El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 7
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Capítulo 7

Que la detengan

David Civera

Malditos sean sus ojos. Sus gestos, su boca…

E ntro en casa intentando no hacer ruido después de correr diez kilómetros bajo el calor infernal de finales de mayo. Estoy sudando. Me duelen las piernas…

Y sigo igual de frustrado que cuando me fui.

Entonces escucho la voz de Sofía desde la habitación de mi abuela.

—Ya… Bueno. Eso será hasta que aparezca la mujer de él en mitad de la fiesta y decida arrancarle las extensiones.

Frunzo el ceño.

—¿Está casado? —pregunta mi abuela.

—Muchísimo.

Se me hiela la sangre.

Hostia puta.

—Ay, hija… cómo os gustan los hombres complicados.

Aprieto la botella de agua con tanta fuerza que cruje entre mis dedos.

No.

No, no, no.

« ¿Me estás diciendo que Sofía está pillada por un profesor universitario casado? »

« ¿Qué coño hace metiéndose en medio de un matrimonio? »

Y lo peor, es que una parte completamente irracional de mí piensa otra cosa todavía más jodida:

« ¿Qué tiene ese tío que no tenga yo? »

Me quedo quieto en mitad del pasillo, escuchando como el gilipollas masoquista que aparentemente soy.

—Créeme. Ella tampoco tenía intención de meterse ahí.

Algo desagradable me retuerce el estómago.

Porque su voz suena triste y eso me cabrea muchísimo más de lo que debería.

Estoy a punto de dar media vuelta antes de entrar ahí y acabar diciendo alguna gilipollez cuando la voz de mi abuela atraviesa el pasillo:

—¡Gael! ¿Ya has terminado de espiar detrás de la puerta como una vieja del visillo?

Cierro los ojos.

Perfecto.

Simplemente perfecto.

Entro en la habitación arrastrando los pies y lo primero que veo son a las dos sentadas en el suelo. Sofía levanta la cabeza al instante y la mirada que me lanza podría derretir el polo norte.

—Ah, mira. El atleta ha decidido volver a casa —dice cruzándose de brazos.

Frunzo el ceño.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo que tu abuela llevaba media hora tirada en el suelo cuando he llegado.

El estómago se me cae a los pies.

—¿Qué?

Voy directo hacia mi abuela agachándome a su lado.

—¿Estás bien?

—Estoy estupendamente —responde ella tan tranquila—. Sofía me ha hecho compañía.

Apenas la escucho… Porque sigo notando la mirada de Sofía clavada en mí.

—He salido una hora a correr, no sabía que…

—Ya. Claro —me corta ella levantándose del suelo—. Supongo que estabas muy ocupado… desfogándote.

Y ahí.

Justo ahí.

Entiendo que mi abuela ha vuelto a meter mierda como la experta terrorista emocional que es.

Cojo a mi abuela sin apenas esfuerzo y la dejo en la cama con cuidado. Justo antes de separarme le murmuro al oído:

—Ya hablaremos tú y yo…

Camino hacia el baño sin detenerme. Estoy saturado. De verdad, que intento que esto no me afecte, ya que necesito centrarme si o si en la oposición… Pero no entiendo una mierda.

¿Qué coño hace con un tío casado? ¿De qué extensiones hablan? Ese tío no vive en el pueblo, eso lo tengo más que claro.

Mis pensamientos giran como una puñetera noria sin parar los escasos minutos que me quedo bajo el agua.

Tampoco hay que despilfarrar.

Salgo del baño secándome el pelo con una toalla pequeña mientras la otra apenas aguanta rodeándome la cintura, y, entonces, me la encuentro de frente.

Sofía.

Se queda clavada en mitad del pasillo con una botella de agua en la mano. Yo me quedo igual. El tiempo suficiente como para notar exactamente hacia dónde se le escapa la mirada antes de volver a subirla a mi cara.

Hostia.

El ambiente cambia de golpe. Como si alguien hubiese encendido algo invisible entre nosotros.

—La… la abuela ya está cambiada —dice demasiado rápido.

Asiento despacio, pero ninguno se mueve. Ni ella. Ni yo. Una gota de agua me resbala por el cuello bajando lentamente por mi pecho y sus ojos la siguen apenas un segundo.

Solo uno.

Pero suficiente para que mi cerebro deje de funcionar correctamente.

Trago saliva.

Porque Sofía también se da cuenta y se pone roja al instante.

—¿Qué? —pregunta a la defensiva.

Una sonrisa involuntaria amenaza con escapárseme por primera vez en todo el día.

—Nada.

—Pues no me mires así.

—¿Así cómo?

Sofía abre la boca para responder, pero no sale nada.

Y joder.

Eso me encanta más de lo que debería.

Da un paso intentando pasar de largo junto a mí. Error. Porque el pasillo es demasiado estrecho y al rozarme accidentalmente con el brazo su respiración se corta.

La mía también.

Se queda quieta. Yo igual. Demasiado cerca otra vez. Demasiado calor. Demasiadas ganas de hacer algo de lo que probablemente me arrepienta después.

—Gael… —susurra.

Mi nombre en su boca debería ser ilegal.

Levanto una mano despacio. Muy despacio… Y aparto un mechón de pelo húmedo de su cara antes de poder pensármelo demasiado. Sofía contiene el aliento… Y yo, también.

Porque si sigue mirándome así… voy a terminar besándola.

Sofía también lo sabe.

Lo veo en la forma en que baja la mirada a mis labios. En cómo sus dedos se aferran a la botella de agua. En cómo deja de respirar cuando acerco la cara apenas unos centímetros más.

Y entonces:

—¿Se puede saber qué está pasando aquí?

La voz de mi madre atraviesa el pasillo como un disparo.

Sofía da un respingo apartándose de golpe. Mierda. Cierro los ojos apenas un segundo antes de girarme. Mi madre está plantada en la entrada con el bolso colgado del brazo y cara de pocos amigos.

Su mirada pasa de mí… a la toalla… y después a Sofía.

Y la expresión que pone hace que el ambiente se vuelva helado en cuestión de segundos.

—Buenos días—murmura Sofía incómoda.

—Sofía —responde mi madre con esa falsa educación que usa cuando está juzgando a alguien—. No sabía que seguías aquí.

La mandíbula se me tensa al instante.

Porque conozco perfectamente ese tono. Sofía también. Lo noto en cómo baja ligeramente los hombros.

—La abuela se había caído y…

—Claro, claro. Menos mal que estabas aquí.

Silencio.

Uno incómodo.

De esos que hacen que el aire pese.

—Voy… voy recogiendo mis cosas y me marcho —dice Sofía demasiado rápido.

Y no sé por qué eso me molesta tanto.

Quizá porque hace apenas treinta segundos estaba mirándome como si quisiera besarme y, ahora, vuelve a levantar muros.

Mi madre deja el bolso sobre la mesa del salón mientras yo sigo quieto en mitad del pasillo, todavía descalzo y con la toalla mal anudada.

—Gael, por favor, vístete. No son formas.

Perfecto.

Ya estamos, otra vez.