoca.