Capítulo 4
Rosas
La Oreja de Van Gogh
Hay silencios que hacen más ruido que una plaza llena de gente.
L a casa de la señora Reme está demasiado silenciosa. Y no, no me refiero a que la televisión no esté puesta a todo volumen o a que hoy no haya bronca porque alguien le ha escondido los dulces.
Es otro tipo de silencio. Uno incómodo. De esos que se meten debajo de la piel.
Dejo el bolso sobre la encimera y miro automáticamente hacia el pasillo. La puerta de la habitación de Gael está cerrada.
Otra vez.
Aprieto los labios mientras saco las pastillas de la señora Reme de la bolsa de la farmacia.
Han pasado cuatro días desde el episodio de la cocina.
Cuatro.
Y desde entonces Gael parece haberse evaporado.
—No pongas esa cara de entierro, que no se ha muerto nadie… todavía —dice la señora Reme desde el salón.
La miro por encima de las gafas de sol.
—¿Qué cara?
—La misma que pone mi nieto cuando se queda sin cerveza fría.
Resoplo.
—Yo no pongo caras.
—Claro. Y yo fui Miss España en el setenta y tres.
No puedo evitar soltar una risa floja mientras entro al salón.
La señora Reme está sentada en su sillón de siempre, con el abanico en una mano y esa mirada de señora cotilla que probablemente ve más de lo que debería.
—¿Dónde está tu nieto favorito? —pregunto intentando sonar casual.
Error.
Gravísimo error.
Porque la sonrisa que aparece en la cara de esa mujer da miedo.
—Anda… ¿Lo echas de menos?
—¿Quéee? No.
—Sofía, cariño, llevo viva noventa y cuatro años. He enterrado a un marido, criado a un hijo y sobrevivido a la permanente de los ochenta. A mí no me engañas.
Pongo los ojos en blanco mientras le alcanzo el vaso de agua.
—Simplemente preguntaba porque normalmente está aquí.
—Ha venido Daniel con las niñas y se ha ido unos días a la casa de la playa.
Ah.
La palabra me golpea más de lo esperado.
Casa de la playa. Niñas. Familia. Vida. Y yo aquí preguntando por él como una adolescente ridícula.
—Mejor —murmuro girándome hacia la cocina—. Así hay un poco de paz.
—Pues la cocina parece echarlo de menos.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo va una cocina a echar de menos a alguien?
—Porque llevas cuatro días mirando hacia el pasillo cada vez que entras.
Mierda.
—Creo que debería dejar de ver las novelas turcas esas que echan por la televisión —respondo cambiando de tema.
—Y tú deberías aprender a mentir mejor —replica sin despeinarse.
La miro de reojo y la muy condenada está riéndose mientras controla a un grupo de jóvenes que están en la plaza montando alboroto.
—Bueno, ¿qué quieres hoy para cenar? —cambio de tema haciéndome la loca como si nada.
—Quiero cenarme al Can Yaman ese. Mira que hombretón… —dice mirando embobada hacia la tele.
La verdad, es muy guapo. A pesar de que no es de mi estilo, sí que me daría un par de revolcones con él.
—Señora Reme —digo entre risas—. Esos hombres son como los que me leo en mis libros. Inalcanzables o inexistentes, que para el caso, es lo mismo. Están muy bien para mirarlos un rato, pero yo no podría estar con alguien así.
—¿Y por qué no? —pregunta ahora centrando toda su atención en mí.
—Pues porque… ¡Míreme! Una chica de pueblo con varios kilos de más y que vive con su madre y dos gatos…
Reme niega con la cabeza varias veces.
—¿Y que tendrá eso que ver? Cuando te enamoras de alguien lo haces de su interior. Al final, todos acabamos arrugados y con las tetas en las rodillas a no ser que te las pongas de silicona de esas.
Nos echamos a reír a carcajadas hasta el punto de acabar con los ojos llorosos.
