El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 5
8%

Capítulo 5

Antes que ver el sol

Coti

Cuando va a ser el día que tu pared desaparezca.

V oy a matar a mi abuela. Bueno, no literalmente. Pero sí metafóricamente hablando. Se supone que Sofía no debería haber estado en casa tan tarde. Pero llegamos para la cena y nos las encontramos a las dos de parranda riéndose en el sofá como si fuese lo más normal del mundo.

« No seas falso. Te encanta verla tan natural charlando con Reme como si fuesen amigas » .

Obvio que me gusta escucharla reír. Pero ojalá lo hiciese así conmigo. Y no con… mi hermano. Ha sido verlo y se han fundido en un abrazo. Siempre igual. Cuando Dani vuelve a casa de visita es como si yo dejara de existir para ella.

« Estás celoso… »

Me doy un puñetazo mental mientras mi abuela sigue liándola.

—Sofi, ¿te quedas a cenar? —pregunta con esa voz de inocente y mirada de diabla.

Que no os engañe, por favor y gracias.

En sus ratos libres, mata moscas con el rabo —por lo de diabla—.

—No hace falta, señora Reme. Seguro que tenéis planes de familia —dice Sofía levantándose del sofá.

—¿Planes? —resopla mi abuela—. Si el único plan de esta familia es discutir por quién friega luego.

—Yo no friego —dice Dani quitándose las zapatillas.

—Porque eres un sinvergüenza igual que tu padre.

Mi hermano se ríe mientras deja a una de las niñas en el suelo y esta sale corriendo hacia mi abuela como un misil.

Sofía sonríe al verla.

Y ahí vuelve a aparecer esa maldita sonrisa blanda que pone cuando está cómoda.

Cuando se siente en casa.

—Quédate, mujer —insiste Reme—. Además, Dani ha traído comida para alimentar a un regimiento entero.

—Porque la última vez casi me desheredas —dice mi hermano entrando en el salón con varias bolsas del asador.

—Exagerado —murmura mi abuela.

—Abuela, pediste pollo para ocho personas y éramos tres. Y, aun así, te pareció poca comida.

—Nunca se sabe cuándo puede venir visita.

—O un apocalipsis zombie —añado.

Mi abuela me señala con el abanico.

—Y tú cállate y pon la mesa.

La muy bruja ni siquiera me mira al decirlo, porque sabe perfectamente que no pienso llevarle la contraria delante de Sofía. Suelto un suspiro resignado y voy hacia la cocina mientras escucho a Dani preguntarle a Sofía por su madre y los gatos.

Los gatos.

Mi hermano conoce hasta los nombres de sus gatos.

Fantástico.

Cojo los platos con demasiada fuerza.

—Vas a romper algo como sigas apretando así.

La voz de Sofía aparece detrás de mí tan de repente que casi dejo caer uno.

Me giro como un resorte.

Error.

Gravísimo error.

Porque está apoyada en el marco de la puerta mirándome con esos ojos enormes y el vestido azul pegándosele a las piernas.

« Ese vestido va a terminar mandándome a terapia » .

—Solo estoy poniendo la mesa —respondo.

—Ya. Como si estuvieras preparándote para un interrogatorio policial.

Me aguanta la mirada unos segundos.

Y noto algo raro en ella. Como si estuviese enfadada… O dolida.

—¿Qué? —pregunto frunciendo el ceño.

Sofía se encoge de hombros.

—Nada.

Mentira.

Se nota demasiado.

Pero antes de que pueda insistir, Dani aparece por detrás de ella.

—¿Necesitáis ayuda?

Y automáticamente Sofía da un paso hacia un lado lejos de mí.

Otra vez.

El pecho se me aprieta de una forma completamente ridícula.

—No —contesto demasiado seco.

Mi hermano alza una ceja. Sofía aparta la mirada y yo me doy cuenta de algo peligrosísimo:

No sé cuánto tiempo más voy a poder seguir fingiendo que esta mujer no me está volviendo completamente loco.

—¡Chicos! ¡Que no se os olviden los vasos y los cubiertos! —grita mi abuela desde el salón.

Mi hermano vuelve a mirarnos una vez más a cada uno antes de coger los vasos. Justo antes de salir se gira y me hace señas con los ojos hacia Sofía.

