El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 9
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Capítulo 9

Tacones rojos

Sebastián Yatra

Hay un rayo de luz. Que entró por mi ventana. Y me ha devuelto las ganas. Me quita el dolor.

E l resto de la semana pasa sin pena ni gloria. Mi madre, que de tonta no tiene un pelo, me ha tenido toda la semana haciendo recados y cuidando de mis sobrinas, con la excusa de la caída de la abuela del otro día.

Así que mi hermano, que es otro cotilla de manual, se ha venido a cenar a casa de la abuela, con la excusa de que mañana se vuelve para Alicante. Y yo… Llevo toda la tarde asomándome al balcón como un jubilado cotilla.

Y lo peor no es eso.

Lo peor es que mi hermano ya se ha dado cuenta.

—Va a salir ardiendo la barandilla como sigas apoyado ahí —dice Dani desde el sofá.

Le ignoro.

O lo intento. Porque justo en ese momento se abre la ventana del piso de Sofía. Automáticamente levanto la cabeza.

Patético.

Absolutamente patético.

Mi hermano se empieza a reír por lo bajo.

—Hostia… estás fatal.

—Cállate.

Sofía aparece unos segundos después en el balcón con el pelo húmedo y una toalla sobre los hombros, y yo, dejo de escuchar cualquier otra cosa.

Joder.

¿Cómo puede alguien verse así de guapa simplemente existiendo?

—¿Crees que el profesor ese sabe cocinar? —pregunta Dani.

Le lanzo una mirada asesina. Mi hermano levanta ambas manos.

—Solo digo que si es universitario igual hace risottos de esos raros.

—Voy a tirarte por el balcón.

—Celoso y violento. Mala combinación.

Resoplo mientras vuelvo a mirar hacia el edificio de enfrente. Sofía desaparece del balcón y acto seguido las luces de su habitación se encienden.

Mierda.

Se está arreglando.

El estómago se me retuerce solo de imaginarlo.

—¿A qué hora has dicho que había quedado? —pregunta Dani disfrutando demasiado.

—No lo he preguntado.

—Pero lo sabes.

Silencio.

Porque sí. Lo sé. Demasiado bien.

Mi abuela suelta una carcajada desde su sillón.

—Pareces un pastor alemán esperando detrás de la puerta.

—Abuela…

—¿Qué? Es verdad.

Vuelvo a mirar hacia el piso de Sofía, justo cuando aparece otra vez en la habitación y entonces el mundo deja de girar.

Vestido negro que, le marca lo que tiene que marcar, es decir, esas putas caderas de infarto y esas tetas que me muero por llevármelas a la boca desde hace tanto tiempo que ya ni lo recuerdo con exactitud. Ajustado, pero no en exceso. Está sexy sin proponérselo. Pelo suelto. Pendientes largos…

¡Madre de Dios bendito!

Está preciosa.

—Hostia —dice Dani incorporándose en el sofá—. Pues sí que va fuerte el profesor universitario.

Voy a vomitar.

Mi abuela me observa unos segundos. Después niega con la cabeza. Y entonces decide que ha llegado el momento de rematar mi sufrimiento.

—Ay, Gael… hijo…

—¿Qué?

—El profesor no existe.

Parpadeo.

Una vez.

Dos.

—¿Cómo que no existe?

Dani deja de reírse.

—¿Qué?

Mi abuela se abanica tan tranquila.

—Era un personaje de una novela que me contó Sofía.

Silencio.

Muchísimo silencio.

Miro a mi abuela. Después a Dani. Después otra vez al balcón de Sofía. Y lentamente siento cómo me sube el calor por el cuello.

—He estado una semana sufriendo por un señor imaginario.

Mi hermano rompe a reír tan fuerte que casi se cae del sofá.

—¡LO SABÍA! ¡LO SABÍA! ¡ESTÁS ENAMORADO HASTA LAS TRANCAS!

—Voy a ingresaros a los dos en una residencia.

—A mí no eso no me impresiona —dice mi abuela orgullosa—. Yo ya tengo plaza por vieja.

Y yo… yo vuelvo a mirar hacia la ventana de Sofía justo cuando ella sale del dormitorio con el móvil en la mano y una sonrisa pequeña en la boca. El alivio tan absurdo que siento me confirma algo que llevo años intentando ignorar: estoy perdido.

Completamente perdido por ella.

No sé cuánto tiempo paso asomado al balcón, solo sé que ese vestido le hace unas piernas y un culo de infarto.

« Infarto el que le va a dar a tu entrepierna » .

—¿Vas a quedarte aquí mirando como un búho o vas a bajar? —pregunta mi abuela sacándome de mi ensoñamiento.

—No pienso perseguirla como un psicópata.

—Si te pones una gorra, le das un aire al de la serie de You —dice mi hermano, tocándome las narices un poco más.

—Dani, ¿no decías que ibas a tirar la basura? —pregunta mi abuela con recochineo.

—Ahhh sí. ¿Gael, te vienes?

Y antes de siquiera darme cuenta ya estoy con las llaves de casa en la mano y mis piernas bajando los escalones de dos en dos.

Llegamos a la plaza y mi hermano sonríe con demasiada tranquilidad.

Mala señal.

—¿Qué tramas? —pregunto estrechando los ojos.

—Yo nada.

Mentiroso.

La veo antes incluso de que Dani vuelva a abrir la boca. Sofía está junto a la fuente mirando el escaparate de la librería.

Y joder.

El vestido negro debería ser ilegal.

—Hostia… —murmura Dani a mi lado—. Entiendo muchas cosas de golpe.

Le doy un codazo.

—Cállate.

—No, no. En serio. Voy a pedirle perdón a tu polla porque claramente está pasando una semana durísima.

—Daniel.

Mi hermano se parte de risa justo cuando Sofía levanta la vista y nos descubre.

Perfecto.

Ya no puedo huir. Sus ojos se abren apenas un poco al verme. Y luego ocurre algo peligrosísimo: me sonríe.

Pequeño, pero real.

—Vaya —dice acercándose—. Pensaba que te habías mudado.

Mi hermano hace un ruidito ahogándose para no reírse.

Lo odio.

—He estado ocupado.

—Claro.

Silencio.

Uno raro, pero no incómodo del todo. Más bien de esos donde pasan demasiadas cosas sin decirse.

Dani mira de uno a otro como si estuviese viendo Wimbledon .

—Bueno —dice de pronto—. Yo voy a…

Y el cabrón señala una tienda cerrada.

—…hacer una cosa.

Frunzo el ceño.

—¿Qué cosa?

—No sé. Ya improvisaré.

Y se larga dejándome solo con Sofía.

Hijo de puta.

Sofía intenta aguantarse la risa.

Fracasa.

Y yo me doy cuenta de algo peligrosísimo: hacía días que no la veía sonreírme así.

Y lo que es peor, la había echado muchísimo de menos.