—¿Y para que quiero yo ponerme las tetas de silicona? Me conformo con las mías. No estarán perfectas, pero son naturales.
Reme sigue riéndose un rato más hasta que recupera el aliento.
—¿Tú te imaginas el día que esas lleguen a viejas? Pechos y culo de silicona, pestañas postizas, carillas en los dientes… ¡Si las meten al crematorio explotan con tanto plástico!
Ahí ya no me puedo contener y me siento en el sofá reventada de tanto reírme.
—¡Reme! ¡Por las chanclas de Moisés! —Volvemos a reírnos un poco más—. ¡Tendrían que venir los bomberos a apagar el horno! ¿Te imaginas?
Con el ruido de la televisión y nuestras carcajadas ninguna escucha abrirse la puerta de casa.
—No sé de qué horno estáis hablando, pero espero que no sea el de esta casa.
La voz de Dani me hace dar un pequeño bote en el sofá.
—¡Dani! —exclamo levantándome para abrazarlo.
Me rodea con los brazos como siempre ha hecho y me da un beso en la cabeza mientras se ríe.
—¿Qué le estás enseñando a mi abuela ahora?
—Nada… que no sepa ya.
—Mentira —interviene Reme señalándome con el abanico—. La pirómana ha sido ella.
Me echo a reír otra vez, pero entonces noto algo.
Esa sensación rara.
La de saber que alguien te está mirando.
Levanto la vista y ahí está Gael. Quieto junto a la puerta con una bolsa en una mano y esa expresión imposible de descifrar que lleva poniendo conmigo desde hace días.
Nuestras miradas chocan apenas un segundo.
Solo uno.
Porque él la aparta inmediatamente como si quemara.
Como si yo quemara.
Ah. Genial. Pues nada.
Supongo que ya se le ha pasado el momento raro de la cocina y vuelve a odiarme con normalidad.
El pensamiento me amarga el humor más de lo que debería. Y eso me fastidia todavía más.
—¿Qué tal las mini fieras? —pregunto apartando la mirada de Gael y centrándome en Dani.
—Agotándome la paciencia. Como buen miembro de esta familia.
—Eso es imposible —dice Reme—. Para agotar la paciencia hay que tener primero.
Dani se ríe mientras deja unas bolsas sobre la mesa.
Gael sigue sin decir absolutamente nada. Ni hola, ni una mirada más, ni una de sus pullas…
Y, contra todo pronóstico, descubro que prefiero cuando me discute.
—Voy a dejar esto en el patio antes de que la abuela decida acumular otra bolsa más dentro de casa —dice Dani cogiendo parte de la compra.
—¡Que no acumulo nada! —grita Reme—. Estoy preparada para un apocalipsis.
—Tienes latas suficientes para sobrevivir dos guerras —responde Gael por primera vez.
Su voz me pilla completamente desprevenida, porque llevaba varios minutos fingiendo que él no estaba ahí, y, porque sigue sonando igual.
Grave.
Ronca.
Demasiado cálida.
Dani desaparece hacia la cocina mientras Reme comienza a discutir sola con la televisión porque uno de los personajes ha sido infiel.
Yo intento volver a sentarme en el sofá, pero Gael se cruza en mi camino sin darse cuenta.
O sí.
Porque se detiene apenas un segundo al notar que estamos demasiado cerca.
Otra vez.
El aire se espesa de golpe.
—Perdón —murmuro.
Gael aparta la mirada primero.
—No pasa nada.
Y sigue caminando. Así, sin más. Como si el momento de la cocina no hubiese pasado. Como si no me hubiese mirado como si quisiera arrancarme el aire de los pulmones. Como si esos cuatro días hubiese estado demasiado ocupado para acordarse de mí.
El pecho me da un tirón extraño.
Ridículo.
Absolutamente ridículo.
Porque Gael nunca había sido mío.
Ni iba a serlo.