Pongo los ojos en blanco y Sofía se gira pillando a Dani in fraganti.

—¿Qué pasa? ¿Ahora tenéis tics en los ojos o es que os comunicáis por morse ocular?

Dani sale carcajeándose por todo el pasillo mientras yo me quedo congelado en el sitio. Sofía sale de la cocina con los cubiertos y al llegar al salón mi abuela comienza a liarla.

—¿Cómo que me cambias el paquete y te marchas? ¿Tienes planes?

Eso sí que me interesa.

Me acerco más a la puerta como el cotilla que soy para no perderme detalle.

—Sí, Reme. Tengo una cita.

Mi abuela mira de reojo en mi dirección y sonríe.

Es muy cabrona.

Punto.

—Ahhh, es verdad. Hija, esta cabeza a veces me juega malas pasadas. Lo había olvidado. Claro, vamos a cambiarme y te marchas a disfrutar de ese hombretón. ¡Quien volviera atrás y pudiese echar una canita al aire!

¡Será… descarada!

Miro a Sofía y la pobre está más colorada que un tomate. No me extraña. Lo dicho, mi abuela nos lleva ventaja a todos.

—¿Lo conocemos? —pregunta mi hermano antes de meterse una croqueta en la boca.

Mi abuela y Sofía se miran antes de empezar a reírse. No entiendo nada. Y mi hermano al parecer tampoco, ya que está frunciendo el ceño a la par que intenta no ahogarse con la comida.

—¿De qué os reis? —pregunto molesto—. ¿Es alguien del pueblo?

Mi abuela se levanta con ayuda de Sofía y con todo su papo dice antes de entrar en su dormitorio:

—Es profesor en la universidad. Quiere llevar a Sofi a una fiesta de pijos de esos este fin de semana.

Pum.

Cierran la puerta y sus risas se escuchan a través de las finas paredes.

—¡Reme! Como sigas así no te cuento nada más —la riñe Sofía con cariño.

—¿No quieren sopa? ¡Pues que tomen tres tazones! Además, no es ninguna mentira…

Mi hermano mastica otra croqueta observándome demasiado tranquilo. Yo sigo quieto en mitad del salón.

Profesor universitario. Fiesta de pijos. Fin de semana…

Perfecto. Fantástico. Maravilloso todo.

—Gael… —dice Dani despacio.

—Ni se te ocurra.

Mi hermano levanta ambas manos fingiendo inocencia.

—No he dicho nada.

—Pero lo estabas pensando.

—Bueno… —se encoge de hombros—. Tu cara ahora mismo parece la de un hombre que acaba de descubrir que Hacienda existe.

Le fulmino con la mirada.

O lo intento.

Porque honestamente ahora mismo estoy demasiado ocupado imaginándome a Sofía arreglándose para otro tío.

Sofía riéndose con otro tío.

Sofía dejando que otro tío la toque.

El estómago se me retuerce de una forma completamente irracional, ridícula e infantil.

Pero ahí está.

Mi hermano suelta un silbido bajo.

—Hostia. Sí que estás jodido.

—Cállate.

—¿Tú te has escuchado últimamente? Porque llevas años enamorado de esa mujer y todavía actúas como si estuvieras defendiendo un secreto de Estado.

Aprieto tanto la mandíbula que me duele.

Porque el muy cabrón tiene razón. Y porque escuchar a mi hermano decirlo en voz alta, hace que todo parezca peligrosamente real.

La puerta del dormitorio vuelve a abrirse.

Entonces sale Sofía con mi abuela del brazo y yo dejo de respirar como un puto idiota.

—Bueno chicos, disfrutad de la cena —dice mientras recoge sus cosas—. ¡Hasta mañana! —canturrea antes de salir por la puerta.

Me quedo plantado en mitad del salón, con cara de imbécil, viendo cómo la historia vuelve a repetirse.

Siempre igual.

Siempre soy el espectador.

El que observa cómo ella se marcha con otro.

El que lleva quince años mirándola en silencio.

El que suspira por una mujer que todavía sigue viendo en mí al niño pequeño al que le revolvía el pelo en las fiestas del pueblo.

Pero esta vez algo cambia.

Porque estoy cansado de mirar los toros desde la barrera.

Y por primera vez en mucho tiempo… decido que quiero intentarlo.

Aunque posiblemente me lleve la hostia de mi vida.