El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 6
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Capítulo 6

Depende

Jarabe de Palo

¿De qué depende? De según como se mire, todo depende.

N ada más subir a casa les mando un audio a las chicas. Necesito desahogarme y sé que ellas no me van a juzgar.

Aunque cada una estemos en una provincia distinta, las siento aquí a mi lado cada vez que conversamos, así sea por mensaje o por llamada.

Una sonrisa se instala automáticamente en mi boca.

Son lo mejor que podría haberme pasado este año. Conocerlas, aunque fuese a través de internet. Son pura vitamina.

Les mando uno de mis audios —o podcast según la duración del mismo—, contándoles lo que ha pasado estas últimas semanas a la par que me hago la cena.

Les paso la única foto que tengo de él: su foto de perfil de la aplicación de mensajería. Ni siquiera sale sonriendo. Tiene el pelo revuelto, barba de varios días y esa mirada intensa que a veces me pone nerviosa cuando la fija demasiado tiempo en mí.

Y aun así… mi galería acaba de ganar una captura nueva.

Termino la cena riéndome a carcajadas por culpa de estas dos locas y al ratito cada una se retira para leer alguna novela que tiene empezada.

Esa noche me duermo abrazada a la almohada intentando convencerme de que Jennifer y Lore exageran.

Que Gael no me mira de forma diferente.

Que la tensión de la cocina fue un momento raro y ya está.

Pero entonces sueño con él.

Con sus manos sujetándome antes de caer. Con esa mirada marrón clavándose en la mía. Con la forma en que dijo:

«Te tengo».

Y al despertarme de madrugada con el corazón latiéndome demasiado deprisa… comprendo que el problema quizá no sea Gael.

Quizá el problema empiece a ser yo.

***

A la mañana siguiente, me despierto como si hubiera peleado contra siete gorilas ninja. Es decir, hecha polvo.

¿Lo único bueno?

Estamos a miércoles y es primero de mes, por lo tanto, es día de cobro. Aunque estamos algo apretadas de dinero en casa, le tengo echado el ojo a un libro nuevo de una de mis autoras favoritas. Sé que con ella es un acierto seguro.

Me arreglo lo justo para que no piensen que voy en pijama y me acerco donde Reme.

—¡Buenos días! —canturreo desde la puerta.

Cri cri.

Silencio.

—¿Reme? —pregunto mientras dejo mis cosas en el salón.

Un quejido me llega desde la habitación.

Voy como alma que lleva al diablo y me la encuentro espachurrada en el suelo al lado de la cama.

—¡Ay nena! —lloriquea desde el suelo—. ¡Menos mal que has llegado!

—¿Se puede saber qué hace tirada en el suelo? —pregunto mientras intento levantarla con todas mis fuerzas y fracasando en el intento.

Jadeo por el esfuerzo.

—He decidido pasar la mopa usando mi pandero —replica con ironía.

Lo intento varias veces más sin éxito.

—¿Dónde está Gael o su hijo Enrique? —pregunto sujetándome a la cama para no caerme de boca.

La señora Reme me mira con una ceja en alto y cara de pillina.

—Enrique está ejerciendo de marido calzonazos. Y Gael… —finge que se lo piensa—. Creo que me ha dicho que necesitaba desfogarse o algo así. A ver si usa un poco el pepino y le cambia el humor, porque no veas últimamente como está… ¡No hay Dios que lo aguante!

« ¿Cómo que iba a desfogarse? »

« ¡Ha dejado sola a la abuela para irse a pegar un pinchito! »

« ¿Y a mí qué me importa? »

« Exacto. Nada. Absolutamente nada » .

Entonces… ¿por qué siento esta especie de pinchazo ridículo en el pecho?

—¿Quieres agua? —pregunto como si nada—. Porque yo necesito un tanque ahora mismo. Esto de intentar levantarla me ha hecho quemar trescientas calorías por lo menos.

Voy hasta la cocina como un alma en pena. Me bebo dos vasos de agua sin respirar y regreso con otro para ella.

—Bueno, ¿me va a explicar porque estaba en el suelo? —pregunto una vez más, pero esta vez más seria.

« ¡Me va a oír Gael cuando llegue! »

—Me he notado ganas de hacer de vientre y… —agacha la mirada—. No quería hacerlo en el pañal. Se ve que me he despertado con el estómago revuelto y ha sido salir mi nieto por la puerta y entrarme ganas.

Cojo su mano con delicadeza. Tiene los dedos cada vez más encogidos por la artrosis.

—Reme… mi trabajo es cambiarla, lavarla, peinarla, cambiar sus sábanas… No tiene que levantarse si está sola —respondo con cariño.

Es una pena ver cómo se va marchitando cada día. La recuerdo con tanta energía y vitalidad… Es una lástima, porque su cabeza sigue estando en su sitio, pero sus articulaciones no.

—Ya que soy una carga… prefiero seguir haciendo aguas mayores en el váter, mientras pueda.

Niego con la cabeza. Esta mujer es más terca que una mula.

—¿Y que pretende? —Me acerco un poco más hasta estar arrodillada a su lado—. ¿Romperse la cadera?

Me fulmina con la mirada como si la hubiera insultado o algo por el estilo.

—¿Por quién me tomas? —Alza el mentón con descaro—. Sé caer con estilo.

Me río. Claro que lo hago. Está sembrada.

—Por cierto… —se ríe como una chiquilla—. Cuéntame cómo sigue ese libro del profesor.

Me pongo colorada como un tomate.

—Es algo fuerte ese libro para que se lo cuente.

La señora Reme da unas palmaditas en el suelo con una sonrisa que haría temblar hasta al mismísimo diablo.

—Ponte cómoda. Tenemos tiempo mientras mi nieto se desfoga.

¡Madre del amor hermoso!

—Anda… —continúa—. Que a mis años ya he escuchado de todo.

La miro unos segundos.

Después, resoplo derrotada y me siento junto a ella en el suelo. Total. ¿Qué daño puede hacerme hablar de un hombre ficticio?

Error.

Gravísimo error.

Porque media hora después estoy describiéndole a un profesor moreno, alto y con voz grave… sin darme cuenta de que, cuanto más hablo, menos parece un personaje inventado y más se parece a Gael.

—¿Y entonces qué pasó? —pregunta Reme con los ojos brillándole de puro cotilleo.

Me río negando con la cabeza.

—Pues que él insiste muchísimo en llevarla a esa fiesta.

—Normal. Si yo fuese hombre también presumiría de mujer guapa.

—Reme…

—¿Qué? ¿Estoy mintiendo?

Niego con la cabeza intentando ocultar la sonrisa.

—Ella no quiere ir, porque piensa que va a desentonar. Toda esa gente tiene dinero, estudios, trabajos importantes…

La señora Reme chasquea la lengua.

—Y dale con las tonterías. Cuando un hombre te mira de verdad, le da igual todo eso.

Trago saliva.

Porque por algún motivo esa frase me remueve algo por dentro.

—Ya… Bueno. Eso será hasta que aparezca la mujer de él en mitad de la fiesta y decida arrancarle las extensiones.

Reme abre mucho los ojos.

—¿Está casado?

—Muchísimo.

—Ay, hija… cómo os gustan los hombres complicados.

Me río negando con la cabeza.

—Créeme. Ella tampoco tenía intención de meterse ahí.

Las dos empezamos a reírnos, y, en ese momento, la puerta de entrada se abre. No nos damos cuenta.

O, al menos, yo no.

Porque la señora Reme sí. Y la sonrisa que le aparece en la cara debería haberme hecho sospechar.

—Ay, hija... —dice negando con la cabeza—. Menuda cruz te ha tocado.

—¿El profesor?

—No. La tontería que tenéis algunas para complicaros la vida.

Me echo a reír.

—Habló la mujer que se casó con el abuelo Enrique después de que le rompiera la bicicleta.

—Eso fue amor.

—Eso fue un accidente.

—Detalles.

Las dos volvemos a reírnos.

Y justo entonces la expresión de Reme cambia apenas un segundo.

Como si acabara de ver algo detrás de mí.

—Uy.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Mentira.

Porque esa mujer nunca dice «nada» cuando es nada.

—Reme...

—Solo estaba pensando que algunos hombres son más cortitos de lo que parecen.

Frunzo el ceño.

—¿Y eso a qué viene ahora?

La sonrisa que le aparece debería estar prohibida por ley.

—Porque hay quien escucha una conversación a medias y luego se monta una película entera.

Parpadeo.

—No te entiendo.

—Ya lo harás.

Y entonces la puerta de la habitación se abre.

Y aparece Gael.